Solo tuya 8.

Solo tuya

“Una buena chica conoce sus límites, una mujer inteligente sabe que no tiene ninguno.” Marilyn Monroe.

El lunes me levanto temprano, me doy una ducha y me paso una hora frente al armario para decidir qué ropa ponerme. Quiero estar guapa porque voy a ver a Gonzalo, pero tampoco quiero que piense que me he puesto guapa para él, así que busco algo elegante y sexy pero a la vez que parezca un atuendo casual. Finalmente, me decido por unos pantalones pitillo de color negro, una blusa blanca y unos zapatos letizios negros. Me recojo el pelo en una coleta y me maquillo lo justo para que mi cara parezca natural y no un Picasso.

Llego a la oficina a las nueve en punto de la mañana y Susana me saluda muy sonriente y con un tono de voz cómplice y burlón que me deja descolocada:

–          Buenos días, Yas. Al parecer has tenido un estupendo fin de semana.

–          ¿A qué te refieres? – Le pregunto sin entender nada.

–          Ve a tu despacho y luego me cuentas. – Me dice suspirando y mirándome con ojitos.

En fin, me encojo de hombros y decido ir a mi despacho. Nada más abrir la puerta, me encuentro un ramo de orquídeas blancas sobre mi mesa. Sorprendida, me acerco temerosa y cojo la tarjeta. Las manos me tiemblan y decido dejar mi bolso y sentarme antes de leer la tarjeta. La única persona que puede haberme enviado flores es Isaac, pero no estoy segura de que me vaya a gustar lo que pone en la tarjeta… De todas formas, me armo de valor y la leo: “Creo recordar que las orquídeas blancas son tus favoritas, espero haber acertado y haberte hecho sonreír.” No tengo la menor idea de quién puede habérmelas enviado. Isaac queda totalmente descartado, dudo que sepa cuáles son mis flores favoritas cuando ni siquiera se lo he dicho y además no es uno de esos hombres que envían flores, o al menos no lo había sido hasta el momento. Rubén ni de coña, está molesto conmigo (aunque sigo sin saber por qué) y tampoco es de los que envían flores. Y Gonzalo… No sé si Gonzalo es de los que envían flores, pero no tiene pinta de serlo y, a menos que tenga una bola de cristal, dudo que sepa que las orquídeas son mis flores favoritas.

La puerta de mi despacho se abre y Susana me saca de mis cavilaciones:

–          ¿No piensas contarme quién te envía flores?

–          Pues no, porque ni siquiera yo sé quién me las envía y no tengo tiempo para quedarme a averiguarlo. – Le respondo sacándole la lengua. – Tengo una reunión con Gonzalo Cortés en su oficina y como no me dé prisa llegaré tarde.

–          ¡No sabes cuánto te envidio! – Exclama Susana haciendo un mohín. – ¡No sabes lo que me gustaría a mí poder encerrarme en un despacho con el señor Cortés!

Cojo mi bolso y la carpeta con los informes y salgo del despacho riendo por el comentario de Susana, que por un momento me ha recordado a Lorena.

Camino un par de manzanas hasta llegar a la oficina de Gonzalo. He quedado aquí con Borja, el decorador que quiero presentarle a Gonzalo. Espero que Gonzalo sea una persona abierta de mente, Borja tiene un carácter bastante especial y, aunque a mí me encanta, no todo el mundo se siente cómodo estando con él.

Entro en el edificio y le pregunto a la recepcionista por el señor Cortés y ella, tras mirarme de arriba abajo, me dice con desgana:

–          Si no ha concertado cita con él, me temo que no podrá atenderla.

–          El señor Cortés me está esperando, puede llamarlo y él mismo se lo confirmará. – Le respondo fulminándola con la mirada.

La muy gilipollas coge el teléfono y llama a alguien. Tras preguntar si el señor Cortés estaba esperando a alguien y, cuando cuelga, me dice:

–          Por favor, espere aquí un momento.

