Solo tuya 7.

Solo tuya

“Los amigos son esa parte de la raza humana con la que uno puede ser humano.” Jorge Santayana.

El ruido incesante de mi teléfono móvil me despierta a las tres de la tarde. Alargo el brazo hasta llegar a la mesita de noche donde rebusco hasta encontrar mi móvil, arrasando con lo pudiera haber por allí y tirando al suelo algún objeto que no me molesto en mirar para averiguar de qué se trata y mucho menos en recogerlo. Pulso la tecla “responder” sin mirar siquiera quién me llama y me llevo el teléfono a la oreja.

–          ¿Mm?

–          ¿Yasmina? – Me pregunta la voz de Lorena desde el otro lado del teléfono.

–          Lo que queda de ella. – Le respondo carraspeando para aclararme la voz. – ¿Me llamas para contarme cómo ha ido tu cita con tu jefe?

–          Sí, necesito hablar con alguien que no me juzgue. ¿Te pillo muy mal?

–          Dame media hora que me duche y me vista y nos vemos en el Tapas.

–          Te espero en media hora, no tardes. – Me dice antes de colgar.

Me levanto y me dirijo a la cocina. Rocío me ha dejado un post-it pegado en la puerta de la nevera para avisarme que se ha ido a su antiguo piso para terminar de empaquetar sus cosas, el próximo viernes se muda al nuevo piso que Paloma le ha conseguido a muy buen precio.

Me tomo medio vaso de zumo de naranja con un ibuprofeno, me doy una ducha rápida, me pongo unos vaqueros pitillo, una camiseta de tirantes blanca y un jersey calado ancho, también de color blanco, que deja ver la camiseta que llevo debajo, junto con unos botines de color beige.

Media hora más tarde y caminando a toda prisa, llego al Tapas donde Lorena ya me está esperando sentada en nuestra mesa.

–          Te daría los buenos días o las buenas tardes, pero por tu cara hoy no parece ser un buen día. – Se mofa Lorena. – ¿No follaste anoche?

–          Mejor te lo cuento luego, lo tuyo parece más importante.

Lorena asiente con la cabeza y, mientras yo tomo asiento, ella le pide un par de Coca-Colas al camarero, que nos mira con cara de no haber entendido bien.

–          Sí, has escuchado bien. – Le dice Lorena al camarero ante la vacilación de él. Y añade guiñándole un ojo: – Nos estamos haciendo mayores.

Pongo los ojos en blanco, solo Lorena es capaz de tener ganas de ligar estando con resaca y habiendo pasado una noche de maratón sexual porque, aunque todavía no me lo haya dicho, se lo noto en la cara.

–          ¿Qué tal fue tu cita de anoche? – Le pregunto cuando deja de mirar lascivamente al camarero.

–          Ese camarero siempre me ha puesto cachonda, pero vamos a lo que hemos venido. – Me dice frotándose las manos. – Creo que jamás lo había pasado tan bien en una cita. Me vino a buscar a casa y me llevó al restaurante del hotel Torre Hesperia, donde la comida estaba buenísima pero nos quedamos con hambre. Estuvimos más de tres horas en el restaurante, hasta que la temperatura empezó a subir estrepitosamente y decidimos ir a una habitación del hotel. Me sorprendió descubrir que Erik no lo tenía previsto, tuvimos que bajar a recepción donde se encargó de dar una generosa propina al recepcionista para que nos diera una de las suites, que al parecer estaban reservadas por no sé qué evento deportivo. Follamos durante toda la noche, hasta que a las cinco de la mañana nos quedamos dormidos de agotamiento. – Me atraganto con el humo de mi cigarrillo al escuchar las palabras de Lorena, ella es siempre así de directa y concisa, pero en estos temas sigue pillándome desprevenida. – Esta mañana cuando me he despertado, Erik ya se había levantado, se había dado una ducha y había pedido que nos trajeran el desayuno a la habitación. Todo ha sido tan romántico que he estado a punto de llorar purpurina y vomitar arcoíris…

Ambas estallamos en carcajadas. Lorena es todo lo contrario a una persona romántica, es de las que después de pasar la noche con un hombre se escapa a hurtadillas y desaparece sin dejar rastro. En fin, es como un hombre pero con tetas.

–          Después de desayunar en la cama, me di una ducha y me trajo a casa. – Continúa diciéndome Lorena cuando logramos parar de reír. – Me dijo que lo había pasado genial conmigo y que quería una segunda cita.

–          ¿Y tú qué le has dicho?

–          Que me lo tenía que pensar. – Me contesta encogiéndose de hombros como si la historia no fuera con ella.

