Solo tuya 24.

Solo tuya

“Dile que sí, aunque te estés muriendo de miedo, aunque después te arrepientas, porque de todos modos te vas a arrepentir toda la vida si le contestas que no.” Gabriel García Márquez.

Abro los ojos lentamente y parpadeo varias veces tratando de acostumbrarme a la luz para poder ver algo. Miro alrededor pero no reconozco la estancia, no sé dónde estoy. Trato de incorporarme para tener una mejor perspectiva pero un dolor insoportable en mi hombro y mis costillas me lo impide y se me escapa un quejido de la garganta. Rápidamente, unas manos me obligan a tumbarme de nuevo y escucho una voz femenina que me resulta familiar:

–          No deberías moverte, tienes tres costillas rotas y una herida de bala en el hombro, además de una brecha en la frente y numerosas contusiones en el resto del cuerpo.

–          ¿Dónde estoy? – Pregunto desorientada.

–          Tranquila, estás en nuestra clínica. – Me responde la propietaria de esa voz familiar.

Levanto la cabeza y entonces la veo, es Marta, la madre de Gonzalo, estoy en su clínica.

–          Marta. – Confirmo pronunciando su nombre en voz alta.

–          Eso es, estaba empezando a sospechar que no me recordabas. – Me contesta con voz dulce. – ¿Qué tal te encuentras?

–          Como si me hubiera pasado un tren de mercancías por encima. – Le confieso.

–          Me lo imagino, pero me refería a cómo estás emocionalmente.

–          Como si me hubiera pasado un tren de mercancías por encima. – Le repito lanzando un gran suspiro. Algo más estable, veo que estoy en una habitación de hospital, pero no hay nadie a mi lado, tan solo Marta. – ¿Dónde está mi padre? ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

–          Llevas aquí dos días, has estado durmiendo todo este tiempo. – Me responde Marta con amabilidad. – Tu padre, tus amigas y algunas personas más están fuera, les he hecho salir para revisar tus constantes, estabas tardando mucho en despertar. ¿Quieres que avise a alguien para que venga?

–          No. – Le contesto rápidamente. Marta me mira alzando una ceja y le aclaro: – Estoy cansada, confundida y creo que a punto de volverme loca. No estoy preparada para que me hagan preguntas de las que no tengo respuesta.

–          Necesitas descansar, así que no está permitido que haya nada más que una persona en la habitación. – Me dice Marta. – Si quieres ver a alguien le puedo hacer pasar y, si prefieres estar sola, no dejaré que nadie entre.

–          Debes pensar que soy una persona horrible, ¿verdad?

–          Si te soy sincera, lo único que pienso es que estás demasiado preocupada por algo de lo que tú no tienes ninguna culpa. Creo que necesitas aclarar tus ideas, puede que te vaya bien hablar con alguien. – Marta suspira y finalmente me pregunta: – Esto tiene que ver con mi hijo, ¿verdad?  – No respondo y miro hacia a otro lado. – No sé qué habrá hecho, pero sí te puedo decir una cosa: mi hijo está enamorado de ti y lo sé porque es la primera vez que lo veo así por una chica. Lleva dos días junto a la puerta de la habitación, no se ha querido mover de aquí pese a que todos hemos insistido que se vaya un rato a casa a descansar.

–          ¿Gonzalo está aquí? – Pregunto sorprendida.

–          Sí. – Me responde. – Yasmina, quiero agradecerte lo que has hecho por Claudia. Toda mi familia estará siempre en deuda contigo.

–          No tenéis nada que agradecerme, todo ha sido por mi culpa.

–          Tú no tienes la culpa de nada, Yasmina. – Me asegura Marta. – Eres una persona maravillosa a la que admiro, has salvado la vida de mi hija y le has traído la alegría a mi hijo Gonzalo. Siempre estaré en deuda contigo, hagas lo que hagas.

–          ¿Puedes decirle a mi padre que entre?

–          Claro que sí, ya verás cómo todo va ir bien.

