Solo tuya 19.

Solo tuya

“Si no recuerdas la más ligera locura en que el amor te hizo caer, no has amado.” William Shakespeare.

Hace siete días, con sus correspondientes siete noches, que nos trasladamos a la nueva casa de Gonzalo y todo sigue igual que el primer día que llegamos. Seguimos sin tener pistas de James, pero me ha enviado otros dos ramos de orquídeas con dos notas, en ambas notas ponía lo mismo pero con diferentes palabas: tenía planeado rescatar a su ángel. Derek y sus agentes continúan custodiándonos y Gonzalo y yo nos hemos amoldado a nuestra nueva rutina. Gonzalo se levanta cuando yo me despierto y se da una ducha mientras yo remoloneo un rato más en la cama, cuando sale de la ducha, me da un beso en los labios y se viste. Entonces yo me levanto, me doy una ducha y me reúno con él en la cocina para desayunar juntos, el resto ya hace rato que desayunaron. Después nos encerramos en su despacho y trabajamos desde allí con nuestros respectivos portátiles, también con la presencia de Bruce y algunos días también con la presencia de Roberto. A la hora de comer nos reunimos todos en el salón y tratamos de hacer un poco de vida social por eso de mantener la cordura. Pasamos la tarde igual que la mañana hasta la hora de cenar, momento en el que volvemos a reunirnos todos y aprovechamos para ponernos al corriente de lo que vamos a hacer al día siguiente y después cada uno se retira a su habitación. Gonzalo y yo dormimos abrazados, como dos buenos amigos, y así hasta que me despierto y el día se vuelve a repetir. Hasta hoy.

Esta mañana cuando me he despertado Gonzalo ya no estaba en la cama. Me he levantado, me he dado una ducha y he bajado a la cocina, donde Adela me ha informado de que Gonzalo ha salido con Bruce y Derek. Me ha sentado fatal, se ha ido y no ha sido capaz de despertarme, me prometió que estaría en todo momento conmigo.

Desayuno y subo de nuevo a la habitación dispuesta a darle una lección a Gonzalo. Me pongo el bikini más sexy que he traído y un pareo a juego y me dirijo al jardín, dispuesta a darme un chapuzón en la piscina sin importarme ser el centro de las miradas de los agentes que hay por la casa y el jardín.

Me tumbo en una de las hamacas y tomo el sol. Como hace mucho calor, al rato decido darme un chapuzón en la piscina y nado unos largos antes de regresar de nuevo a la hamaca. De reojo veo como uno de los agentes que merodea por el jardín no me quita los ojos de encima y cuando nuestras miradas se cruzan me dedica una tímida sonrisa. El chico es muy atractivo, pero Gonzalo no tiene nada que envidiarle. Escucho el coche de Bruce aparcar en la cochera, he subido tantas veces en ese todoterreno que ya reconozco el sonido de su motor. Gonzalo debe estar entrando en casa y entonces se me ocurre algo:

–          Perdona, ¿podrías echarme una mano? – Le pregunto al agente que no ha dejado de mirarme al mismo tiempo que le muestro el bote de crema con protector solar.

El agente me dedica una amplia sonrisa y se acerca rápidamente. Coge el bote de crema y me tumbo boca abajo en la hamaca mientras el atractivo agente se encarga de cubrir mi espalda con protector solar.

–          ¿Cómo te llamas? – Le pregunto.

–          Me llamo Mike, señorita Soler.

–          ¿Qué tal llevas estar aquí encerrado?

–          Bastante bien, pero echo de menos mi libertad. – Me responde divertido. – Y tú, ¿cómo lo llevas?

–          Bastante mejor de lo que esperaba, la verdad. – Le confieso. – Pero también echo de menos mi libertad.

Tal y cómo había previsto, Gonzalo atraviesa el jardín hasta llegar a la piscina para buscarme y me encuentra tumbada y al agente de Derek masajeándome la espalda.

–          ¿Me puedes explicar qué estás haciendo? – Me pregunta Gonzalo furioso. Se vuelve hacia al agente y le espeta furioso: – Lárgate y aléjate de ella.

El agente asiente con la cabeza y me dirige una última mirada antes de marcharse y yo le dedico una sonrisa tranquilizadora, al fin y al cabo he sido yo quien le ha metido en este lío.

–          Mike me estaba echando crema para protegerme del sol, te lo hubiera pedido a ti, pero no estabas. – Le contesto más que molesta.

