Solo tuya 6.

Solo tuya

“No hace falta conocer el peligro para tener miedo; de hecho, los peligros desconocidos son los que inspiran más temor.” Alejandro Dumas.

Estoy retocándome el maquillaje frente al espejo del baño para hacer tiempo cuando recibo un mensaje de Isaac en el móvil informándome que está abajo esperando. Salgo a la terraza para asomarme a la calle con disimulo y logro distinguirlo junto a una limusina de color blanco, una de esas limusinas que aparecen en las películas americanas cuando el chico lleva a la chica al baile de final de curso. Cojo el bolso que he dejado sobre la mesa del hall y me echo un último vistazo en el espejo para comprobar que todo está en su sitio. Rocío se ha empeñado en que me pusiera el vestido negro de encaje de Versace, mi vestido favorito. Es un vestido de cola de sirena, con un escote bastante desbocado que se compensa con la fina tela de encaje que cubre desde mi cuello hasta mis manos a la altura de los nudillos.

–          Estás fantástica con ese vestido, hasta estoy pensando en hacerme lesbiana. – Bromea Rocío. – ¿Te vas ya?

–          Sí, Isaac está esperándome. – Le doy un beso en la mejilla y me despido: – No me esperes despierta, muy mal me tiene que ir para regresar esta noche a casa.

Salgo del ático y bajo en el ascensor hasta el hall del edificio donde me encuentro con el anciano portero al que saludo dando las buenas noches antes de salir a la calle. Isaac se acerca en mi busca en cuanto me ve y, para mi sorpresa, me agarra de la cintura y me abraza con fuerza al mismo tiempo que me besa apasionadamente en los labios.

–          Vaya, al final voy a creerme que me has echado de menos. – Le digo sonriendo cuando se separa de mí.

–          Créetelo nena, yo nunca miento. – Me asegura guiñándome un ojo. Me mira de arriba abajo y añade mordiéndose el labio inferior: – Estás realmente impresionante, estoy tentado a llevarte a mi casa y pasar de la gala benéfica.

–          No tengas prisa, ya habrá tiempo para eso más tarde. – Le contesto con coquetería.

El chófer sale de la limusina y, tras saludarme con una reverencia, abre la puerta trasera del vehículo y, antes de que pueda moverme, Isaac me coge en brazos y entra conmigo en la limusina. Ambos nos sonreímos y nos miramos con timidez. Se me hace extraño salir con Isaac, no es algo a lo que estemos acostumbrados. También se me ha hecho raro que me besara en un lugar público, nunca nos hemos dado muestras de cariño en ningún lugar público, nuestra relación siempre ha sido muy práctica, al menos hasta el momento.

–          Estás muy callada, ¿ocurre algo? – Me pregunta Isaac preocupado.

–          No pasa nada, es solo que se me hace extraño salir contigo. – Le respondo con sinceridad.

–          ¿No te gusta salir conmigo?

–          Eso todavía no puedo contestártelo, tendrás que esperar a que acabe la noche. – Le respondo guiñándole un ojo. – Cuéntame, ¿las mujeres de Shanghái no te gustan?

–          Las mujeres de Shanghái son muy hermosas, pero no tienen nada que no tengan las mujeres españolas. – Me responde encogiéndose de hombros.

–          Entonces, ¿por qué me has echado de menos? – Le pregunto confusa.

–          ¿Acaso crees que te he echado de menos por el sexo? – Me pregunta entre divertido y molesto. – Hay muchas otras cosas de ti que me gustan y que también he echado de menos, Yas.

–          ¿Cómo qué? – Le pregunto con curiosidad.

–          Eres inteligente, puedo hablar contigo de cualquier cosa sin que ninguno de los dos nos perdamos en la conversación del otro y tienes un carácter parecido al mío, por lo que congeniamos bastante bien. – Me empieza a decir con naturalidad y añade sonriendo con picardía: – Tampoco puedes negar que lo pasamos muy bien juntos, además de lo mucho que nos divertimos practicando sexo. Me gusta pasar el rato contigo y esta era una buena oportunidad para salir juntos y ver qué tal nos va.

