Solo tuya 2.

Solo tuya

“Ir juntos es comenzar. Mantenerse juntos es progresar. Trabajar juntos es triunfar,” Henry Ford.

Rocío ha pasado conmigo todo el fin de semana, la he dejado en casa para venir a trabajar. Ha llamado al trabajo y ha dicho que estaba enferma porque tiene intención de llamar a Óscar, quedar con él y poner punto y final a su relación. Ninguno de los dos ha intentado ponerse en contacto con el otro, pero esta mañana Rocío estaba decidida a terminar con Óscar cuanto antes y para ello tenía que quedar con él, aunque solo fuera para permitir que sacara sus cosas del piso. Estoy preocupada por ella y le he asegurado que estaré pendiente del móvil por si necesita cualquier cosa. Me preocupa lo claro y decidido que lo tiene y que no haya llorado ni una sola lágrima, no creo que sea sano.

Cuando entro por la puerta de la oficina son las ocho en punto y mi padre ya está en su despacho. Miro el reloj, su vuelo a Madrid sale en tres horas y como no salga ya hacia el aeropuerto perderá el avión. Entro en su despacho y lo saludo:

–          Buenos días, papá. ¿Lo tienes todo preparado? Si no te das prisa perderás el avión.

–          Hola, cielo. – Me saluda mi padre sonriendo. Se pone en pie, me da un beso en la mejilla y, mirándome de soslayo, me suelta: – Tengo que pedirte un favor, había olvidado que tenía una cita con un nuevo cliente. Le acabo de llamar para cancelar la cita, pero le corre prisa y le he propuesto que fueras tú quien se encargara. Vendrá a la oficina a la una, querrá asesoramiento, ni siquiera tiene a un arquitecto que le diseñe la casa, llevaremos la obra desde el inicio, si consigues que firme el contrato.

–          ¿No debería encargarse de esto Rubén?

–          ¿No te lo ha dicho? – Me pregunta mi padre sorprendido. Al ver mi cara y comprobar que no tengo ni idea de lo que me está diciendo, me dice: – Rubén ha cogido una semana de vacaciones. ¿Va todo bien entre vosotros?

–          Sí. – Miento descaradamente. – Es que la semana pasada apenas coincidimos, se le debió pasar… Luego lo llamaré.

–          Tengo que irme, cielo. Te he reenviado el mail del cliente a tu correo, para que le eches un vistazo antes de que venga. – Me da un beso en la mejilla a modo de despedida y añade: – Llámame si me necesitas.

Tras despedirme de mi padre, entro en mi despacho y enciendo el ordenador. Me pasa toda la mañana buscando diversas opciones que presentar a nuestro nuevo cliente. Lo único que sé de él es que se llama Roberto Fuentes y, según pone en la firma de su correo electrónico, es vicepresidente de la empresa Business, pero no tengo ni idea de qué empresa es, así que decido buscar en Google. Business es una empresa que se dedica a comprar empresas en quiebra por un precio mínimo, despide a los directivos pero mantiene al resto de la plantilla, con una pequeña inversión la hacen resurgir y la venden por muchísimo más de lo que han pagado, un gran negocio en épocas de crisis. Fue fundada hace cinco años por Gonzalo Cortés y a día de hoy sigue siendo el presidente de Business. Roberto Fuentes es el abogado de la empresa y, teniendo en cuenta el tipo de trabajo que desempeña, estoy segura de que será un tipo duro negociando.

Miro el reloj, faltan quince minutos para la una. Decido llamar a Rocío y comprobar que está bien, me contesta al tercer tono:

–          Estaba a punto de llamarte.

–          ¿Estás bien?

–          Sí, he quedado con Óscar en el piso. – Me responde. – Tenemos que hablar como personas civilizadas y tiene que sacar todas sus cosas del piso. Supongo que me llevará toda la tarde y cuando termine no querré estar sola ni en mi piso, ¿te importa si me quedo unos días en tu casa?