–          Marta, gracias por la charla. – Le digo antes de que salga de la habitación. – Me ha venido muy bien.

–          Cuenta conmigo para lo que necesites.

Marta desaparece y yo cierro los ojos tratando de mitigar el dolor, pero sin éxito alguno. Dos minutos después mi padre aparece y me mira con el rostro desencajado. Pobre hombre, su hija no deja de darle disgustos.

–          Perdóname, papá. – Le digo con lágrimas en los ojos. – Te prometo que nunca más te haré pasar por algo así.

–          Eso espero, cielo. Corres el riesgo de que me dé un infarto. – Me responde abrazándome con cuidado. – ¡Contigo no gano para disgustos! – Bromea. – ¿Cómo estás, pequeña?

–          He tenido días mejores. – Le respondo sonriendo.

–          Cielo, Bruce me ha contado todo lo que ha pasado y he visto a Gonzalo…

–          Lo sé, Marta me ha dicho que lleva dos días aquí. – Le interrumpo. – Si te soy sincera, tengo miedo, papá.

–          Si no te arriesgas, no ganas. – Me recuerda mi padre. – Gonzalo tiene un pasado que todo el mundo conoce, igual que tú también tienes un pasado. Tú tampoco te has querido comprometer con nadie, en cuanto la cosa se ponía seria con algún chico lo despachabas, pero los dos podéis tener un futuro juntos si así lo deseáis. – Mi padre suspira y, un poco incómodo, añade: – También sé lo de esa pelirroja, ya conoces a Lorena, se entera de todo y le gusta dejar las cartas sobre la mesa.

–          Debería hablar con las chicas.

–          Las haré pasar una a una, la doctora ha sido muy estricta con las visitas y nos ha prohibido agobiarte. – Me dice mi padre divertido. Me besa en la mejilla a modo de despedida y añade: – No creo que me dejen volver a entrar, ahí fuera hay demasiada gente que quiere verte. Pero mañana a primera hora de la mañana estaré aquí y quiero ver una gran sonrisa en tu hermosa cara.

–          Lo intentaré.

Mi padre sale de la habitación y las lágrimas que estaba tratando de contener se escapan de mis ojos. Adoro a mi padre, es un buen hombre y tiene mucha paciencia conmigo.

La siguiente en entrar es Lorena. Por su gesto intuyo que se está mordiendo la lengua y es que ella es así: no puede callarse nada que le pase por la cabeza, aunque ahora está haciendo un gran esfuerzo.

–          Venga, suéltalo o explotarás. – Me mofo.

–          Me han prohibido abrir mi bocaza, de lo contrario mañana no me dejarán entrar a verte a tu nueva habitación. – Me dice refunfuñando.

–          Estamos las dos solas, nadie se enterará y, si no eres demasiado mala conmigo, te prometo que no se lo diré a nadie. – Le contesto divertida.

–          Está bien, te lo diré de una forma suave y delicada. – Me responde burlonamente. – Creo que eres idiota por dos motivos, bueno, puede que por más de dos motivos, pero sobre todo por dos de ellos.

–          Creo que tendrás que explicarte algo mejor, estoy sedada y me he llevado más de un golpe en la cabeza. – Bromeo.

–          Para empezar, no me puedo creer que te escaparas de casa de Gonzalo para reunirte con James e intercambiarte con Claudia. Debiste decirlo, has podido morirte y de paso nos hubieras matado a todos. – Me dice Lorena con la voz temblorosa y con lágrimas en los ojos que amenazan con derramarse por sus mejillas. – Todos estamos bastantes histéricos, sobre todo Gonzalo. – Me mira a los ojos y me dice – Nadie sabía por qué habías desaparecido, Mike dijo que tú le habías comentado esa misma mañana que habías visto a Gonzalo la noche anterior con una chica pelirroja que lo besaba, así que al principio todos creyeron que te habías ido por eso, pero Derek dijo que no tenía ninguna lógica, si hubieras querido irte se lo hubieras dicho y él y sus agentes te hubieran seguido.