No me lo puedo creer, ¿tengo que esperar aquí? Menuda amargada. El móvil empieza a sonar, lo saco del bolso y respondo al ver que es Borja:

–          ¿Se puede saber dónde estás? Faltan dos minutos para las diez y aún no has aparecido. – Le reprocho descargando mi furia contra él, pobre.

–          Cielo, ¿desde cuándo no echas un polvo?

–          Hace tanto que ya ni me acuerdo. – Le confieso.

–          Eso tenemos que arreglarlo, odio cuando estás de mal humor, lo pagas con todo el mundo. – Me suelta. – Por cierto, estoy en un atasco. Ha habido un accidente  y llegaré tarde, te llamaré cuando llegue.

–          ¿Estás de coña?

–          ¿Cuándo bromeo yo con el trabajo? – Me pregunta haciéndose el ofendido.

–          Vale, date prisa y llámame. – Le digo antes de colgar.

Guardo el móvil en el bolso y entonces veo salir a Gonzalo del ascensor y camina hacia a mí con una sonrisa en los labios. No puedo evitar devolver la sonrisa y volverme a mirar a la recepcionista con descaro. Gonzalo llega hasta a mí y me saluda mientras me da un beso en la mejilla:

–          Buenos días, Yasmina. Te estaba esperando. – Me pasa la mano alrededor de la cintura y me guía hacia el ascensor. – Creía que ibas a venir con el decorador.

–          Acaba de llamarme, está en un atasco y va a llegar un poco tarde. – Le anuncio. – Sé que tienes mucho trabajo y, si quieres, podemos dejarlo para otro día.

–          No, no te preocupes. – Me dice mientras las puertas del ascensor se cierran con nosotros dentro. – Quería hablar contigo y así tenemos tiempo.

Las puertas del ascenso se abren y Gonzalo vuelve a colocar su mano sobre mi espalda, acompañándome y guiándome por los pasillos de su oficina donde todo el mundo deja de hacer lo que sea que estuviera haciendo para mirarnos. Cuando llegamos al final del pasillo, Gonzalo se vuelve hacia una mujer de unos treinta y cinco años, de tez morena, cabello oscuro y mirada penetrante, una mujer guapísima, que está sentada tras una mesa sobre la que hay un cartel que reza “secretaria de dirección”, y le dice:

–          Esther, no me pases llamadas y solo acepta la visita del decorador… – Me mira y me pregunta: – ¿Cómo se llama?

–          Borja Miró. – Le respondo.

–          Avísame cuando llegue Borja Miró y aplaza la reunión de esta tarde para mañana por la mañana. – Le dice Gonzalo a Esther, la secretaria de dirección.

–          Entendido. – Le responde la secretaria sonriéndole con complicidad.

Gonzalo me hace pasar a su despacho y me hace un gesto para que tome asiento mientras cierra la puerta y después se sienta frente a mí.

–          ¿Te apetece un café? ¿Has desayunado? – Me pregunta amablemente y de buen humor, lo que significa que no está enfadado conmigo.

–          No, gracias. – Le respondo con timidez. – Por la mañana no me entra nada más que medio vaso de zumo.

–          Eso no es sano. – Me dice con tono severo. Descuelga el teléfono, pulsa un par de teclas y dice: – Esther por favor, ¿puedes pedir que nos traigan una macedonia? – Me lo quedo mirando con la boca abierta y él, como si fuera mi padre, añade: – No puedes ir por ahí sin desayunar, puedes desmayarte en cualquier parte. – Hago rodar los ojos y me fulmina con la mirada.

–          No me mires así, sé cuidarme sola. – Le reprocho de morros.

Gonzalo me mira con intensidad a los ojos, le mantengo la mirada desafiándolo hasta que al final me dice con tono serio:

–          No dudo que sepas cuidar de ti misma. – Me sonríe con ternura, una sonrisa tan dulce que nunca antes le había visto y que me derrite, y añade: – Compláceme y come algo de fruta, por favor.

–          De acuerdo, papá. – Le contesto burlonamente.