–          Ya sabes que puedes quedarte el tiempo que quieras, Ro. Tengo que colgar, tengo una cita con un cliente en cinco minutos, pero nos vemos luego en casa.

–          Te llamaré cuando termine de hablar con Óscar, gracias por todo Yas.

–          No tienes nada que agradecerme, tonta. Hablamos luego.

Nada más colgar el teléfono del despacho empieza a sonar. Es Susana, la recepcionista.

–          Dime, Susana.

–          Está aquí el señor Roberto Fuentes, dice que ha venido a buscarte.

–          Ahora mismo voy, gracias Susana. – Le contesto antes de colgar.

Cierro la sesión del ordenador, cojo el bolso y el móvil y salgo del despacho, dirigiéndome al hall de la oficina donde el cliente me espera. Lo veo de espaldas, hablando por su teléfono móvil y lo observo mientras me acerco. Es mucho más joven de lo que me esperaba, debe tener unos treinta y cinco años. Lleva puesto un traje gris claro y unos zapatos marrones, va muy elegante y yo llevo puestos unos vaqueros pitillo de color negro, una blusa blanca de manga casquillo y escote de pico, una americana entallada de mangas tres cuartos. En definitiva, yo voy en plan casual y él parece que se haya vestido para subirse un altar y casarse.

El ruido de mis tacones de diez centímetros lo avisa de mi presencia y, tras despedirse apresuradamente de quien esté al otro lado del teléfono, se vuelve hacia a mí sonriendo y me saluda al mismo tiempo que me estrecha la mano:

–          Usted debe de ser Yasmina Soler, ¿verdad?

–          Así es. – Le confirmo. – Y usted es Roberto Fuentes, ¿cierto?

Roberto asiente con la cabeza y sonríe. Es un tipo muy atractivo, pese a que no es mi tipo. Es rubio, tiene los ojos azules y debajo de ese traje que, dicho sea de paso le queda como un guante, se le marcan los músculos de los brazos, el pecho y la espalda. Es el tipo de hombre que le va a Lorena: un tío duro con carita de ángel.

–          Soy el abogado del señor Cortés, quiere empezar a construir la casa cuanto antes, pero eso mejor se lo explica él. – Me dice Roberto. Me hace un gesto señalándome el ascensor y añade: – El señor Cortés nos espera en el Future, he venido a buscarla para llevarla allí.

Asiento con la cabeza y nos dirigimos al ascensor. Roberto ha dejado en el parking del edificio el coche, un Audi Q7 de color negro. Abre la puerta del copiloto y me tiende la mano para ayudarme a sentarme, como si fuera un caballero de los años veinte. Acto seguido, rodea el coche y se sienta tras el volante.

En los veinte minutos que dura el trayecto, Roberto me informa que el señor Cortés tiene bastante prisa en construir la casa y está dispuesto a pagar lo que sea necesario, para ellos el dinero no es un problema. También me dice que aún no han mirado ningún solar ni tiene nada en mente, pero está dispuesto a dejarse aconsejar. En resumen: no teníamos nada de nada. Cuando mi padre me ha dicho esta mañana que lo gestionaríamos todo nosotros y que empezábamos desde cero no me esperaba esto, aunque debí imaginármelo. Tampoco me dijo que Roberto Fuentes no era el cliente, sino el intermediario del cliente, pero dudo de que mi padre estuviera al tanto de esto último.

Roberto para el coche frente a la puerta principal de Future, un lujoso y caro restaurante cuya lista de espera para reservar mesa es superior a seis meses. Me sorprende que haya podido conseguir mesa tan rápido por mucho dinero que tenga. Ilusa de mí, aún tenía la esperanza de que no todo se podía comprar con dinero.

Camino junto a Roberto Fuentes hasta llegar a un pequeño atril dónde un metre sombrío y con cara de pocos amigos nos recibe. Roberto ni siquiera tiene que abrir la boca, el metre ya lo conoce y rápidamente lo saluda y ordena a uno de los camareros que nos acompañe a nuestra mesa. De paso también, añade que el señor Gonzalo Cortés nos está esperando.