–          Lore, tendrás que darle una respuesta tarde o temprano y, teniendo en cuenta que trabajáis juntos, me temo que será más temprano que tarde.

–          Lo sé pero es que no sé qué hacer. – Me confiesa. – En fin, sé que es mi jefe, que no debería enrollarme con él y todo eso, pero tampoco quiero dejar de verle, y ya sabes a lo que me refiero.

–          Sé perfectamente a lo que te refieres, no hace falta que entres en detalles. – Le contesto sonriendo con complicidad.

–          Pues eso, que no quiero dejar de verle.

–          Pues ya tienes una decisión.

–          Pero es una muy mala decisión.

–          Tú siempre has dicho que prefieres arrepentirte de haber hecho algo que en el momento querías a tener que preguntarte el resto de tu vida qué hubiera pasado si lo hubieras hecho. – Le respondo. – Joder, eso ha parecido un trabalenguas.

Ambas nos volvemos a echar a reír y el camarero, que en este momento llega para servirnos nuestras Coca-Colas, se nos queda mirando como si estuviésemos locas y no le culpo.

–          Muchas gracias, guapo. – Le dice Lorena guiñándole un ojo al camarero y dedicándole una sonrisa coqueta. – Este chico cada día está más buenorro. – Me dice cuando por fin logra apartar la vista del culo del camarero. – ¿Por dónde íbamos?

–          Me estabas diciendo que quieres seguir “viéndote” con tu jefe.

–          Pues eso, tenemos una segunda cita este fin de semana.

–          ¿Todo el fin de semana? – Le pregunto sorprendida.

–          Lo sé, el lunes no voy a poder andar. – Me dice socarrona.

Con Lorena es imposible no reírte, aunque no tengas ganas porque estés de resaca y con tres problemas con nombre propio: Isaac, Rubén y Gonzalo.

–          Bueno, cuéntame qué te ha hecho poner esa cara de amargada y por qué no follaste anoche. – Me suelta Lorena. – Porque está claro que no follaste y eso que tenías a todos los astros a tu favor.

–          Anoche salí con Isaac, fuimos a la gala benéfica, nos quedamos un par de horas por allí y después fuimos a su casa. – Le empiezo a explicar. – Creía que gozaríamos de una increíble noche de sexo pero Isaac lo fastidió todo.

–          ¿Qué hizo? – Me pregunta Lorena con los ojos muy abiertos. – Por favor, dime que no te propuso hacer un trío y saliste corriendo. – Me espeta horrorizada.

–          Hubiera preferido hacer un trío, créeme. – Le digo muy en serio. – Me dijo que me echaba mucho de menos y que quería algo más que sexo conmigo, quiere una relación seria y estable.

–          Teniendo en cuenta que no follaste anoche, no tiene mucho sentido preguntarlo pero lo preguntaré de todos modos: ¿Cuál fue tu respuesta?

–          Al principio intenté decirle que yo no quería una relación estable, pero él me impidió hablar, me dijo que no tenía que darle una respuesta ahora, que lo pensara y que le diera mi respuesta cuando regrese de Shanghái, dentro de dos meses. – Le contesto y resoplo al recordar la escena. – Me agobié y le dije que me marchaba a casa, que no podía quedarme allí con él como si no hubiéramos tenido esa conversación y me fui.

–          Viene desde Shanghái y, ¿le dejas tirado? – Se mofa Lorena partiéndose de risa. – Debe de quererte mucho si ha seguido manteniendo su propuesta después de eso.

–          Gracias Lore, eso es lo que necesitaba escuchar. – Le reprocho.

–          No te enfades, pero es que es muy fuerte.

–          Pues aún no he acabado. – Le digo evitando mirarla a los ojos.

–          Oh Dios, dime qué hiciste después. – Me ordena. – ¿Te has tirado a Rubén?

–          ¡Qué no, pesada! – Le espeto cansada de su insistencia porque me acueste con él. – Me fui de casa de Isaac sola, en ese momento me sentía incómoda con él y necesitaba que me diera el aire, así que decidí regresar caminando a casa. El lunes tengo una reunión con Gonzalo Cortés, el nuevo cliente del que te hablé, en su oficina, así que decidí subir caminando por la calle Balmes y ver dónde estaba su oficina para no perder tiempo el lunes y llegar tarde. Eran las once de la noche de un sábado, lo que menos podía imaginar era que me lo iba a encontrar saliendo de la oficina.

–          ¿Trabajando un sábado por la noche? Ese tipo está pirado. – Opina Lorena.

