Solo tuya 4.

Solo tuya

“La vida es aquello que  te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes,” John Lennon.

El lunes llegué a la oficina a las ocho de la mañana, sabía que mi padre ya estaría en su despacho y quería comentarle personalmente los avances con el proyecto de Gonzalo, pese a que ya le había informado de ello por teléfono el pasado jueves y también ayer, cuando lo llamé para preguntar qué tal le había ido el vuelo de regreso a Barcelona.

Saludo a Susana que está en la recepción y le pregunto si mi padre ha llegado.

–          Alejandro y Rubén han llegado muy temprano esta mañana, tu padre está reunido pero no sé con quién y Rubén me ha pedido que te dijera que pasaras por su despacho cuando llegaras. – Susana me escruta con la mirada y me pregunta: – ¿Va todo bien entre vosotros dos? Me da la sensación de que os estáis rehuyendo.

–          No hemos coincidido últimamente. – Miento descaradamente, le dedico una sonrisa forzada y me encamino hacia el despacho de Rubén.

Decidida a zanjar este asunto que ya empieza a hacerme sentir incómoda, llamo a la puerta de su despacho y espero a que Rubén me dé permiso para entrar.

–          Adelante. – Lo escucho decir con naturalidad desde el otro lado de la puerta.

Respiro profundamente antes de abrir la puerta y entrar en su despacho. Rubén aparta su mirada del ordenador para averiguar quién se atreve a molestarle y la sorpresa se instala en su rostro cuando me ve. Mira su reloj y después me mira a mí tratando de recomponerse. No me esperaba en la oficina tan pronto.

–          Yas, pasa. – Me dice tras aclararse la voz. – Quería hablar contigo, últimamente…

–          Últimamente me has estado rehuyendo. – Termino la frase por él.

–          Sí, supongo que sí. – Me responde avergonzado. – El caso es que necesitaba tomarme unos días de vacaciones para poder pensar con claridad.

–          Y, ¿puedo preguntar en qué has estado pensado?

–          En ti y en mí, en nosotros. – Me dice nervioso, pasándose la mano por el mentón. – La última vez que nos vimos no sé qué me pasó, pero de repente quería besarte. Sé que es una locura, te considero como una hermana pequeña y además trabajamos juntos, pero necesitaba pensar en ello sin tenerte cerca. – Rubén sonríe tímidamente y añade: – Eres una mujer joven, atractiva, inteligente e independiente, cualquiera puede sentirse atraído por ti, Yas. Y nosotros nos llevamos muy bien, pero ninguno de los dos está enamorado del otro, así que ni siquiera merecería la pena que lo intentase.

Rubén me mira esperando que diga algo y yo la verdad es que no sé qué decir, así que opto por ser sincera:

–          Me alegro de que todo haya quedado claro y que podamos seguir como antes, porque podemos seguir como antes, ¿verdad?

–          Sí. – Me contesta sonriendo ya más relajado. – ¿Comemos juntos y firmamos la paz?

–          No sé si podré, tengo una reunión con un nuevo cliente, puede que se alargue.

–          ¿El mismo cliente que está con tu padre?

–          ¿Con quién está mi padre? – Le pregunto mirando el reloj. Son las ocho y cuarto, yo no he quedado con Gonzalo hasta a las nueve.

–          Está con Gonzalo Cortés, un nuevo cliente.

–          ¿Desde cuándo está aquí? – Pregunto confusa. – No había quedado con él hasta las nueve de la mañana.

–          Habían quedado a las siete y media, ¿no sabías nada?

–          Pues no. – Contesto preocupada. – ¿Ha pasado algo y yo no me he enterado?

–          No que yo sepa. – Me responde. – Pero parece que vas a tener una respuesta pronto, están saliendo del despacho.

Rubén y yo nos levantamos y salimos del despacho, encontrándonos con mi padre, Roberto Fuentes y Gonzalo en el pasillo. Mi padre nos mira sorprendido, mueve la cabeza de un lado a otro y me pregunta:

–          ¿Cuándo has llegado?