Fruncí el ceño, me gustaba ser puntual y hubiera preferido llegar primero, pero ya no había nada que remediar. Seguí los pasos del camarero y Roberto seguía los míos. Cruzamos el salón principal que estaba abarrotado de clientes, todos muy elegantes y luciendo trajes y vestidos de grandes diseñadores, portando ostentosas joyas y sumergidos en conversaciones banales y superficiales que muy posiblemente carecerían de sentido. Me aterré al pensar que debía controlar mis impulsos durante el tiempo que estuviera aquí, no estaba segura de sentirme capaz de hacerlo. Por suerte, el camarero abrió una puerta y nos guio hasta a una sala privada. Entré en la sala y Roberto lo hizo detrás de mí. Los dos hombres que habían allí sentados se pusieron en pie y yo alterné la mirada de uno a otro. Uno tiene cara de pocos amigos y está muy serio, posiblemente sea el guardaespaldas del jefe; el otro me mira algo desconcertado y finalmente me dedica una amplia y segura sonrisa. Ambos hombres deben tener unos treinta y cinco años, parecen de la misma edad de Roberto Fuentes.

–          Señorita Soler, le presento al señor Gonzalo Cortés. – Me dice Roberto señalando al hombre que me sonríe. – Gonzalo, te presento a la señorita Yasmina Soler.

Observo durante unos segundos a Gonzalo, mientras nos damos la mano con educación y profesionalidad. Es muy atractivo. Tiene los ojos grises y una mirada tan intensa que me desorienta. Sonríe mostrando una dentadura perfecta que provoca palpitaciones en mi entrepierna y no puedo evitar ruborizarme.

–          Encantado de conocerla, señorita Soler. – Me saluda Gonzalo al mismo tiempo que hace un gesto para que tome asiento. – A Roberto ya lo conoce, es mi abogado. Y él es Bruce, el jefe de seguridad y también mi escolta personal. – Asiento con la cabeza y continúa hablando: – Gracias por aceptar venir a esta reunión con tan poco tiempo de previsión, lo cierto es que necesito una casa cuanto antes.

–          No hay problema, pero antes tendrá que decirme algunas cosas, como dónde quiere construirla, si quiere un estilo rústico o moderno, etcétera. – Le respondo. – Tengo entendido que aún no tienen un arquitecto que diseñe los planos.

–          Confiaba en poder solucionar eso en esta reunión. – Confiesa Gonzalo y, mirándome a los ojos con una intensidad que me marea, me pregunta: – ¿Está dispuesta a ayudarme y asesorarme?

–          Por supuesto, para eso he venido. – Le confirmo. No se me pasan por alto las miraditas que el abogado y el guardaespaldas le lanzan a su jefe, pero no digo nada y continúo con el discurso que traía preparado: – Lo primero que debería decidir es qué tipo de casa quiere, así podremos buscar a un arquitecto especializado que empiece a diseñar varios bocetos. La ubicación es importante, tendremos que buscar un solar apto para dicha construcción y del tamaño adecuado. Si me dice qué es lo que tiene en mente, quizás pueda prepararle un dossier con algunas propuestas para que se decida.

Gonzalo no me quita los ojos de encima y Roberto está haciendo un gran esfuerzo por contener la sonrisa que empieza a formarse en sus labios. ¿Qué está ocurriendo aquí?

–          Me temo que será mejor que el señor Cortés no le diga lo que tiene en mente en este momento. – Murmura Roberto con sorna.

Gonzalo le lanza una mirada de desaprobación a Roberto y le hace un gesto con la cabeza para que se marche. Roberto se levanta sonriendo abiertamente, ya ni siquiera se molesta en disimularlo, me tiende la mano y, mientras se la estrecho a modo de despedida, me dice:

–          Ha sido un placer conocerla, señorita Soler, espero verla pronto.

Le contesto con una tímida sonrisa, estoy demasiado confundida como para darme cuenta de lo que está pasando y temo que cualquier cosa que diga pueda ser malinterpretada.