–          ¿Mike? – Me pregunta furioso. – ¿Os habéis hecho amigos?

–          No hemos llegado a tanto, nos has interrumpido. – Le replico.

–          Pero, ¿se puede saber qué cojones te pasa? – Me gruñe acabando con su paciencia.

–          ¿Qué cojones te ocurre a ti? – Le espeto furiosa. – Me tienes todas las noches y no me tocas, pero tampoco puedes dejar que otro me toque. ¿Qué quieres de mí?

Gonzalo coge la toalla y me tapa con ella, acto seguido me coge en brazos y carga conmigo como si fuera un saco de patatas. Cruza el jardín conmigo acuestas y entramos por la puerta del salón, donde veo a Bruce, Derek, Roberto y Esther que contemplan la escena divertidos.

–          Bájame, Gonzalo. – Le ordeno enfurruñada.

–          Ahora mismo volvemos. – Les dice Gonzalo sin importarle estar montando un numerito.

Sube conmigo las escaleras hasta la primera planta y no deja que mis pies toquen el suelo hasta que entramos en la habitación. Con gesto serio y un tono de voz frío y duro, me ordena:

–          Ponte algo de ropa y baja al salón, tenemos visita.

Da media vuelta y se marcha, dejándome con un palmo de narices. Desafortunadamente, mi estrategia solo ha servido para complicar todavía más las cosas entre nosotros. Cojo una camiseta de tirantes y un short tejano del armario y me visto rápidamente. Después entro en el cuarto de baño y me cepillo el pelo, que lo llevo hecho una maraña. Cuando estoy a punto de salir, alguien llama a la puerta de la habitación. Sé que no es Gonzalo, él está demasiado enfadado para formalismos.

–          Adelante. – Digo en voz alta mientras busco mi teléfono móvil.

–          Hola Yas, ¿puedo pasar? – Me pregunta Esther asomando la cabeza.

–          Oh, claro, pasa. – Le contesto un poco confusa. – Perdona por el numerito de antes.

–          No te preocupes, ha sido muy divertido ver a Gonzalo perder el control y la serenidad, él es siempre tan calmado que verlo así es algo insólito.

–          Supongo que soy yo que le saco de sus casillas. – Le respondo suspirando. Lo que menos falta me hace en este momento es que su mejor amiga y su secretaria me echen a mí la culpa de todo.

–          Gonzalo me ha contado lo que ha pasado en la piscina y quería decirte algo.

–          Esther, sé que Gonzalo es tu amigo y me imagino lo que te habrá dicho, pero te aseguro que no es exactamente lo que parece. – Me defiendo antes de que me ataque.

–          Sé exactamente lo que parece. – Me dice con una tierna sonrisa. – Yas, a Gonzalo le gustas, es la primera vez que siente esto por alguien que no sea él mismo. Se está esforzando, todo esto es nuevo para él. Gonzalo es consciente de su pasado y teme que no confíes en él, teme que creas que está aquí por echar un polvo contigo cuando en realidad está aquí porque te quiere.

–          Tranquila, te aseguro que me ha dejado claro que no está aquí por echar un polvo conmigo. – Le contesto frustrada.

–          Cree que si no mantiene relaciones contigo pero te demuestra que está de tu lado tú confiarás en él y en lo que siente. – Me aclara Esther. – Aunque en este momento lo que siente son celos y no está muy familiarizado con ellos, así que deberás ser paciente.

–          Ya no me queda paciencia.

–          Si me permites un consejo, demuéstrale que confías en él.

–          ¿Y así dejaré de ser su nueva hermana pequeña? – Le pregunto resignada. Esther se echa a reír a carcajadas y contagiándome yo también, le digo sin sonar muy convincente: – No te rías, esto es frustrante.

–          Para eso te recomiendo que seas clara, dale a elegir entre él o ese agente tan atractivo y ya verás qué rápido reacciona. – Me dice divertida.

Ambas bajamos las escaleras y nos dirigimos al salón riendo como dos buenas amigas. Todos nos miran divertidos, todos excepto Gonzalo, que nos fulmina a ambas con la mirada.

–          Estabas preciosa con ese bikini, Yas. – Me dice Roberto guiñándome un ojo, solo para fastidiar a Gonzalo.

–          Roberto, cállate. – Le gruñe Gonzalo a su amigo.

Su tono de voz tan frío y serio me acobardan un poco, puede que me haya pasado un poco tratando de provocarle, pero en mi defensa alegaré que al menos he obtenido una reacción por su parte. Aunque tomo nota mental de no volver a ponerle celoso, se pone insoportable y gruñe demasiado.