Estoy a punto de sacarle la lengua, pero entonces me acuerdo que Gonzalo es un cliente y me contengo. Gonzalo me fulmina de nuevo con la mirada, pero alguien llama a la puerta y despega sus ojos de mí para volverse y decir:

–          Adelante.

Esther, la secretaria de Gonzalo, entra en el despacho y nos deja sobre la mesa un gran plato de fruta del tiempo cortada en pedacitos. La verdad es que tiene muy buena pinta.

–          Está riquísima. – Me dice Esther amablemente. Nos dedica una sonrisa y añade antes de marcharse: – Bon apetit.

–          Gracias. – Le respondemos Gonzalo y yo al unísono.

No puedo evitar preguntarme si Gonzalo y Esther alguna vez han tenido contacto sexual, entre ellos me ha parecido observar un intercambio de miradas cómplices y la verdad es que teniendo en cuenta el historial de Gonzalo…

–          Yasmina, ¿me estás escuchando? – Me pregunta Gonzalo devolviéndome a la realidad.

–          Perdona, estaba… pensando. – Le respondo ruborizada. – ¿Qué me decías?

–          Desayuna antes de que tu mente vuelva a separarse de tu cuerpo, anda. – Me contesta señalándome el plato.

Gonzalo me mira fijamente, con intensidad, y a mí se me cierra la boca del estómago pero me entra un hambre voraz y no de fruta precisamente.

–          No puedo comer mientras me miras fijamente, resulta un poco violento. – Protesto.

–          No puedo no mirarte. – Me dice divertido.

–          Pues entonces hazme compañía y ayúdame a comer todo esto. – Le ordeno sin demasiada convicción. – Creo que es la reunión más surrealista que he tenido jamás.

–          Siempre hay una primera vez para todo. – Me contesta alegremente mientras pincha con el tenedor un trozo de melón y se lo lleva a la boca. – Está buenísimo, cómetelo todo.

Le miro arqueando las cejas, esto no puede estar pasando de verdad. Pero Gonzalo me sostiene la mirada y, cuando frunce el ceño, me digo que es mejor hacerle caso, sigue siendo un cliente y no debo olvidarlo.

Empiezo a comer y Gonzalo me observa satisfecho, hasta que empieza a incomodarme su mirada y dejo de comer, odio que me miren mientras estoy comiendo.

–          ¿No quieres más? Aún te queda un poco en el plato. – Me señala con el dedo acusador. Le fulmino con la mirada a modo de respuesta y añade sonriendo: – Está bien, tendré que conformarme con eso. – Retira el plato a un lado de la mesa y, mirándome de nuevo a los ojos, me dice: – Yasmina, quería hablar contigo de algo que me dijiste la noche del sábado.

–          ¿Vas a regañarme? – Le pregunto haciendo un mohín.

Gonzalo se ríe y ladea divertido la cabeza, como si no pudiese creer lo que le acabo de preguntar. ¿Es eso algo bueno o algo malo?

–          No, no voy a regañarte. – Me contesta tratando de contener la risa. – Escúchame, Yasmina, es algo serio. – Me pongo seria de golpe al ver su gesto. Tiene pinta de que me va a decir algo malo, pero entonces, me suelta: – Quiero pedirte disculpas si en algún momento te hice sentir incómoda o molesta al hablar con tu padre y pedirle que te pusiera al mando del proyecto sin antes haber hablado contigo. Quiero que sepas que no fue mi intención ocultártelo, tan solo lo pensé y lo hice.

–          ¿Puedo preguntar por qué? Podrías haber escogido a cualquier otra persona muchísimo más cualificada que yo para que se encargara de tu proyecto.

–          Me gustó la casa que me describiste y quiero tener una exactamente igual. – Me contesta encogiéndose de hombros. – ¿No quieres construir esa casa para mí?

–          No es eso, es que resulta todo bastante extraño. – Le confieso. – Estoy construyendo la casa de mis sueños para otra persona, es como beber agua del mar cuando tienes sed.

