Solo tuya 21.

Solo tuya

“Hay dolores que matan, pero los hay más crueles: los que nos dejan la vida sin permitirnos gozar de ella.” Antoine L. Apollinarie Fée.

Tras pasar un estupendo fin de semana en casa de Philip y Grace Higgins, Gonzalo y yo regresamos a casa. Solo hemos estado un par de días fuera, pero he echado mucho de menos esta casa, la casa de mis sueños convertida en realidad. Aunque no es de mi propiedad, siento que esta casa tiene un pedacito de mí y me alegro de haberla construido para Gonzalo, por muy extraño que me resultara al principio.

Unos días más tarde, tengo una pesadilla en mitad de la noche y me despierto llorando. Estiro la mano en busca de Gonzalo, pero su lado de la cama está vacío y frío. Enciendo la luz de la mesita de noche y miro la hora en el despertador digital de Gonzalo, son las cuatro de la mañana. Preocupada por lo que pueda estar pasando, me pongo una bata encima del camisón y salgo de la habitación. Escucho murmullos procedentes del salón, así que despacio y sin hacer ruido bajo las escaleras y me detengo frente a la puerta cerrada del salón. Oigo una voz femenina que no reconozco y, a hurtadillas, intento escuchar la conversación.

–          No sé qué diablos estás haciendo aquí pero ya te estás marchando. – Le dice Gonzalo incómodo y nervioso. – Si Yasmina te ve aquí me buscas un problema.

–          Oh, claro, tu prometida. – Se mofa quién quiera que sea esa arpía. – La verdad es que ella no me preocupa, es solo uno de tus caprichos, Gonzalo. Un capricho del que te cansarás en un par de meses y volverás a mí como haces siempre.

–          No tienes ni idea, Alexia.

–          Dime una cosa, Gonzalo, ¿sabe ella que mientras tratabas de seducirla por el día era conmigo con quién pasabas la noche?

El corazón me late tan rápido que creo que se me va a salir del pecho, siento náuseas y me mareo. Estoy aterrorizada, estoy furiosa y, sobre todo, estoy muy confusa. La cabeza me da vueltas y cierro los ojos tratando de serenarme. Entonces, solo escucho el silencio. Un silencio de los que no presagian nada bueno, un silencio que me eriza la piel. Decidida a afrontar la verdad, abro un poco la puerta del salón sin hacer ruido y miro por una fina rendija. Y allí está lo que más me temía. Una arpía pelirroja se le ha echado prácticamente encima a Gonzalo y lo está besando mientras él trata de apartarla de su lado molesto pero sin malos modales.

Dos lágrimas brotan de mis ojos y regreso a la habitación abatida. Podría haber montado un numerito pero, ¿de qué serviría? Ni siquiera sé quién es la arpía pelirroja, pero puede que tenga razón. Puede que yo solo sea un capricho que durará un par de meses y después volverá con ella como hace siempre, o al menos eso ha dicho. ¿Y a qué ha venido eso de que Gonzalo trataba de seducirme a mí por el día mientras pasaba con ella la noche? No quiero pensar en esto, esto no me puede estar pasando a mí. Me asomo por la ventana y veo a Gonzalo acompañando a la arpía pelirroja hasta a su coche, un Mini de color rojo. Mike está de pie en el porche de la entrada principal, esta noche está de guardia y debe de haber visto entrar a esa arpía, puede que Mike me aclare algunas cosas.

Decido no hacer nada. Por primera vez en mi vida estoy tan asustada de la verdad que no quiero conocerla, al menos no ahora. Me meto en la cama y trato de dormir, aunque solo consigo dar vueltas en la cama y más vueltas a la cabeza.

Me duermo al amanecer y consigo descansar un par de horas, cuando mi teléfono móvil empieza a sonar. El lado de la cama de Gonzalo continúa vacío, anoche no regresó a la habitación y fue lo mejor, no creo que hubiera podido contener mi ira, mi furia ni mi desprecio. Alargo el brazo hacia la mesita de noche y alcanzo mi teléfono móvil con la intención de silenciarlo, no me apetece hablar con nadie. Pero cambio de opinión al ver que es Claudia quién me llama. Puede que en estos momentos odie a Gonzalo, pero su familia no tiene nada que ver con todo esto y se han portado bien conmigo, ellos no se merecen que les haga un desprecio.

–          Hola Claudia. – Trato de sonar alegre.

–          Hola, mi ángel. – Escucho al otro lado del teléfono y reconozco al instante esa voz, es James.

–          James, ¿eres tú? – Me escucho preguntar.

–          Sí, mi ángel. – Me confirma. – Estoy tratando de ir a por ti para que estemos juntos, como debe ser, precioso ángel. Pero me lo están poniendo muy difícil, quieren apartarte de mí. – Empieza a decir James y no lo noto muy lúcido, cuerdo nunca ha estado. – Es nuestro destino, está escrito que vivamos y muramos juntos, precioso ángel.

