Solo tuya 20.

“Somos amantes, no podemos dejar de amarnos.” Marguerite Duras.

Dos semanas y media más tarde, Gonzalo y yo viajamos a Londres acompañados por Bruce, Derek y varios de sus agentes. A mí padre no le ha gustado mucho la idea de que viajemos, está muy preocupado, pero Gonzalo ha logrado calmarle prometiéndole que no me ocurriría nada. Las chicas también están muy preocupadas, me llaman constantemente y me visitan de vez en cuando, pero no es lo mismo. No he vuelto a recibir ningún ramo de orquídeas ni nada por el estilo, pero Gonzalo insiste en que no es buena idea que salga sola con mis amigas, así que me reúno con ellas aquí. Cuando ellas vienen a visitarme nadie nos molesta, por lo que podemos hablar de cualquier cosa con tranquilidad, y eso incluye hablar de chicos.

Lorena le ha prometido a Erik que harán pública su relación después de las vacaciones en Alemania; Paula sigue en su nube de amor con Mario; Rocío ha tenido un par de citas con su vecino; y yo tengo una peculiar, apasionada e intensa relación con Gonzalo.

Lo cierto es que no puedo quejarme, Gonzalo está pendiente de mí en todo momento, me complace en todo, es amable, cariñoso y tiene mucha paciencia.

–          Cariño, estás muy callada. – Observa Gonzalo.

–          Estaba pensando. – Le respondo volviéndome para mirarle. Nada más bajarnos del avión nos hemos metido en un coche y ya llevamos dos horas en la carretera, necesito bajarme y estirar las piernas, así que pregunto: – ¿Falta mucho para llegar a casa de Philip?

–          Ya casi hemos llegado, en cinco minutos estaremos en casa de Philip. – Me asegura Derek.

Tal y cómo Derek me ha asegurado, cinco minutos después entramos en una villa y diviso una casa enorme en primera línea de playa. La verja se abre y Derek conduce atravesando el camino y aparca frente al porche de la entrada principal de la casa, donde Philip y su esposa Grace nos esperan para recibirnos.

Los saludamos a ambos con un afectuoso abrazo y Gonzalo se encarga de presentar a nuestros acompañantes.

–          Philip, Grace, ellos son Bruce y Derek, nuestros escoltas. – Gonzalo hace las presentaciones oportunas. – Debido al revuelo que la prensa ha formado con nuestro compromiso, hemos aumentado nuestra seguridad.

–          Tenemos un sistema de seguridad inquebrantable, el jefe de seguridad les llevará a la sala de vigilancia y colaborará con ustedes en lo que necesiten. – Les dice Philip amablemente a Derek y Bruce. – Pero antes os acompañaremos a todos a vuestras habitaciones para que os instaléis y os aséis antes de cenar.

Grace y Philip se encargan de repartir las habitaciones y nos instalamos. Estamos guardando la ropa en el armario cuando de la maleta de Gonzalo se caen dos sobres cerrados. Observo un gesto de sorpresa en el rostro de Gonzalo y le pregunto:

–          ¿Qué es?

–          Son los resultados de nuestros análisis, los recogí de la clínica justo antes de que me hablaras de la existencia de James Hilton. – Me confiesa Gonzalo. – Ese día no era el idóneo para hablar de eso, así que los metí en la maleta ya que al día siguiente nos trasladamos a la casa.

–          Están cerrados. – Observo recogiéndolos del suelo.

–          Quería que lo viésemos juntos, por eso no los abrí. – Me responde Gonzalo y, abrazándome desde la espalda, me pregunta: – ¿Quieres que los abramos ahora?

Asiento con la cabeza y ambos nos sentamos a los pies de la cama. Gonzalo me sonríe y me hace un gesto para que abra los sobres. Primero abro el mío, como no entiendo los resultados, voy directamente al final de la página donde la doctora que lo firma corrobora que todo está bien. Después abro el de Gonzalo y hago exactamente lo mismo, me dirijo hacia el final de la página donde la misma doctora firma los resultados y constata que todo está correcto.

–          Todo está bien aunque, si no hubiera sido así, ya nada podríamos hacer. – Apunto.

–          Cariño, te dije que yo siempre usaba protección, tú eres la única excepción. – Insiste Gonzalo. – Soy solo tuyo, Yasmina.

–          ¿Solo mío?

–          Solo tuyo. – Me asegura.

