Solo tuya 25.

Solo tuya

“Después de eso, después de que la noche oscura terminó, ya era demasiado tarde para resistirse. Era demasiado tarde para dejar de amarte.” Marguerite Duras.

Han pasado más de cinco minutos desde que Bruce se marchó de la habitación donde me tienen hospitalizada y nadie ha entrado desde entonces. Empiezo a ponerme nerviosa, puede que Gonzalo se haya arrepentido y no quiera verme, o también puede que Bruce le esté dando todos los detalles de la conversación que ha mantenido conmigo. En cualquier caso, estoy empezando a ponerme histérica.

La puerta se abre lentamente y entonces veo aparecer a Gonzalo. Apenas da un par de pasos y se queda quieto a los pies de la cama, estudiándome con la mirada. Su rostro es indescifrable, pero en sus ojos puedo ver reflejado el dolor y la incertidumbre, por primera vez lo veo inseguro y vulnerable. Nuestros ojos se encuentran y ambos sostenemos la mirada. Mis pulsaciones se aceleran y el monitor al que estoy conectada empieza a pitar, pero ninguno de los dos se mueve.

–          ¿Qué está ocurriendo? – Pregunta Marta irrumpiendo en la habitación, alarmada por los pitidos de la máquina. – Gonzalo, espera fuera.

–          Por favor, quédate. – Le ruego a Gonzalo con un hilo de voz.

Gonzalo cruza una mirada con su madre, Marta se mantiene firme en su postura y le señala la puerta para que se vaya, pero entonces me mira a mí y esboza una sonrisa al mismo tiempo que se acerca a mí, me da un leve beso en los labios y me susurra:

–          No pienso irme a ninguna parte, cariño. Somos un equipo, estamos juntos en esto.

Tan solo con escuchar esas palabras de Gonzalo, ya me siento más tranquila. Mis pulsaciones se normalizan y la máquina deja de pitar. Marta nos mira con desaprobación, pero acto seguido suspira profundamente, sonríe y nos dice:

–          Os dejaré a solas, pero si la máquina vuelve a pitar…

–          No pitará. – Le asegura Gonzalo.

–          De acuerdo, avisadme si necesitáis algo. – Nos dice Marta antes de marcharse y dejarnos por fin a solas.

Gonzalo se sienta en el sillón de al lado de la cama, suspira profundamente y me mira a los ojos con intensidad, como si tratara de averiguar lo que está pasando por mi cabeza.

–          Debo explicarte muchas cosas, pero no creo que ahora sea el momento, cariño. – Me coge de la mano para besarla y añade: – Te he echado de menos, preciosa. No vuelvas a hacerme esto, te lo suplico.

–          Lo siento, yo solo quería que nada le pasara a Claudia. – Le digo con un hilo de voz.

–          Lo sé, cariño. – Vuelve a besarme en los labios y añade: – Te quiero, Yasmina.

Me quedo sin palabras. Es la primera vez que me dice que me quiere, nunca antes me lo había dicho y lo cierto es que ahora no me lo esperaba.

–          ¿No vas a decir nada? – Me pregunta frunciendo el ceño.

–          Es la primera vez que me dices que me quieres. – Le respondo aturdida.

–          En realidad, te lo he dicho todas las noches mientras dormías desde que regresamos de Londres, pero supongo que es la primera vez que me escuchas decirlo. – Me dice sonriendo para después ponerse serio y decirme: – Te aseguro que no he estado con ninguna otra chica que no seas tú desde que te conocí. Tendría que haberte contado la visita de Alexia, pero no quería añadir una preocupación más en tu cabeza. Te quiero, Yasmina. No pretendo que me creas, pero al menos deja que te lo demuestre.

–          Demuéstramelo no dejando que arpías como esa pelirroja vuelvan a besarte. – Le reprocho molesta.

–          Cariño, ¿estás celosa? – Me pregunta burlonamente. – No deberías estarlo, yo solo tengo ojos para ti.

Gonzalo bosteza, está cansado. Todos me han dicho que lleva aquí dos días y no ha consentido marcharse a casa a descansar.