–          ¿Dónde está Claudia, James? – Le pregunto apretando los puños, rezándole a todos los dioses habidos y por haber para que ella esté bien. – ¿Dónde está, James?

–          La utilizaremos como moneda de cambio, mi ángel. – Me contesta James con una voz espeluznante que me pone la piel de gallina. – Ella será tu liberación.

–          No te entiendo.

–          La pequeña de la familia Cortés no regresará a casa hasta que mi ángel vuelva conmigo.

–          Si yo regreso a tu lado, ¿dejarás que Claudia se marche? – Le pregunto con un hilo de voz.

–          Eso es, precioso ángel. – Me confirma. – Si no estás conmigo antes de medianoche, la mataré.

–          ¡No! – Exclamo con la voz temblorosa. – Yo quiero estar contigo, soy tu ángel. – Le digo mientras las lágrimas invaden mi cara. – Dime a dónde tengo que ir.

–          Un coche te estará esperando frente al portal del edificio de tu apartamento a medianoche. – Me responde. – Si no te llevan, la mataré. Si vienen contigo, también la mataré. Solo la soltaré cuando tú estés junto a mí.

–          Conseguiré estar allí y reunirme contigo, pero no le hagas daño a ella, Claudia es buena, es mi amiga. – Le suplico.

–          Si nos dejan estar juntos, todo irá bien, mi precioso ángel. – Me dice James y se despide antes de colgar – A medianoche estaremos juntos, ángel. A partir de ahora, todo nos va a ir bien, ya lo verás.

James cuelga y yo en lo único que pienso es en que nada podría ir peor. Si a Claudia le pasa algo por mi culpa jamás me lo perdonaré.

Me meto en la ducha y trato de aclarar mis ideas. No sé cómo, pero a medianoche tengo que estar en mi apartamento y para eso antes debo salir de aquí. James no liberará a Claudia hasta que me tenga a mí con él, así que solo hay una solución posible. Tampoco puedo ir acompañada, James me ha advertido lo que pasaría. Puede que, cómo ha dicho James, este sea mi destino. Quizás mi destino no es otro que resignarme a lo que venga, ya no me importa nada.

Me visto con un short tejano y una camiseta de tirantes cruzados a la espalda y bajo a la cocina a desayunar.

–          Cielo, qué mala cara tienes. – Observa Adela nada más verme. – ¿Estás enferma?

–          He pasado una mala noche y no me siento muy bien. – Le respondo diciendo una verdad a medias.

–          Siéntate y deja que te prepare el desayuno. – Me ordena Adela con voz firme pero cariñosa. – ¿Sabe Gonzalo que ya te has levantado? – Me pregunta alzando las cejas, sabedora de mi respuesta.

–          No, cuando me he despertado él no estaba en la habitación. – Le respondo encogiéndome de hombros. – Pensaba encontrarlo aquí, pero supongo que estará en su despacho con Bruce y Derek y no quiero molestarle.

–          Últimamente todos estáis muy estresados, necesitáis relajaros.

Creo que Adela piensa que Gonzalo y yo hemos discutido. Probablemente ella también sepa que no ha pasado la noche conmigo, puede que también sepa quién es la arpía pelirroja que estuvo aquí anoche, pero a ella no puedo preguntarle nada, sé que Gonzalo se enteraría al instante.

Desayuno en compañía de Adela y, cuando termino, ella sube a la primera planta para arreglar las habitaciones, es una mujer de costumbres y muy inquieta. Me asomo por la ventana y veo a Mike en el jardín, está haciendo el cambio de guardia con otro agente. Lo observo con curiosidad hasta que finalmente se despide de su compañero y se dirige a la casa. Decido abordarlo en la puerta de acceso del jardín, justo antes de que ponga un pie dentro de la casa.

–          Señorita Soler, buenos días. – Me saluda alegremente.

–          Buenos días, Mike. – Le saludo tratando de esbozar una sonrisa. – Por favor, llámame Yas.

–          Lo haría, pero al señor Cortés no creo que le hiciera mucha gracia.

–          El señor Cortés no está aquí ahora mismo y, aprovechando que no está, me gustaría hablar contigo. – Quiero preguntarte algo.

–          De acuerdo, salgamos al jardín.

Caminamos por el jardín hasta que decidimos sentarnos en un banco bajo la sombra de varios árboles, estamos en agosto y hace calor pese a que solo son las diez de la mañana.

–          Tú dirás. – Me anima a hablar Mike.

–          La verdad es que no sé muy bien por dónde empezar. – Empiezo a decir. – Anoche me levanté de la cama y vi a una chica pelirroja con Gonzalo en el salón. Has estado de guardia esta noche y seguro que has visto algo…

–          No tienes nada de lo que preocuparte, a Cortés no le interesa lo más mínimo esa chica, te lo puedo asegurar.

–          Anoche vi como ella le besaba.

–          Y yo vi cómo Cortés la recibió y se despidió de ella. – Me replica Mike. – Yas, conozco la reputación que tiene Cortés, pero he sido testigo de cómo te mira, de cómo te trata y de cómo cuida de ti. Te aseguro que a ella no la miraba cómo te mira a ti.

