Solo tuya 3.

Solo tuya

“Solo existen dos días en el año en que no se puede hacer nada. Uno se llama ayer y el otro mañana. Por lo tanto hoy es el día ideal para amar, crecer, hacer y principalmente vivir,”         Dalai Lama.

Esta mañana he recibido la llamada de Gonzalo, se ha decidido en ir a visitar dos solares a las afueras de la ciudad y quiere que yo le acompañe. Por regla general es mi padre quien se ocupa de estas cosas, aunque sé perfectamente cómo funciona porque yo misma lo organizo todo. Por eso no he tenido ningún problema cuando he llamado a las agencias inmobiliarias para solicitar una cita de un día para otro, me conocen y están más que dispuestos a hacerme un favor. Además, también he aprovechado para pedirles que me enviaran informes de pisos de alquiler según las preferencias que Rocío tiene para encontrar su nuevo hogar, he prometido echarle una mano en buscar piso.

–          Gracias por ayudarme, esto de buscar piso es más difícil de lo que pensaba. – Me dice Rocío mientras preparamos la cena. Hoy tenemos visita, Lorena y Paula se preocupan por Rocío y quieren comprobar con sus propios ojos que está bien, al menos todo lo bien que se puede estar después de romper con su pareja de cinco años y tras descubrir que llevaba meses pegándosela con otra. – ¿A qué hora llegan las chicas?

–          Ya deberían estar aquí. – Le contesto mirando el reloj. Justo en ese momento suena el timbre de casa. – Ahí están.

Me dirijo hacia a la puerta y la abro de par en par para dejarlas entrar. Ambas me escudriñan con la mirada, pero es Lorena la que finalmente habla:

–          Por tu cara de entusiasta deduzco que ya le has buscado un sustituto a Isaac.

–          Anda pasa, ninfómana. – Le digo poniendo los ojos en blanco.

Lorena pasa a mi lado, me toca el culo y se dirige a la cocina donde Rocío sigue preparando la cena. Paula me da un beso en la mejilla y ambas nos dirigimos a la cocina con Rocío y Lorena.

–          ¡Joder, vaya caras! – Protesta Rocío al mirarnos. – Se supone que soy yo la que debería tener la cara larga y estar amargada, ¿se puede saber qué os pasa?

–          Estoy harta de mi jefe, trabajo como una china y él se lleva todos los méritos. – Protesta Paula dejándose caer en uno de los taburetes de la cocina.

–          No entiendo por qué sigues en esa empresa, eres buena en lo que haces y estoy segura de que cualquier empresa te pagaría el doble por tenerte y trabajarías la mitad de horas. – Le dice Lorena, algo que ya le ha dicho en numerosas ocasiones y que Rocío y yo también le hemos aconsejado.

–          Tenéis razón, voy a empezar a buscar trabajo y le voy a dar una patada en el culo a mi jefe, ya no lo soporto. – Nos dice Paula sirviéndose una copa de vino.

Las tres nos la quedamos mirando. Llevamos años diciéndole a Paula que deje ese maldito trabajo que tanto la consume y nunca ha cedido lo más mínimo, pero hoy ha cambiado de opinión y nos ha dejado a todas descolocadas.

–          Pues haces muy bien, la vida es demasiado corta como para malgastarla en un trabajo donde no se te valora como mereces. – Acierta a decir Rocío. Se vuelve hacia a Lorena y le pregunta: – Y a ti, ¿qué te pasa? Nos ocultas algo.

–          Tengo que confesaros algo. – Empieza a decir Lorena. – Pero no quiero que me regañéis como si tuviera quince años.

–          Dime que no te has acostado con él. – Le ruego intuyendo lo que va a confesar.

–          No me he acostado con él. – Me contesta rotundamente. Después baja la mirada al suelo y añade divertida: – Todavía.

–          Me he perdido, ¿de quién se supone que estamos hablando? – Pregunta Rocío sin entender nada.

