Solo tuya 5.

Solo tuya

“No es que yo esté en contra del mundo, lo que sucede es que cuando yo llegué a él, el mundo ya iba en la dirección contraria.” Lord Demented.

Es viernes y estoy hecha un manojo de nervios. Llevo toda la mañana encerrada en mi despacho tratando de recopilar todos los informes sobre la iniciación de la obra y los avances de la semana, pero no puedo dejar de pensar en lo que Rubén me dijo el lunes por la noche cuando salimos a cenar. Seguí el consejo de Rocío y decidí investigar un poco a Gonzalo. Y, aunque me pese reconocerlo, Rubén tenía razón en muchas cosas. Gonzalo Cortés es uno de los solteros de oro de la ciudad, del país y me atrevería a decir que también del planeta. También es cierto que no se le conoce ninguna novia oficial, pero sí había millones de rumores circulando por internet que le atribuían miles de parejas sexuales, en las que se incluyen modelos, actrices, cantantes, presentadoras de televisión, etc. Ya se sabe lo que dicen: cuando el río suena, agua lleva. Gonzalo había concedido varias entrevistas a los medios de comunicación, pero en ninguna hablaba de su vida personal, tan solo habla a rasgos generales sobre negocios. En todas las entrevistas se muestra carismático y encantador, pero siempre firme, seguro de sí mismo e indescifrable. En algunos foros he encontrado comentarios en los que dicen que Gonzalo Cortés es una especie de Christian Grey, del libro de 50 sombras de Grey. Es cierto que es un hombre joven, muy atractivo, imponente y extremadamente rico, pero dudo mucho que haya un Christian Grey suelto por el mundo… También hablé con mi padre antes de que se marchara de nuevo a Madrid y me confirmó que Gonzalo Cortés había pedido expresamente que yo me ocupara personalmente de su proyecto alegando que le había plasmado exactamente la casa que él quería. Según mi padre, le respondió que tenía que confirmar si era posible y Gonzalo le ofreció una bonificación del 10% del coste de la obra, por lo que supondría una bonificación superior a 1 millón de euros. Obviamente, mi padre aceptó.

Sabiendo todo esto, lo hablé con las chicas y les pedí su opinión. Bueno, menos con Paula que tenía no sé qué importante en el trabajo y no pudo venir a casa.

–          ¿Y qué más da lo que él quiera? – Me preguntó Lorena encogiéndose de hombros. – Eres tú quién decide. Si quieres tirártelo, tíratelo. Y, si no quieres, limítate a encargarte del proyecto y dame su número que ya lo consuelo yo.

–          Yo te aconsejo que te dediques a hacer bien tu trabajo y nada más. – Me dice Rocío con la seguridad implacable que emana su tono de voz. – Puede que las reuniones con él no sean como el resto de las reuniones, pero tú misma has dicho que es un tipo impresionante y muy atractivo, casi como un Dios, ninguna persona que se reuniera con él describiría la reunión como algo normal. Por otra parte, ha sido educado y profesional,  no te ha propuesto nada indecente, aunque eso tampoco significa que no lo piense. En resumen, que un tipo como él no necesita gastarse más de diez millones de euros en echar un polvo.

Al final llegamos a la conclusión de que no tenía por qué pensar en buscar soluciones a un problema que ni siquiera se había producido. También hablé de Rubén con las chicas y de su reacción la noche del lunes cuando hablamos de Gonzalo. En esa ocasión y sin que sirva de precedentes, tanto Rocío como Lorena estuvieron de acuerdo:

–          Está celoso. – Dijeron las dos a coro, se miraron y se echaron a reír como dos colegialas.

–          A mí no me hace ninguna gracia. – Les reproché.

–          Eso es porque llevas demasiado tiempo sin follar. – Me replicó Lorena y ambas volvieron a echarse a reír.

