Solo tuya 23.

Solo tuya

“Hay momentos en la vida en los que la única manera de salvarse a uno mismo es muriendo o matando. Dispara, yo ya estoy muerto.” Julia Navarro.

Después de pasar tres horas en el todoterreno, sentada al lado de James, llegamos a una cabaña de piedra y madera situada en algún lugar del Pirineo de Lleida y lo único que hay alrededor es montaña. Bajamos del coche y entramos en la cabaña. No es muy grande, tiene una cocina americana, un pequeño salón con chimenea, un cuarto de baño y cuatro habitaciones. James ordena a uno de sus hombres que enciendan la chimenea, a pesar de estar en el mes de agosto, aquí debemos estar a cinco grados y hace bastante frío, sobre todo si vas vestida con una camiseta de tirantes y un short tejano. James me acompaña a una de las habitaciones y me dice:

–          Debes descansar, mi ángel. – Me da un beso en la mejilla y añade: – Mi habitación es justo la de al lado, avísame si necesitas algo.

Asiento con la cabeza y entro en mi nueva habitación, cerrando la puerta detrás de mí. La habitación solo tiene una pequeña ventana protegida por una reja de hierro acollada a la fachada y apenas está amueblada con una cama, una mesita de noche y un armario. Me tumbo en la cama y trato de dormir, estoy cansada física y mentalmente, necesito descansar.

Cuando me despierto son las doce del mediodía y nadie ha venido a buscarme para que me levante. Me levanto y salgo de la habitación para encontrarme con uno de los hombres de James en el pasillo.

–          El señor Hilton la espera en la cocina para almorzar. – Me dice haciendo un gesto para que me dirija hacia a la cocina.

–          Necesito ir al baño. – Le respondo sin mirarle y dirigiéndome al baño, justo en la dirección contraria a la que me ha indicado.

El tipo me mira, resopla y se dirige hacia a la cocina sin decirme nada, probablemente a informar a James de que ya me he levantado. Entro en el baño, me doy una ducha y vuelvo a ponerme la misma ropa que llevaba ayer, pues no tengo otra. Acto seguido me dirijo hacia a la cocina y allí me encuentro con James y sus hombres. Los cinco me miran en silencio durante unos instantes, hasta que James finalmente me dice:

–          Buenos días, ángel. ¿Has dormido bien?

–          He dormido, que ya es bastante. – Murmuro entre dientes.

–          Voy a salir un par de horas, necesitamos comprar varias cosas. – Me dice James. – Te quedarás con dos de mis hombres que te protegerán, mi pequeño ángel. ¿Necesitas que te traiga algo?

–          Algo de ropa no estaría mal. – Comento con indiferencia.

–          No te preocupes, traeré todo lo que necesites.

–          ¿No debería ir yo a comprar? – Le pregunto sabiendo la respuesta.

–          No, precioso ángel. Te estarán buscando y no quiero que te encuentren, no dejaré que nos vuelvan a separar. – Me responde antes de darme un beso en la mejilla y marcharse con dos de sus hombres.

Me quedo en la cabaña a solas con los otros dos hombres de James. Uno de ellos decide irse a una habitación a descansar un poco y el otro se queda conmigo en la cocina, vigilándome. La situación es tan surrealista que hasta el tipo parece sentirse incómodo, así que trato de incomodarle más.

–          ¿Hace mucho que conoces a James? – Le pregunto.

–          El tiempo suficiente.

–          El tiempo suficiente, ¿para qué?

–          Para que confíe en mí a la hora de protegerte, por ejemplo.

–          Yo hacía cinco años que no le veía ni sabía nada de él, creía que había muerto. – Le empiezo a decir. – Todo esto me ha cogido tan desprevenida que me siento extraña, como si estuviera soñando y nada de esto fuera real. – El tipo me mira y escucha lo que digo, pero no dice nada. – El caso es que estoy algo confusa, si ha estado vivo todo este tiempo, ¿por qué no ha venido a buscarme antes?

–          Eso debería preguntárselo a él. – Me responde sin querer entrometerse.