–          Mi padre y Marta me han dicho que Gonzalo está al otro lado de la puerta y que no se ha movido de ahí en los dos días que hace que llegué. – Comento tratando de averiguar cualquier cosa que consiga animarme un poco. – Todo era perfecto y ahora ni siquiera sé lo que va a ser de nosotros.

–          Mientras que tú has estado durmiendo, yo he estado haciendo los deberes. – Me responde divertida. – Obviamente, lo primero que he hecho es averiguar todo lo posible sobre esa tal Alexia o, como tú la llamas, la arpía pelirroja.

–          ¿Qué has averiguado? – Quiero saber.

–          Según parece, la tal Alexia era una de las amiguitas de Gonzalo. – Empieza a decir Lorena. – Tanto Claudia como Esther me han asegurado que Gonzalo no tiene el menor interés por Alexia, bueno ni por Alexia ni por ninguna otra chica. Eres la única a la que ha llevado a su casa y, más importante todavía, eres la única chica que ha presentado a su familia. Ese chico te quiere, de eso no me cabe duda.

–          Vi cómo se besaban. – Titubeo.

–          Ella se le echó encima y él la echó después de dejarle claro que estaba contigo y que lo vuestro iba en serio. – Me asegura Lorena. – El pobre está fatal, no ha querido moverse de aquí pese a que todos hemos insistido en que se vaya a casa a descansar unas horas y pese a que cree que no vas a querer saber nada de él. Y eso por no mencionar lo irritable que está, nos lo turnamos para soportarlo. – Añade bromeando. – Dime, ¿qué piensas hacer?

–          No lo sé, no he querido pensar en ello. – Le confieso con un hilo de voz.

–          Todo va a salir bien Yas, ya lo verás. – Me da un beso en la mejilla y añade a modo de despedida – Tengo que irme, los demás también quieren pasar un rato a saludarte, pero vendré mañana de nuevo. Llámame si necesitas algo.

Lorena me da otro beso en la mejilla y se marcha. Apenas tres segundos después, aparece Rocío sonriendo, pero su sonrisa se desvanece al ver mi aspecto.

–          ¡Estás horrible! – Exclama sin pensarlo dos veces.

–          Gracias, tú también estás genial. – La saludo con sarcasmo.

–          Quiero abrazarte pero me da miedo hacerte daño. – Me dice sin saber qué hacer, si acercarse o mantenerse a una distancia prudente.

–          Ven aquí y dame un beso, anda. – Le digo divertida. – ¿Cómo te va con tu vecino?

–          No te lo vas a creer, ¡es perfecto! – Exclama emocionada. – Es un tipo estupendo, me trata como una princesa y es un amante muy generoso y complaciente.

–          Así que ya te lo has tirado, me he perdido muchas cosas últimamente.

–          Sí, muchas veces. – Me dice burlonamente. – En cuanto te recuperes, te lo presentaré, estoy segura de que te va a caer muy bien.

–          Seguro que sí.

–          Debo regresar, la doctora no nos deja estar más de unos minutos contigo, así todos podrán verte. – Rocío me besa a modo de despedida y añade – La doctora también nos ha prohibido hablarte de cualquier cosa que pueda alterarte, pero siento que es mi obligación decirte que Gonzalo no se ha movido de aquí desde que llegaste y que te quiere, Yas.

Asiento con la cabeza sin decir nada y Rocío se marcha tras dedicarme una sonrisa. Respiro profundamente tratando de calmarme antes de recibir la siguiente visita. La puerta se abre y aparece Paula. Fuerza una sonrisa en cuanto me ve cubierta de vendas y cables conectados a varias máquinas.

–          No te preocupes, estoy bien. – Le digo sonriendo. – Al menos todo lo bien que se puede estar después de lo que ha pasado.

–          Has sido muy valiente. – Me dice Paula al mismo tiempo que me saluda besándome en la mejilla. – Pero también has sido una irresponsable, nos tenías a todos con el corazón en vilo. – Me reprocha con dulzura. – Tu padre y Gonzalo lo han pasado fatal. A tu padre le pudimos convencer para que descansara, pero a Gonzalo no ha habido quien le convenza para que se marchara a casa, ese chico está muy enamorado de ti.