Yo me limité a rodar los ojos y seguir dándole vueltas a la cabeza, que es lo mío. No tenía de qué preocuparme porque Gonzalo no había intentado seducirme ni me había sugerido que nos fuésemos a ningún hotel como hace con las chicas con las que sale, así que todo era de lo más normal excepto la intensidad con la que me miraba y la alteración del ritmo de los latidos de mi corazón cuando lo veía o hablaba con él por teléfono.

Y aquí estoy, encerrada en mi despacho desde las nueve de la mañana tratando de trabajar un poco y lo único que he conseguido es no dejar de pensar en Gonzalo. Y la conversación que tuve con él ayer tampoco me ayudó mucho. Gonzalo me llamó ayer por la tarde para confirmar la reunión de hoy, tal y como me dijo que haría. Me propuso que fuéramos a comer al Future, el restaurante lujoso donde nos reunimos la primera vez, y yo acepté encantada. Quedó en pasar a recogerme a la una y, antes de colgar, añadió: “No veo la hora de que llegue mañana.” La frase podía haberse interpretado de muchas maneras: “Estoy ansioso por saber cómo va la obra”, “me muero de ganas de ir a comer de nuevo al Future” y, la que a mí más me gustaba aunque jamás lo reconocería delante de nadie, “no veo la hora de que llegue mañana para verte y quizás, con un poco de suerte, comerte entera.”

Mi teléfono móvil empieza a sonar y me saca de mis divagaciones. Cojo el móvil del bolso y me sorprendo al ver el nombre de Isaac en la pantalla. Se supone que está en China, ¿qué querrá?

–          Debes echarme mucho de menos si me llamas desde Shanghái. – Bromeo nada más descolgar.

–          Por supuesto que te he echado mucho de menos, princesa. – Me responde Isaac con su buen humor habitual. – Sé que la llamada me va a costar un dineral, pero merecerá la pena si aceptas mi proposición.

–          ¿Una proposición? Espero que sea indecente… – Le provoco.

–          No hagas eso cuando estoy a miles de kilómetros. – Me advierte.

–          ¿A qué te refieres? – Me hago la tonta.

–          No me provoques, princesa. – Me ordena con la voz ronca. – Te llamo porque tengo que hacer un viaje relámpago a Barcelona, el sábado tengo que asistir a una gala benéfica en la que participa mi empresa y me gustaría que me acompañases. Puede que sea un poco aburrido, pero te prometo que huiremos tan pronto nos sea posible. Sé que no es el mejor plan, pero solo estaré una noche en España, el domingo regreso a Shanghái.

–          A mí me parece un plan estupendo. – Le respondo alegremente.

–          Gracias princesa, te debo una. – Me dice Isaac también contento. – Pasaré a buscarte por casa el sábado a las siete y media de la tarde hora española, se puntual o todos los medios de comunicación nos señalarán con el dedo por ser los últimos en llegar.

–          Yo siempre soy puntual. – Me defiendo.

–          Te veo mañana, princesa. – Se despide de mí antes de colgar.

Me dejo caer en el sillón y respiro profundamente. Con Isaac siempre me he sentido cómoda porque ambos sabemos lo que quiere el otro y lo que podemos esperar del otro. No es un amigo al que le cuento mis problemas ni le pido opinión o consejo, tampoco quedamos para salir a cenar, ir al cine o tomar un café, los dos preferimos quedarnos en casa, ya sea la de él o la mía, cenar cualquier cosa que sirvan a domicilio y disfrutar de una noche apasionada.

El teléfono del despacho empieza a sonar y contesto rápidamente al ver que es Susana.

–          Yas, el señor Cortés ha venido a buscarte.

–          Salgo en un minuto. – Le respondo antes de colgar.