Gonzalo me mira pensativo durante unos instantes y finalmente me dice:

–          A veces el destino cumple nuestros sueños pero tomando otro camino distinto al que nosotros hubiésemos escogido. – Me dedica una sonrisa y añade: – Por cierto, ¿has pasado por tu oficina esta mañana?

–          Sí, antes de venir aquí. – Le respondo.

–          Y, ¿qué tal por allí?

–          Pues no sé, un caos supongo. – Le contesto encogiéndome de hombros y sin saber a dónde quiere llegar con tanta preguntita. – Mi padre sigue en Madrid, Rubén en el solar supervisando la obra y yo estoy metida de lleno en tu proyecto, así que supongo que ahora mismo en la oficina estarán haciendo una fiesta. – Mi móvil empieza a sonar y al ver que es Borja, le dijo a Gonzalo: – Es Borja, creo que ya ha llegado. – Me llevo el teléfono a la oreja y respondo tras descolgar: – Hola Borja, ¿has conseguido llegar?

–          Hola cielo, estoy a punto de subir al ascensor en este mismo momento, ya estoy en el edificio. – Me responde. – Por cierto, vas a tener que explicarme por qué la recepcionista me ha matado con la mirada cuando he pronunciado tu nombre.

–          Lo lamento, pero no tengo ninguna explicación para eso, creo que su carácter es así de amargo. – Le contesto y añado antes de colgar – No te entretengas por el camino, te estamos esperando.

Gonzalo, que me ha observado en silencio durante todo el tiempo que ha durado mi conversación con Borja, me sonríe y me comenta divertido:

–          Tus conversaciones telefónicas son de lo más entretenidas. Y espero no ser yo la persona con carácter amargo…

No puedo evitar reírme, con él me siento tan cómoda y relajada que es como si estuviera con un amigo de toda la vida.

–          No, pero casi aciertas. – Bromeo.

–          ¿Casi? ¿Hablabas de Roberto?

–          No, hablaba de la recepcionista que hay en el hall, a Borja también le ha parecido horrible.

–          Eso significa que a ti también te ha parecido horrible. – Constata un hecho. – ¿Puedo preguntarte por qué?

–          Es descarada, vulgar y arrogante. – Le digo sin pensármelo dos veces. – Puede que finja ser una persona maravillosa cuando tú estás delante, pero no lo es.

–          Es horrible. – Repite mis palabras divertido. Alguien llama a la puerta, probablemente Borja, y me dice en un susurro: – Nuestra conversación aún no ha terminado, ¿tienes tiempo para comer conmigo después?

–          Solo si me prometes que no vamos a hablar de nada de lo que me avergüence de haber hecho o dicho el sábado. – Le ruego.

–          Hecho. – Me responde sonriendo y, volviéndose hacia a la puerta, añade alzando un poco la voz: – Adelante.

La puerta se abre y veo aparecer a Borja, que está sonriente como siempre y entra como un torbellino en el despacho.

–          Disculpen el retraso, el tráfico de Barcelona es caótico. – Nos dice acercándose a saludarnos. Me da un beso en la mejilla y me susurra al oído: – Si lo sé, hubiera llegado mucho antes, cielo. – Y acto seguido se vuelve hacia a Gonzalo y, tendiéndole la mano, lo saluda y se presenta: – Soy Borja Miró, encantado de conocerlo señor Cortés.

–          Lo mismo digo. – Lo saluda Gonzalo con semblante serio e implacable.

Los tres tomamos asiento y le enseño a Borja los planos de la casa y le resumo brevemente lo que teníamos pensado hacer con la decoración, mientras Gonzalo nos escucha y nos observa con su gesto indescifrable. Borja, que ha venido con los deberos hechos de casa, le muestra varios diseños a Gonzalo y él los mira con interés, pero después me mira a mí y me pregunta:

–          ¿Qué opinas, Yasmina?