–          Hace un rato. – Le respondo mirando a Gonzalo sin entender nada. – ¿Ocurre algo? Creía que habíamos quedado a las nueve.

–          Y así es. – Me responde Gonzalo sonriente.

–          El señor Cortés y su abogado han querido reunirse conmigo para poner algunas condiciones antes de firmar el contrato. – Empieza a decir mi padre. – Han solicitado que sea una sola persona la que se encargue de gestionarlo todo y quieren que seas tú. Y, aprovechando que Rubén está aquí y que parece que habéis dejado de rehuiros, también podéis poneros de acuerdo para empezar a preparar el terreno y buscar un arquitecto para empezar la obra cuanto antes.

–          Puedo enviar las máquinas para limpiar y preparar el terreno, pero sin planos no puedo hacer nada más. – Responde encogiéndose de hombros. – Yas, envíame la documentación por correo electrónico y solicitaré el permiso de obra al ayuntamiento para tener luz verde. – Me da un beso en la mejilla y añade: – Tengo que irme, tengo una reunión, pero te llamo luego y hablamos. – Le estrecha la mano a Gonzalo y a mi padre y se despide: – Hasta luego.

–          Yo también me marcho, tengo que arreglar unos asuntos porque debo regresar a Madrid a final de semana. – Se despide mi padre. Le lanzo una mirada de reproche, no puedo creer que vuelva a dejarme sola en la oficina. – Lo sé, Yas, pero prometo darte dos meses de vacaciones este año.

Le estrecha la mano a Gonzalo, me da un beso en la mejilla y se marcha. Me vuelvo hacia a Gonzalo y lo encuentro sonriendo.

–          Señor Cortés, señor Fuentes, pasen a mi despacho. – Les digo sin poder ocultar la mala leche que me ha entrado. Me siento en mi sillón tras la mesa de mi despacho y, señalándoles los dos sillones que quedan frente a mí, añado: – Siéntense, por favor.

–          ¿Hemos dejado de tutearnos? – Me pregunta Gonzalo mirándome y alzando una ceja mientras toma asiento. – ¿Estás enfadada conmigo?

Cojo aire y respiro profundamente tratando de calmarme y no gritar. El pobre Roberto ya parece estar bastante sorprendido y extrañado, a saber qué estará pensando y qué podría pensar si me pongo a gritar como una loca…

–          Será mejor que revisemos el contrato, Gonzalo. – Le respondo enfatizando al pronunciar su nombre.

–          Estás enfadada. – Confirma Gonzalo. – Si estás enfadada conmigo, creo que lo mejor es que hablemos del tema.

Roberto nos mira alternativamente como si estuviera viendo un partido de tenis. La verdad es que no sé si la situación le sorprende, le divierte o le incomoda, puede que un poco de las tres. El caso es que a Roberto nuestra conversación le está resultando de lo más interesante mientras que Gonzalo me mira con esa intensidad que me atonta y estoy empezando a ponerme nerviosa, muy nerviosa.

–          Has jugado sucio. – Le suelto de pronto.

–          ¿He jugado sucio? – Me pregunta confundido, sin entender nada.

–          Sí, has jugado sucio. – Le repito. – Podrías haberme preguntado si quería encargarme de todo el proyecto, podrías incluso habérmelo pedido directamente, sin embargo has optado por hablarlo con mi padre y ahorrarte la posibilidad de una negativa.

–          Tienes razón, pero soy un hombre de negocios. – Me dice encogiéndose de hombros, como si eso explicara su comportamiento.

–          Eres un manipulador. – Creía que lo estaba pensando, pero lo he dicho.

–          Si te lo hubiera preguntado, ¿hubieras dicho que sí? – Me pregunta Gonzalo mirándome a los ojos de nuevo con esa intensidad que me debilita.

–          Sí, supongo que sí.

–          De acuerdo, entonces te lo preguntaré.

