Solo tuya 9.

Solo tuya

“No aceptes invitaciones de un hombre desconocido y recuerda que todos los hombres son desconocidos.” Robin Morgan.

Los días pasan y yo sigo sin saber quién me envía los ramos de orquídeas. Sí, he dicho ramos en plural. El pasado viernes por la mañana cuando llegué a mi despacho me encontré con un ramo de orquídeas idéntico al primero y con la misma tarjeta, salvo que esta vez había algo distinto escrito: “Me gusta verte sonreír.” Y esta semana he recibido otros dos ramos de orquídeas más, uno el lunes y otro ayer viernes, con otros dos mensajes distintos: “Me gusta verte rodar los ojos cuando no estás conforme con algo” y “Me encanta cuando te ruborizas.” Rubén no es, eso lo tengo muy claro. Durante las últimas dos semanas hemos seguido sin hablarnos y tampoco nos hemos visto, tan solo hemos mantenido el contacto por correo electrónico y porque tiene que entregarme los informes sobre los avances de la obra de la casa de Gonzalo. No le he preguntado por qué me buscaba el otro día, cuando Susana me dijo que parecía que no estaba muy contento al ver el primer ramo de orquídeas que me enviaron, y él tampoco ha vuelto a buscarme ni lo ha mencionado en ninguno de sus correos. También he descartado que las flores sean de Isaac, además de que no creo que le haya enviado a nadie unas flores en su vida, me prometió que me dejaría estos dos meses para que meditara y no se ha puesto en contacto conmigo, así que dudo que se entretenga enviándome flores en plan anónimo sobretodo estando en China. Así que sigo igual de perdida que antes pero con más curiosidad. En eso estoy pensando cuando Lorena llega a mi casa. Hemos quedado antes de ir a casa de Rocío a cenar y celebrar la inauguración de su nuevo piso.

–          Si sigues frunciendo el ceño de esa manera tendrás miles de arrugas antes de cumplir los treinta. – Me saluda Lorena.

–          Gracias, yo también me alegro de verte. – Le devuelvo el saludo.

–          Será mejor que vomites todo lo que te estás callando o explotarás. – Me aconseja Lorena dejando su bolso sobre la mesa del salón y dirigiéndose a la cocina para servir dos copas de una de las botellas que ha traído. – ¿Se trata de Isaac, Rubén o Gonzalo Cortés?

–          Si te refieres a las arrugas, creo que los tres tienen mucho que ver en eso. – Protesto cogiendo mi copa de vino y regresando al salón para sentarme en el sofá.

Lorena me sigue y se sienta a mi lado, esperando que continúe hablando y, como no lo hago, ella lo hace por mí:

–          Vale, cuéntamelo todo y empieza por lo de las orquídeas.

Sabiendo que es inútil discutir con ella, se lo cuento todo. Incluso le enseño las cuatro tarjetas de los cuatro ramos que he recibido.

–          Vale, no es ni Isaac ni Rubén. – Me secunda Lorena después de analizar los últimos acontecimientos. – Y, ¿qué me dices de Gonzalo Cortés?

–          ¿Él? – Pregunto sorprendida. – La verdad es que fue en uno de los que pensé nada más ver el ramo, pero él no tenía forma de saber cuáles son mis flores favoritas. Además, me preguntó si era mi cumpleaños cuando vio el ramo en mi despacho, así que también queda descartado.

–          Tienes un admirador secreto. – Concluye Lorena. – Piensa si alguien te tira los tejos últimamente. Tiene que ser alguien lo bastante cercano a ti, el primer y el último mensaje lo dejan claro.

–          Mejor cuéntame cómo fue tu segunda cita con el alemán. – Le sugiero cambiando de tema.

–          Fue adorable, Yas. Creo que me ha idiotizado. – Me confiesa Lorena. – Me llevó a una pequeña casa de campo en el Pirineo de Lleida, montamos a caballo, hicimos senderismo por el bosque y mi cuerpo se rindió a su voluntad. Joder, me pone cachonda con tan solo mirarme.

