Solo tuya 26.

Solo tuya

“De nadie seré, sólo de ti. Hasta que mis huesos se vuelvan cenizas y mi corazón deje de latir.” Pablo Neruda.

Después de una semana en casa de Gonzalo, al fin termino el período de reposo absoluto y puedo empezar a hacer vida normal sin realizar grandes esfuerzos. Por supuesto, Gonzalo anda detrás de mí todo el tiempo, controlando que no haga nada que no deba y cuenta con la ayuda de Bruce y Adela.

Durante los últimos días no hemos dejado de recibir visitas de amigos y familiares y Gonzalo me ha dicho que me va a llevar unos días de vacaciones para tener tiempo para nosotros, pero no ha querido decirme a dónde vamos. Gonzalo guarda el equipaje en el maletero del coche, como no ha querido decirme a dónde vamos, he llenado tres maletas con todo tipo de ropa, zapatos y complementos para estar preparada ante cualquier situación.

–          No vas a necesitar tanta ropa. – Refunfuña Gonzalo tras guardar el equipaje. Me ayuda a sentarme en el asiento del copiloto y me abrocha el cinturón de seguridad antes de sentarse tras el volante. – No es un viaje muy largo, pero podemos parar cuando lo necesites.

–          ¿A dónde vamos? – Insisto por enésima vez.

–          Lo verás cuando lleguemos, no seas impaciente. – Me responde Gonzalo divertido.

No le voy a hacer cambiar de opinión, así que me limito a sacarle la lengua burlonamente como una niña de cinco años y enciendo la radio para escuchar música.

Gonzalo conduce hacia el sur por la costa durante poco más de un par de horas hasta que llegamos a Peñíscola, un pueblo costero de la provincia de Castellón. Gonzalo aparca frente a una preciosa y enorme casa situada en primera línea de mar y me ayuda a salir del coche.

–          Esta casa es de mis padres, pero nos la han prestado para pasar unos días de vacaciones y poder descansar. – Me explica Gonzalo mientras atravesamos la puerta del jardín y recorremos el camino adoquinado hasta la puerta principal de la casa. – Te enseñaré la casa y después iré a por las maletas.

Entramos en la casa y me quedo fascinada. Es una casa muy luminosa, la mayor parte de la fachada son enormes cristaleras que dejan pasar la luz del sol e iluminan todas las estancias. En la planta baja está la cocina, el salón-comedor, un aseo, un cuarto de baño completo, dos habitaciones y el garaje, que está conectado a la casa. En la primera planta hay cuatro habitaciones, todas con baño propio, y en la segunda planta hay una buhardilla que utilizan de estudio o despacho. En el jardín trasero hay una pequeña piscina y un jacuzzi exterior.

–          No es la casa de nuestros sueños, pero últimamente nuestra casa tiene demasiados visitantes. – Bromea Gonzalo.

–          Es una casa preciosa. – Opino feliz de poder estar aquí a solas con él. Le abrazo con fuerza y le pregunto juguetona: – ¿Vamos a estar totalmente solos tú y yo?

–          Así es, totalmente solos. – Me asegura estrechándome entre sus brazos. – Ahora deshacemos las maletas y nos vamos a comer a un restaurante en la playa, pero esta noche te cocinaré mi plato estrella.

–          ¿Sabes cocinar? – Le pregunto sorprendida.

–          Sé defenderme con algunos platos, pero no soy un cocinero de verdad. – Me confiesa divertido. – Pero sé cocinar lo suficiente como para no morirnos de hambre el tiempo que vamos a estar aquí.

–          ¿Cuánto tiempo nos vamos a quedar aquí?

–          Preguntas demasiado. – Me contesta divertido. – Me besa en los labios y añade – Voy a por el equipaje, deshacemos las maletas y nos vamos a comer.

Dicho y hecho. Gonzalo se encarga de subir las maletas a su habitación, como la casa es de sus padres, él tiene habitación propia. Había esperado encontrarme una habitación infantil o de adolescente, pero me encuentro una habitación de matrimonio elegante y sí, también bastante masculina. Del mismo estilo que la habitación de su antiguo apartamento.

–          ¿No te gusta?

–          Es perfecta. – Le aseguro. – Aunque te confieso que esperaba encontrarme la habitación de un adolescente llena de fotos, posters y esas cosas. Me hubiera gustado conocer un poco al Gonzalo adolescente.

–          Estoy seguro de que mi madre guarda algún álbum de fotos en la buhardilla, puede que te deje ver algunas fotos.