–          Deberías descansar, estás agotado. – Le sugiero.

–          Tú también necesitas descansar. – Me recuerda Gonzalo. – Duérmete, te prometo que seguiré aquí cuando te despiertes.

–          Sería más fácil si te acuestas conmigo. – Le digo con voz de santa.

–          Cariño, estás herida y puedo hacerte daño.

–          La cama es muy grande, cabemos los dos. – Insisto. – Además, te echo de menos, necesito sentirte muy cerca.

–          Te gusta ponérmelo difícil, ¿verdad? – Murmura entre dientes.

Pero Gonzalo hace lo que le pido. Se quita los zapatos y se tumba junto a mí en la cama sobre la colcha, coloca su brazo sobre mi vientre para no apoyarlo sobre mis dañadas costillas y me besa en los labios. Esta noche Gonzalo está extremadamente cariñoso conmigo y yo se lo agradezco, lo necesitaba.

Consigo quedarme dormida entre los brazos de Gonzalo, él hace que me relaje y con él me siento segura. No sé cuántas horas he dormido, pero cuando vuelvo a abrir los ojos Gonzalo ya no está conmigo en la cama y una enfermera me toma las constantes vitales.

–          Buenos días, señorita Soler. – Me saluda la enfermera. – Termino de tomarle las constantes y enseguida le sirven el desayuno.

Gonzalo aparece detrás de la enfermera y, dedicándome una sonrisa, me saluda:

–          Buenos días, cariño. ¿Has dormido bien?

–          He tenido noches mejores, pero tampoco me puedo quejar. – Le respondo devolviéndole la sonrisa.

La enfermera se marcha un momento, el tiempo justo para que Gonzalo se acerque a mí y me bese en los labios, y regresa con mi desayuno para volver a dejarnos a solas.

–          ¿Cómo estás? – Me pregunta Gonzalo sentándose a un lado de la cama y colocando la bandeja del desayuno frente a mí.

–          Quiero irme a mi casa, no me gustan los hospitales. – Protesto haciendo un mohín.

–          Veré qué puedo hacer, aunque te adelanto que unos días aquí no te los quita nadie. – Me advierte. – Pero yo voy a estar contigo, cariño. Ya te he dicho que no pienso irme a ninguna parte.

Paso la mañana junto a Gonzalo, que me cuida y me consiente como si fuera una niña pequeña. Me cuesta mantenerme en pie y Gonzalo me ayuda a ducharme colocando un taburete en la ducha para que me sienta más cómoda. Después me ayuda a vestirme, me seca el pelo, me peina y me hace compañía.

A media mañana aparece mi padre sonriendo de oreja a oreja y Gonzalo me deja con él a solas, quiere aprovechar que estoy acompañada para pasar por casa a ducharse y a por algo de ropa.

–          ¿Cómo estás, cielo? – Me pregunta mi padre.

–          Estoy bien, un poco adolorida pero bien. – Le aseguro. – Papá, siento todo lo que ha pasado, te prometo que no quería…

–          No pasa nada, Yas. – Me interrumpe sonriéndome con ternura. – Estoy acostumbrado a que siempre andes metiéndote en líos, aunque no estaría mal que me dieras unos meses de tregua después de esto.

–          Soy un desastre. – Reconozco.

–          Todos nos equivocamos alguna vez, en eso consiste la vida. Lo importante es que aprendamos de nuestros errores. – Opina mi padre. – ¿Qué tal te va con Gonzalo?

–          Muy bien, papá. Aún tenemos una conversación pendiente, pero lo importante es que nos queremos y queremos estar juntos.

–          Gonzalo me cae bien, es un hombre responsable, educado y te trata como a una princesa, además su familia te adora.

Mi padre y yo continuamos hablando durante una hora, pero ambos evitamos hablar de James y de lo que pasó en el Pirineo. Esa es otra conversación pendiente que tengo con Derek, pero al menos me ha dado tiempo para que me recupere antes de ir a Londres a hacer una declaración oficial. Tampoco he hablado del tema con Gonzalo, supongo que tenemos más de una conversación pendiente.