Me atraganto con el vino al escuchar las palabras de Lorena, ella es así de clara y directa.

–          Lo había entendido, no necesitaba más detalles. – Protesto.

–          Estás demasiado sensible con el tema, necesitas sexo. – Se mofa Lorena. – Resumiendo, con el alemán muy bien. Quiere que nos sigamos viendo pero en el trabajo seguimos tratándonos con normalidad, bueno, con toda la normalidad que las hormonas nos permiten tener. Es muy morboso trabajar con tu jefe y coquetear sutilmente con él sin que el resto de compañeros se percate.

–          No tienes remedio. – Le reprocho entre risas.

–          Tú sí que no tienes remedio. – Me reprocha ella. – Por cierto, ¿qué es lo que me habías dicho de que te vas el próximo fin de semana a Londres?

–          Hay una exposición y posterior subasta de mobiliario y demás objetos de decoración para el hogar, ya sabes, cuadros, esculturas y esas cosas. – Empiezo a decir. – Todos los años la celebran en Nueva York y en Londres y alguien le ha hablado de ello a Gonzalo y quiere que le acompañe.

–          ¿Y qué le parece eso a tu padre y a Rubén?

–          Aún no se lo he dicho a ninguno de los dos. – Le respondo. – Mi padre no será un problema, pero no estoy segura de cómo se lo tomará Rubén, últimamente todo lo que hago le parece mal y si tiene que ver con Gonzalo le parece aún peor.

–          Ya sabes lo que he opinado siempre de él, está coladito por ti y trata de ocultarlo hasta que finalmente estalle. – Me recuerda Lorena.

–          Mi padre regresa mañana a Barcelona, hablaré con él y se lo diré, será cuestión de tiempo que Rubén se entere y ya averiguaremos entonces su reacción. – Le digo encogiéndome de hombros.

–          Te apetece mucho pasar el fin de semana en Londres con Gonzalo, ¿verdad?

–          Sí, aunque no puedo darte ningún argumento razonable. – Le confieso. – Me gusta estar con él, aunque también me confunde y me impone. Me atrae y mucho, pero no puedo olvidar que se trata de un cliente.

–          ¿Cuándo acabaréis la obra?

–          Está bastante avanzada, pero todavía quedan tres o cuatro semanas para que Gonzalo pueda tenerlo todo listo, Borja ha prometido darnos absoluta prioridad, así que de momento todo depende de Rubén.

Lorena y yo continuamos hablando y bebiendo vino hasta que a las ocho de la tarde nos dirigimos al nuevo piso de Rocío. Cuando llegamos Paula ya está allí y ambas nos saludan. Llevábamos muchos días sin reunirnos las cuatro y rápidamente montamos un alboroto. Nos ponemos al día, pero todas nos guardamos algo. Paula y Rocío están un poco raras, sé que ocultan algo pero, igual que Lorena y yo, hay veces que necesitas sentir y hacer cosas sin pensarlas y sin que nadie te lo reproche ni te juzgue. Yo también les estoy ocultando lo de los ramos de flores, el fin de semana en Londres con Gonzalo y todo lo que estoy empezando a sentir por él, bueno, a Lorena no se lo he ocultado todo, pero ella nunca me juzga.

Tras enseñarnos el piso y los retoques que le ha dado, Rocío nos hace pasar a la cocina donde ha preparado una magnífica mesa y una cena deliciosa. Cenamos entre risas y disfrutamos como siempre que nos juntamos las cuatro. Las tres botellas de vino que nos hemos bebido junto con los chupitos y la copa de después, nos han dejado bastante achispadas y con ganas de salir a bailar.