–          No quiero que me preguntes nada, tan solo quiero que nos olvidemos del tema y revisemos el contrato. – Le interrumpo irritada. Me vuelvo hacia al abogado y, entregándole una copia del contrato, añado: – Aquí tienes una copia del contrato, si todo está en orden podéis firmarla e iniciaremos todos los trámites. – Miro a Gonzalo y, más relajada, le digo: – Es importante contratar a un arquitecto cuanto antes para poder comenzar la obra, necesitamos los planos de tu futura casa.

Gonzalo me sonríe y, mientras Roberto continua revisando el contrato, él me enseña un plano a escala de una casa de dos plantas y bastante grande.

–          ¿Te acuerdas de la casa que me enseñaste? – Me pregunta. Claro que me acuerdo, es la casa que siempre he querido, pero me limito a asentir. – Pues he conseguido unos planos idénticos, así que ya solo nos falta encontrar un arquitecto de confianza que acepte llevar a cabo la obra.

–          Si tenemos los planos, Rubén puede encargarse de todo lo demás. – Le aseguro.

–          Parecía muy ocupado y yo necesito construir la casa lo antes posible, ¿crees que estará dispuesto? – Me pregunta Gonzalo con serias dudas.

–          Yo me encargo de hablar con él. – Sentencio.

–          Entonces este contrato no sirve. – Nos dice Roberto levantando la vista del contrato.

–          El contrato seguirá siendo el mismo, pero le añadiríamos un anexo especificando la situación. – Le respondo.

–          Hay algo más. – Añade Roberto mirando de reojo a Gonzalo. – En cuanto a los asuntos de negocios personales, añadimos un contrato de confidencialidad, debo proteger los intereses de mi cliente.

–          Si terminas de leer el contrato encontrarás una cláusula en donde se especifica la confidencialidad del presente contrato, pero no tengo ningún inconveniente en firmar un  nuevo contrato si os quedáis más tranquilos. – Les digo encogiéndome de hombros.

–          No es necesario. – Me dice Gonzalo mirándome con intensidad y con una sonrisa provocadora en los labios.

–          Me temo que sí es necesario. – Lo corrige Roberto.

–          No hay problema, lo firmaré. – Le aseguro a Roberto.

Está siendo una reunión de lo más extraña, pero me tranquilizo al percatarme de que a Roberto también se lo parece.

–          Aquí tienes el contrato de confidencialidad. – Me dice Roberto entregándome unos papeles que saca de su maletín. – Revísalo y cuando regresemos para firmar el anexo solventamos dudas.

–          ¿Cuándo podremos empezar? – Nos pregunta Gonzalo.

–          En cuanto firmes el contrato Rubén se encargará de gestionar la solicitud del permiso de obra, las máquinas ya están preparadas para iniciar la preparación del terreno.

Gonzalo le quita de las manos de Roberto el contrato y lo firma mientras que su abogado ladea la cabeza y sonríe de soslayo.

–          Ya está firmado. – Me dice Gonzalo sonriendo. – ¿Cuándo crees que podremos iniciar las obras?

–          Con un poco de suerte, esta misma tarde. – Le respondo devolviéndole la sonrisa.

–          Gonzalo, tenemos que irnos, la reunión con los japoneses es dentro de una hora. – Le recuerda Roberto.

Gonzalo asiente con la cabeza y, poniéndose en pie, me dice:

–          Debo marcharme, pero esperaré tu llamada con las buenas noticias.

–          Te llamaré en cuanto tengamos el permiso de obra. – Le aseguro.

Roberto me ofrece su mano a modo de despedida y yo se la estrecho. Rodeo la mesa y le ofrezco la mano a Gonzalo, que me dedica una seductora sonrisa y, tras estrecharme la mano, tira de mí e inclina su cabeza para besarme en la mejilla. El rubor me sube a las mejillas y me alegro de que Roberto estuviera saliendo del despacho y no lo haya visto. Gonzalo vuelve a dedicarme una sonrisa más que seductora y yo me lo quedo mirando como un pasmarote, tratando de asimilar qué es lo que acaba de ocurrir.