Gonzalo me besa y, lo que en principio iba a ser un beso breve, se convierte en una maraña de caricias, roces y ropa amontonada en el suelo. Gonzalo hace el intento de tumbarme sobre la cama pero tomo las riendas de la situación y soy yo quién lo tumba a él. Me coloco a horcadas sobre él y Gonzalo me agarra con fuerza de los muslos apretándome contra su entrepierna para hacerme sentir su excitación.

–          No seas impaciente. – Le regaño con voz seductora.

–          ¿Estás juguetona?

Le sonrío con picardía y le doy un casto beso en los labios, para acto seguido deslizar mi boca por su cuello, sus hombros, su pecho y seguir la línea que divide su tórax y su abdomen en dos hasta llegar a su ombligo. Gonzalo trata de cambiar la postura y yo lo inmovilizo al mismo tiempo que le susurro:

–          Sé un chico bueno y estate quieto.

–          Cariño, si sigues así no tardaré en correrme. – Me advierte.

–          Entonces, concéntrate en disfrutar y déjate llevar. – Le sugiero.

Continúo con mi descenso de besos hasta llegar a la pelvis, besos sus ingles, lamo la base de su miembro completamente erecto y me meto la punta de su pene en la boca, arrancando un gemido ronco de las profundidades de la garganta de Gonzalo. Introduzco su erecto pene por completo en mi boca y aprieto los labios al sacarlo, succionando y lamiendo al mismo tiempo, una y otra vez, cada vez más rápido.

–          Quieta. – Me ordena de repente, cogiéndome en brazos al mismo tiempo que se sienta a los pies de la cama y me coloca sobre su regazo, con mi espalda pegada su pecho. – Me encanta lo que acabas de hacer, pero yo también quiero complacerte.

Frente a nosotros, un enorme espejo nos devuelve nuestro reflejo, excitándonos. Gonzalo me acaricia los pechos, pellizca mis pezones y desliza una de sus manos hacia el interior de mis muslos, abriendo mis piernas y exponiéndome frente al espejo. Introduce un dedo en mi vagina y esparce mi humedad hacia el clítoris, estimulándolo con suaves caricias circulares y presionando ligeramente, hasta llevarme al límite.

–          ¿Te gusta, cariño? – Me pregunta cuando nuestras miradas se cruzan en el espejo.

Gimo a modo de respuesta y Gonzalo me penetra sin contemplaciones, entrando y saliendo de mí sin dejar de acariciarme, besándome en el cuello y los hombros, arrastrándome hacia el más puro placer para alcanzar juntos un tremendo orgasmo que nos deja a ambos exhaustos durante varios minutos.

Cuando nuestras respiraciones se acompasan, Gonzalo me besa en los labios y me mira con intensidad, abre la boca para decir algo, pero finalmente se arrepiente, me vuelve a besar y me pregunta con total naturalidad:

–          ¿Nos damos una ducha?

No me da tiempo a responder, Gonzalo me coge en brazos y me lleva al cuarto de baño, donde juntos nos damos una ducha rápida antes de reunirnos con Philip y Grace en el salón.

Cuando entramos en el salón, Derek le está explicando a Philip lo importante que es la discreción para protegernos, así que acuerdan que tanto Derek como Bruce sean considerados como dos invitados más, así podrán tener contacto con todos los invitados y vigilarlos más de cerca.

Pasamos a cenar al comedor y poco después nos retiramos a nuestra habitación a descansar. La fiesta de los Higgins empieza a las once de la mañana y termina después del amanecer, necesitamos estar descansados.

A la mañana siguiente, cuando me despierto, Gonzalo no está en la cama. Me levanto y entro en el cuarto de baño, pero allí solo queda su aroma. Me doy una ducha rápida, me pongo un bikini y un vestido ibicenco. Gonzalo entra en la habitación justo cuando estoy a punto de salir.

–          Hola preciosa. – Me saluda Gonzalo estrechándome entre sus brazos. – Estaba con Bruce y Derek planeando nuestro día y haciendo un recado. – Me besa en los labios y añade sonriendo: – La fiesta se celebra en el jardín, entre la piscina y la zona de barbacoa.

–          Lo sé, me he puesto el bikini que tanto te gusta. – Le contesto divertida.

Gonzalo me escruta con la mirada, frunce el ceño y después me sonríe divertido antes de decirme entre risas:

–          Cariño, será mejor que no me provoques o Philip y su esposa nos echarán de su casa por comportarnos de forma inadecuada, puede que también nos detenga la policía por escándalo público.