Unos golpes en la puerta llaman nuestra atención y acto seguido aparece Marta, sonriendo ampliamente.

–          Buenos días. – Nos saluda. – Siento no haber aparecido antes, me ha surgido una operación de urgencia a primera hora de la mañana. – Me mira con dulzura y me pregunta: – ¿Qué tal está mi enferma favorita?

–          Mejor que anoche cuando me desperté. – Bromeo. – Gracias por todo, Marta. La verdad es que todos me estáis cuidando muy bien.

–          Soy yo la que tengo muchas cosas que agradecerte. – Me dice Marta. – Salvaste a Claudia, aunque para ello hiciste una locura, y haces feliz a Gonzalo, algo que ya me había resignado a no ver.

–          Marta y Vicente nos han invitado a pasar unos días en su casa de la playa cuando te recuperes, pero Gonzalo te quiere solo para él y nos ha obligado a aplazarlo. – Comenta mi padre divertido.

–          Teníamos pensado irnos unos días de vacaciones antes de… – Empiezo a decir pero no termino la frase. – Le debo unas vacaciones.

–          Estoy segura de que Gonzalo ya se ha encargado de eso. – Opina Marta que, siendo su madre, lo conoce bien. – Pero por ahora solo debes pensar en descansar y recuperarte, estarás un par de semanas ingresada, puede que unos días menos si haces bondad.

–          ¿Dos semanas? – Pregunto horrorizada.

–          Cielo, te han disparado, tienes tres costillas rotas y una fuerte contusión en la cabeza, ¿acaso pensabas que hoy te irías a casa? – Me dice mi padre frunciendo el ceño. – No te irás de aquí hasta que la doctora lo considere oportuno.

–          Si me prometes que vas a hacer reposo absoluto, puede que te deje ir a casa en unos días, pero iré a visitarte a primera hora de la mañana y a última de la tarde. – Trata de compensarme Marta. – Ya hablaremos de ello más adelante.

Alguien golpea la puerta y entra Vicente, el padre de Gonzalo. Me da un beso en la mejilla al mismo tiempo que me saluda:

–          ¿Cómo estás, Yasmina? – Le estrecha la mano a mi padre y acto seguido añade: – Nos has dado a todos un buen susto.

–          Lo siento. – Musito.

–          No vuelvas a asustarnos de esa manera, a mi edad ya no tengo el corazón para semejantes sustos. – Bromea Vicente. – Acaban de traerme los resultados de la analítica que te han hecho esta mañana, han salido perfectos. Creo que nunca he visto a un paciente recuperarse tan pronto.

–          ¿Eso significa que podré irme antes a casa? – Pregunto esperanzada.

–          Bueno, de momento es un poco pronto para mandarte a casa, pero es posible. – Me responde Vicente y añade divertido: – ¿Tan mal te estamos tratando que quieres irte ya?

–          Me estáis tratando estupendamente, pero como en casa en ningún sitio. – Le respondo sonriendo.

La charla se alarga un rato más hasta que llega Gonzalo. Nada más entrar me dedica una amplia sonrisa, saluda a sus padres y a mi padre y después me saluda a mí dándome un beso en los labios sin importarle lo más mínimo que nuestros padres nos vean. Somos una pareja y las parejas no se esconden de nadie.

A las dos de la tarde mi padre se despide para ir a la oficina y promete venir a verme a última hora de la tarde, antes de regresar a casa. Gonzalo se queda conmigo haciéndome compañía y pocos minutos después una enfermera entra en la habitación para traernos la comida. Supongo que ser el hijo de los propietarios de la clínica tiene sus ventajas como pedir que le suban la comida también al acompañante. Después de comer Gonzalo me obliga a intentar descansar y consigue que le obedezca cuando se mete conmigo en la cama. Lo hace a regañadientes, pues teme hacerme daño al moverse.

–          Necesito tenerte cerca. – Argumento cuando me acurruco junto a él.