–          Tengo miedo de oír su respuesta, no estoy preparada si me rechaza. – Miento descaradamente. – Ni siquiera he terminado de asimilar que estoy aquí, con él.

–          Si hay alguien que al señor Hilton le importa, esa es usted. – Me responde zanjando el asunto algo incómodo. – Disculpe un momento.

El tipo se levanta de la silla y se dirige hacia el cuarto de baño, olvidando su móvil sobre la mesa de café. Esta puede ser mi única oportunidad para que Derek me encuentre antes de que James me saque del país. Cojo el móvil y marco el número de Derek, que me responde al segundo tono:

–          ¿Sí?

–          Derek, soy Yas. – Susurro. – Estoy en algún lugar del Pirineo de Lleida, en una cabaña de piedra y madera en lo alto de una montaña y sin nada alrededor. – Continúo susurrando a toda velocidad. – Este es el teléfono de uno de los hombres de James, localízalo y ven a buscarme, por favor.

–          Tranquila, ya estoy en ello. – Me asegura Derek. – ¿Estás bien?

–          He tenido días mejores. – Murmuro. Escucho el ruido de la cisterna y me despido a toda velocidad. – Lo siento, tengo que colgar.

Cuelgo sin esperar respuesta y borro el listado de llamadas para no dejar ningún rastro. Un segundo después el tipo regresa, por suerte no se ha dado cuenta de nada.

–          Estoy un poco mareada, si no te importa, me voy a echar un rato en mi habitación. – Le digo poniéndome en pie cuando termino de almorzar.

–          Por supuesto, avíseme si necesita algo. – Me responde acompañándome hasta la puerta de mi habitación.

Ya no puedo hacer nada más, solo esperar a que Derek me encuentre y por fin se acabe todo esto. Mi plan B es fugarme, pero teniendo en cuenta que estoy en mitad de la nada, no tendría muchas posibilidades de llegar a algún sitio antes de que James y sus hombres me encontrasen. ¿Qué estará haciendo Gonzalo? ¿Estará con la arpía pelirroja celebrando que ya no tiene que preocuparse por mí? Prefiero no pensar en ello, ya tengo suficientes problemas con los que distraerme.

James regresa a la cabaña al cabo de un rato, ha estado fuera menos de dos horas, pero ha traído todo lo que yo pueda necesitar: ropa de abrigo, pijamas, zapatillas de deporte, zapatillas de estar por casa, botas de montaña, tejanos pitillo, shorts, camisetas de tirantes, de manga corta y de manga larga, jerséis, ropa interior, vestidos de verano, vestidos de noche, zapatos con y sin tacón, cepillo de dientes, champú, gel de baño, cepillo para el pelo, un secador de mano, un enorme maletín de maquillaje y otras mil cosas que no creo que vaya a necesitar.

–          Esto tendrá que servirte durante un par de semanas, después podremos marcharnos de aquí y podremos ir a un lugar dónde puedas comprar todo lo que quieras. – Me dice James con un tono dulce de voz.

–          ¿Nos quedaremos aquí dos semanas? – Le pregunto.

–          Sí, debemos esperar a que las cosas se calmen antes de salir del país. – Me contesta James.

–          ¿A dónde iremos después?

–          Iremos a una pequeña isla desierta en mitad del pacífico. – Me responde. – Allí nadie nos molestará y estaremos juntos para siempre.

Asiento con la cabeza al mismo tiempo que rezo en silencio a todos los dioses habidos y por haber para que Derek me encuentre antes de que James consiga sacarme del país. Solo espero que pueda localizarme a través del teléfono móvil del tipo que se ha quedado conmigo esta mañana, en teoría no debe ser muy difícil.

Paso el resto de la tarde nerviosa, esperando que ocurra algo mientras estoy sentada en el sofá observando el color del fuego de la chimenea. Los hombres de James hacen guardia mientras que James trata de darme conversación sin éxito. Cuando estamos a punto de sentarnos a cenar, uno de los hombres de James entra en la cabaña y le dice con el rostro desencajado:

–          Están aquí, nos han encontrado.