Estamos entrando por la puerta del Dublín cuando me llega un mensaje al móvil, es de Gonzalo. Miro mi reloj, son más de las doce de la noche. Me echo a un lado, apartándome de las chicas, y lo leo a hurtadillas: “Has hecho bien en rechazar mi invitación, esto está siendo de lo más aburrido. Espero que al menos tú sí que te estés divirtiendo.” No me lo pienso dos veces y, animada por el alcohol, le respondo: “Eres el jefe, no tienes que darle explicaciones a nadie, puedes irte de allí e ir a bailar, yo es lo que estoy haciendo.” Añado un emoticono haciendo un guiño y le doy a enviar. Beber me vuelve descarada. Me uno a las chicas en la barra y saludo a Mario y a Lolo. Lorena ya me ha pedido una copa y estoy dándole un trago cuando el móvil vibra anunciando que tengo un mensaje. “¿Es una invitación?” Joder, ¿qué le digo?

–          ¿Se puede saber con quién te estás escribiendo? – Me pregunta Lorena asomándose desde mi espalda. – El señor Cortés te pone muy cerda, reconócelo.

–          Sht. – La reprendo. – Baja la voz, Lore. Le enseño la conversación y, sabiendo qué me va a contestar, igualmente le pregunto: – ¿Qué le respondo?

–          Si fuera tú, yo le enseñaría lo que es divertirse.

–          Lore, quiero verlo. – Le confieso. – Voy a decirle que venga.

–          Haces bien, Paula y Rocío acaban de decir que se toman una copa y se marchan a casa, están hechas unas abuelas. – Me dice Lorena.

–          ¿Y tú?

–          Yo creo que voy a llamar a mi alemán, con un poco de suerte me terminará de alegrar la noche. – Me contesta sonriendo maliciosamente.

Decido esperar a que Lorena termine de hablar con su alemán antes de responder a Gonzalo, si ella no tiene plan, no la voy a dejar sola.

Me uno a Rocío y a Paula, que charlan tranquilamente. Evito hablar de Gonzalo como he hecho durante los últimos días, cómo he dicho antes, hay cosas que es mejor sentirlas y dejarse llevar sin prejuicios. Bailamos juntas un par de canciones hasta que Lorena regresa y me guiña un ojo, eso significa que tiene plan. Un rato más tarde, Paula y Rocío terminan de beberse la copa y deciden marcharse. Dos minutos después, Mario se nos acerca y también se despide alegando que tiene una cita. Me resulta curioso que Mario abandone el pub un sábado por la noche y también que lo haya hecho justo después de haberse ido Paula. La última vez que los vi estaban hablándose al oído y a Paula siempre le ha gustado Mario. Lorena no parece haberse dado cuenta y yo tampoco se lo voy a decir, eso le corresponde a Paula, en el caso de que haya algo que decir, claro.

–          ¿Qué te ha dicho el alemán? – Le pregunto.

–          Le he dicho que pase por aquí en una hora, así pasamos un rato más juntas y bailamos un poco. – Me contesta guiñándome un ojo. – Venga, mándale un mensaje ya, debe de estar esperando.

Sin pensarlo demasiado, me dejo llevar y le escribo a Gonzalo: “Sí, es una invitación. Si quieres ir a bailar, te espero en esta dirección dentro de una hora.” Añado la ubicación del Dublín y le envío el mensaje. Un instante después obtengo su respuesta: “Yo no bailo, pero me encantará verte bailar igual que me encanta verte sonreír. Estaré allí en una hora.” Leo y releo el mensaje más de diez veces. Uno de las tarjetas de las orquídeas también decía que le encantaba verme sonreír, ¿tiene Gonzalo algo que ver o es solo una coincidencia?

–          En una hora estará aquí. – Le confirmo a Lorena.

–          Genial, vamos a avisar a Lolo para que los deje pasar, que es capaz de dejarlos en la puerta y jodernos el plan. – Planifica Lorena. La sigo hasta la puerta principal del pub donde Lolo está vigilando quién entra y quién sale y le dice: – Lolo, tenemos que hablar muy seriamente contigo. – Lolo nos mira alzando las cejas y sonríe divertido. – Estamos esperando a dos personas, dos hombres concretamente, que vendrán por separado. Uno de ellos siempre viste con traje de Armani, es alemán y tiene cara de alemán enfadado y el otro… – Me da un codazo y me pregunta: – Yas, ¿cómo es el otro?