–          Me vas a tener siempre cerca, cariño. – Me susurra al oído.

Respiro profundamente, me armo de valor y susurro:

–          Te quiero, Gonzalo.

Gonzalo me mira sorprendido, pero rápidamente se forma una amplia sonrisa en su rostro, me mira a los ojos y me dice emocionado:

–          Yo también te quiero, Yasmina. Soy solo tuyo.

–          Y yo solo tuya. – Le aseguro.

Ambos nos quedamos dormidos durante un par de horas, hasta que empiezan a llegar de nuevo las visitas. Las primeras en llegar son las chicas. En cuanto entran armando escándalo, Gonzalo sonríe, me besa en los labios y me susurra al oído:

–          Te dejo a solas con las chicas, regreso en un rato.

Gonzalo saluda a las chicas y sale de la habitación, probablemente en busca de su madre para que le dé mi parte médico, es muy estricto con mi salud y me obliga a seguir todas las indicaciones médicas a rajatabla.

Las chicas me saludan y me cuentan sus historias tratando de animarme. Me alegra saber que por fin las cuatro estamos juntas y felices, creo que es la primera vez que las cuatro tenemos pareja al mismo tiempo.

Gonzalo regresa poco después con mi padre, se han encontrado por los pasillos de la clínica. Mi padre me dice que ha hablado con Susana y me envía saludos, mañana vendrá a verme. También ha hablado con Rubén y con Borja, Borja vendrá mañana, pero Rubén tan solo le ha dicho que me saludara y me dijera que deseaba que me recuperara pronto. Rubén ha decidido poner tierra de por medio entre nosotros y, suponiendo que mi padre le habrá dicho que estoy con Gonzalo, ni siquiera habrá querido preguntar más sobre mí.

Claudia, Esther y Pablo, el hermano de Gonzalo, aparecen poco después de que las chicas y mi padre se marchen.

–          Cuñada, ¿tú te has pensado bien eso de estar con mi hermano? – Me dice Pablo burlonamente, tratando de pinchar a su hermano. – Conmigo estarías mucho mejor, no soy tan gruñón como él y soy más joven.

–          Hermano, antes tendrías que matarme. – Le advierte Gonzalo fingiendo estar ofendido.

–          Los hermanos Cortés enfrentándose por ti, ¡anda que puedes quejarte! – Bromea Esther.

–          A mí me da igual con cuál de los dos te quedes, seguirás siendo mi cuñada. – Bromea Claudia.

–          No hay nada como el apoyo de la familia. – Dice Gonzalo con sarcasmo.

–          Solo tuya. – Le digo a Gonzalo mirándole a los ojos.

Gonzalo me mira intensamente, haciendo que se me erice toda la piel del cuerpo, se acerca a mí y me susurra al oído antes de besarme apasionadamente en los labios:

–          Me encanta oírtelo decir.

–          No olvides lo que te ha dicho mamá, reposo absoluto durante dos semanas. – Se mofa Pablo de su hermano. – Será mejor que no enciendas la mecha.

Dos semanas en reposo absoluto, ¿eso significa nada de sexo en ese tiempo? A mí nadie me ha dicho nada de eso. Mi cara debe de ser un poema porque todos me miran tratando de contener la risa hasta que, sin poder remediarlo, estallan en carcajadas.

–          No sé de qué os reís, a mí no me hace ninguna gracia. – Les reprocho.

–          Cariño, te están tomando el pelo. – Me dice Gonzalo con dulzura, pero sin dejar de sonreír. Me besa en la mejilla y me susurra al oído para que solo yo pueda oírle: – No te preocupes por nada, pienso tenerte plenamente satisfecha.

Al día siguiente recibo la visita de Borja y de Susana, ambos están horrorizados por todo lo que ha pasado pero se alegran de que todo haya salido bien.