–          Del nuevo jefe de Lore, al parecer está como un tren. – Le respondo encogiéndome de hombros.

–          Al final vas a tener que mudarte de ciudad para encontrar hombres a los que no te hayas tirado. – Bromea Rocío. Se vuelve hacia a mí y me pregunta: – Y a ti, ¿qué te pasa?

–          ¿A mí? Nada. – Miento.

–          Te estás rascando el cuello, siempre lo haces cuando mientes. – Apunta Lorena con tono burlón.

–          Lleva desde el lunes en babia. – Comenta Rocío. – Hubiera dicho que está demasiado concentrada en el trabajo por eso de que su padre está en Madrid toda la semana, pero la sonrisa de gilipollas que tiene cuando se queda mirando a la nada me hace sospechar otra cosa.

–          ¡Empieza a cantar, zorra! – Me espeta Lorena frotándose las manos.

–          Está bien. – Accedo ante la presión. – El lunes mi padre me pidió que me ocupara de un nuevo cliente al que le corre prisa construir su nueva casa y no quería esperar hasta que él regresara. – Empiezo a decir. – El caso es que me tiene como hechizada, o mejor dicho idiotizada. Cuando estoy con él no paro de sonreír como una autómata, debo parecerle imbécil, pero es que tiene una sonrisa tan perfecta que me derrite y su mirada… ¡Dios, tiene una de esas miradas intensas que pueden provocarte hasta un orgasmo!

–          Y, ¿cómo es él? – Me pregunta Paula.

–          Pues tiene la piel bronceada, el pelo castaño oscuro y los ojos grises. Es alto y, a pesar de que no lo he visto desnudo, sé que debajo de su ropa hay un cuerpo fuerte y musculoso, probablemente incluso se pueda rayar queso en su abdomen. – Les explico cerrando los ojos y recordando todos aquellos detalles. – Joder, me pongo mala solo de recordarlo.

–          ¿A él también se le pone dura cuando te ve? – Me pregunta Lorena. Sí, ella es así siempre, directa y muy gráfica.

–          No lo sé, pero parece divertirse cuando está conmigo, puede que solo le haga gracia ver cómo hago la payasa delante de él. – Respondo encogiéndome de hombros.

Todas nos miramos y nos echamos a reír. ¡Vaya cuatro patas para un banco, como diría mi abuela!

–          ¿Sabéis qué? Deberíamos hacer un pacto. – Propone Paula. Coge su copa de vino y, alzándola, espera a que nosotras hagamos lo mismo con nuestras respectivas copas y añade: – Tenemos que prometernos que haremos siempre lo que realmente queremos, que no nos vamos a conformar con menos solo porque sea más fácil y cómodo. Como Rocío ha dicho antes, la vida es demasiado corta y debemos disfrutarla hoy. Ayer ya pasó y mañana no sabemos si seguiremos aquí.

–          ¡Qué profundidad! – Se mofa Lorena. Paula la fulmina con la mirada y Lorena añade tratando de ocultar su sonrisa: – Lo siento.

–          Chicas, hablo en serio. – Insiste Paula. – Rocío, tú siempre has querido ser pintora y, aunque te encanta tu trabajo en el museo restaurando cuadros, deberías empezar a pintar de nuevo. ¿Cuándo fue la última vez que pintaste un cuadro? – Rocío lo pensó durante unos segundos y después negó con la cabeza. – ¡Ni siquiera lo recuerdas! Pintar era tu pasión y, si lo sigue siendo, deberías retomarlo. – Rocío asiente con la cabeza, convencida de que Paula tiene razón. Paula deposita su mirada en los ojos de Lorena y le dice: – Esto no es fácil para mí, pero te lo diré igualmente: tírate a tu jefe. Tu pasión es el sexo, sobre todo el sexo prohibido, y él es algo así como un manjar para ti. Date el gusto ahora que puedes, mañana quizá ya no tengas la oportunidad.

–          ¡Joder! – Exclama Lorena sorprendida. – ¿Quién eres tú y qué has hecho con mi amiga la remilgada?