–          El otro no es alemán, pero también suele tener cara de alemán enfadado. – Les digo riendo. – Viene de no sé qué evento, por lo que vendrá con traje. Es muy guapo, tiene los ojos grises y una intensa mirada que…

–          Vale, he pillado la idea, no hace falta que me deis más detalles. – Me interrumpe Lolo sonriendo. – Los acompañaré hasta a vosotras cuando lleguen.

–          ¡Gracias, Lolo! – Exclamamos las dos a coro mientras le damos un abrazo. Antes de dar media vuelta, Lorena le advierte a Lolo – Esto no ha pasado, es un secreto de tres.

Lolo asiente con la cabeza y después se ríe a carcajadas moviendo la cabeza de un lado a otro y nosotras regresamos al interior del Dublín riéndonos como dos adolescentes. Le pedimos un par de copas a la camarera y nos dirigimos al centro de la pista a bailar, hasta que nuestras copas se vacían y regresamos a la barra donde le pedimos dos copas más a la camarera. Estamos pasándolo tan bien bailando y bebiendo que ni Lorena ni yo reparamos en la hora hasta que Lolo se nos planta delante y, echándose a un lado para señalar a Gonzalo y a otro tipo (sin duda alguna el alemán de Lore), nos pregunta:

–          Yas, Lore, ¿son estos dos?

–          ¡Sí! – Exclama Lorena arrojándose a los brazos de su alemán.

Lolo me mira esperando mi respuesta y le digo:

–          Sí, son ellos. Gracias, Lolo.

–          Para servir. – Me responde él guiñándome un ojo con complicidad antes de regresar a la puerta del pub y seguir trabajando.

Me acerco despacio a Gonzalo, que me observa con el ceño fruncido, probablemente está evaluando mi estado de embriaguez. Le sonrío con dulzura y le beso en la mejilla para después decirle:

–          Tengo que confesar que he tenido mis dudas de si vendrías, no te veía yo en un sitio como este.

–          Sí, algo he oído sobre un alemán con cara de enfadado y otro tipo que no es alemán pero que igualmente tiene cara de alemán enfadado. – Me reprocha burlonamente Gonzalo.

No puedo evitarlo y estallo en carcajadas. Gonzalo ladea la cabeza con gesto divertido y, cuando logro dejar de reír, lo cojo de la mano y lo arrastro un par de metros para presentárselo a Lorena.

–          Lore, te presento a Gonzalo. – Le digo suplicándole con la mirada que no diga nada que lo pueda incomodar, aunque sé que no va a ser posible que Lorena mantenga su boca cerrada, va en contra de su naturaleza.

–          Encantada, Gonzalo. – Le saluda Lorena dándole dos besos en la mejilla.

Para mi sorpresa, Gonzalo le sonríe y se muestra amable y simpático con ella:

–          Lo mismo digo, Lorena.

Lorena se ruboriza (creo que es la primera vez que la veo ruborizarse) y yo la miro incrédula, alzando una ceja. Como ella no reacciona, decido presentarme a su alemán:

–          Tú debes de ser Erik, ¿verdad?

–          Así es, aunque creo que también soy el alemán con cara de enfadado. – Me responde Erik mirando de soslayo a Lorena. Me da dos besos en las mejillas y añade: – Y tú debes de ser Yas, la mejor amiga de Lorena.

Asiento con la cabeza y cuando noto la mano de Gonzalo en mi cintura, lo miro y hago la presentación que falta por formalizar, ya que Lorena sigue en babia:

–          Gonzalo, él es Erik, un amigo de Lorena.

Cuando digo “un amigo de Lorena” llamo la atención de mi amiga que me dedica una sonrisa de complicidad y vuelve a repasar a Gonzalo de arriba abajo, pero acto seguido se pega a su alemán y se lo come a besos.