A toda prisa, saco un pequeño espejo del bolso y un neceser de viaje y me retoco el maquillaje antes de salir del despacho. Dos minutos más tarde, aparezco por la recepción y me encuentro a Susana sonriendo con cara de tonta mientras le dice a Gonzalo que la señorita Soler llegará en un minuto. Observo a Gonzalo con descaro aprovechando que está mirando en dirección contraria y aún no me ha visto. Lleva puesto un traje gris oscuro de Hugo Boss, una camisa blanca y una corbata del mismo tono gris que el traje. Está impresionante, como siempre. El ruido de mis tacones chocando contra el suelo de parqué de la oficina me delata y Gonzalo da media vuelta y me ve. Su intensa mirada me paraliza las piernas y me quedo quieta a escasos dos metros de él, pero en sus labios se dibuja una sonrisa arrebatadora que, lejos de hacerme sentir incómoda, me relaja.

–          Buenos días, aunque a estas horas podríamos decir buenas tardes. – Me saluda Gonzalo de buen humor y se acerca a mí, colocándome una mano en la cintura para besarme en la mejilla.

–          Buenos días, Gonzalo. – Lo saludo. – Yo no digo buenas tardes hasta tener el estómago lleno. – Bromeo.

Gonzalo me sonríe y me hace un gesto para que camine delante de él en dirección al ascensor. Al pasar por delante de la recepción, me cruzo con la mirada curiosa de Susana y le digo sonriendo:

–          Nos vemos el lunes, Susana. Que pases un buen fin de semana.

Susana me fulmina con la mirada, va a tener que esperar al lunes para poder someterme a su interrogatorio.

Subimos en el ascensor y pulso el botón de la planta baja en el mismo momento en que Gonzalo hace lo mismo y nuestras manos se rozan provocándome una pequeña descarga eléctrica que no solo noto yo, pues ambos retiramos la mano con rapidez.

–          Menudo calambrazo. – Comenta Gonzalo divertido pulsando el botón del ascensor. Y me alegro de ello porque yo no pensaba volver a repetir semejante calambrazo. Se vuelve hacia a mí y, dedicándome una sonrisa macarra que me derrite, añade: – Hay mucha electricidad estática en los ascensores.

Y también mucha tensión sexual, pero eso no se lo digo y me limito a sonreír tímidamente. Por suerte el trayecto en ascensor apenas dura un minuto y respiro tranquila cuando las puertas se abren y salimos al hall del edificio. Gonzalo coloca su mano en mi espalda y me sonríe mientras atravesamos la puerta principal del edificio. Sin retirar su mano de mi espalda, me guía hacia el BMW X6 negro parado en doble fila donde Bruce nos espera sentado en el asiento del conductor. Gonzalo abre una de las puertas traseras, entro en el coche y él entra detrás de mí.

–          Llévanos al Future, Bruce. – Le dice Gonzalo ahora con el rostro indescifrable.

Bruce asiente con la cabeza, enciende el motor del coche y se incorpora a la circulación para llevarnos al Future. Apenas veinte minutos después, estamos entrando en el restaurante y uno de los camareros nos acompaña a un pequeño salón privado con un ventanal enorme con vistas a la ciudad. Es un salón distinto al salón donde estuvimos la otra vez, es más pequeño y mucho más íntimo. El otro salón tenía una decoración más fría, más destinado a reuniones de negocios, pero este es más personal, aunque tampoco podría decir que es romántico. Tan solo más íntimo.

Tras echar un vistazo a la carta y decidir qué vamos a pedir, Gonzalo se quita la americana y la corbata, se desabrocha los dos primeros botones de la camisa y se sube las mangas hasta los codos. Me mira con la misma intensidad de siempre y me pregunta con tono despreocupado:

–          ¿Qué tal ha ido la semana?

–          Pues ha sido muy productiva. – Respondo tratando de parecer lo más profesional que puedo teniendo en cuenta que estoy tan nerviosa que me tiembla todo el cuerpo y estoy segura de que él puede percibirlo. – Si todo va bien, en un plazo estimado de entre dos y tres meses podremos tener tu casa terminada por completo, preparada para entrar a vivir.

–          ¿Tres meses? – Me pregunta sorprendido y creo que decepcionado.

–          Bueno, es una obra de grandes dimensiones y lleva su tiempo. Tenemos a los obreros trabajando día y noche y Rubén Vázquez está supervisando personalmente la obra. No va a poder estar terminada antes de que llegue julio, pero te aseguro que el uno de agosto ya podrás disfrutar de tu nueva casa.