Gonzalo se vuelve hacia a su guardaespaldas y le dice:

–          Bruce, tú también puedes marcharte. Te llamaré en un par de horas.

El abogado y el guardaespaldas desaparecen y nos dejan a solas. Gonzalo me mira con esa mirada penetrante que me nubla los sentidos y me excita. Sí, me excita. No voy a mentirme a mí misma, es un hombre impresionantemente guapo y sus ojos grises mirándome con esa intensidad están haciendo estragos en todo mi cuerpo. Uno de los camareros entra en el pequeño salón donde nos encontramos y nos sirve un par de copas de vino. Nos pregunta si hemos decidido qué vamos a tomar para comer pero Gonzalo le pide que regrese pasados unos minutos ya que aún no lo hemos decidido. Lo cierto es que yo ni siquiera me he parado a pensar en comida, ahora mismo el apetito que me preocupa es otro.

Cojo la carta del menú y la reviso fingiendo interés. Gonzalo me mira, sonríe y me dice con voz sensual:

–          Si me lo permite, le recomiendo que pida el solomillo al Oporto.

–          Lo probaré, pero por favor, llámeme Yasmina. – Le respondo con una sonrisa coqueta.

No me puedo creer que esté coqueteando con él, es un cliente y se supone que no debo mezclar los negocios con el placer, nunca termina saliendo bien.

–          De acuerdo, Yasmina, pero tú también tendrás que tutearme. – Me responde sonriendo, mostrando sus blancos y perfectos dientes.

El camarero regresa y Gonzalo le pide dos solomillos al Oporto. El camarero asiente con la cabeza y se retira con discreción dejándonos a solas de nuevo.

–          ¿Por dónde empezamos? – Me pregunta con entusiasmo.

–          ¿Qué te parece si me dices cómo te imaginas tu casa?

–          Supongo que me imagino una casa grande, de dos plantas, con jardín y piscina. Y también con garaje cubierto. Quiero un despacho, un pequeño gimnasio y al menos cuatro o cinco habitaciones con baño. Y un par de aseos en la planta baja. También quiero un sótano donde poner una pantalla de televisión grande, como si fuera un cine, con una barra de bar y una mesa de billar. Ya sabes, una especie de salón recreativo donde pasar un buen rato con los amigos.

–          Vaya, quieres una casa bastante grande. – Pienso en voz alta. – Si quieres una casa tan grande, tenemos que encontrar un solar lo bastante grande para construirla. ¿Has pensado dónde quieres construir tu casa?

–          En Barcelona o por los alrededores, no a más de 20 km de distancia.

–          Genial, esta misma tarde me pondré en contacto con algunas inmobiliarias y les pediré que me envíen información sobre todos los solares que cumplan con los requisitos. Te ensañaré también varios diseños de casas de similares características a lo que quieres para que las revises y decidas que estilos te gustan más. Una vez definido el estilo, pediremos a varios arquitectos especializados que nos hagan unos bocetos para contratar al que más te haya gustado.

El camarero regresa con nuestros platos y con una nueva botella de vino. Ya me he bebido dos copas y no debería beber más estando en una reunión de trabajo con un nuevo cliente, pero este nuevo cliente me hace sentir como una quinceañera y necesito calmarme. Tras llenar nuestras copas, el camarero se retira. Gonzalo me sonríe y empieza a comer.

–          Aquí preparan el mejor solomillo al Oporto que he probado. – Me dice Gonzalo llevándose el tenedor a la boca en un gesto que a mí me parece de lo más sexy y sugerente. Al ver que no ataco mi plato, me pregunta: – ¿No vas a probarlo?

–          Sí, la verdad es que tiene una pinta deliciosa. – Confieso.

Mientras disfrutamos del solomillo, vamos comentando las zonas en las que estaría interesado adquirir el solar y yo me voy relajando, aunque tengo que reconocer que cuando me mira con esos ojos grises me sigue atontando.