–          Hasta luego, Yasmina. – Se despide Gonzalo sin dejar de sonreír.

De lo único que soy capaz es de devolverle una sonrisa y levantar la mano a modo de saludo mientras lo observo marcharse al lado de su abogado.

Cuando logro recobrar la compostura y la cordura, me siento de nuevo en mi sillón y decido empezar con los trámites. Lo primero es llamar a Rubén.

Tras discutir con él, rogarle y suplicarle, acepta hacerse cargo del proyecto si accedo a salir a cenar con él, todavía nos quedan cosas pendientes de las que hablar y de las que no me voy a librar de escuchar.

A las cinco de la tarde, Rubén me envía un mensaje: “He conseguido los permisos de obra, las máquinas ya están preparando el terreno. Organiza una reunión con Cortés mañana y que firme el anexo del contrato. Supongo que sigue en pie nuestra cena, así que pasaré a buscarte por tu casa a las nueve, se puntual.”

Sonrío al comprobar que con Rubén todo ha vuelto a ser como antes, ya no hay esa tensión entre nosotros, no desde esta mañana. Ambos estábamos más incómodos por la repercusión que un simple hecho podía causar en nuestra relación que por el hecho en sí. Por suerte todo había quedado claro entre nosotros. Le contesté rápidamente: “Gracias por conseguirlo tan rápido y seré puntual, como siempre.”

Decido llamar a Gonzalo para darle la buena noticia, aunque tengo que reconocer que esperaba ansiosa que Rubén me confirmara que había conseguido el permiso de obra para llamarlo y hablar con él. Y ahora que ya puedo darle la noticia y tengo el teléfono entre mis manos, no me decido a hacerlo. Nerviosa como una chiquilla, marco su número en mi móvil y pulso la tecla de llamada. Gonzalo contesta al segundo tono:

–          ¿Sí?

–          Buenas tardes, soy Yasmina Soler. – Le saludo.

–          Yasmina. – Repite mi nombre con voz sensual y yo me derrito. – ¿Me vas a dar buenas noticias?

–          No podrían ser mejores. – Le confirmo. – Tenemos el permiso de obra y en este mismo momento las máquinas están preparando el terreno para empezar a construir en tu solar.

–          Eso es genial, ¿cuándo podemos vernos para firmar el anexo? – Me pregunta Gonzalo.

–          Cuánto antes, las máquinas ya están trabajando en el solar y tengo que añadir que jamás antes habíamos hecho algo así sin tener todos los contratos firmados. – Le respondo.

–          Mañana tengo una reunión a primera hora, pero puedo pasar por tu oficina después, firmar el contrato e invitarte a comer. – Propone Gonzalo. – Deja que te agradezca todas las molestias que te has tomado.

–          Ven a verme mañana y ya lo hablaremos entonces. – Zanjo el tema.

–          Hasta mañana, Yasmina. – Se despide con voz sensual.

–          Hasta mañana. – Añado con un hilo de voz antes de colgar.

Este hombre me perturba. Es tan intenso que lo siento como si lo tuviera delante a pesar de estar al otro lado del teléfono. Resoplo tratando de quitarme a Gonzalo y su voz sensual de la cabeza y decido marcharme a casa.

A las nueve en punto de la noche Rubén viene a recogerme y, tras subirme en su Mazda 6 de color negro, nos saludamos dándonos un beso en la mejilla, enciende el motor del coche y nos incorporamos al tráfico de la ciudad.

Media hora más tarde estamos sentados a la mesa de un fabuloso restaurante mejicano que visitamos con frecuencia. Rubén pide unos nachos con guacamole y dos fajitas, lo mismo de siempre, y yo agradezco que se comporte con naturalidad.

–          Parece que Cortés está muy interesado en ti. – Me suelta cuando el camarero retira los platos vacíos.

–          ¿A qué te refieres?

–          Bueno, le ha pagado a tu padre una muy buena bonificación para que seas tú quien se ocupe de su proyecto. – Me responde Rubén y, al ver mi cara de desconcierto, me aclara sonriendo maliciosamente: – Ha acordado pagar un 10% más del total del precio de la obra a cambio de que seas tú quién esté al mando de todo.