–          No tengo tanta prisa, no pensaba mudarme hasta pasado el verano. – Me dice frunciendo el ceño. – ¿Va todo bien, Yasmina?

–          ¿A qué te refieres?

–          No sé, estás nerviosa, no pareces sentirte cómoda y no sé si he hecho o dicho algo que haya podido molestarte o…

–          Todo va bien. – Le interrumpo. – Disculpa si he podido causarte esa impresión, he tenido una semana complicada. Pero no tienes nada de lo que preocuparte, tu casa tiene prioridad y ya he avanzado un poco por mi cuenta. – Le respondo resuelta y tratando de serenarme. – He contratado a un decorador interior que nos dará ideas y he pensado que quizás te gustaría estar presente y escuchar sus ideas.

–          Eso es estupendo, ¿cuándo podré conocerle? – Me pregunta él también más relajado.

–          Pues he quedado con él el lunes a las diez en mi despacho, pero si no te va bien podemos cambiar la cita.

–          Si no te importa, preferiría que nos reuniéramos en mi despacho, está a un par de manzanas de tu oficina. – Me responde resuelto. – Tengo una reunión importante a primera hora de la mañana y así me aseguro de no llegar tarde.

–          No hay problema, el lunes a las diez en tu oficina. – Le confirmo.

–          Da gusto hacer negocios contigo, haces que todo resulté fácil y cómodo. – Comenta Gonzalo mostrándome su sonrisa más sexy. – Si no tienes prisa, luego puedo enseñarte la oficina.

–          Gracias, pero no será necesario. – Le agradezco. – Me diste una tarjeta de visita en la que seguro aparece la dirección de tu empresa y, si está a un par de manzanas de mi oficina, no creo que me cueste encontrarla.

Un camarero nos trajo la comida y yo empecé a poner al corriente a Gonzalo de todo lo que habíamos avanzado esta semana. Por suerte, los informes que Rubén me enviaba por correo electrónico detallaban minuciosamente el proceso del proyecto descrito día a día y no había tenido que hablar con Rubén cara a cara. Lo sé, estoy con él como antes, pero esta vez no se trata de que me dé vergüenza hablar de un casi beso, ahora el motivo es que si lo veo le diré de todo menos bonito y no creo que eso nos ayude a arreglar la situación, más bien todo lo contrario. Gonzalo se muestra cordial y correcto en todo momento y yo cada me siento más relajada y cómoda con él.

Cuando estamos tomándonos el café, mi teléfono móvil empieza a sonar y lo pongo en silencio avergonzada, debería haberlo apagado.

–          No pasa nada. – Me dice Gonzalo fijando su intensa mirada en mí. – Puede que sea importante.

Sin saber muy bien por qué, decido contestar.

–          ¿Sí?

–          Yas, tenemos que hablar. Gabinete de crisis privado y urgente. – Me responde Lorena desde el otro lado del teléfono. – Te necesito, Yas. A ti y a una botella de tequila.

–          Dime que no has hecho lo que estoy imaginando. – Le ruego.

–          Si quieres te lo digo, pero sería mentira. – Me responde Lorena lanzando un gritito nervioso que no sé muy bien si es una risa o un quejido. – ¿Vienes a verme?

–          Ahora mismo estoy en una reunión, pero te llamo cuando termine y voy a verte. – Le confirmo.

–          ¿Me traerás una botella de tequila?

–          Iré con dos, una para ti y otra para mí.

–          Oye, ¿estás con el cliente buenorro?

–          Tengo que colgar. – La corto.

–          Eso significa que sí. – Adivina Lorena. – Estoy segura de que tienes las bragas húmedas y que has estado todo el tiempo pensando en cómo sería…

–          Tengo que colgar, Lorena. – La interrumpo controlándome para no decir nada grosero que asuste a Gonzalo. Cuelgo sin más despedida y me disculpo con Gonzalo: – Lo siento, estoy rodeada de lunáticos.