A las cinco de la tarde, después de casi cuatro horas, Gonzalo y yo salimos del restaurante con al menos algunas ideas claras para empezar a darle forma al proyecto. Bruce, el guardaespaldas de Gonzalo, lo espera apoyado en un BMW X6 de color negro y con los cristales tintados.

Estoy a punto de despedirme de Gonzalo cuando mi teléfono móvil empieza a sonar dentro de mi bolso. Me disculpo un segundo con Gonzalo y contesto la llamada, es de Rocío.

–          Hola cielo, ¿ha ido todo bien? – Le pregunto.

–          No… – Balbucea entre sollozos. – Hemos discutido, ha empezado a destrozar todo lo que se encontraba en el piso y después ha intentado forzarme y yo, yo… – Se echa a llorar y no consigo entender nada más de lo que dice.

–          Rocío, ¿dónde estás? ¿Estás en tu piso? ¿Él sigue allí?

–          No, he salido corriendo y acabo de llegar a tu casa. – Logra decir Rocío.

–          Vale, quédate en mi casa y no te muevas de allí. – Sentencio. – Cojo un taxi y voy a casa, no tardo. – Cuelgo el teléfono y Gonzalo me mira con el ceño fruncido, su eterna sonrisa ha desaparecido de su rostro. – Disculpa, tengo que marcharme ya…

–          ¿Estás bien? – Me pregunta preocupado.

–          Sí, pero tengo que ir a casa porque… Bueno, es una larga historia.

–          No te preocupes, te llevamos a casa en un momento. – Sentencia Gonzalo abriendo una puerta trasera del coche y haciéndome un gesto para que entre.

–          No es necesario y tampoco quiero molestar… – Trato de disuadirlo.

–          No es ninguna molestia. – Me interrumpe Gonzalo. – ¿A dónde te llevamos?

–          Al Paseo de Gracia, entre la calle Aragón y la calle Valencia. – Le respondo.

Me subo en la parte de atrás del coche y Gonzalo se sienta a mi lado, después se inclina hacia adelante y le repite a Bruce la dirección que le acabo de dar. Bruce asiente con la cabeza y, con el semblante más serio que jamás le había visto a nadie, arranca el motor del coche y nos ponemos en marcha.

Apenas quince minutos más tarde, Bruce para el coche en doble fila frente a mi portal y enciende las luces de emergencia.

–          Gracias por traerme tan rápido. – Le agradezco a Gonzalo el detalle pese a que mi mente ahora está pensando en Rocío. – Llamaré al señor Fuentes en cuanto tenga listo los dossiers para que te los haga llegar.

–          La verdad es que prefiero que contactes directamente conmigo y así podemos reunirnos de nuevo para comentarlos. – Me contesta Gonzalo. Saca una tarjeta de visita del bolsillo de su americana y anota un número en la parte de atrás. Después me entrega la tarjeta y añade: – Ese es mi número personal, es el único teléfono donde podrás localizarme directamente.

Cojo la tarjeta y la guardo en el bolso sin apenas mirarle a la cara, cualquier cosa que sale de sus labios me parece sumamente sugerente y mis hormonas llevan demasiadas horas revolucionadas y bajo tensión, prefiero no jugármela.

–          Te llamaré en un par de días. – Le confirmo antes de abrir la puerta y salir del coche.

–          Esperaré tu llamada. – Me responde con voz sensual, o al menos eso es lo que a mí me parece. – Ha sido un placer conocerte, Yasmina.

Le dedico una sonrisa coqueta, me doy media vuelta y entro en el portal de mi edificio pensando que se me está yendo la cabeza. ¿Desde cuándo fantaseaba con montármelo con un cliente? Es la única regla que jamás he quebrantado: mezclar los negocios con el placer. Pero estoy segura de que no tardaría en romperla si él me lo pidiese.

Le devuelvo el saludo al conserje y entro en el ascensor centrándome en lo que de verdad importa. Cuando entro en el piso me encuentro a Rocío sentada en el sofá, comiéndose una tarrina de helado de chocolate tamaño gigante y con la cara llena de chorretones negros de rímel. Sin duda alguna, ha estado llorando bastante.

