Solo tuya 17.

Solo tuya

“La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio,” Marco Tulio Cicerón.

Tengo menos de diez horas para contarle toda la verdad a Gonzalo y cuando digo toda la verdad, me refiero a TODA la verdad. Derek considera que es imprescindible que Gonzalo colabore ya que su vida también puede estar en peligro, y para ello lo mejor es que esté al corriente de todo, de otra manera se negará a colaborar con ellos. Gonzalo está en la oficina y no regresará hasta la hora de comer, así que tengo toda la mañana para pensar en cómo contárselo a Gonzalo y toda la tarde para decírselo. Aun y así, me parece poco tiempo. Tengo que confesarle que ayer le mentí cuando vi el vídeo y he seguido mintiéndole hasta ahora. Bueno, técnicamente aún le sigo mintiendo. Se va a enfadar y mucho. Incluso dejé que Bruce insinuara que quizás se tratara de alguien que quería vengarse de Gonzalo. Lo que me faltaba, si ya creo que no le caigo demasiado bien a Bruce, ahora me va a odiar. ¿Y Gonzalo? Probablemente me eche de su casa y no quiera volver a verme. Después de todo lo que se ha preocupado por mí, me ha cuidado, me ha protegido, me ha ofrecido su casa y yo voy y se lo agradezco mintiéndole y ocultándole información importante.

–          Yas, ¿te encuentras bien? Estás tan pálida como la leche. – Me dice Adela preocupada.

–          Estoy bien, solo un poco mareada. – Miento. – Creo que voy a tumbarme un rato en la cama.

–          Te llevaré un té de melisa, te sentará bien. – Sentencia Adela.

Diez minutos más tarde, Adela entra en la habitación con el té de melisa y me obliga a tomármelo pese a que no me apetece. En cuanto me lo tomo, Adela apaga la luz de la habitación y me deja a solas para que descanse. No sé si por el efecto del té o por alguna otra razón, el caso es que me quedo dormida y no me despierto hasta que alguien llama a mi teléfono móvil y la melodía empieza a sonar. Cojo aire profundamente y respondo al ver que es Gonzalo quien llama.

–          Cariño, estoy saliendo de la oficina. – Me dice en cuanto descuelgo.

–          Genial, te veo ahora entonces. – Le digo con un hilo de voz.

–          ¿Estás bien, Yasmina? – Pregunta preocupado.

–          Sí, es que me había echado un rato y me he quedado dormida. – Estoy empezando a acostumbrarme a no decir toda la verdad que ya me sale solo.

–          De acuerdo, te veo ahora entonces. – Me dice no demasiado convencido.

Me levanto de la cama, me aseo en el cuarto de baño, me peino y me dirijo hacia a la cocina, donde Adela ya está terminando de hacer la comida. ¡Está mujer no para quieta ni un segundo, es pura adrenalina! En cuanto me ve entrar en la cocina, me pregunta:

–          ¿Cómo te encuentras, Yas? Aún estás un poquito pálida, ¿quieres que te prepare alguna cosa de comer que te venga de gusto?

–          Gracias Adela, pero estoy bien, solo un poco nerviosa. – Le contesto tratando de sonreír, pero solo consigo hacer una mueca.

–          Te prepararé una tila, te sentará bien. – Sentencia Adela y yo decido no contradecirla, no tengo ni fuerzas ni ganas.

Gonzalo llega a casa y entra en la cocina justo en el momento en que Adela me está sirviendo la tila y se queda de pie junto a la puerta, mirándonos con intensidad primero a mí, luego a Adela y después otra vez a mí.

–          ¿Ocurre algo? – Nos pregunta con el ceño fruncido.

–          Adela me ha preparado una tila, estoy un poco nerviosa. – Le confieso.

–          Cariño, ¿estás bien? – Me pregunta Gonzalo preocupado al mismo tiempo que se coloca detrás de mí y me rodea la cintura con sus brazos. – Estás empezando a preocuparme, ¿quieres que hablemos?