Gonzalo me dedica una sonrisa y le da un trago a su café antes de decir:

–          A veces los que parecen más locos son los que están más cuerdos.

No puedo evitar soltar una carcajada al imaginarme a Lorena repitiéndome una y otra vez que me acueste con él y así dejaré de darle vueltas a la cabeza. ¿Puede que ella, por muy loca que parezca, tenga razón y acostarme con Gonzalo sea lo más cuerdo?

–          Yasmina, ¿te encuentras bien? – Me pregunta Gonzalo preocupado, sacándome de mis divagaciones.

–          Sí, perdona, solo estaba pensando en lo que acabas de decir. – Le respondo ruborizada.

–          ¿Estás pensando en hacer una locura y tratas de utilizar mis palabras para justificarlo? – Me pregunta divertido.

–          Suena tentador, créeme, pero me temo que en mi caso no es una buena opción. – Le respondo mostrándome coqueta.

El alcohol me desinhibe y las tres copas de vino que me he tomado han sido suficientes como para soltarme la melena y hablar más de la cuenta.

Uno de los camareros entra en el pequeño salón para retirar los cafés y Gonzalo le pide la cuenta y espera a que el camarero se retire para decirme:

–          Creo que tienes prisa y, si queda algo pendiente lo podemos hablar el lunes cuando nos reunamos con el decorador y, si necesitas localizarme con urgencia, siempre puedes llamarme al móvil.

–          De acuerdo, lo tendré en cuenta. – Le aseguro.

El camarero regresa poco después con la cuenta y Gonzalo paga con su tarjeta de crédito para después ponernos en pie y salir del restaurante. Cuando atravesamos la puerta del Future, Bruce está esperando a Gonzalo en el BMW X6 y Gonzalo, colocando su mano sobre mi espalda, me guía hacia el coche mientras me dice en un susurro:

–          Permítenos llevarte a donde tengas que ir, deja que te compense por nuestras reuniones impredecibles.

–          No quiero molestar…

–          No es ninguna molestia. – Me interrumpe al mismo tiempo que abre la puerta trasera del vehículo y me insta a subir. – ¿A dónde le digo a Bruce que nos lleve?

–          A la calle Valencia con Paseo de Gracia. – Le contesto.

–          ¿Vives allí? – Me pregunta Gonzalo tras repetirle la dirección a Bruce.

–          Vivo cerca, pero no voy a mi casa.

–          Claro, es viernes por la tarde y debí suponer que una chica como tú tendría planes. – Me contesta serio y con el ceño fruncido.

–          ¿Acaso un hombre como tú no tiene planes un viernes por la noche? – Le pregunto sin que se perciba el tono de reproche. Por alguna absurda razón me lo he imaginado con una mujer entre sus brazos y me he puesto de mal humor.

–          Yo no suelo hacer planes, me gusta improvisar. – Me dice escrutándome con la mirada.

–          ¿Nunca has planeado hacer algo? – Le pregunto incrédula. – Y me refiero a alguna cosa no relacionada con el trabajo. ¿Qué haces cuándo llega el fin de semana? ¿No llamas a tus amigos y salís a tomar unas copas?

–          No suelo salir a menudo. – Me contesta encogiéndose de hombros. – Acudo a algún evento social en los que colaboro y también a alguna fiesta a las que algún cliente me invita, pero prefiero las fiestas privadas. – Me dedica una sonrisa macarra que me derrite y añade casi en un susurro: – Cuando la casa esté terminada, lo celebraremos con una fiesta privada.

Esas palabras no tienen mucho de especial, pero el tono con el que las ha pronunciado ha sido muy sugerente. Cuando se refiere a celebrarlo con una fiesta privada, ¿se refiere solo a él y a mí? Estoy a punto de abrir la boca para preguntárselo cuando Bruce anuncia:

–          Ya hemos llegado.