Entre bromas, besos y caricias, deshacemos nuestras maletas. Una vez nos instalamos, salimos de la casa y paseamos por el paseo marítimo dirigiéndonos hacia el restaurante al que Gonzalo me quiere llevar. El restaurante está en la misma playa, encerrado entre cuatro paredes de cristal que te permiten disfrutar de la hermosa vista del mar mientras comes y te mantienes fresco gracias al aire acondicionado. Es un sitio elegante, nada que ver con los típicos chiringuitos de playa en los que comes al aire libre, descalzo y con el bañador mojado. Uno de los camareros nos acompaña hasta nuestra mesa, situada en un rincón del restaurante y retirada del resto de mesas. Adivino que Gonzalo ha debido llamar al restaurante para reservar mesa, dudo de que hayamos tenido tanta suerte como para que la mejor mesa del restaurante esté libre un sábado a mediodía en el mes de agosto.

Una vez sentados a la mesa y tras leer la carta de comida, Gonzalo me pregunta:

–          Cariño, ¿qué quieres pedir?

–          No lo sé, todo tiene muy buena pinta y estoy indecisa. – Le confieso. – ¿Tienes alguna sugerencia?

–          Estamos en la Comunidad Valenciana, ¿qué te parece si pedimos paella para los dos?

–          Me parece una idea excelente.

Después de comer, Gonzalo decide regresar a casa, hace demasiado calor y además pretende obligarme a echarme la siesta. Al principio me parecía divertido verlo tan pendiente de mí, siguiendo todas las órdenes de los médicos a rajatabla, pero después empezó a sacarme de mis casillas, ni siquiera me dejaba lavarme los dientes a solas… Por suerte Marta le dio una charla y parece que, aunque sigue pendiente de mí en todo momento, intenta no agobiarme.

–          Ven, vamos a descansar un rato. – Me dice Gonzalo envolviéndome entre sus brazos al mismo tiempo que me guía a nuestra habitación. – Ya sé que lo de descansar no va contigo, pero esta noche me lo agradecerás.

–          ¿Qué piensas hacerme esta noche? – Le pregunto juguetona.

–          Tendrás que ser buena y hacerme caso para descubrirlo. – Me responde disfrutando de mantenerme intrigada. Nos tumbamos en la cama y, colocándome sobre su pecho y envolviéndome entre sus brazos, me susurra: – Podría quedarme así contigo el resto de mi vida.

–          Señor Cortés, últimamente está muy cariñoso. – Le susurro divertida.

–          Mmm… Me encanta que me llames señor Cortés. – Gonzalo levanta su pelvis para hacerme notar su excitación. – Cariño, se supone que tienes que descansar.

–          Dame un capricho y seré buena, te prometo que después me dormiré y no me levantaré hasta que me lo digas. – Trato de convencerlo con palabras y también con caricias.

Gonzalo resopla sonoramente, me sonríe y me besa apasionadamente.

–          Está bien, caprichosa. – Me concede Gonzalo. – Pero después te vas a echar una siesta mientras yo voy a comprar y preparo la cena, ¿de acuerdo?

–          Cómo tú quieras, cariño. – Le confirmo.

Me coloco a horcajadas sobre él, pero Gonzalo da media vuelta rodando para que quede debajo de él, no deja que haga el más mínimo esfuerzo ni cuando estamos practicando sexo. Sin ninguna prisa, me quita la camiseta y el short, dejándome en ropa interior. Besa y acaricia todo mi cuerpo, bordeando la fina tela de mi sujetador y mis braguitas hasta que al fin se deshace de ellas. En un abrir y cerrar de ojos, Gonzalo se deshace toda su ropa vuelve a colocarse sobre mí. Sus besos y sus caricias se intensifican, me excita con solo mirarme de esa manera que solo él sabe y gimo al mismo tiempo que le suplico:

–          Por favor, cariño.

–          Dime, ¿qué es lo que quieres? – Me provoca excitándome aún más.

–          Te quiero a ti, te quiero dentro.

No hace falta que se lo repita dos veces, Gonzalo me complace de inmediato y se hunde dentro de mí con suavidad. Entra y sale de mí rítmicamente al mismo tiempo que acaricia mis pechos y besa mi cuello. Últimamente nuestro sexo ha dejado de ser salvaje ya que no puedo hacer demasiados esfuerzos y Gonzalo es demasiado estricto con mi recuperación, pero este nuevo sexo tranquilo y relajado es tan sensual y profundo que me gusta incluso más. Es una sensación de rendición absoluta que no sé cómo explicarlo, pero es sublime. Alcanzamos juntos el clímax y nos quedamos abrazos en silencio mientras nuestras respiraciones se normalizan.