–          Sí, pero mejor después de comer. – Le digo fingiendo una sonrisa.

–          Está bien, voy a lavarme las manos y regreso en un minuto. – Me dice tras darme un beso en los labios y se sale de la cocina.

–          La comida ya está lista, pasa al comedor y ahora mismo os la sirvo. – Me dice Adela con dulzura.

Paso al comedor y me siento a la mesa mientras Adela sirve la comida en los platos. Solo ha puesto la mesa para dos, así que deduzco que Adela ha querido dejarnos a solas. Gonzalo regresa un par de minutos después y se sienta a la mesa frente a mí, me sonríe y me dice con un tono de voz suave y serena:

–          Yasmina, si hay algo que he dicho o hecho que no te…

–          Todo lo que has hecho ha sido perfecto, Gonzalo. – Le interrumpo. – El problema no eres tú, soy yo.

–          Dímelo ya, Yasmina. – Me ruega mirándome a los ojos. – Dime qué pasa o qué tienes pensado hacer porque me temo que no me va a gustar y no quiero esperar más.

–          No te va a gustar, Gonzalo.

–          Yasmina, suéltalo. – Me ordena visiblemente nervioso.

–          Vale, ahí va. – Cierro los ojos y le suelto: – Ayer, cuando vi el vídeo, reconocí al tipo de la floristería.

Gonzalo me mira y me remira con el rostro indescifrable. No sé si de un momento a otro me va a gritar y me va a echar de su casa o si va a esperar a escuchar toda la historia antes de echarme. Como yo no continúo hablando, Gonzalo me pregunta impasible:

–          ¿Por qué no me lo has dicho hasta ahora? ¿No confías en mí?

–          Claro que confío en ti, si no fuera así no estaría contigo, Gonzalo.

–          ¿Entonces?

–          El tipo del vídeo está oficialmente muerto desde hace cinco años, temía que si te lo contaba creerías que estoy loca y, si me creías, tendría que darte muchas explicaciones de algo de lo que no me gusta hablar y de lo que prácticamente he convertido en tabú todos estos años. – Le confieso mirándole a los ojos para que sepa que no miento y que le estoy diciendo la verdad.

–          Será mejor que me cuentes toda la historia desde el principio. – Me dice muy serio y con tono de reproche.

–          Creemos que el tipo del vídeo es James Hilton…

–          ¿Creemos? – Me interrumpe fulminándome con la mirada.

–          Solo te pido que me escuches sin interrumpirme, cuando termine de hablar si quieres me echas a gritos o lo que quieras, pero deja que te lo cuente, ¿de acuerdo? – Le replico molesta. Gonzalo me hace un gesto con la cabeza de lo más frío y distante y yo sigo hablando. – Conocí a James el primer semestre del último curso de universidad, cuando me fui a Londres con la beca Erasmus. James era el único hijo de una familia muy rica, la cual lo consentía demasiado. Empezó a juntarse con malas compañías y se metió en el mundo de la droga, incluso formó una pequeña organización de narcotráfico que llegó a manejar el negocio en todo el Reino Unido y parte de Francia. James se obsesionó conmigo, estaba tan drogado que creía que yo era una especie de ángel que él debía proteger y que yo le protegería. Empecé a encontrármelo por todas partes y me asusté, entonces Derek se puso en contacto conmigo. – Gonzalo arquea una ceja al oír el nombre de Derek y, antes de que me interrumpa, le aclaro – Derek Becker es un agente del Servicio Secreto del Reino Unido. Contactó conmigo con la intención de que le ayudara a conseguir la información necesaria para capturar a James y toda su banda. Acepté porque quería acabar con todo aquello y porque James me veía como a un ángel y no como a una mujer, pero no por ello los cinco meses que duró la investigación fueron más fáciles. Derek me enseñó a defenderme y a utilizar un arma, si alguien descubría que estaba colaborando con el Servicio Secreto podrían intentar matarme y probablemente no tuviera tiempo de avisar a nadie. Derek tenía a un par de agentes infiltrados en la organización de James, pero ni siquiera llegaban a acercarse a James ni a sus hombres de confianza, así que estaba sola. Cinco meses después, llevaron a cabo una redada en el pub en el que James y sus hombres se reunían, pero allí no encontraron a James, así que Derek y yo nos dirigimos a su casa y, cuando estábamos aparcando frente a la puerta, la casa estalló en mil pedazos. Al parecer, el hermano de uno de los hombres de James que había sido detenido, pensó que se trataba de una traición por parte de James y quiso vengarse de él. El equipo forense del Servicio Secreto encontró un solo cadáver y, tras realizarle la prueba de ADN, concluyeron que se trataba de James y todo acabó. – Cojo aire y, como Gonzalo no dice nada, continúo hablando. – Ayer cuando vi el vídeo no podía creérmelo, de ninguna manera podía haber sido él, estaba muerto, yo misma vi con mis propios ojos como rescataban los pedazos de su cadáver. Pensé que probablemente estaba equivocada, pero al comentarlo con las chicas me aconsejaron que llamara a Derek y eso hice. – Noto como la mandíbula de Gonzalo se va tensando cada vez más, sé que está furioso aunque esté tratando de disimularlo. – Llamé a Derek y me pidió que le enviase el vídeo, así que se lo he enviado esta mañana.