–          ¿Os habéis puesto de acuerdo para hacer campaña en favor de Gonzalo? – Le replico molesta, cansada de que todos lo adoren como si fuera un santo cuando yo misma le vi con mis propios ojos besando a otra.

–          No tengo por qué hacer campaña en favor de Gonzalo, solo te estoy diciendo lo que veo, y lo que veo es que Gonzalo te quiere. – Me contesta Paula. – No puedo decirte lo que debes hacer, pero sí puedo recordarte que hicimos un trato, prometimos dejarnos llevar por nuestros sentimientos y hacer lo que de verdad deseamos. Yo lo he hecho y la verdad es que me va bastante bien.

–          Tú siempre has sido la más prudente de las cuatro, ¿crees que debería dejarme llevar pese a que le vi besando a otra?

–          Ni siquiera le has dejado que te explique qué ocurrió y, según he oído, se comportó como un hombre comprometido contigo. – Contesta Paula con dulzura. – Solo quiero que seas feliz y nunca te he visto tan feliz como cuando estás con él.

–          ¿Quién está esperando ahí fuera? – Le pregunto cambiando de tema.

–          Tu padre, nosotras, Derek, Bruce, Gonzalo, Claudia, Esther y Roberto.

–          Vaya, ¿los conoces a todos?

–          Han sido cuarenta y ocho horas muy largas e intensas, nos ha dado tiempo a hablar y conocernos un poquito. – Me dice sin dejar de sonreír. – ¿A quién quieres que le diga que pase primero?

–          Me da igual, como quieran ellos.

Paula se marcha y en su lugar entra Claudia, la hermana de Gonzalo. Se acerca a mí sonriendo con dulzura, me besa en la mejilla y me dice:

–          Seré breve, hay mucha gente que quiere saludarte y no queremos cansarte demasiado. Sé lo que hiciste por mí, me salvaste la vida y te lo agradezco, aunque todavía no entiendo cómo pudiste estar tan loca para hacer algo así. – Suspira profundamente y añade algo incómoda: – Sé que no es asunto mío, pero tengo que decirte que Alexia no significa nada para Gonzalo y que, desde que te vio por primera vez no ha estado con ninguna chica y esto no te lo digo porque él me lo haya pedido, él ni siquiera ha querido hablar del tema con nadie, te lo digo porque lo sé con seguridad y yo no mentiría a alguien que me ha salvado la vida y con quien estoy en deuda. Y, si no te importa, te agradecería que no le digas a mi hermano que te he dicho nada de esto o me matará.

–          No te preocupes, seré una tumba. – Le aseguro.

Claudia se despide de mí y después recibo la visita primero de Esther, la mejor amiga y secretaria de Gonzalo. La visita de Esther es rápida, tan solo quiere saludarme y desearme que me recupere pronto, pero cuando está a punto de marcharse, me dice:

–          No seas demasiado dura con él, lo está pasando bastante mal.

No hace falta que me diga de quién está hablando, todos hablan de él pero él no aparece. Asiento con la cabeza y veo salir a Esther sonriendo. Pocos segundos después entra Roberto, el mejor amigo y abogado de Gonzalo. Su visita también es breve, al igual que Esther, se interesa por mi salud. Pero ante de marcharse, Roberto se vuelve hacia a mí y me dice divertido:

–          Haznos un favor a todos y arréglalo con Gonzalo, está insoportable y nos está volviendo loco a todos.

Le dedico una sonrisa pero, como al resto de las visitas que he recibido, no le prometo nada, no sé cómo va ir la visita de Gonzalo si es que llega a visitarme porque he visto ya a ocho personas y ninguna de ellas era él.

El siguiente en entrar es Derek. Su cara me lo dice todo, está enfadado porque no le dije nada, no le dije que había recibido la llamada de James y decidí actuar por mi cuenta.