–          ¿Cómo es posible? – Le espeta James. Me mira con el ceño fruncido, como si pudiera leerme la mente. Se vuelve hacia a uno de sus hombres y le pregunta: – ¿Habéis apagado los teléfonos móviles?

–          Sí, el único que lo tiene encendido es John, cómo nos dijiste. – Le responde el tipo con cierto temblor en la voz.

–          ¡John, ven aquí! – Ordena James alzando la voz. John, que es el tipo que se ha quedado conmigo esta mañana y a quien le he cogido el teléfono móvil, se presenta ante James y él le dice: – Revisa tu teléfono y comprueba las llamadas realizadas y los mensajes enviados. – Se vuelve de nuevo hacia a mí y me advierte: – Si has sido tú quien les ha avisado, lo pagarás.

John me fulmina con la mirada, él también parece intuir lo que ha pasado y por supuesto no le ha gustado nada. Sale de la cabaña con su teléfono móvil en la mano y sé que estoy perdida.

Cuando John regresa apenas cinco minutos después de haberse marchado, lo hace con el gesto contrariado y, mirándome con tristeza, le dice a James:

–          Ha llamado este mediodía y ha estado hablando con alguien durante poco más de un minuto, nos ha delatado.

La reacción de James es inmediata: me abofetea en la cara tan fuerte que me tira al suelo. Me mira furioso y brama con desprecio:

–          Te dije que me las pagarías y me las vas a pagar. He vuelto a por ti creyendo que eras mi ángel y solo eres una zorra vulgar y sucia. Me he arriesgado viniendo a buscarte y me la has jugado, me has traicionado. – James me levanta del suelo agarrándome del pelo y me espeta furioso: – Pensaba tratarte como a una princesa, pero ahora serás mi esclava. – Se vuelve hacia a sus hombres y les ordena: – Recoged lo básico, nos vamos.

James me lleva a rastras hasta el todoterreno, me obliga a subir en la parte trasera del vehículo y bloquea las puertas y las ventanillas. Justo en ese momento, varios coches aparecen al final del estrecho camino de tierra y piedras, supongo que es Derek y sus agentes y trato de calmarme repitiéndome una y otra vez que ya está a punto de acabarse todo, que pronto estaré con mi padre y con las chicas, pero prefiero no pensar en Gonzalo.

Los hombres de James salen de la cabaña y rápidamente guardan en el maletero todo lo que han cogido de la cabaña y desenfundan sus pistolas. No sé muy bien cómo, pero en un abrir y cerrar de ojos me veo envuelta en mitad de un tiroteo encerrada en un coche. Escucho varios tiros procedentes de todas partes, grito asustada sin saber qué hacer, no puedo salir de aquí. De repente la puerta del conductor se abre y James se sienta tras el volante al mismo tiempo que arranca el motor del todoterreno y me dice:

–          Agárrate y trata de no acercarte a las ventanillas, no quiero que mueras todavía.

Le obedezco por puro instinto de supervivencia, aunque si logra despistar a Derek y a sus agentes prefiero estar muerta. Me acobijo tras el respaldo del sillón del copiloto y me aparto de las ventanillas del vehículo.

No puedo ver nada, pero estoy segura de que James se ha salido del camino principal de tierra y piedras y ha cogido otro camino más rural, pues hay un montón de baches y, yendo a la velocidad que va James, temo que el todoterreno vuelque. James coge una curva bastante cerrada y frena bruscamente, el coche derrapa sobre las piedras y se para en seco cuando chocamos contra algo bastante contundente. Me doy varios golpes, uno de ellos en la frente y bastante fuerte. Tardo varios segundos en reaccionar, la cabeza me da vueltas y estoy mareada. Me llevo la mano a la frente y noto el líquido espeso y ese olor tan peculiar que tiene la sangre y que me provoca náuseas. Tengo una brecha en la frente y un golpe bastante feo en las costillas, mañana tendré un gran moratón si es que llego a mañana. Ni siquiera me doy cuenta que James ha salido del vehículo y me ha sacado a mí a rastras, hasta que me encuentro en mitad de la montaña y con James apuntándome a la cabeza con una pistola.

–          Empieza a caminar. – Me ordena dándome un empujón para que empiece a moverme.