–          ¿Qué? – Pregunto estupefacta. – Mi padre no me ha dicho nada.

–          Se le habrá pasado por alto, últimamente está bastante agobiado con la obra de Madrid. – Lo excusa Rubén. – Me sorprende que Cortés no te haya dicho nada, él no es un hombre que se ande con rodeos.

–          ¿Lo conoces bien?

–          Todo el mundo lo conoce, es uno de los solteros de oro de la ciudad. – Se mofa. – Me sorprende que tú no hayas oído hablar de él.

–          Pues no sabía nada de él hasta que lo conocí la semana pasada. – Le aseguro.

–          Deberías saber que es un tipo frío y calculador, tanto en los negocios como en el ámbito personal. – Me dice Rubén. – Es de los que llega solo a cualquier lugar pero siempre se va acompañado, eso sí, a un hotel. Llevar a una chica a su casa sería demasiado personal y comprometido para él.

El tono de Rubén no es nada amable, incluso me atrevería a decir que siente cierto resquemor hacia a Gonzalo, pero opto por no decir nada.

–          Debes tener cuidado con él, Yas. – Continúa diciendo Rubén. – Me preocupa que todo esto de la casa sea un absurdo juego para llegar a ti.

–          Sé cuidarme sola y no tienes nada de lo que preocuparte. – Le corto de inmediato.

–          No te enfades conmigo, solo trato de prevenirte.

–          Prevenida quedo. – Zanjo el tema.

A partir de entonces nuestra conversación empieza a ser escasa e incómoda, hasta que antes de las once de la noche, Rubén pide la cuenta y me lleva a casa en el más absoluto de los silencios. Nos despedimos con un escueto beso en la mejilla, sin mirarnos a los ojos y sin decir nada más, bajo del coche y cruzo la acera para entrar en el portal de mi edificio. Cuando entro en el ático, me encuentro a Rocío sentada en el sofá, con el portátil sobre las piernas y anotando algo en una libreta.

–          ¿Qué estás haciendo? – Le pregunto tras saludarla.

–          Paloma se ha puesto en contacto conmigo, al parecer hay un piso de alquiler a un par de manzanas de aquí con todo lo que le he pedido y es una ganga, estoy apuntando la dirección para ir mañana a verlo. – Me responde Rocío sonriendo alegremente. – Y a ti, ¿qué te pasa? Y no me digas que nada porque menuda cara traes.

–          Buf. – Me dejo caer en el sofá y añado: – Si te soy sincera, ni siquiera lo sé.

–          Empieza por el principio. – Me recomienda Rocío.

–          He salido a cenar con Rubén y todo ha ido bastante bien hasta que ha empezado a hablar de Gonzalo Cortés, el nuevo cliente del que os hablé el otro día. – Empiezo a decir. – El caso es que ha comenzado diciendo que Cortés ha pactado abonar un 10% más del total del importe de la obra para que yo me ocupe de gestionar el proyecto y ha acabado diciendo que es un mujeriego, que es de los que llevan a las chicas a pasar la noche en un hotel y al día siguiente si te he visto no me acuerdo, que si se ha empeñado en que me ocupe personalmente del proyecto es solo porque anda detrás de mí y bla, bla, bla. – Le resumo. – Al principio no he dicho nada, pero luego no he podido evitar dar mi opinión y el ambiente se ha vuelto bastante incómodo, así que Rubén ha pedido la cuenta y me ha traído a casa sin apenas mediar palabra.

–          ¿Has comprobado si es cierto lo que Rubén dice? – Me pregunta con cautela.

–          Pues no, la verdad. – Respondo encogiéndome de hombros. – Conmigo se muestra cordial y profesional y, en cuanto a lo de supervisar el proyecto, desde el primer momento dejó claro que quería a una persona que se ocupara de todo e iba a ser mi padre, si no hubiera tenido que viajar a Madrid. – Resoplo frustrada.