–          Y ahora a dormir un rato, hemos madrugado mucho y nos espera una larga noche, necesito que estés descansada. – Me dice Gonzalo envolviéndome entre sus brazos.

No protesto, le he prometido que sería buena y descansaría. Nos echamos la siesta durante un par de horas. Cuando me despierto Gonzalo me está mirando y sonríe. Me encanta despertarme y que sea su sonrisa lo primero que veo.

–          Hola, caprichosa. – Me saluda. – Tengo que ir a comprar al supermercado, no tenemos nada de comida y he prometido cocinar esta noche para ti. – Me besa en los labios con dulzura y añade: – Quédate en la cama, no tardo en volver. Recuerda que me has dicho que ibas a ser buena. – Me besa de nuevo y se levanta de la cama para vestirse.

Gonzalo se va a comprar y yo me quedo en la cama haciendo bondad. Estoy deseando recuperarme del todo para poder hacer vida normal, aunque sé que cuando vuelva a la normalidad querré recuperar estos días sin hacer nada más que disfrutar de la compañía de Gonzalo.

Son las siete de la tarde cuando Gonzalo regresa y viene a buscarme a la habitación donde, como una niña buena y obediente, continúo tumbada en la cama.

–          ¿Todo bien, cariño? – Me pregunta al mismo tiempo que me besa en los labios.

–          Todo genial ahora que estás aquí. – Le respondo sonriendo.

–          Entonces, voy a darme una ducha rápida y a preparar la cena. – Sentencia Gonzalo entusiasmado por lo que sea que se trae entre manos.

Gonzalo se ducha en diez minutos y sale del cuarto del baño envuelto en una toalla que le cubre de la cadera hasta las rodillas, dejando al descubierto gran parte de su cuerpo escultural.

–          Estás muy sexy. – Susurro excitada.

–          No me mires así. – Me advierte. – Date un baño relajante y ponte algo elegante, después de cenar iremos a tomar una copa.

–          ¿Cómo de elegante?

–          He visto que has traído el vestido que te pusiste en Londres para la gala de Philip Higgins, con ese vestido estás preciosa. – Me sugiere Gonzalo.

–          ¿Qué te vas a poner tú? – Le pregunto con curiosidad.

–          Traje y corbata, ¿alguna sugerencia?

–          El traje gris marengo con camisa y corbata negra, te hace muy sexy. – Le respondo juguetona.

–          Pues eso mismo me pondré. – Me asegura Gonzalo y añade antes de darme un beso y marcharse: – Voy a preparar la cena, tú date un baño sin prisa y yo ya vendré a buscarte cuando esté la cena lista.

Sin tiempo que perder, me levanto de la cama y entro en el cuarto de baño dispuesta a relajarme en la bañera sin prisa. Tras pasar media hora en remojo, me arreglo el pelo, alisándolo con la plancha y dejando mi larga y rubia melena suelta. Me pongo el vestido de diosa griega que me ha sugerido Gonzalo. Me maquillo levemente para que mi aspecto sea natural y me echo un poco de perfume detrás de las orejas, en el cuello, en las muñecas y, cómo no, en el canalillo.

Cuando Gonzalo viene a buscarme ya estoy lista y me besa tras decirme:

–          Estás preciosa, cariño.

–          Tú también estás muy guapo. – Le digo observando lo sexy que está con ese traje.

Bajamos al comedor y me quedo asombrada con todo lo que ha preparado Gonzalo: toda la estancia está iluminada con pequeñas velas colocadas en el suelo delimitando un camino lleno de pétalos de rosa que llega hasta a la mesa. Sobre la mesa, un candelabro con tres velas da mayor luz para poder cenar cómodamente.

–          Vaya, esto sí que no me lo esperaba. – Confieso gratamente sorprendida.

–          Será mejor que empieces a acostumbrarte, pienso mimarte y complacerte siempre. – Me asegura Gonzalo retirando la silla para que me siente. Antes de sentarse a mi lado, Gonzalo sirve dos copas de vino tinto y acto seguido destapa la bandeja con lo que ha cocinado para la cena. – Es mi plato estrella, solomillo al horno con patatas.

–          Se me hace la boca agua solo con olerlo. – Le confieso.