–          Habían tenido un contratiempo de última hora con una negociación y tenían que arreglarlo cuanto antes, pero eso es lo de menos. – Le digo haciendo un gesto con la mano para quitarle importancia. – Me lo encontré de frente y me vio. Nos saludamos y, al verme con un vestido de gala, me preguntó de dónde venía y por qué regresaba sola y tan pronto a casa. Le dije que era una larga historia y me dijo que me invitaba a una copa mientras se lo contaba. Yo ya había bebido algo más de la cuenta y no tuve ningún reparo en ir con él a un pub cercano y contarle toda la historia. – Me tapo la cara con ambas manos, muerta de vergüenza. – Joder, no sé cómo le voy a mirar a la cara mañana.

–          Aparte de contarle tu vida con Isaac, ¿pasó algo más?

–          No pasó nada, hablamos de Isaac, de sexo, de música y de alguna otra cosa más, pero no pasó nada entre nosotros. – Le aseguro. – A las cuatro de la madrugada el pub cerró sus puertas y él me acompañó a casa dando un paseo, comportándose como todo un caballero. Incluso me prestó su americana de camino a casa. – Le doy un trago a mi Coca-Cola y añado: – Me dio un beso en la mejilla a modo de despedida y me deseó buenas noches, pero tengo que confesar que en ese momento deseaba que me besara en los labios, aunque ahora me alegro de que no lo haya hecho.

–          ¿Se lo has contado a Rocío?

–          No, cuando llegué estaba dormida y cuando me he despertado esta mañana me había dejado un post-it en la nevera avisándome que se había ido al piso a terminar de empaquetar las cosas. – Le contesto. – Pero tampoco voy a contarle nada porque no hay nada que contar y ella ya tiene bastantes cosas en las que pensar.

–          Si se lo quieres ocultar es porque algo hay. – Me pincha Lorena. – Vamos, reconócelo, ese tío te pone mogollón y no quieres decírselo a Rocío ni a Paula porque sabes que te van a soltar el sermón. – Se mofa Lorena. – A mí me pasa lo mismo, por eso ambas acabamos llamándonos para contarnos estas cosas y por eso has salido de la cama para venir a verme pese a estar con resaca.

–          Touchée.

–          Pues empieza a largar por esa boquita.

–          Es muy atractivo y cuando estoy con él me vuelvo idiota. Las piernas me tiemblan, las palabras no salen y la intensidad de su mirada me paraliza, pero no puedo evitar sonreír cuando lo veo aparecer por mi despacho. – Le confieso sonrojada. – Lo peor es que creo que si no hubiera conocido a Gonzalo probablemente hubiera aceptado la propuesta de Isaac.

–          Entonces, la pregunta es ¿qué vas a hacer con Gonzalo?

–          No voy a hacer nada. – Le contesto. – Es un cliente y voy a tener que tratar con él por lo menos durante dos meses, no quiero complicar las cosas. Además, él ni siquiera se me ha insinuado, de hecho si me convenció para que le soltara todo el rollo sobre Isaac fue porque propuso una especie de trato en el que por una noche éramos amigos de toda la vida. Y se portó como un auténtico amigo, para mi mala suerte.

–          Dos meses para volver a ver a Isaac y dos meses para que acabe la construcción de la casa de tu cliente buenorro, es demasiado tiempo. – Apunta Lorena. – O te arriesgas con el cliente buenorro, o te vas a Shanghái de visita un par de veces al mes o te buscas un sustituto en la ciudad, pero así no puedes seguir.

Mi teléfono móvil empieza a sonar. Lo saco del bolso y estoy a punto de apagarlo cuando veo que es Gonzalo quién me llama.

–          Es él. – Le digo aterrada a Lorena.

–          ¿Él, quién? ¿El cliente buenorro? – Me pregunta. Asiento con la cabeza y me dice muy segura de sus palabras: – Eso es una señal, él es el camino correcto. Cógelo, a ver qué quiere.

Con las manos echas un flan, descuelgo la llamada y llevo mi teléfono a la oreja para responder lo más natural que puedo:

–          ¿Sí?

–          Vaya, pensaba que aún estarías durmiendo. – Se mofa Gonzalo.

–          ¿Y llamabas para despertarme? – Bromeo.

–          Solo llamaba para preocuparme por tu estado de salud después de que anoche te bebieras la mitad de las reservas de alcohol de la ciudad. – Bromea. – Supongo que nuestra reunión de mañana sigue en pie. ¿Sabrás llegar a mi oficina o prefieres que le diga a Bruce que pase a recogerte?