Entre bromas y risas, bajamos a desayunar a la cocina, donde nos encontramos a Philip y Grace terminando de desayunar con prisa para empezar a recibir a los primeros invitados que ya deben estar por llegar.

A las doce del mediodía la casa de los Higgins está abarrotada de gente que disfruta nadando en la piscina, tomando el sol sobre el césped o charlando bajo a la sombra de varios árboles. Cómo era de esperar, Gonzalo no se separa de mí ni un solo segundo y Derek y Bruce siempre están a nuestro alrededor, a escasos metros de distancia.

Antes de comer, Gonzalo me propone que nos demos un baño en la piscina, aprovechando que el calor empieza a apretar y que la mayoría de invitados se dirigen a la zona de barbacoa donde han instalado una improvisada barra de bar. Estamos a punto de zambullirnos en la piscina cuando el teléfono móvil de Gonzalo empieza a sonar.

–          Cógelo pero no tardes, te estaré esperando en el agua. – Le susurro al oído.

Gonzalo me dedica una sonrisa y contesta al teléfono sin quitarme los ojos de encima, no quiere perderse ni un solo detalle. Me quito el vestido ibicenco y lo dejo sobre una de las hamacas. Me vuelvo para mirar a Gonzalo y, tras guiñarle un ojo, me recoloco el bikini provocándole, me dirijo hacia a las escaleras para entrar en la piscina y me zambullo en el agua. Observo a Gonzalo como se apresura en despedirse de su interlocutor y se reúne conmigo. Cómo dos críos, nos salpicamos y nos hacemos ahogadillas. Después nos reunimos con el resto de invitados y comemos en el jardín, bajo unas pérgolas para escondernos del sol.

Después de comer pasamos la tarde en el jardín charlando con otros invitados y divirtiéndonos con los anfitriones de la fiesta.

A la cena es obligatorio asistir de etiqueta, así que Gonzalo y yo nos retiramos a nuestra habitación para darnos una ducha y arreglarlos para la cena. Cuando salgo del baño envuelta en una diminuta toalla, me encuentro a Gonzalo ya vestido. Me sonríe pícaramente y me entrega una caja envuelta en papel de regalo.

–          ¿Qué es esto? – Le pregunto sorprendida.

–          Ábrelo, es un regalo. – Me responde sin dejar de sonreír.

Como si fuera una niña pequeña, agarro con entusiasmo el enorme paquete y desgarro el papel de regalo, dejando al descubierto una caja. Miro a Gonzalo con curiosidad y lo veo observándome con una sonrisa en los labios y un brillo especial en los ojos. Abro la caja y reconozco en seguida la tela: es un vestido negro de encaje. Concretamente, es el mismo vestido que me probé en una de las tiendas de Londres cuando compré el vestido para la gala anual sobre la exposición y la subasta de objetos de decoración que organiza Philip.

–          No me lo puedo creer, ¿cuándo lo has comprado? – Le pregunto emocionada por el regalo, pero todavía más por el detalle de recordar que el vestido me encantaba. – Es perfecto, pero no puedo aceptarlo, Gonzalo. Este vestido cuesta una fortuna.

–          Lo he comprado esta mañana, anoche recordé lo indecisa que estabas al decidir qué vestido comprar para la gala cuando estuvimos en Londres el mes pasado. – Me empieza a decir Gonzalo. – También recordé lo bien que te quedaba y no he podido resistirme. En realidad, es un regalo para los dos, así que sí puedes aceptarlo. Y también te he comprado esto. – Me dice divertido mostrándome una bolsa de La Perla. Espero haber acertado.

–          Gonzalo, el vestido ya viene preparado para… En fin, que no se necesita ropa interior para llevarlo. – Le contesto ruborizada.

–          Lo sé, la dependienta me lo ha repetido varias veces esta mañana, pero no quería que pensaras que soy un pervertido. – Me confiesa un poco avergonzado.

No puedo evitar estallar en carcajadas y contagio a Gonzalo. Ambos nos reímos hasta sentir dolor en la barriga y las mejillas.

–          Voy a vestirme.

–          ¿Necesitas ayuda?

–          Si me ayudas no saldremos de esta habitación en toda la noche. – Rechazo su oferta sonriendo burlonamente.

Entro en el baño y me pongo el vestido. Estoy tratando de subir la cremallera del vestido cuando Gonzalo entra en el baño y, colocándose a mi espalda, me ayuda a terminar de vestirme.