–          ¿Puedo pedirte algo?

–          Lo que quieras.

–          No le cuentes a nadie nuestra conversación. – Le pido.

–          No te preocupes, será un secreto entre los dos. – Me asegura Mike sonriendo con complicidad. – Por ahí viene tu hombre y creo que no le ha hecho ninguna gracia vernos juntos.

Mike y yo nos quedamos en silencio observando cómo Gonzalo se acerca con cara de pocos amigos. Gonzalo llega hasta nosotros, nos mira con el ceño fruncido durante unos instantes y finalmente me dice:

–          Adela me ha dicho que no te sentías bien, ¿qué haces aquí?

–          He salido al jardín para que me diera el aire y me mareado un poco, pero por suerte Mike estaba cerca. – Miento descaradamente.

–          Vamos, te acompañaré a la habitación. – Sentencia Gonzalo.

Sé que está molesto, caminamos en silencio de regreso al interior de la casa y sigue sin hablarme cuando entramos en la habitación.

–          Parece que ese Mike siempre tiene el don de aparecer en los momentos más oportunos, ¿no crees? – Me recrimina más que molesto.

–          No tengo ganas de discutir, Gonzalo. – Le advierto sin poder evitar un ligero tono furioso en la voz. – No me siento demasiado bien y, si no te importa, voy a tumbarme un rato.

–          Está bien, avísame si necesitas algo, a menos que prefieras avisar a Mike. – Me lanza sus palabras como si fueran dagas antes de salir de la habitación.

Me muerdo la lengua para no echarle en cara la visita nocturna de la pelirroja, ahora ya nada de eso importa, tengo que centrarme en lo importante.

Con la excusa de que no me encuentro bien, paso el día encerrada en la habitación, devanándome los sesos para idear un plan que me permita escapar de aquí y conseguir estar frente al portal de mi apartamento a medianoche.

Antes de la hora de la cena, ya lo tengo todo pensado, solo necesito lograr llevarlo a cabo y no me va a ser nada fácil.

Cuando Gonzalo viene a buscarme para cenar, finjo que sigo enferma para no tener que bajar a cenar junto al resto y Gonzalo, como sigue molesto conmigo, decide pedirle a Adela que me suba la cena a la habitación y así zanja el asunto.

Después de cenar llevo la bandeja con los platos vacíos a la cocina y le digo a Adela, que es la única persona que encuentro en la cocina, que me voy a dormir para que nadie me moleste, lo último que quiero es que alguien entre en la habitación y descubra antes de tiempo que me he ido. Tarde o temprano lo descubrirán, pero necesito tener tiempo para salir de aquí y llegar hasta mi apartamento.

Lo tengo todo planeado, solo tengo que esperar que los agentes de Derek hagan el cambio de guardia a las diez de la noche, a esa hora los agentes se reúnen en grupos de dos y después, los que han finalizado su turno, se reúnen con Derek, Bruce y Gonzalo. Tengo media hora para salir de la casa, atravesar el jardín y llegar a la carretera sin que me vean, no va a ser fácil, pero creo que puedo conseguirlo.

A las diez en punto de la noche, llamo a la empresa de taxi y pido que me vengan a buscar a la entrada de la urbanización, no puedo ir andando a la ciudad o no llegaría ni mañana. Cuando cuelgo el teléfono, activo el modo vibrador y lo guardo en el bolsillo de mi short tejano. Abro la puerta de la habitación y, tras comprobar que no hay nadie en el pasillo, salgo de la habitación y bajo las escaleras sigilosamente. Cojo aire y respiro para tratar de calmarme, el corazón me va tan rápido que parece que se me vaya a salir del pecho. Echo un vistazo y, tras asegurarme de que no hay nadie en el hall, lo atravieso y cruzo rápidamente el estrecho pasillo que me lleva hasta el garaje. No puedo salir por la puerta principal porque me descubrirían, así que decido salir por la puerta lateral del garaje y cruzar el jardín rodeando el muro de contención, camuflándome entre los árboles y la oscuridad de la noche hasta llegar a la puerta de la verja y consigo salir de la propiedad de Gonzalo. Ha sido más fácil de lo que pensaba y eso no me tranquiliza en absoluto porque si yo me he paseado por la casa y el jardín sin que me vean cualquiera podría hacerlo, o bien me han visto y han dejado que me vaya para seguirme, aunque dudo que el carácter de Gonzalo le permitiera quedarse de brazos cruzados y mucho menos con el mal humor que se gasta hoy.

Corro un par de manzanas hacia la entrada de la urbanización donde el taxista ya me está esperando, subo al taxi y le doy la dirección de mi apartamento.

Cuando el taxista para frente al portal de mi edificio, le pago la carrera dándole una generosa propina y entro en el edificio para dirigirme al ático, todavía falta más de una hora para la medianoche, así que decido esperar en el ático, hace ya varias semanas que no paso por aquí.

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