–          ¿Y? – Me pregunta Gonzalo con frialdad.

–          Creemos que es él.

Gonzalo resopla, se pasa las manos por la cabeza y me mira con decepción, hubiera preferido que me hubiera gritado y me hubiera echado de su casa.

–          Varios agentes del Servicio Secreto nos vigilan desde anoche y Derek vendrá sobre a la hora de cenar, quiere hablar con nosotros. – Le digo al ver que continúa callado.

–          Dime una cosa, ¿me lo hubieras dicho si ese tal Derek no quisiera hablar conmigo? – Me pregunta tan frío como el hielo.

–          Gonzalo, yo…

–          Déjalo, Yasmina. – Me interrumpe con sequedad. – Ahora ya de nada importa.

–          Gonzalo, por favor…

–          Ahora no, Yasmina. – Me corta de nuevo. Y, sin mirarme a la cara, me dice levantándose de la silla: – Come tú, a mí se me ha quitado el apetito.

–          Gonzalo, yo no quería mentirte. – Le digo con un hilo de voz.

–          Estoy demasiado furioso para hablar contigo, Yasmina. – Me dice apretando los dientes y tensando la mandíbula. – Necesito estar solo y calmarme.

Dicho esto, da media vuelta y sale del comedor para encerrarse en su despacho mientras que dos lágrimas resbalan por mis mejillas.

Respiro profundamente y, sin ganas de comer, decido recoger la mesa sin hacer ruido para que Adela no sospeche nada y me encierro en la habitación de Gonzalo para llamar a Lorena, puede que ella consiga animarme y al menos sabrá consolarme.

–          No te preocupes, Yas. Es una reacción típica de los hombres cuando les tocas su orgullo, se le pasará en un rato. – Me dice Lorena cuando le cuento lo que ha ocurrido. – Tienes que entenderle, has llamado a otro hombre antes que a él, has confiado en otro antes que en él y eso le ha dolido. Dale tiempo para que se calme y lo asimile, ya verás cómo se le pasa enseguida el enfado y, si no es así, avísame y ya me encargo yo de él.

–          Eso espero, parecía bastante enfadado.

–          Confía en mí, los hombres se me dan bien, Yas.

–          Te enviaré un mensaje más tarde y te diré si tu radar femenino sigue funcionando o si se te ha estropeado por culpa de ese alemán. – Bromeo.

–          Llámame si necesitas algo, Yas.

–          Lo haré, no te preocupes. – Me despido de ella.