Estoy a punto de preguntarle cuándo y con quién ha decidido eso, que yo sepa nadie ha contado con mi opinión sobre dar un paso adelante en nuestra extraña relación de pareja, por llamarlo de algún modo, pero decido callarme sabiendo que mis palabras y mi tono probablemente arruinarían la noche. Además, ni siquiera sé qué pretende con todo esto, quizás solo esté pensando en tener una relación de amistad, que funcione más allá del sexo.

El chófer detiene la limusina frente al Palau Sant Jordi donde se celebra el evento y pocos minutos después, Isaac y yo estamos entrando en el recinto una vez que los tipos de seguridad de la empresa que organiza el evento han comprobado que estamos en la lista de invitados. Isaac me guía entre el gentío hasta que encuentra el tablero que anuncia a los invitados y ubica nuestra mesa.

–          Estamos en la mesa quince, junto a mi jefe y su mujer. – Me dice sonriendo.

–          ¿Ese es un motivo para estar contento?

–          Sí, porque si tengo a mi jefe al lado puedo hablar con él mientras cenamos y no tendré que esperar hasta después de la cena y, por consiguiente, de los discursos. – Me contesta divertido. – Lo que se dice matar dos pájaros de un tiro.

Cruzamos todo el pabellón y nos sentamos a la mesa número quince. Poco a poco, los invitados van tomando asiento en sus mesas y los camareros nos sirven vino, champagne y canapés. Isaac aprovecha en hablar con su jefe durante la cena, antes de que empiecen los discursos. Mientras ellos hablan de negocios, yo me entretengo comiendo canapés y bebiendo vino y charlo alegremente con el resto de los invitados que se sientan en la mesa.

Un par de horas más tarde, cuando el embajador de la fundación benéfica empieza con los discursos, Isaac se acerca y me susurra al oído:

–          Nena, podemos irnos cuando quieras.

–          Ahora es un buen momento. – Le contesto sonriendo.

No tengo que repetirlo dos veces, Isaac se pone en pie, me ofrece su brazo para ayudarme a levantar y juntos caminamos discretamente hacia a la salida. El chófer nos saluda y nos abre la puerta de la limusina para dejarnos entrar antes de volver a sentarse tras el volante. Una vez nos hemos incorporado a la carretera, Isaac le dice al chófer:

–          Llévenos a la Gran Vía junto con la calle Balmes, por favor.

A estas horas apenas hay tráfico en la ciudad y tardamos escasos minutos en llegar a nuestro destino. El piso de Isaac es lo que suele describirse como un piso de soltero, está compuesto por una cocina-comedor-salón, todo en uno, un aseo, un dormitorio con baño completo y un pequeño despacho. La decoración es escasa y muy impersonal, no hay ni una sola foto suya ni de su familia, solo fotografías que probablemente ya venían con los marcos. Siempre estaba todo muy limpio y ordenado, lo cual no es de extrañar teniendo en cuenta que Isaac tiene contratada una asistenta que viene un par de veces a la semana a limpiar y él se pasa más tiempo viajando que en casa.

–          ¿Te apetece una copa de vino? – Me ofrece Isaac. Asiento con la cabeza y añade: – Tú siéntate y ponte cómoda, ahora mismo traigo las copas.

Me acomodo en el sofá y dos minutos más tarde, Isaac me entrega una de las copas y se sienta a mi lado. Hace chocar su copa contra la mía y brinda:

–          Por nosotros y por el futuro.

Bebemos un trago y él me sonríe y se frota las rodillas con las manos, está nervioso y está empezando a ponerme nerviosa a mí.

–          ¿Ocurre algo? – Le pregunto al ver que no se decide a decirme lo que está pensando.