Brindamos por nosotros y bebemos de nuestra copa. Disfrutamos de la exquisita comida que Gonzalo ha cocinado y ambos nos mostramos bastante cariñosos.

–          Todo estaba buenísimo, nunca hubiera imaginado que sabías cocinar y mucho menos que lo hicieras tan bien.

–          Hay muchas cosas que aún no sabes de mí, poco a poco las irás descubriendo. – Me dice visiblemente nervioso.

–          ¿Qué pasa? – Le pregunto preocupada.

–          No pasa nada. – Me contesta frunciendo el ceño confundido.

–          Entonces, ¿por qué estás nervioso? – Insisto sabiendo que me está ocultando algo.

–          Sí, la verdad es que estoy nervioso. – Me confiesa. Gonzalo coge aire profundamente para infundirse valor y, mirándome a los ojos con intensidad, se pone en pie para acto seguido arrodillarse a mi lado y, sacando una pequeña caja de terciopelo rojo de su bolsillo, me dice con voz temblorosa – Cariño, eres lo primero que pienso al despertar y lo último al acostarme, lo único que he tenido claro en toda mi vida es que quiero estar contigo el resto de mi vida y lo sé desde la primera vez que te vi. Te quiero Yasmina, ¿quieres casarte conmigo?

Gonzalo abre la pequeña caja de terciopelo y me muestra un precioso anillo de oro blanco con un pedrusco enorme con forma de media luna. Me quedo tan sorprendida que se me olvida hasta respirar y Gonzalo, asustado, me dice:

–          Cariño, ¿estás bien? No quiero que te sientas presionada, no tenemos que casarnos de inmediato, podemos esperar todo el tiempo que quieras y…

–          Sí, ¡sí quiero! – Le interrumpo arrojándome a sus brazos.

Caemos al suelo y, entre besos y abrazos, le susurro al oído:

–          Señor Cortés, oficialmente ya se ha vuelto loco.

–          Tú me vuelves loco, cariño. – Se incorpora conmigo en brazos y añade: – Había pensado en que quizás te apetecería salir a tomar una copa para celebrarlo, pero también podemos quedarnos y celebrarlo aquí.

–          Prefiero celebrarlo aquí. – Sentencio antes de devorarle la boca. – ¿Cuánto tiempo vamos a quedarnos aquí?

–          El lunes tenemos que coger un avión a Londres, Derek nos espera para hacer la declaración oficial. Pero después nos iremos a donde tú quieras.

–          ¿Dónde yo quiera?

–          Eso es, cariño.

–          Se me está pasando por la cabeza la imagen de una pequeña cabaña de madera en mitad de una playa virgen y desierta, donde podamos pasear desnudos y hacer el amor sin preocuparnos de nada que no sea disfrutar el uno del otro.

–          Suena muy bien, me encargaré de todo mañana. – Me asegura Gonzalo. – Pero ahora voy a encargarme de mantener a mi prometida plenamente satisfecha.

–          Suena muy tentador. – Le respondo con picardía.

Gonzalo se pone en pie y, conmigo en brazos, sale del salón y sube las escaleras para dirigirse a nuestra habitación. Me deja de pie sobre la alfombra que hay a los pies de la cama y me desnuda lentamente, disfrutando viendo como al bajarme la cremallera del vestido la tela resbala por mi cuerpo hasta caer al suelo.

–          Eres preciosa, cariño. – Me susurra al oído.

Acto seguido desabrocha mi sujetador y, tras bajarme los tirantes, también lo deja caer al suelo junto al vestido. Hace lo mismo con mis braguitas, con los dedos pulgares de ambas manos agarra la cinturilla y desliza la prenda por mis piernas, dejándome completamente desnuda frente a él. Gonzalo se afana en quitarse el traje, la corbata y la camisa y, agarrándome por la cintura, me eleva y me coge en brazos haciendo que le rodee las caderas con mis piernas.

–          Siempre he tenido la fantasía de hacerlo contra esa pared. – Me susurra señalando la pared acristalada de la habitación. – Pero no es una buena idea estando en pleno mes de agosto y tú debes guardar reposo todavía. Tendremos que dejarlo para la próxima vez que regresemos.

–          Y ahora, ¿qué me vas a hacer? – Le provoco.

–          Ahora te voy a tumbar sobre la cama y te voy a hacer el amor con delicadeza y sensualidad una y otra vez hasta que ambos nos agotemos. – Me susurra Gonzalo con voz ronca. – Te quiero solo para mí, cariño.

–          Soy solo tuya. – Le aseguro excitada.

FIN

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