–          Me gustan todos, pero si te soy sincera yo había pensado en algo menos moderno. – Le contesto encogiéndome de hombros. Me vuelvo hacia Borja y le digo: – Son unos diseños un poco fríos.

–          Cielo, esto es moda. Estamos en el siglo XXI, todo tiene que ser moderno. Y ya sabes lo que dicen, renovarse o morir. – Me contesta Borja. Se vuelve hacia Gonzalo y le pregunta: – ¿Qué estilo prefiere, señor Cortés? Al fin y al cabo, es usted quien debe decidir.

–          Los diseños me gustan, pero Yasmina tiene razón, son un poco fríos e impersonales. – Le contesta Gonzalo con seriedad. – No quiero una casa de muñecas, pero tampoco quiero una casa que parezca un hotel.

–          ¿La casa es para usted o la está construyendo para alguien en concreto? – Le pregunta Borja mirándome de soslayo, él sabe perfectamente que los planos de la casa que le estamos enseñando y el estilo con la que la queremos decorar son elección mía, me conoce lo suficiente como para haberse dado cuenta.

–          La casa es para mí. – Le aclara Gonzalo un poco irritado. – La señorita Soler sabe exactamente lo que quiero y creo que se lo ha hecho saber.

Vaya con Gonzalo, menudo carácter. Borja me mira incrédulo y, poniéndose en pie muy dignamente, le ofrece la mano a Gonzalo y se despide:

–          De acuerdo, señor Cortés. La señorita Soler se encargará de hacerme saber todo lo que necesite en cuanto al estilo y la decoración. – Gonzalo le estrecha la mano con firmeza y Borja se vuelve hacia a mí y, besándome en la mejilla, me dice: – Que tengas suerte, cielo, la vas a necesitar.

Acto seguido, Borja se dirige hacia a la puerta y se marcha. No puedo evitar mirar con reproche a Gonzalo, no ha sido para nada educado con Borja y Borja ha venido por hacerme un favor, a él le sobran los clientes, es uno de los mejores en su campo.

–          ¿Por qué me miras así? – Me pregunta Gonzalo como si no lo supiese.

–          Has sido un borde con Borja. – Le acuso molesta, olvidándome de que estoy hablando con un cliente que va a desembolsar diez millones de euros. – Borja es uno de los mejores en su trabajo, le sale el trabajo por las orejas y me ha hecho un favor viniendo aquí para atenderte y aceptar el encargo solo porque somos buenos amigos. Y tú no has sido para nada amable con él, más bien todo lo contrario.

–          Tienes razón, lo siento. – Me dice dejándome completamente confusa. Y añade mostrándome su sonrisa macarra: – La próxima vez que le vea le pediré disculpas si eso te hace sentir mejor, pero no te enfades conmigo.

–          Usted mismo, señor Cortés. – Le digo poniéndome en pie.

–          Un momento. – Me dice poniéndose en pie y mirándome con el ceño fruncido. – Creía que teníamos una conversación pendiente y, ¿por qué ahora me llamas de usted?

–          ¿Qué es lo que quieres de mí, Gonzalo?

–          Solo un poco de tiempo, ¿aceptas mi invitación a comer? – Me pregunta con cara de no haber roto un plato en su vida. – Solo serán un par de horas y después te llevo a la oficina, ¿qué me dices?

–          Que acabaré arrepintiéndome. – Le respondo.

–          Lo tomaré como un sí. – Me sonríe con picardía.

Recojo mi bolso y ambos salimos del despacho. Al pasar frente a la mesa de Esther, Gonzalo le dice:

–          Estaré fuera el resto del día, llámame si surge algo importante.

–          No te preocupes, por aquí todo estará contralado. – Le responde Esther. Se vuelve hacia a mí y, sonriendo, me dice con simpatía – Ha sido un placer conocerla, señorita Soler, espero verla pronto de nuevo.

–          Muchas gracias, Esther y, por favor, llámame Yasmina. – Le respondo amablemente.