–          Me lo tomaré como un cumplido. – Le contesta Paula sacándole la lengua. Se vuelve hacia a mí y suspira, ha llegado mi turno. – Y tú, Yas, debes dejar de huir de las garras del amor.

–          ¿A qué te refieres? – Le pregunto confundida.

–          Tienes a miles de hombres a tus pies, pero tú sales solo un par de meses con ellos y cuando la relación empieza a formalizarse les abandonas, huyes del amor. – Me dice Paula con su tono de voz más dulce. – Eres como Julia Roberts en “Novia a la fuga”, tienes miedo al compromiso y sales corriendo en cuanto lo ves venir. La única relación que has tenido con un hombre y que ha durado más de tres meses es la que tienes con Isaac, y solo porque sabes que él también le tiene fobia al compromiso, sabes que él nunca te pedirá más.

No digo nada, la muy jodida tiene razón. No puedo decir que no creo en el amor, porque sí que creo. Es solo que el amor es efímero y, para lo poco que dura, el sufrimiento es excesivo.

–          Paula tiene razón. – La secunda Rocío. – Ya sé que no soy la más apropiada para decirte esto dada mi última experiencia, pero la vida es eso: caminar, tropezar y levantarse más fuerte que nunca. Puede que te equivoques, todos nos equivocamos, pero si no te arriesgas no ganas.

–          ¿Me estáis diciendo que necesito echarme un novio? – Les pregunto estupefacta. Todas asienten con la cabeza y les pregunto indignada: – ¿Y por qué no le decís lo mismo a Lorena?  Hasta dónde yo sé, ella también huye del compromiso.

–          Cielo, tú no eres como yo. – Me responde Lorena con ternura. – Tú no te arriesgas por miedo a que te hagan daño, prefieres seguir como estás antes que arriesgarte y sufrir, pero eso es vivir a medias.

–          Genial, mis amigas tienen miedo de que me convierta en una vieja solterona que vive con sus cien gatos. – Les reprocho molesta. – Estoy muy bien como estoy.

–          Y no hemos dicho lo contrario, es solo que creemos que serías más feliz si te quitaras esa coraza y te enamoraras. – Comenta Rocío. – ¿Qué me dices de ese tipo que te pone a cien?

–          Es un cliente, Ro. – Le recuerdo.

–          Estamos hablando de vivir el presente y ser felices, tenemos la obligación de intentarlo y vamos a sellar el trato con un brindis. – Nos dice Paula decidida.

–          Espera un momento, ¿y tú qué vas a hacer con tu trabajo? – Le pregunto.

–          Mañana mismo presentaré mi carta de dimisión y, con unos ahorros que tengo, montaré mi pequeña tienda de ropa con mis diseños. No será fácil, pero siempre ha sido mi sueño diseñar mi propia colección. – Me responde Paula. – Voy a dejar de ser Paula la calculadora para convertirme en Paula la que persigue su sueño.

Sin más ceremonia, alzamos nuestras copas y brindamos por nuestra vida presente, dispuestas a luchar para conseguir la felicidad absoluta.

Al final, acabamos borrachas de tanto brindar y apenas tocamos la cena que ha preparado Rocío con tanto esmero. Sí, la ha preparado Rocío. Yo me he ofrecido a ayudarla, pero mi habilidad culinaria es tan nefasta que Rocío solo me ha dejado preparar la mesa y untar el pan con tomate.

El jueves me levanto con una resaca horrible, me tomo un paracetamol, me doy una ducha y me voy a la oficina. Cuando paso por la recepción, saludo a Susana, le digo que estoy esperando al señor Cortés y que lo haga pasar a mi despacho cuando llegue. Susana asiente, me sonríe maliciosamente y me guiña un ojo. Entro en mi despacho y enciendo el ordenador, quiero imprimir los informes de los dos solares que vamos a visitar para utilizarlos de referencia. En ello estoy cuando mi teléfono móvil empieza a sonar, es Lorena.