–          La verdad es que quería hablar contigo. – Me dice de pronto. – Verás, últimamente cada vez pasábamos más tiempo juntos, hasta que tuve que irme a Shanghái, y mientras he estado allí me he dado cuenta de lo mucho que pienso en ti. Pequeños recuerdos de ti me invaden día y noche, te recuerdo durmiendo en mi cama, enrollada entre las sábanas dejándome destapado, te imagino riendo mientras me miras tratando de comer sushi con palillos y te imagino de mil formas más, Yas. – Me escudriña con la mirada esperando a que diga algo y, como no lo hago, añade – Sé que esto no es lo que habíamos acordado, pero estoy seguro de que puede funcionar y yo estoy dispuesto a intentarlo.

–          ¿Qué es lo que estás dispuesto a intentar? – Le pregunto confundida.

–          Me gustas, Yas, eso es obvio. – Me dice mirándome a los ojos. – Hasta ahora nos ha ido muy bien basando nuestra relación solo en el sexo, pero quiero más.

–          ¿Quieres tener una relación estable conmigo? – Le pregunto al incómoda. Necesito que me lo diga con esas palabras para acabar de creérmelo.

–          Así es, Yas. – Me confirma. – Quiero más que sexo, quiero que salgamos juntos a cenar, al cine, quiero conocer a tu familia y a tus amigos y, sobretodo, te quiero solo para mí.

–          Quieres todo lo contrario de lo que pactamos. – Concluyo pensando en voz alta.

–          Sí, supongo que sí.

–          Isaac, yo no sé si…

–          No hace falta que me contestes ahora. – Me interrumpe. – Me voy mañana y no regresaré hasta dentro de dos meses, puedes pensarlo hasta entonces, pero cuando regrese deberás darme una respuesta.

–          Isaac, yo no…

–          Solo piénsalo. – Vuelve a interrumpirme. – ¿Te apetece que veamos una película?

No sé si es la situación, las muchas copas de vino que me he bebido o las palabras de Isaac que retumban en mi cabeza repitiendo “quiero más”, puede que sea todo junto, el caso es que empiezo a sentirme agobiada y necesito salir de aquí y alejarme de él. Lo sé, soy una cobarde que huye cuando las cosas se ponen feas, pero es mejor huir que quedarme en este estado.

–          La verdad es que estoy un poco cansada.

–          ¿Quieres irte a casa? – Me pregunta sorprendido.

–          Sé que no es lo que habíamos planeado, pero en este momento creo que es lo mejor.

–          ¿Te he asustado? – Me pregunta preocupado. – No quiero que te agobies, Yas. Solo quiero que pienses en ello como en una posibilidad. Nos llevamos bien, tenemos un carácter similar, nos gustan las mismas cosas, disfrutamos el uno del otro y tan solo tendrías que salir conmigo a algún lugar público de vez en cuando y no acostarte con nadie más. – Me dice sonriendo, tratando de que me relaje. Al ver que no lo consigue, añade resignado: – Te llevaré a casa.

–          No es necesario, iré dando un paseo, necesito que me dé el aire.

–          ¿Tan malo te parece que quiera que seamos algo más que dos personas que quedan para follar? – Me pregunta bastante molesto.

–          No es que me parezca malo, es solo que me parece extraño, algo que no esperaba y que me ha aturdido. No puedo quedarme aquí y actuar con normalidad porque no estoy cómoda, necesito pensar en lo que me has dicho y ahora mismo estoy empezando a agobiarme más de lo que probablemente debería.

–          Está bien, cómo quieras. – Se resigna Isaac. Me da un beso en la mejilla y añade para despedirme: – Piénsalo al menos, Yas. No perdemos nada por intentarlo.

–          Hablaremos cuando regreses. – Es lo único que puedo decirle antes de marcharme.