–          ¿Por qué crees que Rubén actúa así?

–          Y yo qué sé, después de lo de esta noche ni siquiera lo reconozco. – Le respondo encogiéndome de hombros.

–          ¿Quieres que te dé mi opinión? – Me pregunta sonriendo maliciosamente.

–          Soy toda oídos.

–          A Rubén le gustas, siempre le has gustado. Puede que tú lo veas como a un hermano mayor, pero te aseguro que él no te ve de la misma forma. Se arriesgó tratando de besarte y, al ver que no estabas por la labor, ha decidido fingir que todo eso es una tontería. – Me suelta Rocío. – Por eso te ha estado rehuyendo las dos últimas semanas, probablemente necesitaba tiempo para recomponerse y pensaba que alejándose unos días de ti todo volvería a ser cómo antes y al menos conservaría su dignidad. Pero me temo que Rubén no se esperaba que a su regreso otro hombre estaría interesado en ti, le ha pillado por sorpresa y no ha sabido reaccionar.

–          Eso no tiene ningún sentido, entre Gonzalo Cortés y yo no hay que una relación profesional. – Le recuerdo.

–          Esa es mi opinión. – Me responde segura de sí misma. – Si quieres un consejo, yo antes de nada confirmaría lo de la bonificación económica por encargarte del proyecto, aunque tampoco creo que sea un motivo como para desconfiar. Y después deberías investigar más sobre él, y me refiero a su vida personal. – Me recalca. – Si Rubén tiene razón y Gonzalo Cortés es un rompebragas deberías estar informada y prevenida. Y no me malinterpretes, no te estoy diciendo que no te lo tires, tan solo te aconsejo que sepas dónde te estás metiendo.

Tras esta pequeña charla, le doy las buenas noches a Rocío y entro en mi habitación dispuesta a meterme en la cama y olvidarme de todo, mañana será otro día.

A la mañana siguiente cuando llego a la oficina Rubén no está y me siento aliviada, puede que no sea muy maduro por mi parte, pero no me apetece en absoluto encontrármelo en este momento. Mi padre está en su despacho y entro a saludarlo.

–          Buenos días, papá.

–          Buenos días, cielo. – Me saluda mi padre levantando la vista de sus papeles para dedicarme una tierna sonrisa. – Rubén se ha ido a la obra, dice que hay mucho por hacer, pero tenía entendido que tenías una reunión con Cortés esta mañana.

–          Así es, me dijo que tenía una reunión a primera hora y que vendría tan pronto como pudiera, así que debe estar a punto de llegar. – Le confirmo. – ¿Cuándo tienes que regresar a Madrid?

–          Me voy esta misma tarde y estaré fuera dos semanas. – Me responde. – Encárgate de que Rubén acabe el proyecto de Cortés cuanto antes, lo necesito en Madrid para que supervise el proyecto, las cosas se están complicando por allí.

–          No te preocupes, me encargaré de ello. – Le aseguro.

Me dirijo a mi despacho y, nada más sentarme en el sillón, Susana me llama por teléfono desde la recepción:

–          Yas, el señor Cortés y su abogado acaban de llegar.

–          Gracias, Susana. Hazlos pasar a mi despacho, por favor. – Le respondo antes de colgar.

Un minuto más tarde, Gonzalo Cortés y Roberto Fuentes asoman la cabeza por la puerta de mi despacho.

–          Buenos días, ¿podemos pasar? – Me pregunta Gonzalo sonriendo ampliamente.

–          Adelante, os estaba esperando.

Les hago un gesto con la mano para que ambos tomen asiento y, en cuanto lo hacen, Roberto Fuentes va directo al grano:

–          ¿Has leído el acuerdo de confidencialidad? – Gonzalo lo fulmina con la mirada y él se defiende diciendo: – Dijo que no le importaba firmarlo.