–          Parecen algo más que amigos. – Me susurra Gonzalo al oído.

–          Es una larga historia y bastante complicada. – Le respondo encogiéndome de hombros y le dedico una sonrisa, hoy está especialmente guapo.

Erik propone ir a la barra a pedir unas copas y allí nos acomodamos, ni él ni Gonzalo son hombres a los que les guste bailar, pero a Lorena y a mí nos encanta y en cuanto suena una canción que nos gusta les abandonamos y nos dirigimos a la pista de baile para, una vez acabada la canción, regresar de nuevo junto a ellos.

–          Toma, bebe un poco de agua. – Me dice Gonzalo entregándome una botella pequeña de agua. Le miro frunciendo el ceño y añade. – Mañana me lo agradecerás, créeme.

–          ¿Es una manera educada de decirme que ya he bebido bastante?

–          No, es una manera educada de decirte que el alcohol deshidrata y que, si bebes agua ahora, tu resaca será menos horrible mañana. – Me replica con tono burlón.

–          Eres un mandón. – Protesto bebiéndome la mitad de la botella de agua de un trago. – Ya está, ¿contento?

–          Sí, contento. – Me contesta sonriendo satisfecho.

Erik se va hacia los servicios y Lorena se acerca a nosotros sonriendo de oreja a oreja y me dice:

–          Nosotros nos vamos, nos espera una noche movidita. – Me guiña un ojo y añade recorriendo con la mirada el cuerpo de Gonzalo de arriba abajo: – No me habías dicho que Gonzalo era tan guapo. – Se acerca a Gonzalo y le dice pretendiendo susurrar pero sin conseguirlo: – Haríais muy buena pareja, es una pena que seas un cliente.

–          Lorena. – Le regaño fulminándola con la mirada. Me vuelvo hacia Gonzalo, que trata sin éxito de ocultar la risa, y le digo encogiéndome de hombros: – Lo siento, pero ella es así y es inútil intentar cambiarla.

–          No le hagas ni caso. – Le replica Lorena a Gonzalo. – Últimamente Yas está un poco estresada, necesita quemar adrenalina y relajarse, quizás tú puedas ayudarla.

–          ¡Lorena! – Le grito reprendiéndola.

–          ¿Lo ves? Está muy irascible. – Le argumenta Lorena.

–          Lorena te voy a matar. – La amenazo.

–          Vale, vale. – Me dice alzando las manos en señal de rendición. – Por ahí viene mi alemán. – Me abraza y me besa a modo de despedida y añade – Necesitas trabajar menos y divertirte más.

Acto seguido también se despide de Gonzalo y le susurra algo al oído que no soy capaz de escuchar, pero confío en que más tarde me lo cuente Gonzalo. Erik también se despide de nosotros y ambos se marchan muy acaramelados, dejándonos solos a Gonzalo y a mí.

–          ¿Te apetece que vayamos a algún sitio un poco más tranquilo? – Me propone Gonzalo y yo asiento con la cabeza, aunque quisiese no sabría decirle que no.

Salimos del Dublín pocos minutos después de que Lorena y Erik se hayan marchado y me despido de Lolo con abrazo de oso. Lolo mira de arriba abajo a Gonzalo y me pregunta:

–          ¿Te vas con él?

–          Sí, pero no tienes de qué preocuparte, es un amigo.

Lolo asiente con la cabeza, se vuelve para mirar a Gonzalo y le dice entregándole una de sus tarjetas:

–          Espero que no pienses dejarla sola por ahí tal y como está, pero si lo piensas, llámame y pasaré a recogerla.

–          Lolo, por favor. – Le replico rodando los ojos.

–          Lo siento, pero no quiero que Mario me saque los ojos si te pasa algo. – Se excusa Lolo.

–          No te preocupes, me encargaré de dejarla en su casa sana y a salvo. – Le contesta Gonzalo en un tono nada amistoso.

Lolo me mira y sé que se está mordiendo la lengua y, para aliviar la tensión del momento, le digo bromeando:

–          Ya te dije que no era alemán pero que igualmente parecía un alemán enfadado.