–          Joder, estoy fatal. – Protesta en cuanto descuelgo. – ¿Tú has conseguido salir de la cama?

–          No me ha quedado más remedio, me he levantado con una resaca horrible, me he tomado un paracetamol, me he dado una ducha y me encuentro algo mejor, pero todavía no he sido capaz de desayunar. – Le contesto mientras voy recogiendo y ordenando las hojas que va escupiendo la impresora.

–          ¿Estás con el cliente que te pone calentorra o sigues pensando en morir rodeada de gatos? – Se mofa Lorena.

–          En todo caso moriré sola, paso de llenar la casa de gatos. Me gusta mi vida tal y como está.

–          Eso dices ahora que eres joven y estás buena, cuando seas vieja y ningún hombre quiera follar contigo te arrepentirás de no haber cazado a uno cuando podías.

–          ¿Has llamado para decirme que me eche un novio porque cuando sea vieja ningún hombre querrá follar conmigo? – Le pregunto divertida, Lorena y sus extrañas conversaciones. Me doy la vuelta y me encuentro a Gonzalo apoyado en el marco de la puerta, mostrándome su amplia y perfecta sonrisa. – Lorena, te llamo luego.

Corto la llamada y dejo el teléfono móvil sobre la besa mientras noto como el rubor se instala en mis mejillas. Gonzalo me observa sin dejar de sonreír y sin decir nada, así que soy yo quién decide romper el hielo:

–          Espero que no llevaras mucho tiempo ahí.

–          Llegué justo cuando decías que te habías levantado con una resaca horrible. – Me contesta divertido.

–          ¿Podemos olvidar que esto acaba de pasar? – Le pregunto muriéndome de la vergüenza.

–          Ha sido demasiado divertido como para olvidarlo. Y me alegro que no pretendas morir rodeada de gatos. – Bromea.

–          Genial, eso también lo has escuchado. – Musito deseando con todas mis fuerzas que una grieta se abra bajo mis pies y me trague la tierra. – Será mejor que nos centremos en los solares, aquí tengo toda la información al respecto. – Le digo entregándole las hojas que acabo de imprimir y cambiando de tema.

–          Supongo que será lo mejor. – Me contesta con la voz ronca mientras revisa los documentos.

Tras comprobar que todo está en orden, nos marchamos de la oficina para reunirnos con Paloma Rivas, la agente inmobiliaria que nos enseñará los solares. Hace años que trabajo con Paloma llevándole clientes que están interesados en comprar solares (algunos tan extravagantes que compran casas de millones de euros solo porque les interesa el solar y después la derriban para construir una nueva) y ella también me envía clientes que compran casas y las quieren reformar.

Cuando salimos por la puerta principal del edificio veo a Bruce, el jefe de seguridad de Gonzalo, apoyado en el mismo BMW X6 negro con los cristales tintados en el que me subí el lunes.

Me tenso en cuanto lo veo, ese hombre da miedo. Tiene las facciones duras y muy marcadas, tanto que le ensombrecen el rostro. Sus ojos son tan oscuros que no se diferencia el iris de la pupila y su semblante es impasible. Si a eso le sumas que es tan grande y fuerte como Lolo, el seguridad del Dublín, puedes hacerte una idea de lo aterrador que sería encontrártelo una noche a solas en un callejón oscuro.

Gonzalo coloca la palma de su mano en mi espalda mientras caminamos hacia el todoterreno, saluda a Bruce con un leve gesto de cabeza y yo hago lo mismo forzando una sonrisa, aunque solo logro hacer una extraña mueca. Gonzalo y yo nos sentamos en la parte trasera del vehículo y Bruce se sienta tras el volante. Gonzalo le da a Bruce la dirección del primer solar que vamos a visitar y después se vuelve para mirarme y sonreírme.

–          ¿Qué ocurre? – Le pregunto ruborizándome, sé que está pensando en la conversación que ha escuchado a hurtadillas.