–          No te preocupes, recuerdo el camino y está muy cerca de mi oficina, así que iré caminando. – Le respondo.

–          Al menos esta vez será de día. – Comenta con un leve tono de reproche.

–          Quizás tenga la suerte de encontrar a alguien por el camino que se ofrezca a acompañarme. – Le digo coqueteando. Sí, coqueteando.

–          Quizás tengas suerte. – Me contesta Gonzalo y, a pesar de no poder verle sé que está sonriendo.

El camarero se acerca con un par de tapas que ha pedido Lorena y, en cuanto deja los platos sobre la mesa, Lorena le entrega un papelito con su número de teléfono y oigo que le dice:

–          Llámame guapo, estoy segura que podemos divertirnos mucho juntos.

El camarero le dedica una amplia sonrisa y le guiña un ojo mientras se guarda el papelito en el bolsillo de su pantalón. Espero a que el camarero se haya alejado lo suficiente y le digo a Lorena:

–          Desde luego, lo tuyo no tiene nombre.

–          ¿Cómo dices? – Me pregunta Gonzalo al otro lado del teléfono.

–          Disculpa, se lo decía a mi amiga que… En fin, si la conocieras me entenderías. – Me disculpo algo avergonzada.

–          ¿La misma amiga que te dice que acabarás vieja, sola, loca y viviendo con cientos de gatos? – Me pregunta burlonamente.

–          La misma. – Le confirmo.

–          Tenemos una conversación pendiente, Yasmina. – Me dice con un tono mucho más serio del que estaba utilizando. – ¿Comemos juntos mañana después de la reunión con el decorador?

–          ¿Ocurre algo? – Pregunto preocupada.

–          Todo va bien, solo quiero hablar sobre algo que dijiste anoche. ¿Comemos juntos mañana?

–          Sí, claro. – Le respondo entre temerosa y curiosa.

–          Perfecto, nos vemos mañana entonces. – Sentencia. – Tengo que colgar, tengo una reunión urgente en media hora.

–          Trabajas demasiado. – Me oigo decir. ¿Qué soy, su madre?

–          No me quejo, gracias a lo mucho que trabajo anoche me encontré contigo. – Me contesta con voz ronca. – Nos vemos mañana, Yasmina.

–          Hasta mañana. – Me despido antes de colgar.

Guardo el teléfono móvil en el bolso y Lorena, que ha escuchado solo parte de la conversación, me mira y me pregunta:

–          ¿Qué te ha dicho?

–          Quiere que mañana comamos juntos después de la reunión con el decorador para hablar sobre algo que dije anoche. – Le respondo. – Espero que no dijera ninguna barbaridad.

–          ¿Le hablaste de Rubén?

–          No, no hablamos de Rubén. – Le contesto segura de no haberlo hecho. – No sé, quizás es de algo referente a la obra, también hablamos de ello.

–          Mañana lo averiguarás. – Zanja la cuestión Lorena. Y cambiando de tema, me pregunta mirándome fijamente a los ojos: – ¿Qué me cuentas de Rubén? ¿Lo has visto?

–          No he hablado con él ni lo he visto. Nos hemos enviado algunos mails pero todos ellos hablando de trabajo y bastante distantes. Ni siquiera ha pasado por la oficina en toda la semana y por supuesto yo tampoco me he molestado en llamarle ni en ir a verle.

–          Ese rollo que os traéis los dos es demasiado raro y complicado para mí. – Opina Lorena encogiéndose de hombros. – Yo me lo habría tirado ya, está muy bueno, pero solo tiene ojos para ti, aunque tú te empeñes en creer lo contrario.

–          Entre Rubén y yo no hay nada. – Le digo por enésima vez, siempre que hablamos de Rubén acabo repitiéndole lo mismo.

–          Eso es solo porque tú no quieres y dudo que él opine lo mismo, pero al pobre no le queda otra opción que callarse y aguantarse, al fin y al cabo tiene que verte todos los días en la oficina y tu padre es su jefe, si se arriesga y pierde, puede perder mucho más que tu amistad. – Argumenta Lorena. – Aunque también te diré que todo el mundo tiene un límite y, cuando se callan tantas cosas, finalmente uno acaba por explotar arrasando con todo lo que haya a su alrededor y Rubén está dando señales de explotar en breve.

–          Te diría que deliras, pero la verdad es que ya no sé qué pensar cuando se trata de Rubén, últimamente parece una persona totalmente distinta a la que yo conocía. – Le respondo con resignación.

–          Creo que deberías dejarle claro que no te interesa. – Me aconseja.