Lolo sonríe y yo me alegro, pero a Gonzalo no parece haberle hecho demasiada gracia mi comentario y muestra su gesto impasible e indescifrable.

–          Vámonos. – Me dice agarrándome por la cintura y guiándome hacia a su coche, aparcado a escasos metros de la entrada del pub.

–          ¿Este es tu coche? – Le pregunto incrédula. – ¡Es un Audi R8 Spyder! – Exclamo eufórica.

Gonzalo me fulmina con la mirada y me dice con tono nada conciliador:

–          Sube al coche.

Hago lo que me ordena, consciente de que no es un buen momento para pedirle que me deje conducir. Gonzalo se sienta tras el volante y se pone el cinturón de seguridad, yo hago lo mismo antes de que me lo ordene. En el más absoluto de los silencios, Gonzalo se incorpora a la carretera y conduce por el Paseo de Gracia hasta llegar a Diagonal. Por un momento pienso que va a llevarme a su casa, pero entonces veo que continúa por la Avenida Diagonal y recuerdo lo que me dijo Rubén: él no es de los que llevan a las chicas a su casa, prefiere llevarlas a un hotel. Aunque tampoco tiene pinta de querer llevarme a un hotel, a menos que sea para matarme allí. No sé a dónde me lleva, pero tampoco me atrevo a preguntar, está tan concentrado en la carretera que creo que se ha olvidado de que yo sigo aquí, sentada a su lado.

Cuando se desvía de la Diagonal a la altura de Esplugues y se dirige hacia la montaña de la emisora, me armo de valor y le pregunto:

–          ¿A dónde vamos?

–          Ahora lo verás. – Me contesta sin apartar la vista de la carretera.

Gonzalo continua subiendo la montaña por la carretera hasta que llegamos a casi la cima y una pequeña explanada hace de mirador de toda la ciudad. Apenas espero a que Gonzalo pare el motor para salir del coche y asomarme por el mirador. Las vistas de la ciudad por la noche son increíbles y yo estoy fascinada e hipnotizada mirándolas, tanto que ni siquiera me doy cuenta de que Gonzalo está mirándome apoyado en el capó de su coche hasta que me pregunta:

–          ¿Nunca habías estado aquí?

–          No, es la primera vez que vengo. – Le respondo feliz como una niña pequeña. Me acerco a él sonriendo y le doy un abrazo al mismo tiempo que le susurro al oído: – Gracias por traerme aquí, a pesar de que sé que estás enfadado conmigo.

–          No estoy enfadado contigo, solo estoy acostumbrándome a ti. – Me responde devolviéndome el abrazo con fuerza y volviendo a sonreír. – Aunque tengo que reconocer que estoy un poco molesto porque no recuerdas nada de lo que me dijiste la otra noche.

–          ¿Te dije algo de lo que deba arrepentirme o por lo que deba pedirte disculpas? – Le pregunto horrorizada.

–          No, pero ya hablaremos de eso en otro momento, no quiero que mañana cuando te despiertes lo hayas olvidado. – Me dice burlonamente.

–          Eso es un golpe bajo. – Protesto haciendo un mohín. Gonzalo no me suelta y yo me acomodo entre sus brazos.

Nos quedamos así durante unos minutos, hasta que empiezo a bostezar y Gonzalo decide que es hora de llevarme a casa.

Diez minutos más tarde, Gonzalo está aparcando frente al portal de mi edificio y, volviéndose hacia a mí y sonriéndome, anuncia:

–          Ya hemos llegado a su destino, señorita Soler.

–          ¿Ya? – Pregunto algo decepcionada.

–          Si quieres, podemos dar otra vuelta en coche. – Me dice sonriendo.

–          No, creo que por hoy ya he abusado suficiente de ti. – Le respondo. – Pero antes debo decirte algo: la próxima vez que quedemos, tiene que ser con antelación, no quiero que pienses que tengo problemas con la bebida.