Me siento con ella en el sofá y nos abrazamos sin decir nada durante algunos minutos. Después ella se aclara la garganta y, haciendo un esfuerzo por hablar sin romper a llorar de nuevo, me dice con un hilo de voz:

–          Ha sido horrible, Yas. Al principio todo era raro pero luego una cosa nos ha llevado a la otra, nos hemos dicho cosas horribles, nos hemos tirado todo lo que estaba al alcance de nuestra mano y después… – Rocío no puede más y estalla en un llanto sobrecogedor.

–          Cariño, ¿te ha hecho algo? Creo que será mejor que te lleve al hospital y…

–          No, estoy bien. – Me interrumpe.

–          Es evidente que no estás bien, Rocío.

–          No ha llegado a hacerme nada, Yas. – Coge aire y continúa hablando – En un momento de rabia me ha cogido de las muñecas sujetándolas con fuerza, me ha empujado contra la pared del salón y ha empezado a subirme el vestido hasta que le he dado un rodillazo en sus partes y he salido corriendo.

La abrazo de nuevo sin saber muy bien qué decir. Finalmente, me armo de valor y le doy mi opinión y mi consejo, pese a que no me lo ha pedido, pero para eso estamos las amigas, ¿no?

–          Creo que deberías denunciarlo, es la segunda vez que la situación se torna violenta entre vosotros y no debes arriesgarte a que haya una tercera.

–          No voy a denunciarle, lo único que quiero es que todo esto pase cuanto antes para empezar una nueva vida donde nada me recuerde a él. – Me responde decidida y segura de sí misma. – No quiero seguir viviendo en ese piso, buscaré un piso de alquiler y me mudaré.

–          Mientras tanto, puedes quedarte aquí todo el tiempo que quieras. – Le digo tratando de hacerla sentir mejor.

Me paso la tarde consolando a Rocío y, cuando se anima a empezar a buscar por internet pisos de alquiler en su portátil, aprovecho para ponerme a trabajar un poco en el proyecto de la casa de Gonzalo. Envío e-mails a varias inmobiliarias de la ciudad con las que ya hemos colaborado y les pido que me envíen toda la información posible de los solares que cumplan con los requisitos de Gonzalo. También hago una selección de nuestro proyector de trabajo e imprimo todos los diseños de casas que se pueden ajustar a lo que Gonzalo quiere para que se pueda ir haciendo una idea.

Después de cenar llamo a mi padre para ponerlo al corriente:

–          Hola papá, ¿qué tal por Madrid?

–          Hola cielo, por aquí la cosa se está complicando más de lo que esperaba, aún no han firmado el contrato, lo están revisando todo con lupa. – Me dice mi padre un poco tenso, no está acostumbrado a que le hagan esperar y eso le pone de mal humor. – Y a ti, ¿qué tal te ha ido con el señor Fuentes?

–          Bueno, el señor Fuentes es en realidad el abogado de nuestro cliente, Gonzalo Cortés, ¿lo sabías?

–          No, pero me suena su nombre.

–          Es el fundador y presidente de Business, una empresa de bróker. – Le informo. – Quiere construir una mansión, pero todavía no sabe dónde ni cómo la quiere, así que en ello estamos…

–          Nos conviene llevarlo todo desde el principio, aunque eso nos suponga empezar de cero y perder tiempo en buscar solares y diseños. – Me asegura mi padre, que me conoce bien y sabe que la paciencia no es lo mío. – Llámame si necesitas cualquier cosa, yo regresaré el viernes, si es que todo va según lo previsto.

–          Todo irá bien, papá. Buenas noches. – Me despido antes de colgar.

Me siento en el sofá junto a Rocío y me intereso por la búsqueda de piso de Rocío. Ella parece estar más animada después de asimilar el susto que Óscar le ha dado y se muestra optimista con la idea de empezar de cero. La ayudo a buscar pisos de tres habitaciones cerca del centro y hacemos una lista de los que le interesan para llamar mañana mismo a las inmobiliarias y concertar citas para ir a ver los pisos en cuestión.