Salgo a la calle y agradezco la suave brisa que me acaricia la cara, estaba empezando a marearme. Decido subir por la calle Balmes hasta torcer a la derecha en la calle Aragón para llegar a casa, así puedo comprobar dónde está situada la oficina de Gonzalo, donde tengo que ir el lunes. Miro el móvil, solo son las once de la noche, Rocío se va a asustar cuando me vea llegar tan pronto después de haberle dicho que no aparecería por casa en toda la noche. Podría llamar a Lorena, pero tiene una cita con su jefe. También podría llamar a Rocío y tratar de convencerla, pero a Rocío no te la llevabas de fiesta tan fácilmente, tan solo perdería el tiempo y acabaríamos discutiendo. Y luego está Paula. Últimamente no había quién le viera el pelo. Para hablar con ella por teléfono tenías que convencer a su secretaria que se trataba de una urgencia y, por desgracia, su secretaria ya me conocía… Saco el móvil del bolso y busco la dirección de la empresa de Gonzalo en internet para comprobar la dirección exacta. Según aparece en el mapa de Google, la oficina de Business está situada en la calle Balmes, entre la calle Diputación y la calle Consejo de Ciento, justo aquí al lado. Camino una manzana y, cuando estoy a escasos metros del portal del edificio donde se encuentra la oficina de Gonzalo, la puerta se abre y veo a salir a dos hombres. Son Gonzalo y Roberto Fuentes. ¿Qué hacen saliendo de la oficina un sábado a las once de la noche?

–          Asegúrate de que cumple con el contrato, si da algún problema, ya sabes lo que tienes que hacer. – Escucho a Gonzalo decirle a Roberto.

–          Me encargaré de todo, tú descansa y relájate. – Le dice Roberto a Gonzalo.

Ambos se dan un abrazo a modo de despedida y se alejan el uno del otro, Roberto se dirige caminando hacia a la calle Aragón y Gonzalo se gira hacia a mí, da un par de pasos y me ve.

–          ¿Yasmina? – Me pregunta acercándose a mí. Me mira de arriba abajo y añade: – Estás preciosa pero, ¿qué haces sola por aquí? – Me escruta con la mirada y me pregunta preocupado: – ¿Estás bien? ¿Te ha pasado algo?

–          Estoy bien, regresaba caminando a casa y decidí pasar por aquí para así saber dónde tengo que venir el lunes. – Le digo forzando una sonrisa. – Y tú, ¿qué haces en la oficina un sábado por la noche?

–          Hemos tenido un pequeño imprevisto y he tenido que trabajar todo el fin de semana, pero ya soy libre. – Me responde sonriendo divertido. – ¿De dónde vienes así vestida?

–          De una gala benéfica, pero mejor no preguntes.

–          ¿Tan mal ha ido que regresas temprano y sola a casa? – Bromea Gonzalo.

–          Creo que no podía haber ido peor y no lo entiendo, no ha pasado nada malo. – Le respondo encogiéndome de hombros, creo que he bebido demasiado. – Quizás el problema sea yo, ¿no crees?

–          No sé de lo que estás hablando, pero dudo que tú seas el problema. – Me dice Gonzalo escrutándome con la mirada. – ¿Te invito a una copa y me lo cuentas?

–          Mejor te invito yo y no hablamos más del tema. – Propongo.

–          Trato hecho. – Me secunda con su sonrisa más macarra estampada en los labios. – Aquí cerca hay un pub donde podemos ir a tomar una copa.

Gonzalo coloca su brazo alrededor de mi cintura y juntos caminamos hasta llegar a un pequeño pub situado en la calle Consejo de Ciento, justo al doblar la esquina. Como todavía es temprano, no hay mucha gente en el pub y Gonzalo me guía cruzando el local de punta a punta hasta llegar a un pequeño rincón con un sofá de dos plazas y una pequeña mesa auxiliar donde dejar las bebidas.

–          ¿Qué te apetece tomar? – Me pregunta mientras nos acomodamos en el sofá.

–          Cualquier cosa que lleve alcohol me sirve.

–          Ha debido ser una noche realmente mala. – Bromea Gonzalo. Le hace un gesto al camarero para que se acerque y, cuando llega hasta a nosotros, le dice: – Pónganos dos gin-tonics, por favor. – El camarero asiente con la cabeza y se marcha, Gonzalo se vuelve hacia a mí y añade: – No deberías andar por ahí sola por la noche, y mucho menos si vas vestida así.