–          Lo he revisado y estoy conforme con él, lo firmo ahora mismo. – Le respondo buscando el dichoso contrato entre los papeles de la carpeta del proyecto. – Aquí está. – Le digo cuando lo encuentro y acto seguido lo firmo. Se lo entrego a Roberto, quién parece quedar satisfecho, y continúo revisando papeles. – A ver, los permisos para la obra están en orden, Rubén Vázquez está en el solar en este mismo momento dando instrucciones para iniciar la construcción. Tenemos los planos y no habrá ningún problema con ellos, pero aún nos queda por resolver la decoración interior. – Miro a Gonzalo y, al ver el gesto de confusión que tiene, le aclaro – No me refiero al mobiliario, aunque eso también deberás decidirlo, pero por ahora me basta con que decidas el tipo de suelo que quieres poner, el alicatado, el modelo de chimenea, el tipo de puertas y ventanas, y todas esas cosas. ¿Has pensado en algo?

No me hace falta que abra la boca para darme cuenta que Gonzalo me mira como si le estuviese hablando en chino.

–          ¿No has pensado en ello? – Le pregunto incrédula.

–          Bueno, creí que ya había escogido la casa, ¿no? – Me responde Gonzalo encogiéndose de hombros, como si la cosa no fuera con él. Después sonríe y añade divertido: – Quizás tú puedas asesorarme.

–          Creo que deberíamos buscar un decorador. – Comento.

–          Prefiero que seas tú quién me asesore. – Me deja claro Gonzalo, provocando una mirada confusa en Roberto. – La manera en la que describías esa casa fue lo que me convenció a comprar el solar y conseguir unos planos idénticos. Quiero exactamente la misma casa que tú imaginabas cuando me hablabas de ella. Quiero que te ocupes de todo como si esa casa la estuvieras construyendo para ti. Por supuesto, tienes total libertad y el dinero no es ningún problema.

–          ¿Estás seguro de lo que estás diciendo? ¿Qué pasa si luego no te gusta? – Le pregunto estupefacta. ¿Es que se ha vuelto loco?

–          Estoy seguro de que me gustará, pero en caso contrario siempre puedo venderla. – Me responde como si fuera lo más normal del mundo.

No tengo ni idea de dónde ha salido este hombre, pero tengo que reconocer que es la persona más impasible que conozco. Parece que esté hablando de una corbata en vez de la inversión de millones de euros en la construcción de su futura casa.

–          No puedes estar hablando en serio. – Le replica Roberto a Gonzalo.

–          Está decidido. – Sentencia Gonzalo.

–          Cómo quieras. – Respondo resignada, consciente de que todo esto es una locura. – Solo queda que firmes el permiso de obra y todo estará formalizado.

Le entrego el permiso de obra a Roberto para que lo revise antes de que Gonzalo lo firme, pero Gonzalo lo intercepta y dice mientras lo firma:

–          No es necesario que lo revise mi abogado, solo es un permiso de obra. – Me lo devuelve ya firmado y añade: – No voy a cuestionar ninguna de tus opiniones ni decisiones, pero a cambio exijo una reunión todos los viernes en la que puedas informarme de todos los avances de la obra.

–          Eso no supondrá ningún problema. – Le aseguro.

–          Genial, en ese caso nos vemos el viernes. – Sentencia Gonzalo. – ¿Te parece bien si comemos juntos y después me pones al corriente de las novedades y el papeleo?

–          Me parece bien. – Le confirmo.

–          Pasaré a buscarte el viernes, entonces. – Me dice Gonzalo poniéndose en pie para despedirse. – De todas formas, te llamo el jueves para confirmar.

Nos estrechamos la mano a modo de despedida y después hago lo mismo con Roberto, que ha pasado la mayor parte del tiempo en silencio y poniendo cara de asombro frente a la extraña reunión que acabamos de mantener. Y no le culpo, yo también estoy bastante sorprendida.

Les acompaño hasta los ascensores y después me dirijo al despacho de mi padre, quiero hablar un rato con él antes de que se marche de nuevo a Madrid. Además, necesito que me aclare lo de la bonificación que ha acordado con Gonzalo Cortés.

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