Camino a duras penas y James, sin rastro de la amabilidad y educación que siempre ha tenido conmigo, me agarra del brazo con una mano mientras con la otra no deja de apuntarme con la pistola y me arrastra caminando más deprisa.

Consigo caminar a rastras unos trescientos metros antes de tropezar y caer al suelo. Estoy agotada, me duele todo el cuerpo, tengo cortes debido a los cristales rotos de las ventanillas del coche, una brecha en la frente que no deja de sangrar, un fuerte golpe en las costillas que me corta la respiración y las piernas me flaquean, ni siquiera puedo sostenerme en pie.

–          ¡Maldita zorra! – Blasfema James. – Si yo caigo, tú caerás antes que yo.

Me agarra por los pelos con una mano y me levanta dándome un fuerte tirón al mismo tiempo que con la otra mano me apunta con la pistola, dispuesto a disparar y matarme. Sin saber de dónde, saco fuerzas y forcejeo con James. Consigo zafarme de sus garras empujándolo hacia atrás y cayendo los dos al suelo al mismo tiempo que la pistola se dispara. Siento un quemazón horrible en el hombro derecho y la sangre me recorre desde el hombro hasta a los dedos. El olor de la sangre me marea, pero todavía no he perdido la consciencia cuando veo a James levantarse del suelo, recoger su pistola y apuntarme de nuevo.

–          ¿Quieres decir unas últimas palabras? – Me pregunta burlonamente.

–          Muérete. – Logro balbucear haciendo un gran esfuerzo.

James sonríe maliciosamente pero, justo antes de que pueda apretar el gatillo, oigo voces, pasos y varios tiros y acto seguido veo caer al suelo el cuerpo de James, quedando completamente inerte. Suspiro aliviada, al menos James está muerto. No sé si sobreviviré a esto, pero al menos él ya no podrá hacer más daño.

–          ¡Yas, Yas! ¡Háblame! ¿Estás bien? – Me grita Derek presionando la herida de mi hombro tratando de detener la hemorragia. – ¡Joder!

–          Lo siento. – Murmuro con un hilo de voz.

–          Te vas a poner bien, Yas. – Me asegura Derek. Se vuelve hacia sus agentes y les ordena con voz firme – La trasladaremos en helicóptero a la clínica. Bruce, Mike, vosotros vendréis conmigo en el helicóptero, el resto quiero que os quedéis a limpiar todo esto y quiero que me mantengáis informado de cualquier cosa que averigüéis. Ah, una cosa más: quiero que os aseguréis de que James Hilton está muerto, quiero que escoltéis su cadáver en todo momento, lo repatriaremos al Reino Unido.

Escucho a Derek dar una orden tras otra mientras trato de fijar la vista en los rostros de todos los que hay a mi alrededor tratando de encontrar a Gonzalo, pero él no está aquí.

–          Te vamos a llevar a casa, Yas. – Me susurra Bruce. – Todo va a salir bien.

–          ¿Mi padre, las chicas y Claudia están bien? – Pregunto cerrando los ojos.

–          Todos están bien, no tienes nada de lo que preocuparte. – Me asegura.

No menciona a Gonzalo y yo tampoco pregunto por él. Si me quisiera estaría aquí, a mi lado. Sin embargo, los únicos que están a mi lado en este momento son Derek, Bruce y Mike.

Pocos minutos después un equipo médico se encarga de ponerme una vía intravenosa, me presiona la herida del hombro y me curan la brecha de la frente para después subirme a una camilla y me meterme en un helicóptero para llevarme a una clínica. Derek, Bruce y Mike no se separan de mí en ningún momento.

Todos tratan de darme conversación para distraerme, me animan diciendo que todo va a salir bien, pero yo estoy demasiado cansada. Estoy demasiado cansada para pensar, estoy demasiado cansada para seguir luchando. Mis párpados se cierran y no puedo hacer nada para mantenerlos abiertos. Durante unos instantes los escucho hablarme, pero no puedo contestarles, es como si mi alma hubiera abandonado mi cuerpo, como si pudiera contemplar la escena desde otro ángulo, como si yo no formara parte de esa escena.

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