–          ¿Qué le voy a decir? Tan solo son suposiciones tuyas, él no me ha dado ningún indicio para pensar que quiere algo conmigo, a lo mejor tan solo está pasando por una mala racha y yo le estoy complicando la vida en el trabajo con el proyecto de Gonzalo, quizás por eso me habló así de él. – Trato de buscar otra opción posible.

–          Puedes engañarte a ti misma si quieres, pero eso no solucionará el problema. – Me contesta segura de sus palabras. – No hace falta que le digas que no quieres nada con él, tan solo hazle ver que estás interesada en otro.

–          No sé, Lore. – Le digo haciendo un mohín. – De momento prefiero dejar las cosas como están, no quiero complicarlo todo y que termine afectando a nuestro trabajo.

–          Cuando dices trabajo, ¿te refieres al proyecto de Gonzalo Cortés? – Me pregunta alzando una ceja.

–          Sí, supongo que sí. – Reconozco.

–          ¿No crees que eso quiere decir algo?

–          ¿Qué quieres decirme, Lorena? – Le pregunto irritada, odio cuando se pone así.

–          No te pongas así, tan solo trato de hacerte ver lo que a ti tanto te cuesta. – Me replica molesta. – Ahora mismo, tu prioridad absoluta es Gonzalo y su proyecto. Puede que sea inconscientemente, pero esa es la realidad. Y no es nada malo, créeme. ¿Te acuerdas cuando la otra noche te dijimos que debías soltarte un poco y echarte un novio? No nos referíamos a algo como la propuesta de Isaac, lo que queríamos decirte era que te arriesgaras con alguien que te gustase de verdad. Y Gonzalo, aunque te pese, te gusta de verdad. – Le da un trago a su Coca-Cola y, como yo no digo nada, ella decide seguir hablando – Las pocas veces que has conocido a alguien con el que podría surgir algo más que una relación sexual lo has evitado e ignorado. Está bien que no te apetezca tener una relación estable, a mí tampoco me apetece, pero no puedes cerrarle las puertas a lo que sea que esté por llegar.

–          ¿Lorena, me estás hablando de amor? – Le pregunto estupefacta. – ¡Joder, cómo no me he dado cuenta antes! ¿Te has enamorado de tu jefe?

–          Sht. ¡Baja la voz! – Me regaña Lorena ruborizándose.

–          Se acaba de caer un mito. – Me mofo sin poder contener la risa.

–          No tiene gracia, joder. – Protesta.

–          Hay una cosa que no entiendo, ¿por qué le has dado tu número al camarero?

–          Eso es parte del plan. – Me contesta encogiéndose de hombros.

–          ¿Qué plan?

–          No sé, esto es nuevo para mí. – Me dice nerviosa. – Empiezo a sentir cosas y he pensado que quizás, si estoy con otro hombre, se me pasa. Tengo que comprobar hasta qué punto me gusta Erik y quiero estar segura de saber dónde me estoy metiendo, Yas.

–          ¿Y no tienes otra manera mejor de comprobarlo?

–          ¿La tienes tú?

–          Pues no sé, déjate llevar como me dices tú a mí. – Le respondo. – Si no tienes ganas de estar con otros hombres porque prefieres estar con Erik, no tientes por qué hacerlo. Te ha invitado a una segunda cita, ve y diviértete. – Le aconsejo. – Si mañana sigues queriendo estar con otros hombres, solo tienes que dejarlo.

–          Te recuerdo que es mi jefe.

–          Sí, pero no creo que te vaya a echar alegando que ya no quieres follar con él y, teniendo en cuenta que lo hicisteis sobre la mesa de su despacho, a él no le deja en buena posición para defenderse frente al comité de la empresa, que ante un caso así cortarían por lo sano para lavarse las manos y os despedirían a ambos.

–          Me arriesgo si tú te arriesgas con Gonzalo Cortés. – Me chantajea Lorena.

–          A Gonzalo no le intereso, anoche recalcó varias veces la palabra “amigo” y te recuerdo que se despidió de mí dándome un beso en la mejilla.

–          Solo déjate llevar. – Me sugiere Lorena. – A ver dónde acabamos.

–          Estás como una cabra.

–          Sí, pero me adoras. – Me responde poniéndome ojitos.

Sí, la adoro. Lorena es una persona capaz de ver siempre el lado positivo de las cosas, es de las que cuando la vida le da la espalda ella le toca el culo, y en su caso se podría decir que esa frase a menudo es literal.

Entre risas y confidencias, nos comemos las tapas que nos ha servido el camarero y después cada una regresa a su casa, tenemos muchas cosas en las que pensar.

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