–          Nos vemos el lunes en mi oficina. – Me susurra a modo de despedida y me besa en la mejilla, un beso que dura más de lo políticamente correcto. – Llámame si surge cualquier contratiempo.

–          Nos vemos el lunes y, no te preocupes por nada, todo irá bien. – Le dedico una sonrisa coqueta y añado: – Disfruta del fin de semana.

Gonzalo me dedica su sexy sonrisa de macarra y yo bajo del coche y me alejo de allí sin volver la vista atrás. Cuando llego al portal del edificio en el que vive Lorena, miro hacia el Paseo de Gracia pero ya no veo el BMW que conduce Bruce. Gonzalo se ha ido.

Entro en casa de Lorena y me la encuentro de pie en el hall mirándome de arriba abajo con el ceño fruncido.

–          ¿Dónde está la botella de tequila que ibas a traer? – Me pregunta haciendo un mohín.

–          Ups. – Es lo único que puedo decir. Estar con Gonzalo me nubla la razón y al parecer también me borra la memoria. – Lo siento, se me ha olvidado. – Me disculpo. – Bajo a comprar en un momento.

–          No, déjalo. – Me dice Lorena restándole importancia a mi lapsus. – Creo que tienes cosas interesantes que contarme.

–          Eso debería decirlo yo, ¿no crees? – Le replico maliciosamente. – Te has tirado a tu jefe y, por si no te has dado cuenta, no es una pregunta.

–          Lo confieso, me lo he tirado. – Me confirma Lorena sonriendo de oreja a oreja. – El alemán me ha estado buscando toda la semana y al final me ha encontrado.

–          Cuéntamelo todo. – Le ordeno cogiendo un par de vasos del armario de la cocina mientras Lorena coge la botella de tequila y los hielos del congelador. Una vez servidas nuestras bebidas, nos acomodamos en el sofá y la animo a hablar: – Empieza por el principio.

–          ¿Por el principio? A ver… Estábamos en su despacho revisando una estadística en el ordenador y comparándola con los gráficos de nuestro informe cuando el aire acondicionado de toda la oficina se ha estropeado y ha empezado a hacer un calor de la muerte. – Comienza a explicarme. – Poco a poco se han ido presentando en el despacho todos los tocapelotas de la empresa para quejarse de que no se podía trabajar en aquellas condiciones, hasta que Erik se ha hartado de tanta interrupción y los ha enviado a todos a casa. Nadie se lo ha pensado dos veces y han salido todos corriendo de la oficina, ¡un viernes libre! Pero a mí me ha tocado pringar y quedarme para seguir trabajando, el informe era realmente importante.

–          Por favor, al grano. – Protesto.

–          ¿Solo te interesan los detalles truculentos? – Se mofa Lorena.

–          Por supuesto. – Respondo burlonamente.

Lorena me saca la lengua, bebe un largo trago de tequila y me sigue contando:

–          Como hacía tanto calor, Erik se había quitado la americana y la corbata, se había desabrochado un par de botones de su camisa y se había remangado las mangas hasta los codos. La vista no podía ser más excitante y a mí me entró más calor. Me subí un poco la falda del vestido y me recogí el pelo utilizando un bolígrafo de pasador. Entonces, él se me ha quedado mirando fijamente, yo le he sostenido la mirada y, pasándome la lengua por los labios y cruzando las piernas al estilo “Instinto básico”, le he incitado a hacer lo que tanto deseaba. No ha tardado en echárseme encima y lo hemos hecho como dos salvajes sobre la mesa de su despacho. – Lorena suspira profundamente y añade: – Me he corrido tres veces, Erik es una bomba sexual.

–          Oye, y ¿qué pasó después?

–          Pues nos pusimos la ropa, él se pasó las manos por la cabeza un par de veces, visiblemente nervioso y me dijo que hacía demasiado calor para seguir trabajando. Y, cuando pensaba que ya se había solucionado el tema de la tensión sexual entra nosotros y me disponía a salir de su despacho, me ha agarrado del brazo para detenerme, me ha besado apasionadamente en los labios y me ha pedido una cita.