Las visitas me animan y me distraen, hace que el tiempo se me pase más rápido, pero prefiero la compañía de Gonzalo. Apenas se ha movido de mi lado en los días que he permanecido hospitalizada, que finalmente solo han sido seis días en vez de las dos semanas que Marta me había dicho al principio. Eso se lo debo a Gonzalo, que cansado de escucharme protestar por tener que permanecer en el hospital, ha logrado convencer a su madre para que me trasladen a su casa. Marta me visita por la mañana a primera hora y por la tarde a última hora. Gonzalo me obliga a permanecer en la cama todo el tiempo y él me hace compañía en la habitación mientras trabaja en su portátil.

–          Tenemos una conversación pendiente. – Le digo cuando estamos a punto de irnos a dormir.

–          ¿Una conversación pendiente? – Me pregunta Gonzalo frunciendo el ceño.

–          No me has preguntado nada de lo que pasó cuando me fui con James, ni tampoco de nosotros.

–          Cariño, ya hemos hablado de nosotros. Ambos nos queremos y queremos estar juntos, eso es lo que acordamos, ¿no? – Asiento con la cabeza y añade – En cuanto a lo que ha ocurrido con James, entiendo que no es un tema agradable para ti y lo respeto, solo hablaremos de ello cuando tú quieras, si es que quieres hacerlo.

–          Tú ya lo sabes, ¿verdad? – Le pregunto mirándole a los ojos.

–          Uno de los hombres de James Hilton está vivo, Derek y sus agentes se lo han llevado a Londres donde le han interrogado y Derek me ha contado lo que les ha dicho. Bruce también me contó todo lo que vio en el Pirineo. – Me confiesa con un tono de voz que refleja el dolor que siente al hablar del tema. – Lo único que me importa es que tú estés bien, Yasmina.

–          Estoy bien, cariño. – Le digo con un hilo de voz angustiada al verlo así. – Solo te necesito a ti para estarlo, Gonzalo.

–          Te quiero, cariño.

Gonzalo me besa apasionadamente y, para mi sorpresa, sus manos me acarician con deseo y empiezan a deshacerse de mi ropa. Es la primera vez que llega tan lejos desde que me desperté en la clínica, así que no tengo la más mínima intención de detenerlo.

–          Cariño, esto no es buena idea, puedo hacerte daño y…

–          Me harás daño si te paras ahora. – Le interrumpo.

–          Siempre te empeñas en ponérmelo difícil. – Me dice Gonzalo burlonamente. – Está bien, pero lo haremos a mi manera, quiero que te tumbes y no te muevas.

Continúa besándome, acariciándome y desnudándome. Se desnuda rápidamente y se coloca sobre mí.

–          Avísame si te hago daño. – Me dice colocando su miembro en la entrada de mi vagina.

–          Hazlo ya, por favor. – Le suplico muerta de deseo por sentirle dentro de mí.

Gonzalo sonríe y me penetra lentamente, con mucha delicadeza. No puedo evitar gemir de placer, necesitaba fundirme con él. Entra y sale de mí despacio pero sin detenerse, con un movimiento rítmico y placentero que nos hace estar más cerca el uno del otro, nos convierte en una sola persona. Sus besos y sus caricias me excitan, pero entre nosotros ya no hay solo deseo, hay amor. No es el sexo al que estamos acostumbrados, pero es igual de intenso y placentero, es sensual y excitante. Nuestras respiraciones se aceleran, ambos estamos al borde del orgasmo y alcanzamos juntos el clímax. Gonzalo sale de mí y rueda hacia un lado de la cama, sin apenas rozarme para no hacerme daño, quedando tumbado a mi lado. Me besa en los labios y me susurra sonriendo:

–          Tendrás que conformarte con esto hasta que te recuperes, necesitas guardar reposo para que tus costillas rotas se curen y si haces algún esfuerzo pueden soltarse los puntos de la herida de tu hombro.

–          Deberías haber estudiado medicina. – Me mofo. Gonzalo me abraza y yo le susurro: – Te quiero, cariño. No lo olvides nunca.

–          Yo también te quiero. – Le digo sin ningún tipo de pudor al expresar mis sentimientos.

Dormimos abrazados durante toda la noche, entre sus brazos me siento fuerte y me siento segura, pero sobre todo me siento en casa.

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