–          Ahora que ya estamos todos, podemos empezar. – Dice Gonzalo mirándome con reproche. – Esta mañana hemos vuelto a la floristería y los propietarios nos han dado copias de los vídeos de seguridad del local desde donde encargaron las orquídeas, podemos verlo y confirmar si realmente os parece que es James Hilton.

Gonzalo pone el primer DVD y todos contemplamos el televisor de plasma de cincuenta pulgadas a la espera de poder identificarlo. Yo también presto toda mi atención y me tenso cuando lo veo aparecer. Sigue llevando gorra y gafas de sol, han pasado cinco años desde la última vez que le vi, pero estoy segura de que es él. Imágenes de antiguos recuerdos aparecen en mi mente, el día que le conocí, el día que se me secuestraron, los dos días que pasé sin saber qué iba a ser de mí, su rescate y, por último, la explosión de su casa con él dentro. El corazón me late tan deprisa que parece que se me vaya a salir del pecho, estoy apretando los puños tan fuerte que me estoy clavando las uñas en las palmas de las manos, pero yo no soy consciente de nada, mi mente está en otro lugar.

–          Yas, ¿estás bien? – Oigo la voz de Derek que me devuelve a la realidad. – Yas, estás pálida, ¿te encuentras bien?

–          Sí, perdona es solo que… – Todos me miran esperando una respuesta, me siento presionada y yo ahora mismo estoy demasiado ocupada intentando no volverme loca, todo esto me está superando. – Lo siento, no puedo… Disculpadme unos minutos.

Salgo del salón y subo las escaleras hasta llegar a la habitación principal, donde me encierro justo a tiempo para evitar que nadie vea cómo las lágrimas caen de mis ojos sin cesar. Me tumbo boca abajo en la cama y me desahogo hasta que escucho como la puerta de la habitación se abre y acto seguido se vuelve a cerrar. Unos pasos se acercan hasta los pies de la cama y un lado del colchón se hunde ligeramente, alguien se ha sentado a mi lado. No me hace falta levantar la vista para saber de quién se trata, la mano de Gonzalo acaricia mi espalda y la reconozco al instante.

–          Yasmina…

–          Déjame a solas. – Le gruño al escuchar salir de su boca mi nombre completo. Ya no soy cariño o preciosa, soy Yasmina.

–          No pienso irme a ninguna parte, te prometí que no me separaría de ti.

–          Pues esta mañana no te ha importado tu promesa. – Le reprocho.

–          Cariño, solo he ido con Bruce y Derek a la floristería, creía que regresaríamos antes de que te hubieras despertado, pero encontramos algo de tráfico y tardamos más de lo que habíamos previsto. – Me dice Gonzalo. – Pero en cuanto he atravesado la puerta y te he visto en bikini con tu nuevo amigo Mike frotándote la espalda me ha quedado muy claro lo que tengo que hacer.

–          Y, ¿qué se supone que tienes que hacer? – Le pregunto con curiosidad pero también preocupada.

–          Para empezar, no volver a separarme de ti. Y, si en un futuro necesitas que alguien te ponga crema me lo pides a mí y, si por alguna remota casualidad yo no estoy en casa, se lo pides a Adela, ¿de acuerdo? – Le miro alzando las cejas en señal de desaprobación y añade: – Te quiero solo para mí, cariño.

–          ¡No me quieres ni para ti ni para nadie! – Le espeto frustrada.

–          ¿Por qué dices eso? – Me pregunta confundido.

–          Llevas una semana acostándote en la misma cama que yo y no me has tocado, Gonzalo.

–          Yasmina, solo quiero que entiendas que estoy aquí porque me importas, no porque quiera echar un polvo. – Me suelta al borde de la histeria. – Joder, ¡me ducho con agua fría todas las mañanas! ¿Crees que a mí no me cuesta contener mis ganas de abalanzarme sobre ti y devorarte?

–          ¡Pero yo no te he pedido que te contengas! – Protesto a gritos.

Gonzalo me mira y me remira con esa intensidad de su mirada que me paraliza, pero que también me derrite. Frunce el ceño como si quisiera adivinar lo que estoy pensando y, finalmente, da un par de pasos hacia a mí y me besa apasionadamente. Me envuelve entre sus brazos, me estrecha contra su cuerpo, me acaricia por todas partes y se deshace de nuestra ropa. Sin darme apenas cuenta, Gonzalo y yo estamos completamente desnudos, él me agarra de los muslos y me coge en brazos haciendo que le rodee la cintura con mis piernas, empotra mi espalda contra la pared y gimo excitada.