–          Así, ¿cómo? – Le pregunto a la defensiva.

–          Así de espectacular.

–          ¿Eso es un cumplido?

–          Tan solo estoy constatando un hecho. – Me contesta dedicándome esa sonrisa macarra que tanto me excita. – ¿No vas a contarme cómo ha ido tu noche?

–          Es una larga historia.

–          Estaré encantado de escucharla.

Suspiro profundamente y le digo:

–          No debería hablar contigo sobre mi vida personal, eres un cliente.

–          Esta noche no, esta noche somos dos amigos que hablan tranquilamente y con total sinceridad. – Me corrige.

–          Está bien. – Cedo finalmente. – Esta noche había quedado con un amigo pero me he agobiado y he decidido regresar a casa, fin de la historia.

–          ¿Puedo preguntar qué es lo que te ha agobiado?

–          No sé, me he sentido incómoda, él quiere algo que yo no soy capaz de darle y la verdad es que tampoco sé si quiero.

–          Si me hablas en clave no podré entenderte.

–          Buf. Es que me resulta raro y algo incómodo hablar contigo de ciertas cosas, apenas nos conocemos y yo no suelo confraternizar con los clientes.

–          Olvida durante esta noche todo lo que tenga que ver con el trabajo, imagínate que soy esa amiga con la que hablabas el otro día por teléfono. – Me sugiere burlonamente.

–          Vale, pero lo que aquí hablemos aquí se queda. – Le advierto.

–          Te lo prometo.

–          Conocí a Isaac en la universidad y desde entonces nos vemos de vez en cuando, tú ya me entiendes. – Le empiezo a decir. – Nuestra relación siempre ha sido un poco peculiar, por llamarlo de algún modo. No somos de esos amigos que se cuentan intimidades, ni nada parecido. Tampoco salimos juntos a cenar ni vamos al cine, no somos una pareja porque así lo queríamos los dos. – Bebo de mi copa y continúo hablando – Por motivos de trabajo, Isaac lleva un mes en Shanghái y tiene que quedarse allí un par de meses más, pero esta noche la empresa para la que trabaja participaba en la gala benéfica y él tenía que asistir, así que le habían organizado un viaje relámpago para que pudiese llegar a tiempo. Isaac ha llegado esta misma mañana a Barcelona y regresa a Shanghái mañana por la tarde. Como solo iba a pasar una noche en Barcelona, me convenció para que le acompañara a la gala y yo acepté. El plan era hacer acto de presencia durante un par de horas y después ir a su casa, pero entonces fue cuando se complicó todo.

–          ¿Se puso violento? – Me pregunta preocupado, tensando la mandíbula.

–          No, no. – Respondo categóricamente. – Aunque creo que eso hubiera sido mejor. Me dijo que quería una relación estable.

–          ¿Te ha dejado por otra? – Me pregunta sorprendido.

–          No te estás enterando de nada. – Le reprocho haciendo un mohín. – Y la verdad es que tampoco sé por qué estoy hablando de esto contigo.

–          Porque quizás pueda ayudarte dándote un punto de vista más masculino. – Argumenta Gonzalo. – Si no te ha dejado por otra, ¿por qué te ha dejado?

–          No me ha dejado, es conmigo con quien quiere una relación estable. – Le replico molesta. – ¿Tan extraño te parece que alguien quiera compartir su vida conmigo?

–          Lo que me parece extraño es que no tengas novio, porque no lo tienes, ¿verdad? – Pongo los ojos en blanco y Gonzalo suelta una carcajada. – Está bien. – Me dice volviéndose a poner serio. – Cuéntame por qué te parece tan horrible que tu amigo quiera tener una relación estable contigo, según he entendido, ya os acostáis juntos.