Cuelgo el teléfono y escucho voces en el pasillo. Pego mi oreja a la puerta de la habitación y logro escuchar las voces de Bruce y Roberto, pero se encierran en el despacho con Gonzalo y ya no puedo escuchar nada. Supongo que les estará poniendo al corriente de la situación, al fin y al cabo Bruce y Roberto, además de ser el jefe de seguridad y su abogado, respectivamente, también son sus amigos. Gonzalo me ha pedido tiempo para que le deje solo, así que me quedo en la habitación y no le molesto, ya vendrá a buscarme cuando quiera hablar conmigo.

Después de pasarme cinco horas encerrada en la habitación, por fin Gonzalo viene a buscarme, aunque su rostro sigue mostrándome dureza y frialdad.

–          ¿A qué hora dices que viene ese agente del Servicio Secreto?

–          Me dijo que llegaría a última hora de la tarde, antes de la hora de la cena. – Le respondo con un hilo de voz.

–          Bruce quiere hacerte unas preguntas, te está esperando en mi despacho. – Me dice sin apenas mirarme. – Mientras tanto, aprovecharé y me daré una ducha.

Dicho esto, Gonzalo se mete en el cuarto de baño de la habitación y yo me dirijo a su despacho con desgana. Tal y cómo Gonzalo me ha dicho, Bruce y Roberto me esperan en su despacho y ambos me saludan con gesto serio.

–          Por favor, siéntate Yasmina. – Me ofrece Roberto amablemente. – Queremos hacerte algunas preguntas.

Entro, cierro la puerta y me siento en el sillón que Roberto me señala. Bruce me mira a los ojos y con su tono de voz serio me dice:

–          Gonzalo nos ha contado lo que le has dicho. Puede que ahora esté un poco enfadado porque le hayas omitido una información tan importante, pero yo entiendo por qué lo has hecho. – Sin dejar de mirarme a los ojos y sin apenas parpadear, Bruce continúa hablando. – Es lógico que estuvieras confusa si el tipo del vídeo se suponía que debía estar muerto y no lo está.

–          No quería hacerle daño a Gonzalo. – Le confieso. – Al principio no podía creérmelo, pero estaba completamente segura de que era él y llamé a Derek Becker. Esta mañana le envié una copia del vídeo y me confirmó que a él también le parecía que se trataba de James Hilton. Derek me ha confirmado que varios de sus agentes nos custodian desde anoche, os aseguro que lo último que quería era poner en peligro a Gonzalo ni a ninguno de vosotros.

–          Yasmina, sé que no debe ser nada agradable para ti, pero necesito que me cuentes con todo detalle toda la historia. – Me dice Bruce suavizando su tono de voz. – Quiero saber cómo, dónde y por qué conociste a ese tipo, cómo terminaste colaborando con el Servicio Secreto del Reino Unido y qué ocurrió el día que supuestamente distéis a ese tal James por muerto.

Ya le he resumido a Gonzalo lo más esencial de la historia, pero Bruce quiere todos los detalles y, pese a que me gustaría que Gonzalo me apoyara, en este momento me alegro de que no esté presente. Empiezo por el principio y le cuento toda la historia a Bruce mientras él y Roberto me escuchan con total atención y sin interrumpirme. Les doy todos los detalles, incluso algunos que he enterrado en el fondo de mi memoria tratando de olvidarlos. Se lo debo a Gonzalo, aunque él ni siquiera haya querido quedarse en el despacho para escucharme. Me es imposible evitar derramar alguna que otra lágrima al recordar momentos difíciles, pero las seco con mis manos lo más dignamente que puedo y continúo hablando. La voz se me quiebra cuando les explico el día en que Derek decidió adelantar la redada. Para aquel entonces todo el mundo sabía que yo era la protegida de James Hilton y sus enemigos veían en mí una buena baza para conseguir lo que querían de él, así que me secuestraron y estuve dos días encerrada en un mugriento y húmedo sótano hasta que James me encontró y me rescató en medio de un tiroteo en el que nueve personas murieron y otras muchas más resultaron heridas. Todavía tengo pesadillas de vez en cuando sobre todo lo que pasó, tengo grabadas en la memoria imágenes que quisiera borrar y no puedo.