–          No, no ocurre nada. – Me contesta sonriendo más ampliamente.

Saco el móvil de mi bolso y le mando un mensaje a Lorena, que debe estar esperando que le devuelva la llamada: “El nuevo cliente estaba detrás de mí mientras hablábamos, ha escuchado todo lo que te he dicho. No deja de sonreír y estoy segura que me está imaginando dentro de cuarenta años rodeada de gatos.” Mi mensaje no tarda en recibir respuesta: “A lo mejor es uno de esos tipos con fetiches raros, a lo mejor le gusta follar con viejas mientras los gatos le observan. Llámame luego y cuéntamelo todo, yo voy a seguir durmiendo.” Se me escapa una carcajada al leer el mensaje y Gonzalo me mira alzando una ceja.

–          Lo siento. – Me disculpo ruborizándome de nuevo y guardando mi teléfono móvil en el bolso. Miro por la ventanilla y respiro aliviada al ver que ya casi hemos llegado. – Ya estamos aquí, allí está el coche de Paloma. – Le digo sin dejar de mirar por la ventanilla y señalando el Mini rojo de Paloma.

Bruce aparca junto al coche de Paloma y los tres bajamos del coche. Paloma nos espera a un par de metros de distancia, me acerco a ella y nos saludamos con un par de besos en la mejilla. Hace tanto tiempo que nos conocemos que nos hemos cogido cariño. Paloma es una mujer trabajadora, eficiente y siempre va directa al grano. Me gusta que sea tan sincera. Tiene cincuenta y seis años, pero se conserva tan bien y viste tan a la moda que aparenta muchos años menos de los que en realidad tiene. Tras echarle un rápido vistazo a Gonzalo, me guiña un ojo y me susurra:

–          Si yo tuviera veinte años menos…

Ambas nos aguantamos una carcajada, nos recomponemos y les presento. A partir de este momento, somos dos buenas profesionales y nos centramos en hacer nuestro trabajo. Paloma nos narra todas y cada una de las opciones posibles del solar, como si hubiera memorizado el informe. Echamos un vistazo, pero a Gonzalo parece no gustarle demasiado y decidimos ir a visitar el segundo solar. Las vistas son impresionantes, está situado en una pequeña y lujosa urbanización a pie de montaña y con vistas al mar, a unos 20 km de la ciudad. Es una zona tranquila y con vigilancia, un lugar perfecto para elegir un hogar.

–          Me encanta. – Pienso en voz alta mientras observo maravillada el lugar y me imagino cómo sería mi casa si viviera aquí. – No recuerdo haber visto este solar, ¿desde cuándo está a la venta?

–          Desde hace un par de meses. – Me responde Paloma. – Lo compró un finlandés hace unos meses, no le gustaba la casa y decidió derribarla para construir una nueva, pero antes de empezar a construir se trasladó a Nueva York por trabajo y decidió vender el solar tal y como está.

–          Me gusta este lugar. – Les digo echando un vistazo. Me vuelvo hacia a Gonzalo y lo encuentro mirándome y sonriendo. – ¿No te gusta?

–          Sí, me gusta. – Me responde sin dejar de sonreír. – ¿Te gustaría vivir en este lugar?

La pregunta me pilla por sorpresa. Y no soy la única, por el rabillo del ojo veo como a Paloma se le forma una sonrisa en los labios. Gonzalo me mira esperando una respuesta y, tratando de evitar su intensa mirada, doy media vuelta observando el solar y le contesto:

–          Me encantaría. – Confieso. – De hecho, estaba pensando en hablar mal del solar para que desecharas la idea de comprarlo y así poder hacerlo yo. – Bromeo.

–          Me lo quedo. – Le dice Gonzalo a Paloma. – Mi abogado contactará con usted y podemos firmar ante notario mañana mismo.

–          ¿Estás seguro? – Le pregunto a Gonzalo. Ha tomado una decisión demasiado rápido, sin apenas verlo.