–          ¿Una cita?

–          Sí, una cita. – Me confirma Lorena. – Literalmente, me ha dicho: “¿Tienes planes para mañana por la noche? Me gustaría tener una cita contigo.”

–          Y, ¿qué le has dicho? – Le pregunto sin poder esperar a que siga hablando.

–          No he podido decirle nada, me ha plantado otro beso en la boca y me ha dicho que pasaría a recogerme por casa mañana a las ocho de la tarde. – Me responde encogiéndose de hombros. – Así que mañana tengo una cita con mi jefe.

–          Estás como una cabra. – Le digo riendo. – ¿Te has parado a pensar en cómo puede afectar todo esto a tu trabajo?

–          Si hubiera querido escuchar reproches y sermones hubiera llamado a Paula, si hubiera querido escuchar un sabio consejo hubiera llamado a Rocío. – Me responde. – Sin embargo, te he llamado a ti.

–          ¿Y eso qué significa exactamente? – Le pregunto alzando una ceja.

–          Tú eres como yo, Yas. Un poco más discreta, pero al fin y al cabo eres como yo. – Me dice sonriendo con ternura. – Tú piensas que la vida hay que vivirla día a día, aunque últimamente estás de un humor… ¿Has pensado en lo de buscarle un sustituto a Isaac?

–          Ya que lo mencionas, te diré que Isaac me ha llamado esta mañana. – Le anuncio. – Va a venir a Barcelona a una gala benéfica en la que participa su empresa y me ha pedido que le acompañe, dice que me está echando de menos.

–          Lo dices como si eso fuese algo malo. – Comenta Lorena. – ¿No quieres que te eche de menos?

–          Es algo un poco más complicado. – Le digo removiéndome en el sofá. – No sé qué ha pasado, puede que tan solo se deba a las pocas semanas que hace que no nos vemos, el caso es que lo he notado bastante distinto, no a él, sino a su manera de hablar.

–          ¿Crees que ha podido echarte de menos más de lo que él esperaba y temes que quiera algo más contigo?

–          No lo sé. – Le confieso. – Pero lo que más me asusta es que ni siquiera yo sé qué es lo quiero, Lore. Si tuviera que dar una respuesta, no sabría qué contestar.

–          Con Isaac siempre te lo has pasado bien, pero tus ojos no brillan cuando hablas de él como brillan cuando hablas de tu nuevo cliente. – Opina Lorena. – Y que conste que solo es una observación. Por cierto, ¿no vas a contarme cómo te ha ido con él hoy?

–          No hay mucho que contar, hemos hablado de cómo va la obra y poco más.

–          No me refiero a eso. – Me reprocha Lorena escudriñándome con la mirada.

–          Es que no hay otra cosa. – Le aseguro. – Es un tipo atractivo, que consigue idiotizarme tan solo con mirarme, me impresiona como nunca antes me había impresionado otro hombre pero a la vez hace que me sienta cómoda y relajada. No sé cómo explicarlo, pero da lo mismo, Gonzalo no ha tratado de seducirme ni nada por el estilo.

Seguimos hablando durante toda la tarde hasta que a las nueve de la noche recibo la llamada de Rocío reclamándome para que vaya a cenar. Me despido de Lorena y me dirijo a mi piso donde Rocío me espera con la mesa puesta y la comida servida, ha hecho una lasaña casera que huele fenomenal.

–          Ya estoy en casa, cariño. – Bromeo poniendo voz de hombre.

–          Imbécil, la próxima vez te harás tú la cena. – Me responde enseñándome el dedo corazón. – Por cierto, ya tengo firmado el contrato de alquiler, me mudo el próximo viernes.

–          ¿Tan pronto? – Pregunto sorprendida.

–          Has hecho que me sienta en mi propia casa y te lo agradezco, pero es hora de que empiece mi nueva vida, no puedo remolonear más. – Me dice Rocío decidida.

Después de cenar y recoger la cocina, me meto en la cama y me quedo dormida nada más tumbarme.

 

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