–          ¿Esto es lo que mi caprichosa quiere? – Me pregunta con la voz ronca al mismo tiempo que me penetra de una sola estocada y sin previo aviso. – Dime, caprichosa.

–          Sí, llegas una semana tarde. – Le digo arqueando mi cuerpo.

–          Entonces, tendremos que ajustar cuentas. – Me dice Gonzalo mirándome con travesura y me lleva hasta a los pies de la cama, donde me coloca a cuatro patas para penetrarme desde atrás.

Me enviste una y otra vez hasta que sus manos agarran mis hombros y pega mi espalda a su pecho, dejándome de rodillas sobre la cama para tener un mejor acceso a mis pechos y a mi clítoris. Me besa en la nuca, en el cuello, desliza sus labios hasta mi hombro izquierdo y hace el recorrido de vuelta para dirigirse hacia mi hombro derecho. Mi cuerpo empieza a temblar cuando percibe los primeros espasmos del orgasmo y Gonzalo sale de mí, me tumba en la cama boca arriba y se tumba sobre mí, haciendo que le rodee la cintura con mis piernas para poder penetrarme con mayor profundidad. Una envestida, dos, tres. Mi cuerpo recibe miles de descargas eléctricas y me arqueo en busca de más placer. Gonzalo lleva sus labios hacia uno de mis pezones, lo estimula con su lengua y tira de él con sus dientes, yo grito de placer. Repite la misma maniobra con el otro pezón y yo vuelvo a gritar excitada. Entonces, sus envestidas se vuelven más rápidas y profundas, con su mano izquierda coge mis dos muñecas y las inmoviliza por encima de mi cabeza mientras lleva su mano derecha entre nuestras pelvis, haciéndose hueco para llegar a mi clítoris y estimularlo con su dedo pulgar moviéndolo en círculos y presionando con suavidad.

–          Córrete, cariño. – Me ordena.

Y mi cuerpo le obedece al instante. Exploto en mil pedazos, mi cuerpo se convulsiona bajo el cuerpo de Gonzalo, que tras dos envestidas más, se corre dentro de mí y me acompaña en este estado de placer absoluto. Se desploma hacia a un lado de la cama, arrastrándome a mí con él, y me estrecha con fuerza entre sus brazos. Cuando por fin logra respirar con normalidad, me besa en los labios y me susurra:

–          Te deseo a todas horas, incluso cuando estoy furioso contigo, no lo dudes nunca.

–          ¿Eso significa que sigues enfadado conmigo? – Me arriesgo a preguntar.

–          Un poco. – Me confiesa mirándome con el ceño fruncido. – Pero supongo que la culpa es mía por no haberme dado cuenta antes de lo que mi caprichosa necesitaba, aunque será mejor que te mantengas alejada de cualquier hombre que no sea yo.

–          ¿Está celoso, señor Cortés? – Le pregunto provocándolo.

–          Muchísimo, señorita Soler. – Me confirma mirándome a los ojos. – Estoy tan celoso que sería capaz de encerrarme contigo en esta habitación y no salir nunca.

–          Suena muy tentador. – Le susurro con voz seductora.

Gonzalo me dedica una de sus sonrisas macarras y acto seguido rueda en la cama conmigo, atrapándome entre el colchón y su cuerpo.

–          Me encanta complacerte, caprichosa. – Me susurra con la voz ronca antes de devorarme la boca.

Hacemos el amor de nuevo en la cama y después repetimos en la bañera. Cuando salimos de la habitación han pasado más de dos horas desde que Gonzalo se encerró conmigo y no puedo evitar ruborizarme al encontrarme con las sonrisas de Bruce y Derek, los únicos que continúan en el salón.

–          Parecéis más relajados. – Comenta Derek divertido.

–          Ha sido una larga negociación. – Le respondo bromeando.

Gonzalo prohíbe que me vuelvan a enseñar los vídeos alegando que es evidente que he reconocido a James Hilton y no es necesario que vuelva a pasar por ello.

Después de comer, Gonzalo me propone que pasemos la tarde en la piscina y yo acepto encantada. Curiosamente, no aparece ninguno de los agentes de Derek por nuestro alrededor y sé que es obra de Gonzalo. Se ofrece a ponerme crema y yo me tumbo boca abajo en la hamaca mientras él masajea mi piel lentamente, sin dejar un solo recoveco de mi piel sin aplicar la crema protectora.