–          Lo sé, fui una estúpida e inconsciente. – Me adelanto. – Sé que tendría que habértelo dicho, pero no podía arriesgarme a que James le hiciera daño a Claudia.

–          Afortunadamente, todo ha salido bien. – Zanja la cuestión Derek. – Descansa, recupérate y, cuando estés preparada, ven a verme a Londres, tendremos asuntos que arreglar allí y debes estar presente. Debo regresar a Londres esta misma noche, pero llámame si necesitas algo o si simplemente te apetece hablar.

–          Estaré bien, te llamaré en unos días e iré a Londres a verte. – Le aseguro.

–          Mike te envía recuerdos, él también esperará en Londres tu visita. – Me dice antes de despedirse.

Observo a Derek marcharse y me quedo mirando la puerta. Ya solo quedan Bruce y Gonzalo, pero me da a mí que el siguiente en entrar será Bruce. Y no me equivoco. La puerta se abre y tras ella aparece Bruce. Sonrío al recordar que cuando lo conocí me daba miedo, es un tipo serio y con cara de pocos amigos, además de ser un hombre de tamaño considerable y lleno de músculos.

–          Estás como una cabra. – Me saluda Bruce divertido. – Aunque te adelanto que a Gonzalo no le ha hecho ninguna gracia.

–          ¿Está muy enfadado? – Me atrevo a preguntar.

–          Está enfadado, pero consigo mismo. – Me contesta Bruce. – Se siente culpable por lo que ha pasado, está preocupado por ti y también tiene miedo de lo que tú pienses y de la decisión que hayas podido tomar. En conclusión, está insoportable y nosotros tenemos que sufrirlo. – Me dice divertido. – Hagas lo que hagas, quiero que sepas que aquí tienes un amigo para lo que quieras.

–          Gracias, Bruce. – Le digo con un hilo de voz. – Siento todo lo que ha pasado y haberos metido en todo esto.

–          Tú no tienes la culpa de nada, solo has hecho lo que tenías que hacer. – Me asegura Bruce. – Eres una buena persona, Yas.

–          Querrás decir que soy un desastre. – Le corrijo. – ¿Puedo preguntarte algo, Bruce?

–          Lo que quieras.

–          ¿Qué hay exactamente entre Gonzalo y Alexia?

–          Eso debería explicártelo él, pero te adelantaré que no tienes nada de lo que preocuparte, Alexia no significa nada para Gonzalo. Él se enamoró de ti el primer día que te vio y desde entonces no ha tenido ojos para nadie más, y lo sé porque prácticamente paso las veinticuatro horas del día con él.

–          Entonces, ¿por qué le vi besando a otra?

–          Fue ella quien le besó a él y Gonzalo le puso las cosas claras y la echó. – Me asegura Bruce. – Hace muchos años que lo conozco y nunca le había visto así por ninguna chica, te quiere de verdad y desde que estáis juntos le veo feliz.

–          ¿Va a entrar a verme? – Le pregunto temiendo que su respuesta sea un no rotundo.

–          Sí, a menos que tú no quieras. – Me responde Bruce escudriñándome con la mirada. – Ha dejado que todos pasemos antes porque Marta solo deja entrar a una persona en la habitación y Gonzalo tiene previsto no moverse de aquí, así que, a menos que tú no quieras, sí, Gonzalo va a entrar a verte.

–          De acuerdo. – Le respondo.

–          ¿Quieres que le diga que entre? – Me pregunta sonriendo. Asiento con la cabeza y añade sin dejar de sonreír – No seas demasiado dura con él, lo único que quiere es cuidar de ti.

Tras pronunciar esas palabras, Bruce me sonríe, da media vuelta y se marcha cerrando la puerta de la habitación tras él.

Pienso en todo lo que me han dicho todas las personas que han entrado a verme, incluidas mis amigas y mi padre. Todos han dicho lo mismo aunque con distintas palabras: Gonzalo me quiere. Entonces, ¿por qué estoy tan aterrada? ¿Por qué siento tanto miedo a que me rechace? Porque lo amo y tengo miedo a perderle, esa es la única respuesta.

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