El martes paso un día de locos, quiero tenerlo todo listo para llamar a Gonzalo y concertar una nueva cita con él. Lo sé, no tendría que fantasear con volver a verlo, pero es inevitable. Cada vez que cierro los ojos lo imagino desnudo en mi cama y cuando los abro no dejo de pensar en él. A pesar de mi falta de concentración en el trabajo y en cualquier otra cosa que no sea él, logro terminar los dossiers justo a tiempo y el miércoles a media mañana decido llamarle. Le llamo desde el despacho, recordándome a mí misma que es un cliente y debo ser profesional, por muy difícil que me parezca. Me responde al tercer tono:

–          ¿Sí? – Su voz suena sexy incluso por teléfono y contestando con desgana.

–          Buenos días, señor Cortés. Soy Yasmina Soler, de Construcciones Soler…

–          ¡Hola Yasmina! Esperaba tu llamada. – Me interrumpe alegremente. – Y creo recordar que acordamos tutearnos, ¿verdad?

–          Tienes razón, Gonzalo. – Le contesto y añado bromeando: – Deformación profesional, supongo. – Cojo mi agenda y le digo: – Ya tengo los dossiers preparados, podemos reunirnos para estudiarlos o si prefieres te los puedo enviar por correo electrónico.

–          Prefiero que nos reunamos. – Me contesta rotundamente. – ¿Tienes algún inconveniente en que nos veamos ahora?

–          Eh… No hay problema, podemos vernos. – Le respondo tras confirmar que no tengo ninguna cita para hoy en mi agenda.

–          Genial, ¿estás en la oficina?

–          Sí, está justo en…

–          No te preocupes, sé dónde está. – Me dice con un tono picarón que hace que todo mi cuerpo se estremezca. Y añade antes de colgar: – Llegaré en media hora.

Pasados exactamente treinta minutos, suena el teléfono de mi despacho. Es Susana, la recepcionista.

–          Dime Susana.

–          El señor Cortés pregunta por ti, dice que tiene una cita contigo, pero yo no lo tengo anotado en la agenda. – Me responde Susana algo confusa.

–          Es una cita de última hora, por eso no está en la agenda. – La tranquilizo. – Hazlo pasar a mi despacho.

Cuelgo y respiro hondo. Por suerte acabo de retocarme el maquillaje en el lavabo y hoy he decidido ponerme el vestido azul de finos tirantes, con vuelo desde la cintura, corto hasta por encima de las rodillas, con mis zapatos color crema y suela roja de más de diez centímetros de altura. Y sí, lo había escogido pensando en que cabía la posibilidad de que hoy volviera a verlo y quería sentirme guapa.

–          ¿Se puede? – Su voz me sacó de mis cavilaciones, me volví hacia la puerta y lo vi mirarme con una amplia sonrisa en el rostro.

–          Pasa, por favor. – Lo saludo devolviéndole la sonrisa y le hago un gesto para que se siente al otro lado de mi mesa.

–          Varias inmobiliarias me han enviado toda la información sobre los solares que tienen a la venta y que creo que te podrían interesar. – Empiezo a decir al mismo tiempo que le entrego uno de los dossiers. – Ahí está todo, tan solo es cuestión de echarles un vistazo e ir a ver los que te gusten. – Le entrego el otro dossier que he preparado y continúo: – En este dossier encontrarás varios estilos de casa, para que vayas cogiendo una idea.

Durante tres horas revisamos los dossiers y me dedico a buscar en internet más fotografías de distintos estilos que ayudan a Gonzalo a decidirse. Finalmente, el estilo que más le convence es el minimalista. Tengo que decir que a mí también me gusta, pero lo considero un tanto frío e impersonal para una primera residencia. Lo que quiero decir es que una casa minimalista está muy bien para pasar unos días de vacaciones, pero todos queremos un sitio al que sentir nuestro, llenarlo de objetos personales y al que poder llamar hogar. Una casa impersonal nunca podrá hacerte sentir que estás en tu propio hogar.