–          Estás preciosa. – Me susurra al oído. – Será mejor que bajemos a cenar o empezaré a desnudarte.

Sé que Gonzalo habla en serio, así que decido no provocarle y nos dirigimos al jardín trasero donde los anfitriones están recibiendo de nuevo a los invitados y los guían hasta sus asientos. Las mesas están repartidas a ambos lados de una glamurosa alfombra roja y constan de ocho asientos cada una. Gonzalo y yo nos sentamos con otras tres parejas que deben rondar los treinta y muchos o cuarenta y pocos. Somos los más jóvenes de la mesa, puede que incluso los más jóvenes de la fiesta, pero rápidamente entablamos conversación con el resto de componentes de la mesa. Brian Thomson, el hombre que se sienta a mi lado, un tipo bastante simpático y muy atractivo, no deja de darme conversación, algo que hace rato que irrita a su pareja y, cómo no, a Gonzalo.

–          Y dime, ¿habéis empezado a salir juntos hace poco? – Me pregunta Brian.

–          El suficiente, al menos si se tiene en cuenta que vivimos juntos y además estamos prometidos. – Interviene Gonzalo con un tono nada amistoso.

–          Lo siento, como no he visto ningún anillo en su dedo he supuesto mal. – Le responde Brian burlonamente.

Noto como el cuerpo de Gonzalo se tensa y no tengo ninguna necesidad de mirarle para averiguarlo.

–          ¡Oh, cariño! – Exclamo como una actriz de Hollywood. – Te dije que no me entretuvieras al salir de la ducha y se me ha olvidado ponerme el anillo.

Gonzalo me mira con el ceño fruncido, pero después sonríe y me dice antes de besarme en los labios con verdadera adoración:

–          Tienes razón, pero ya sabes que no puedo resistirme a ti.

A Brian parece habérsele quitado las ganas de hablar y su pareja, que ha estado de morros toda la noche, espera a que sirvan el postre y que Philip y Grace den su discurso de agradecimiento a los invitados por su asistencia y se marchan.

Tras el discurso, los camareros empiezan a recoger los platos y las copas vacías y pasamos al otro lado del jardín. Junto a la piscina, han improvisado una pista de baile.

–          ¿Quieres bailar? – Me propone Gonzalo cuando empieza a sonar la canción “por fin” de Pablo Alborán.

Acepto encantada su invitación y nos hacemos un hueco en la pista de baile. Bailamos abrazados, escuchando la suave y dulce melodía acompañada por la increíble voz de Pablo Alborán. Cuando la canción termina, Gonzalo me susurra:

–          Me gusta lo que dice esta canción, describe exactamente lo que tú me haces sentir.

–          Señor Cortés, ¿se me está declarando? – Bromeo.

–          Por supuesto que no, tan solo estoy constatando un hecho. – Me contesta sonriendo burlonamente. – Pero un anillo en tu dedo nos evitaría muchos malos entendidos, ¿no crees?

Gonzalo coge mi dedo anular y lo acaricia justo en el sitio preciso donde debería ir un anillo de compromiso. No dice nada, se limita a besar mi mano y después me besa en los labios, pero mantiene el ceño fruncido y sé que está cavilando algo.

Tomamos un par de copas, bailamos un par de canciones más y, cuando todos los invitados están ya lo suficiente alegres y contestos gracias a los efectos del alcohol, Gonzalo y yo decidimos retirarnos a hurtadillas a nuestra habitación.

–          Cariño, llevo toda la noche queriendo quitarte ese vestido. – Me confiesa. – Saber que no llevas nada debajo me ha estado volviendo loco.

Le doy la espalda y me aparto la melena a un lado, dándole acceso a la cremallera de mi vestido que Gonzalo no tarda en bajar y el vestido cae a mis pies. Completamente desnuda, me vuelva frente a él, rodeo su cuello con manos y le susurro al oído:

–          Soy solo tuya.

Sé que esas tres palabras lo han vuelto loco. Sus ojos brillan con intensidad, sus manos acarician todo mi cuerpo y, sin darme apenas cuenta, ambos caemos completamente desnudos en la cama y nos fundimos el uno con el otro con un ritmo suave. Gonzalo me hace el amor con adoración y delicadeza, no es que las otras veces no haya sido delicado, pero esta vez es diferente. Es su manera de expresar lo que siente y, aunque no se lo digo, yo también lo quiero.

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