–          ¿Tantas ganas tienes de comprarlo? – Bromea sonriendo. – Me gusta el lugar, el entorno, las vistas y confío en tu buen gusto. – Añade guiñándome un ojo.

¿Está coqueteando conmigo? Gonzalo se vuelve hacia Paloma y le entrega la tarjeta de Roberto Fuentes, su abogado. Paloma le asegura que mañana lo tendrá todo listo y yo me quedo observando, completamente aturdida. Observar a Gonzalo tiene ese efecto en mí: me aturde, me confunde y me hace sentir torpe. Mientras continúan zanjando el tema del papeleo para cambiar las escrituras del solar, aprovecho para retirarme un par de metros y deleitarme una vez más con las vistas al mar desde la montaña, un poco de aire me vendrá bien para despejarme.

Cuando concretan todo, Paloma se despide y Gonzalo y yo nos subimos de nuevo al coche donde Bruce continúa esperándonos.

–          El lunes podemos empezar a preparar el terreno del solar y allanarlo, pero deberás decidirte para contratar a un arquitecto que te diseñe los planos para poder empezar la obra. – Le digo mientras me abrocho el cinturón de seguridad y Gonzalo hace lo mismo.

–          Creo que ya he decidido cómo quiero que sea mi casa. – Me contesta sonriendo. – He visto el solar y me he imaginado la casa que me describiste, quedará perfecta.

–          ¿Estás seguro? Es totalmente distinto a lo que tenías en mente y…

–          Lo tengo decidido. – Me interrumpe antes de que pueda terminar. Me sonríe divertido y me pregunta: – ¿Cuándo podemos formalizar nuestro acuerdo?

–          Si te va bien, podemos quedar en mi oficina el lunes por la mañana. Si tienes prisa en construir la casa, cuanto antes empecemos antes acabaremos.

–          El lunes a primera hora de la mañana estaré en tu despacho. – Me asegura Gonzalo.

Bruce detiene el coche frente a la puerta de mi oficina y, antes de abrir la puerta y bajarme del coche, le digo a Gonzalo:

–          Nos vemos el lunes, entonces.

Gonzalo me sonríe y yo doy media vuelta y camino hacia la entrada del edificio. Tras saludar a Susana, entro en mi despacho y trato de centrarme en el trabajo, pero me es imposible sacarme a Gonzalo de la cabeza.

El sábado por la noche salgo a cenar con las chicas y después, animadas por un par de copas de más, decidimos continuar la noche en el Dublín. Lolo nos recibe con una amplia sonríe y nos abre la puerta para dejarnos entrar. Mario parece notar nuestra presencia porque está sirviendo una copa cuando entramos, se gira y nos saluda alzando una de sus manos, mostrándonos una amplia sonrisa, y nos hace un gesto para que nos acerquemos a él. Lorena es la primera en encaminarse hacia a la barra y saludar a su hermano, el resto la seguimos y hacemos lo mismo. Mario nos saluda alegremente y, tras bromear sobre el pasado fin de semana y la que liamos, nos invita a una ronda de copas.

–          Si en el fondo te encanta, somos la alegría del pub. – Le contesta Lorena burlonamente a su hermano cuando él se mofa de nosotras y nos pide que nos comportemos como señoritas y no como el borracho del pueblo.

Rocío y yo nos reímos, pero a Paula no le ha hecho ninguna gracia, y eso que le suele reír todas las gracias a Mario, él siempre ha sido su amor platónico desde que la conozco. Mario se percata de la mirada de reproche que le lanza Paula y, dedicándole una sonrisa socarrona, nos dice:

–          Creo que voy a tener que pedirle a Lolo que me escolte, me temo que he ofendido a uno de los jinetes del apocalipsis.

Aunque lo intentamos, ninguna de las tres podemos evitar reírnos y Paula se molesta también con nosotras. Pero Mario sale de la barra, se acerca a Paula y le susurra algo al oído haciéndola sonreír y también sonrojarse. Después le guiña un ojo y vuelve a la barra para continuar atendiendo a sus clientes.