Gonzalo coloca su mano sobre mi espalda y me guía hacia el ascensor. No es que no conozca el camino, tan solo tengo que recorrer el pasillo hasta el final para llegar a los ascensores, pero es su ritual y yo lo respeto, aunque solo sea porque me gusta que Gonzalo mantenga el contacto conmigo.

Cuando salimos del edificio, veo a Bruce apoyado en el BMW esperando en la calle. No sé cómo lo habrá hecho, pero Gonzalo no lo ha avisado y él ya está esperándonos.

–          Hola, Bruce. – Lo saluda Gonzalo. – Llévanos al Future.

Bruce asiente con la cabeza y abre la puerta trasera del vehículo para que Gonzalo y yo entremos y nos sentemos. Bruce ni siquiera se molesta en mirarme, creo que le caigo mal. En el coche hay tanta tensión que creo que si alguien encendiera un mechero explotaríamos, pero por suerte el Future está bastante cerca y llegamos en escasos minutos. Bajo del coche y Gonzalo le dice algo a Bruce antes de colocarse a mi lado y colocar su mano sobre mi espalda. Entramos en el restaurante y uno de los camareros nos guía al mismo salón donde comimos el viernes pasado.

–          ¿Vas a seguir estando de morros conmigo? – Me pregunta Gonzalo en cuanto el camarero nos deja a solas. Le desafío con la mirada y él me sonríe divertido para después decir: – Me gustas más cuándo sonríes.

–          Tú a mí también me gustas más cuándo eres educado y amable. – Le replico con indiferencia, intentando ocultar el tembleque de mis piernas.

–          Vale, hagamos un trato. – Me dice Gonzalo. – Tú dejas de estar de morros conmigo y yo me disculparé con Borja y seré más amable con él en el futuro. ¿Qué te parece?

–          Me parece bien. – Le digo sin estar del todo segura, pero la intensidad de su mirada me somete a su voluntad sin que yo pueda evitarlo.

Le echamos un vistazo a la carta y cuando el camarero regresa le pedimos exactamente lo mismo que pedimos el viernes. Tras servirnos dos copas de vino, el camarero anota nuestro pedido y se retira.

–          Entonces, ¿ya no estás de morros conmigo? – Me pregunta sonriendo divertido. Le devuelvo la sonrisa y añade: – Me alegro, porque quería proponerte algo.

Esa frase llama por completo mi atención. Lo miro esperando que continúe hablando y, cuando no lo hace, le digo animándolo:

–          Soy toda oídos.

Gonzalo me sonríe, sabe que estoy impaciente por saber qué es lo que tiene que proponerme y eso le gusta y no se molesta en disimularlo.

–          Eres bastante impaciente. – Me dice con tono burlón.

–          ¿Es una crítica?

–          Tan solo es una observación. – Me responde encogiéndose de hombros.

–          Deja de andarte por las ramas y dime qué quieres proponerme. – Le ruego haciendo un mohín.

–          Dentro de tres semanas hay una exposición de decoración para el hogar en Londres, donde diversos diseñadores exponen sus creaciones y las subastan. – Me empieza a decir. – Un amigo ha estado en la exposición que han organizado en Nueva York y me ha hablado muy bien de ella, tanto que he pensado en ir y quiero que me acompañes.

–          ¿A Londres? – Le pregunto confusa.

–          Sí, dentro de tres semanas. – Me confirma. – El último fin de semana del mes para ser más exactos. – Mi cara debe ser un poema porque Gonzalo frunce el ceño y me dice con voz suave y calmada: – Solo quiero echar un vistazo y, si hay algo que nos guste para la casa, pues lo compramos. Por supuesto, el trabajo extra será gratamente remunerado y también me haré cargo de todos los gastos.

Gonzalo me mira esperando una respuesta y la verdad es que yo no sé qué decirle. ¿Un fin de semana en Londres con él? No creo que sea muy buena idea… Por no mencionar que Rubén probablemente pondría el grito en el cielo y mi padre… ¿Qué dirá mi padre? Él nunca se ha metido en mi vida privada, pero esto afecta directamente a la empresa. Por otra parte, es solo un viaje de trabajo, en fin de semana y en Londres. Me imagino lo que dirá Lorena cuando se lo cuente.