–          ¿Ocurre algo? – Me pregunta con el ceño fruncido. – Te has quedado muy callada y pensativa.

–          No, es solo que me sorprende que desees una casa minimalista. – Le respondo encogiéndome de hombros.

–          ¿Por qué te sorprende? – Me pregunta con esa sonrisa pícara en los labios y mirándome con intensidad.

–          No sé, supongo que esperaba que fueras uno de esos hombres que piensa en que todo debe ser exageradamente ostentoso. – Contesto evitando su intensa mirada.

–          Mientes. – Me dice con total seguridad en sus palabras. Me dedica una sonrisa de lo más seductora y añade: – Dime en qué habías pensado tú.

–          Yo no voy a vivir en esa casa, eres tú quien debe decidir cómo quieres que sea la casa en la que vas a vivir. – Le recuerdo.

–          Pues dime cómo sería la casa que construirías para ti.

–          Me gustan esas casas hechas con piedra y madera y de grandes ventanales, tejado de pizarra negra y un porche de madera donde colocar uno de esos sofás-balancín, siempre he querido tener uno. – Le respondo divertida.

–          Y supongo que no sería en absoluto minimalista. – Deduce Gonzalo.

–          Me gusta entrar en mi casa y sentirla mía, que haga que me sienta en mi propio hogar, no en un lugar frío e impersonal como un hotel o un hospital. – Le contesto sin pensar y trato de arreglarlo diciendo: – Pero tú no eres yo, cada uno tiene su gusto.

Gonzalo me sonríe y me dice:

–          Lo revisaré todo de nuevo y lo pensaré. Puede que tengas razón, no me gustaría entrar en mi casa y tener la sensación de que estoy en un hotel. – El teléfono móvil de Gonzalo empieza a sonar y me dice antes de contestar la llamada: – Disculpa, es mi secretaria y debo contestar. – Asiento con la cabeza y él contesta: – Dime Esther. – Hay una pausa corta y añade mirando su reloj: – Lo sé, voy para allá. Diles que estoy en un atasco y llegaré media hora tarde. – Otra pausa, esta vez más larga, y se despide: – No, que se esperen. Tardo media hora como mucho.

Gonzalo cuelga la llamada y resopla con el ceño fruncido.

–          Tengo que irme, he olvidado que tenía una reunión y me están esperando. – Me dice con pesar, como si quisiera quedarse conmigo un rato más. – Pero me llevo los dossiers y los revisaré de nuevo más tarde.

–          Selecciona dos o tres solares y concreto una cita con la inmobiliaria para ir a verlos. No pasa nada si ninguno te convence, buscaremos más.

–          Te llamaré mañana. – Me asegura al mismo tiempo que me estrecha la mano con extrema delicadeza y durante más tiempo del que suele durar un apretón de manos.

–          Hasta mañana, entonces. – Es lo único que logra salir de mi boca.

Gonzalo me dedica una de esas sonrisas perturbadoras que me dejan atontada y da media vuelta para salir de mi despacho sin volver la vista atrás.

Respiro profundamente cuando desaparece por completo de mi vista, cada vez que me sonríe de esa manera me derrite y me dan ganas de tirarme encima de él y cabalgarlo. ¡Joder, qué me está pasando! ¡Empiezo a pensar como Lorena!

Susana entra en mi despacho y sonriéndome burlonamente, me dice:

–          Dudo que te hayas quedado con hambre después de pasar tres horas en el despacho con semejante bombón, pero si te apetece, voy a comer al bar de abajo, ¿te apuntas?

Cojo mi bolso y, riendo a carcajadas, salgo a comer con Susana. Ni qué decir tiene que me arrepiento de salir a comer con ella antes de llegar al bar, pues no ha dejado de preguntarme cosas sobre Gonzalo y de repetirme lo bueno que está. Tengo ojos en la cara, sé perfectamente lo atractivo que es y lo que provoca en las mujeres, no necesito que nadie me lo recuerde y mucho menos después de haber pasado tres horas encerrada con él en mi despacho.

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