–          Yas, ¿estás bien? – Me pregunta Bruce preocupado.

–          Sí, perdona. – Me disculpo.

–          Creo que será mejor que te eches un rato y descanses, estás pálida y está claro que seguir hablando de esto no te va a ayudar en absoluto. – Me dice Roberto poniéndose en pie y ayudándome a levantarme del sillón. – Te acompañaré a la habitación.

–          Yas, dale un poco de tiempo, él no está acostumbrado a tener que lidiar con estos temas, y no me refiero solo al asunto relacionado con James Hilton.

Le dedico una sonrisa sincera a Bruce, a pesar de que creía que no le caía bien y que me transmitía cierto temor y desconfianza, hoy me ha demostrado que es un buen tipo, una persona muy inteligente y que además está de mi parte.

Roberto me acompaña a la habitación de Gonzalo, pero él ya no está allí, aunque todavía perdura su aroma de recién salido de la ducha.

–          Descansa un poco, Bruce y yo nos encargaremos de bajarle los humos a Gonzalo, no tienes nada de lo que preocuparte. – Me dice Roberto con complicidad.

–          ¿Crees que me perdonará? – Me arriesgo a preguntar con un hilo de voz.

–          Estoy seguro de que ya lo ha hecho, pero su orgullo le impide venir a disculparse. – Se mofa Roberto. – Intenta descansar, me temo que será una noche larga.

Lo cierto es que tanta tensión acumulada me marea y me agota, así que me quito los vaqueros y me meto en la cama para tratar de descansar tal y como me han recomendado Bruce y Roberto.

No sé cómo pero me quedo dormida sin ser consciente de ello hasta que Adela viene a la habitación y me despierta.

–          Yas, tranquila. Soy Adela, cielo. – Me dice Adela cariñosamente al darse cuenta de lo nerviosa que me he puesto al despertarme sin saber muy bien dónde estoy. – Gonzalo me ha pedido que venga a buscarte, tienes visita.

–          Estaré lista en dos minutos. – Murmuro incorporándome en la cama y mirando el reloj para ver qué hora es. Las nueve de la noche, he dormido una hora.

–          ¿Estás bien, muchacha?

–          Estoy bien, Adela.

Adela asiente con la cabeza, me dedica una tímida sonrisa y se retira dejándome de nuevo a solas en la habitación. Tras asearme y vestirme, salgo de la habitación y recorro el pasillo hasta llegar al salón, donde me encuentro a todos reunidos: Gonzalo, Bruce, Roberto, Derek y tres agentes más.

–          ¡Yas! – Exclama Derek al verme y me abraza a modo de saludo. – ¿Estás bien? Estás un poco pálida.

–          Supongo que he tenido días mejores. – Le contesto sonriendo con tristeza.

–          Te estábamos esperando. – Me dice Gonzalo con brusquedad, sin moverse del sofá y con cara de pocos amigos. – Ahora que estamos todos, ¿podemos empezar?

Me siento en el sofá al lado de Derek, es el único sitio que queda libre. Bruce decide llevar las riendas de la situación y yo se lo agradezco en silencio.

–          Bueno, ya nos conocemos todos y estamos al tanto de la situación, así que lo único que tenemos pendiente es ponernos de acuerdo sobre cómo afrontar dicha situación. – Nos dice Bruce.

–          Yas, necesitas más protección. – Me dice Derek. – Si James está vivo y se entera de que le traicionaste la cosa se va a poner muy fea, no podemos arriesgarnos.

–          Y, ¿qué propones? – Le pregunta Gonzalo a Derek, desafiándolo con la mirada.