–          Yasmina, estoy esperando una respuesta. – Me dice Gonzalo mirándome con intensidad, devolviéndome a la realidad.

–          No sé qué decir, Gonzalo. – Le digo con sinceridad.

–          Di que sí. – Me contesta sonriendo.

–          De acuerdo, ¿te encargas tú de organizarlo?

–          Yo me encargo de todo. – Me confirma satisfecho.

Mientras comemos, Gonzalo me cuenta todo lo que sabe acerca de la exposición y la subasta y me promete tener todo zanjado en una semana, creo que piensa que puedo echarme atrás. La sobremesa se nos alarga más de la cuenta y, cuándo nos damos cuenta, son las seis de la tarde.

Gonzalo se ofrece a llevarme a casa y cuando le digo que tengo que pasar por la oficina insiste en acompañarme. Por supuesto, nada más salir del restaurante nos encontramos a Bruce esperando apoyado en el coche que ha dejado en doble fila frente al restaurante. Gonzalo y Bruce se saludan e intercambian una mirada significativa, algo no va bien.

–          Acompañaremos a la señorita Soler a su oficina y después la llevaremos a su casa. – Le dice Gonzalo a Bruce mientras abre la puerta trasera del coche y me invita a subir para después él hacer lo mismo.

–          ¿Va todo bien? – Le pregunto a Gonzalo con prudencia.

–          Sí. – Me responde forzando una sonrisa.

–          No hace falta que me lleves a casa, no quiero molestarte. Tienes asuntos de los que ocuparte y hoy ya te he quitado demasiado tiempo. – Le digo consciente de que parece estar bastante cansado.

–          No es ninguna molestia y ya hemos hablado de eso, te llevamos a casa. – Sentencia.

Pasados unos minutos de incómodo silencio, Bruce detiene el vehículo frente a la puerta de mi oficina y Gonzalo le dice que espere en el coche antes de bajar del coche y acompañarme dentro de la oficina. En la recepción nos encontramos a Susana, que está recogiendo sus cosas para marcharse a casa.

–          ¡Yas, qué susto! – Exclama cuándo se percata de mi presencia y se ruboriza al ver a Gonzalo.

–          ¿Tan fea soy? – Bromeo.

Susana me saca la lengua y, volviéndose a ruborizar por haberse olvidado de la presencia de Gonzalo, aunque haya sido por un segundo, me dice en voz baja:

–          Rubén estaba tratando de localizarte, tienes el móvil desconectado y esperaba encontrarte en tu despacho, pero solo se ha encontrado con el ramo de orquídeas y me temo que no le ha gustado nada.

–          ¿Está aquí? – Pregunto.

–          No, se ha ido hace media hora y yo también me voy ya. – Me responde Susana. – ¿Te encargas tú de cerrar?

–          Sí, cierro yo. – Le confirmo. – Hasta mañana, Susana.

–          Hasta mañana, Yas. – Se despide Susana. Se vuelve hacia Gonzalo y añade: – Buenas tardes, señor Cortés.

Gonzalo le dedica una sonrisa forzada y Susana se marcha ruborizada. Entramos en mi despacho y lo primero que Gonzalo mira son las orquídeas.

–          ¿Es tu cumpleaños? – Me pregunta sonriendo, está vez sonriendo de verdad.

–          No. – Contesto evitando su mirada, pues no sé qué más decirle, ni siquiera sé quién me ha enviado las flores.

–          No parece que te haya alegrado recibirlas. – Comenta Gonzalo frunciendo el cejo.

–          No sé quién me las ha enviado. – Confieso resoplando.

–          ¿No traían tarjeta?

–          Sí, pero lo que hay escrito en la tarjeta no me ha ayudado mucho. – Protesto haciendo un mohín. – Léela tú mismo. – Le digo entregándole la tarjeta mientras busco los informes que he venido a buscar para llevármelos a casa.