–          No sé por qué, pero sí me parece que es horrible. – Le confieso. – Quiero decir que yo no quería que nada cambiara, estábamos bien así. Las chicas me dicen que debería ceder un poco y echarme novio, dejarme llevar sin pensar en nada más o acabaré convirtiéndome en una vieja loca que vive rodeada de gatos… Puede que tengan razón, pero desde luego no me apetece intentarlo con Isaac. Si sé que va a acabar mal, ¿para qué voy a perder el tiempo intentándolo?

–          ¿Has rechazado su propuesta?

–          Lo he intentado, pero me ha pedido que lo piense y le dé una respuesta cuando regrese, dentro de dos meses. – Le respondo encogiéndome de hombros.

–          Eso no explica por qué te he encontrado regresando sola a casa tan temprano. – Comenta Gonzalo alzando una ceja, esperando una respuesta.

–          Después de esa conversación me he agobiado y le he dicho que me marchaba a casa, se ha ofrecido a acompañarme, pero quería estar sola y me apetecía caminar, el resto ya lo sabes. – Le doy un largo trago a mi copa para terminarla.

–          Si no quieres, solo tienes que decirle que no. – Opina Gonzalo.

–          Me da rabia porque sé que Isaac es una buena persona y me gustaría poder sentir por él más de lo que siento. Nos llevamos bien y nos compenetramos todavía mejor, pero no me imagino el resto de mi vida con él. Isaac no es para mí. – Resoplo y añado: – Y eso es todo. Ya he hablado suficiente y ahora te toca a ti.

–          ¿Qué quieres saber?

–          ¿Puedo preguntarte lo que sea y me responderás con sinceridad?

–          Así es. – Me confirma divertido ante mi entusiasmo.

–          ¿Por qué dejas que sea yo la que tome las decisiones sobre la construcción de tu futura casa? Se supone que tiene que ser una casa a tu gusto, en la que te sientas cómodo y a la que puedas llamar hogar. – Le empiezo a decir. – ¿No tienes una novia a la que le encantaría dar su opinión sobre la casa?

–          No, yo no tengo novias, Yasmina.

–          Oh, ¿eres homosexual?

–          No, me gustan mucho las mujeres. – Me contesta mostrándome su irresistible sonrisa macarra.

–          Entiendo, eres un mujeriego.

–          Dicho así, suena fatal. – Me dice frunciendo el ceño. – Yo no las engaño, desde el primer momento les dejo claro qué pueden esperar de mí.

–          Eso es porque no has encontrado a la mujer adecuada.

–          Tiene gracia que eso me lo digas tú, que sales huyendo cuando tu amante te propone una relación de pareja seria. – Se mofa.

–          Yo no estoy en contra del amor. – Le replico.

–          Ni yo tampoco. – Me responde muy serio. – Pero, igual que Isaac no es para ti, el amor tampoco es para mí.

–          ¿Tan solo te interesa el sexo en una mujer?

–          No, me interesan muchas cosas más. – Reconoce. – Pero siempre por separado. Tengo una amiga desde que éramos dos críos y nunca me he acostado con ella. Y me he acostado con chicas de las que ni siquiera me he molestado en aprender su nombre.

–          Seguro que acierto si digo que tus relaciones sexuales son con Barbies superficiales que no tienen cerebro.

–          ¿Qué hay de malo en eso? Ellas solo buscan acostarse conmigo para poder decir que han estado con un hombre rico.

–          No puedo creer que esté hablando de sexo contigo. – Pienso en voz alta.

Gonzalo suelta una carcajada y acto seguido le hace un gesto al camarero para que nos traiga un par de copas más.

–          Estoy bebiendo demasiado, al final no me iré a casa sola porque tendrás que llevarme en brazos. – Bromeo.

–          Espero que no vivas en la otra punta de la ciudad. – Me dice Gonzalo sonriendo.

El camarero nos trae dos copas de gin-tonic y ambos entrechocamos nuestras copas para brindar antes de tomar el primer trago. Durante unos segundos, nos dedicamos a observarnos sin decir nada. Gonzalo se ha quitado la americana y la corbata, se ha desabrochado los tres primeros botones de la camisa y se la ha arremangado hasta los codos. Está muy sexy, como siempre, sobre todo cuando me mira intensamente con esos ojos de color gris que tanto me intimidan y a la vez me excitan.