–          Si dejáis de comportaros con normalidad James se dará cuenta de que sospecháis algo y eso no es buena idea. – Le contesta Derek. – Han pasado cinco años y no sabemos dónde ni qué ha estado haciendo, probablemente tenga algún antiguo contacto y haya hecho otros muchos nuevos. Yo propondría trasladaros a un lugar más grande y con accesos más fáciles de controlar, un lugar dónde mis agentes puedan velar por vuestra seguridad, yo os propongo una casa franco.

–          Esta noche la pasaremos aquí, ya es muy tarde para andar de mudanzas, pero mañana podremos trasladarnos a mi nueva casa, está situada a las afueras y es lo suficiente grande como para alojar a veinte personas. – Concluye Gonzalo. – En cuanto a lo de seguir con nuestra vida normal, ¿a qué te refieres exactamente?

–          Sois una pareja y las parejas salen juntas a cenar, al cine o a cualquier parte, si os pasáis el día encerrados en casa y sin salir James sospechará y probablemente se esfumará antes incluso de que obtengamos alguna pista sobre su paradero. – Nos dice Derek. – Por supuesto, lo haréis escoltados por mis agentes, aunque os aseguro que ni siquiera vosotros os daréis cuenta de que están ahí.

–          Tengo a mi propio equipo de seguridad. – Comenta Gonzalo poco amable.

–          Genial, podrán colaborar con mis agentes. – Le dice Derek ignorando por completo el tono que ha utilizado Gonzalo.

–          Esto no tiene sentido. – Opino poniéndome en pie. – Si James hubiera querido hacerme daño ya lo hubiera hecho, ha tenido muchas oportunidades para ello.

–          ¿Prefieres llamarle y quedar con él para tomar un café? – Me espeta Gonzalo con sarcasmo.

–          Gonzalo. – Le reprende Roberto con desaprobación.

–          ¡Joder! – Exclama Gonzalo poniéndose en pie. Me mira a los ojos y me dice casi en un gruñido: – No confías en mí para contarme esto pero sí confías en él.

–          Yas, si no quieres quedarte con el señor Cortés podemos buscarte una casa franco. – Me propone Derek al darse cuenta de la tensión que existe entre Gonzalo y yo.

Gonzalo me sostiene la mirada esperando una respuesta. No quiero alejarme de Gonzalo, pero tampoco quiero quedarme si él no me quiere a su lado.

–          La decisión es tuya. – Le digo a Gonzalo con un hilo de voz.

–          Si permanecéis juntos, será más fácil protegeros. – Opina Bruce.

–          Estoy de acuerdo con Bruce. – Le secunda Derek.

–          Yo también. – Opina Roberto.

Gonzalo continúa sosteniéndome la mirada y yo sigo esperando que abra la boca. Finalmente, me dice con el rostro indescifrable:

–          Lo mejor será que permanezcamos juntos, si queremos detener a James debemos actuar con normalidad y se supone que estamos prometidos.

–          En ese caso, empezaremos a organizar el traslado. – Sentencia Derek. – Mañana a las doce del mediodía regresaré y terminamos de concretar.

–          Mañana tengo una reunión a primera hora, pero estaré aquí a las doce. – Le confirma Gonzalo. – Os acompaño a la puerta.

Me despido de Derek y le veo desaparecer junto a sus tres agentes y Gonzalo que le acompaña a la puerta. Bruce y Roberto me sonríen mostrándome su apoyo y yo se lo agradezco devolviéndoles la sonrisa, pero sin poder ocultar mi tristeza. Gonzalo tarda más de diez minutos en regresar al salón y, cuando lo hace, le pide a Adela que prepare la mesa para cuatro, ellos cenarán con nosotros.

Cenamos los cuatro juntos en el comedor, pero ni Gonzalo ni yo abrimos prácticamente la boca, ni siquiera para comer. Después de cenar, me retiro a la habitación alegando que estoy cansada y dejo a los tres hombres para que hablen de sus cosas con la esperanza de que más tarde Gonzalo me acompañe.

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