–          Sé que no siempre estás… ¿achispada? – Bromea. – También refunfuñas, me regañas y olvidas que me cuentas muchas cosas.

Su tono de medio reproche y su empeño en recordarme que he olvidado lo que le dije la otra noche me hacen sospechar que quizás esté tratando de reprocharme algo que no recuerdo, como haberle dicho que mis flores favoritas son las orquídeas. ¿Es él? ¿Él me envía las flores? No puede ser, pero si…

–          ¿Eres tú? – Le pregunto de repente.

–          ¿Soy yo quién?

–          Nada, es una tontería. – Le respondo zanjando el tema. No tiene ningún sentido, ¿por qué me va a enviar flores y ocultármelo? No tiene ningún sentido.

–          No sé si quiero saber lo que estás pensando. – Me dice Gonzalo mirándome con el ceño fruncido.

Gonzalo sale del coche y lo rodea para abrir la puerta del copiloto y ayudarme a salir. Una vez logro estabilizarme sobre mis tacones, Gonzalo cierra el coche con el mando a distancia, me agarra de la cintura y me acompaña hasta el portal del edificio. Saco las llaves del bolso y me las quita de las manos para abrir la puerta. Ambos entramos y cruzamos el portal hasta llegar al ascensor, que está en la planta baja. Las puertas del ascensor se abren y Gonzalo entra conmigo. Pulso el botón del ático y el ascensor empieza a ascender mientras nosotros nos quedamos en silencio. Las puertas del ascensor se abren y salimos al rellano. Gonzalo, que todavía tiene mis llaves en su mano, echa un vistazo al rellano y se dirige hacia a la única puerta que hay, la puerta de mi ático. Introduce la llave en la cerradura y abre la puerta, haciéndome un gesto para que entre yo primero. Entro en el hall y enciendo la luz, pero Gonzalo se queda en la puerta y no entra.

–          ¿Quieres pasar y tomar la última copa? – Le propongo.

–          Me encantaría, pero es mejor que me vaya. – Me responde con gesto indescifrable. Sé que está pensando si decirme o no algo pero no se decide. – Bebe un poco de agua antes de ir a dormir, lo agradecerás cuando te despiertes.

–          Sí, papá. – Le replico molesta.

No entiendo por qué no quiere pasar y tomarse una última copa conmigo. ¿Es que no le intereso ni un poquito? ¿O de verdad cree que voy a olvidar todo lo que diga? Quizás me estoy obsesionando demasiado con alguien a quién no le intereso y que además es un cliente.

–          Vete a dormir, te llamaré mañana para preguntar cómo va la resaca. – Me contesta tratando de hacerme sonreír y lo consigue. Me abraza, me estrecha con fuerza entre sus brazos y me besa en la mejilla antes de susurrar en mi oído: – Buenas noches, Yasmina.

–          Buenas noches, Gonzalo. – Le respondo forzando una sonrisa tratando de ocultar la decepción que siento.

Espero a ver cómo desaparece dentro del ascensor antes de cerrar la puerta y, apoyándome contra ella, suspiro sonoramente.

Cinco minutos más tarde, ya estoy en la cama con el pijama puesto y la luz apagada, cuando escucho vibrar mi teléfono móvil en la mesilla de noche. Estiro el brazo hasta alcanzarlo y sonrío automáticamente cuando averiguo que me ha llegado un mensaje de Gonzalo. Nerviosa como una adolescente, lo leo: “Créeme si te digo que me apetecía más que a ti esa última copa, Yasmina. Descansa y mañana hablamos.” Resoplo. ¿Cómo puede haberse largado cuando le he invitado a entrar en casa y cinco minutos después mandarme este mensaje? Si tanto le apetecía tomarse una última copa conmigo, ¿por qué no se ha quedado? Sin pensarlo dos veces, respondo a su mensaje: “Sueña con los angelitos.” Dejo el móvil sobre la mesita de noche y cierro los ojos para quedarme dormida instantes después.

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