–          Date la vuelta, cariño. – Me ordena.

Le obedezco al instante y Gonzalo me dedica una pícara sonrisa. Empieza esparciendo la crema por mis piernas, acercándose lo suficiente al centro de mi placer pero sin llegar a tocarlo, provocándome con cada caricia. Después continúa por mi escote, siguiendo la línea de la parte superior de mi bikini tres o cuatro pasadas para después dar una última pasada y acariciar mis pezones con su dedo pulgar y anular.

–          Estás jugando sucio. – Le advierto.

–          No cariño, esto es jugar sucio. – Me dice mirándome a los ojos al mismo tiempo que introduce la mano entre la tela de la braguita de mi bikini y desliza uno de sus dedos hacia mi húmeda vagina. Gimo y me arqueo y Gonzalo me sonríe pícaramente, está tramando algo. – Hace mucho calor, ¿quieres que nos demos un baño?

Le sonrío a modo de respuesta y Gonzalo me coge en brazos y entra en la piscina cargando conmigo, tiene una extraña manía en no dejarme andar. Se dirige hacia a la mitad de la piscina, justo donde el agua le llega por los hombros, pero a mí me cubre casi por completo. Me acorrala contra el bordillo de la piscina y coloca mis piernas alrededor de su cintura, rozándome con su dureza contra el centro de mi placer con las telas de nuestros bañadores de por medio. Gimo e intento paliar mi gemido mordiendo su hombro, provocando un sexy gruñido en la garganta de Gonzalo. Me besa en los labios y, apartando la tela del bikini para entrar en mí, me susurra al oído con la voz ronca:

–          Va a tener que ser algo rápido, caprichosa. A menos que te guste tener espectadores.

Acto seguido, me penetra de una sola estocada y mi cuerpo empieza a temblar. Gonzalo lleva uno de sus dedos hacia a mi clítoris para acelerar mi orgasmo mientras entra y sale de mí una y otra vez, cada vez más rápido, cada vez más profundo. Mi cuerpo empieza a convulsionarse y estallo en mil pedazos entre los brazos de Gonzalo, que se derrama dentro de mí y me abraza con fuerza. Me besa en los labios y me susurra:

–          Siempre acabo lo que empiezo.

Nos recolocamos nuestros bañadores y volvemos a abrazarnos, disfrutando de nuestra compañía y de este divertido momento. Eso hacemos cuando Adela se acerca a la piscina y nos dice:

–          Tenéis visita.

–          ¿Tenemos visita? ¿Quién ha venido? – Pregunta Gonzalo.

–          El señor Philip Higgins.

–          Dile, que le recibiremos en cinco minutos, vamos a cambiarnos de ropa. – Le dice Gonzalo a Adela.

Curiosos por la visita sorpresa de Philip, Gonzalo y yo subimos a la habitación para cambiarnos de ropa y rápidamente aparecemos en el salón y saludamos a Philip, que nos pone al corriente de su repentina visita.

–          Lamento aparecer sin avisar, pero aprovechando mi viaje a Barcelona quería veros para invitaros a la fiesta de bienvenida al verano que celebramos mi esposa y yo en nuestra casa de la playa en Inglaterra. – Nos dice Philip. – Será dentro de dos semanas, estáis invitados a pasar con nosotros el fin de semana, estoy seguro de que os divertiréis.

–          Te agradecemos enormemente la invitación, Philip. – Empieza a decir Gonzalo. – Pero tendremos que mirar nuestras agendas antes de poder confirmarte nuestra asistencia.

–          Prometedme al menos que lo intentaréis. – Nos dice Philip.

–          Te prometemos que haremos todo lo posible por asistir. – Le prometo.

Philip se despide de nosotros, tiene poco tiempo o perderá su avión de regreso a Londres, así que quedamos en llamarle en unos días para darle una respuesta fiable.

Nada más marcharse Philip, Gonzalo habla con Derek, quiere que asistamos a esa fiesta, cree que un fin de semana fuera nos vendrá bien y cuenta con la aprobación de Derek. Sus agentes también quieren ver a su familia y amigos, si regresan a Londres podrán estar con ellos unas horas y, como Derek nos dijo, tenemos que dejarnos ver en público, salir a cenar o al cine, y no hemos hecho nada de eso. Así que, por unanimidad, decidimos asistir a la fiesta de Philip que tendrá lugar en dos semanas.

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