–          Es alguien que cree recordar que las orquídeas son tus flores favoritas. – Me dice sonriendo. – Espero que al menos haya acertado en lo de las flores.

–          Pues sí, ha acertado. – Le confirmo.

–          Entonces, solo tienes que pensar en quién sabe que las orquídeas son tus flores favoritas y yo me decantaría por un hombre.

–          Puede que muchas personas sepan que me gustan las orquídeas, pero no se me ocurre ninguna que me las haya podido enviar. – Le contesto encogiéndome de hombros.

–          ¿No recuerdas haberle contado a nadie últimamente que las orquídeas son tus flores favoritas? – Se mofa Gonzalo.

–          Pues no, no lo recuerdo. – Le replico un poco molesta.

–          ¿Puedo hacerte una pregunta personal?

–          ¿Acaso has hecho alguna pregunta que no le fuera? – Le replico de nuevo.

–          Me lo tomaré como un sí. – Me responde mirándome con dureza. Frunce el ceño y me pregunta: – ¿Hay algo entre tú y Rubén Vázquez?

–          ¿Por qué me preguntas eso? – Le pregunto extrañada.

–          Escuché lo que te decía Susana. – Me dice encogiéndose de hombros. – No entiendo por qué no le ha sentado bien que recibieras flores.

–          No tengo ni he tenido nada con Rubén y, si sigues queriendo hacer más preguntas de ese tipo tendrás que emborracharme para que te conteste. – Le digo zanjando el tema.

–          ¿Tienes algo que hacer el sábado por la noche de la semana que viene?

–          ¿En serio estás pensando en emborracharme para sacarme información personal? – Le pregunto sin dar crédito a mis oídos.

Gonzalo se echa a reír aunque yo no pillo el chiste. No entiendo a este hombre, me confunde y me aturde pero consigue de mí todo lo que quiere. Al ver mi gesto de incomprensión, Gonzalo me dice tratando sin éxito de ocultar su sonrisa macarra:

–          En realidad, estaba pensando en pedirte que me acompañaras a un pequeño evento que ha organizado mi empresa, aunque lo de emborracharte para sacarte información personal también suela muy tentador. – Bromea.

–          Oh, vaya. – Balbuceo sorprendida.

¿Me acaba de pedir que le acompañe a un evento público de su empresa? De todas formas, no puedo ir, ya he quedado con las chicas para celebrar la inauguración del nuevo piso de Rocío, que lo hemos pospuesto para el sábado que viene porque este sábado Lorena iba a estar fuera de la ciudad (oficialmente por trabajo, aunque la verdad es que a quien se va a trabajar el fin de semana es a su jefe).

–          Lo siento, el próximo sábado tengo un compromiso y no lo puedo cancelar. – Le respondo.

Gonzalo me mira un poco decepcionado, supongo que esperaba que le dijera que sí. Respira profundamente y me dice:

–          Tendré que aburrirme en solitario, entonces.

Le dedico una sonrisa evitando mirarle directamente a los ojos para no correr el riesgo de hipnotizarme y de decirle que sí, de lo contrario Rocío me matará. Cierro la oficina y regresamos al coche dónde Bruce nos espera y, sin necesidad de decirle nada, arranca el coche y conduce hasta llegar a mi casa, a pocos metros de distancia. Gonzalo se baja del coche detrás de mí y me acompaña hasta el mismo portal donde se despide:

–          Gracias por todo y nos vemos el viernes. – Me da un beso en la mejilla y añade: – Pasaré a recogerte por la oficina a la una, ¿te va bien?

–          Me va perfecto. – Le confirmo sonriendo tontamente. – Nos vemos el viernes.

Entro en portal del edificio y recorro el hall hasta llegar al ascensor y entro sin volver la vista atrás. No quiero mirarle, este hombre puede someterme a su voluntad sin esfuerzo y estoy empezando a preocuparme.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.