–          Daría cualquier cosa por saber qué estás pensando. – Me dice sonriendo con picardía, sabe perfectamente qué estoy pensando.

–          Estoy pensando que he bebido demasiado.

–          ¿Quieres que te lleve a casa ya? – Me pregunta.

Su rostro es indescifrable. Quizás quiera regresar a casa ya y está tratando de no ser grosero conmigo siendo sutil. Parece cansado, él mismo me ha dicho que se ha pasado el día trabajando y yo misma le he visto salir de la oficina a las once de la noche.

–          Lo siento, debí darme cuenta antes de que estabas cansado. – Le digo un poco avergonzada.

–          Yo no tengo prisa, lo estoy pasando bien charlando con mi nueva amiga. – Me responde divertido guiñándome un ojo. – Me gusta verte tan relajada y que me hables de ti.

–          A mí también me gustaría que me hablaras de ti, he hablado yo todo el tiempo.

–          No tengo mucho que contar. – Me responde encogiéndose de hombros.

–          ¿Por qué acordaste con mi padre la bonificación del 10%? Podrías habérmelo pedido a mí directamente.

–          Quería que fueras tú quién se encargara de todo y así se lo hice saber a tu padre, pero él me dijo que existía la posibilidad de que tú te negaras y que en ese caso él nada podría hacer, así que incluí esa bonificación para asegurarme de que tu padre hiciera todo lo que estuviera en su mano para que aceptaras el trato. – Me contesta con naturalidad, como si aquello fuera lo más normal del mundo. – Y parece que sirvió de ayuda, al fin y al cabo, terminaste aceptando.

–          Hubiera aceptado de todos modos. – Le confieso.

Nos bebemos dos copas más mientras continuamos hablando como si fuéramos amigos de toda la vida. No volvemos a hablar de Isaac, él no saca el tema y yo se lo agradezco. Pero hablamos de muchas otras cosas que me permiten descubrir que no le gusta bailar pero que le encanta escuchar música y que Roberto Fuentes, además de su abogado y su mano derecha, es también su mejor amigo desde que se conocieron en el instituto.

Nos damos cuenta de que son las cuatro de la mañana cuando las luces del pub se encienden y la música desaparece.

Salimos del pub y me abrazo a mí misma, ha refrescado bastante y tengo frío. Gonzalo se da cuenta, se quita la americana y me la coloca sobre los hombros, abrigándome al mismo tiempo que me sonríe con complicidad. Caminamos un par de manzanas hasta llegar al portal del edificio donde vivo y donde nos detenemos para despedimos.

–          Gracias por acompañarme a casa. – Le digo tímidamente.

–          Ha sido un placer. – Me contesta dedicándome una sonrisa arrebatadora que hace que mis piernas empiecen a flaquear. – Nos vemos el lunes en mi oficina, ¿no?

–          Sí, el lunes en tu oficina. – Le confirmo. – Buenas noches, Gonzalo.

–          Buenas noches, Yasmina.

Gonzalo se me acerca y me da un beso en la mejilla. Me quito su americana y se la devuelvo antes de entrar en el edificio. Cruzo el portal y me dirijo al ascensor y, antes de entrar en él, me vuelvo hacia la calle y lo veo mirándome con su rostro indescifrable. Le digo adiós con la mano y entro en el ascensor.

Suspiro con alivio cuando entro en el ático y todas las luces están apagadas. No son ni las cinco de la mañana y si Rocío hubiese estado despierta me hubiera sometido a un tercer grado para averiguar por qué llegaba tan pronto a casa si se suponía que iba a pasar la noche fuera. No tengo ganas de hablar de lo ocurrido con Isaac y tampoco me apetece decirle con quién he pasado la última parte de la noche, no quiero pensar en nada, tan solo quiero meterme en la cama y dormir.

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