–          ¿Qué te ha dicho? – Preguntamos Rocío y yo al unísono.

–          Conociendo a mi hermano, seguro que le ha dicho alguna guarrada. – Opina Lorena.

Esta vez, las cuatro nos reímos a carcajadas. Con nuestras copas en una mano, nos dirigimos a nuestra mesa de siempre, cerca del centro de la pista de baile.

–          ¿Has caído ya en las garras del alemán? – Le pregunto a Lorena haciendo referencia a su jefe.

–          No, estoy esperando a que seas tú la primera que caiga con ese cliente que te pone tan cerda. – Me responde Lorena enseñándome la lengua. – Me apuesto lo que quieras a que tú caes antes que yo.

–          ¡De eso nada! – Le digo riendo a carcajadas.

–          Te recuerdo que Isaac lleva tres semanas fuera y tardará más de dos meses en volver, ¿qué vas a hacer hasta entonces? – Se mofa Lorena.

–          Por favor, dejad de hablar de sexo que ya ni me acuerdo de la última vez que lo practiqué. – Nos confiesa Rocío.

–          Lo que necesitas es ponerle remedio a esta época de abstinencia o acabarás volviéndote loca. – Le asegura Lorena.

Entre risas y miradas significativas, nos pasamos la noche bailando y también bebiendo. Como era de esperar, cuando el Dublín cierra sus puertas llevamos una melopea encima que bate nuestro propio récord. Nos despedimos de Mario y después salimos a la calle para despedirnos de Lolo, que con una sonrisa maliciosa nos pregunta:

–          ¿Dónde os habéis dejado al cuarto jinete del apocalipsis?

Las tres miramos a nuestro alrededor y nos percatamos de que nos falta Paula. ¿Dónde se ha metido? Pero hay una respuesta: Paula sale del Dublín sonriente y acompañada por un Mario todavía más sonriente.

–          ¡Ya estamos todas! – Grita Rocío divertida.

Nos despedimos de nuevo de Mario y Lolo y observo cómo Mario le susurra con disimulo algo a Paula en el oído y ella, ruborizándose, le dedica una tímida sonrisa. Miro a Lorena y a Rocío, pero ninguna de las dos parece haberse dado cuenta, así que decido callarme y fingir que yo tampoco he visto nada.

Las chicas y yo caminamos de regreso a casa y, cuando llegamos a la esquina de la calle donde nuestras direcciones se bifurcan, Rocío y yo nos dirigimos a mi casa y Paula y Lorena cada una a la suya.

–          ¿Te apetece que nos tomemos la última copa? – Le pregunto a Rocío dirigiéndome a la cocina.

–          Sí, pero cortita.

Preparo dos copas y las llevo al salón, donde Rocío me espera acomodada en el sofá. Le entrego una copa, me siento a su lado y me quito los zapatos para que mis pies descansen.

–          ¿Has hablado ya con Rubén? – Me pregunta Rocío sabiendo de antemano la respuesta.

–          No, aún no.

–          No sé a qué estás esperando. Ni tú, ni él. – Opina Rocío. – La verdad es que siempre he pensado que acabaríais juntos.

–          Te recuerdo que a Rubén le gusta acostarse cada noche con una mujer distinta pero levantarse solo en la cama y yo… Bueno, yo no estoy interesada en una relación a largo plazo, ya lo sabes. ¿Para qué complicarlo si somos buenos amigos y además trabajamos juntos?

–          Ese es el problema, que estás demasiado cómoda con lo que tienes como para arriesgarlo por un hombre, pero si no sale bien volverás a estar donde estás ahora, no tienes nada que perder por intentarlo. – Me aconseja Rocío. – Recuerda nuestro pacto, consiste en dejarnos llevar por lo que nuestro corazón quiere y ser felices.

Asiento con la cabeza y ambas nos bebemos la última copa en silencio, cada una pensando en sus preocupaciones por encauzar nuestras vidas.

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