Solo tuya 16.

Solo tuya

“Todo santo tiene un pasado y todo pecador tiene un futuro,” Óscar Wilde.

A las cuatro de la tarde, las chicas aparecen en el apartamento de Gonzalo. Esta vez han llegado puntuales, algo inaudito. Mientras ellas suben en el ascensor, aprovecho para despedirme de Gonzalo, que no ha dejado de repetirme que le llame cuando las chicas se vayan y él regresará de inmediato.

–          Llámame si necesitas cualquier cosa y avísame cuando las chicas se vayan, no tardaré en llegar. – Me repite. – Aquí estás segura, el edificio cuenta con un sistema informático de vigilancia al cual Bruce tiene acceso, además del portero y dos agentes de seguridad privados que hemos contratado, puedes estar tranquila.

–          Gracias por ocuparte de todo y por cuidar de mí. – Le agradezco con sinceridad.

–          No tienes nada que agradecerme, cariño. – Me estrecha entre sus brazos, me besa en los labios y añade: – Diviértete con tus amigas, te vendrá bien desconectar de todo durante un rato.

Las chicas entran en el apartamento y Adela las guía hasta el salón, donde nos encuentran a Gonzalo y a mí despidiéndonos, es decir, abrazados y besándonos.

–          Ejem, ejem. – Finge toser Lorena. – ¿Llegamos demasiado pronto?

–          Llegáis justo a tiempo. – Saluda Gonzalo a Lorena dándole un par de besos en la mejilla, mostrando su sonrisa más carismática. – ¿Qué tal estás, Lorena?

–          Pues no tan bien como vosotros, por lo que veo. – Le contesta Lorena divertida.

–          Gonzalo, ellas son Rocío y Paula. – Le presento a las chicas. – Chicas, él es Gonzalo.

–          ¿Gonzalo a secas? – Me pregunta Lorena. Y, sin darme tiempo a contestar, añade divertida: – Me parece que tienes muchas cosas que aclararnos.

–          Encantado de conoceros. – Las saluda Gonzalo también dándoles un par de besos en la mejilla. – Os dejo a solas para que habléis. – Me besa en los labios y me susurra al oído con dulzura: – No te olvides de llamarme.

Gonzalo se marcha y me quedo en el salón con las chicas y Adela, que rápidamente se afana en servirnos algo de beber y yo la ayudo, no quiero que piense que creo que estoy en un hotel donde me lo hacen todo. Cuando servimos las cuatro tazas de café, Adela se excusa alegando que tiene que ir a hacer la compra y nos deja a solas, no sin antes preguntarme si necesito que me traiga algo. Adela es un sol, de eso no hay duda.

–          Empieza a hablar pero ya. – Me ordena Rocío. – ¿Se puede saber qué es eso de que estás prometida y vas a tener cuatro hijos?

–          Chicas, dejemos que se explique. – Me echa una mano Lorena. – Si nos ha reunido aquí, por algo será.

–          Es un gabinete de crisis. – Les aclaro. – Y, para que sepáis de qué va la historia, os la contaré desde el principio.

Les explico con todo detalle cómo han sido los dos últimos meses de mi vida, desde que conocí a Gonzalo. Les explico nuestras reuniones de trabajo, las veces que nos hemos visto fuera de la oficina, el fin de semana en Londres y todo lo que ocurrió después, cuando recibí las fotos y aparecimos en toda la prensa londinense y también en la prensa española. Las tres me escuchan con atención y sin interrumpirme.

–          ¿Ya has visto el vídeo de seguridad de la floristería? – Me pregunta Paula con su tono de voz más suave y dulce.

–          Sí, lo he visto esta mañana y he reconocido al tipo que me envía las orquídeas y todo lo demás. – Les confieso.

–          ¿Quién es? – Me preguntan las tres al unísono.

Tengo que contárselo a alguien y ellas siempre lo han sabido y conocen mi historia con James. James… Todavía recuerdo el día que le conocí como si fuera ayer, a pesar de que ya han pasado casi cinco años. Iniciaba el último año de carrera y el primer semestre lo pasé en Londres con la beca Erasmus. Después de la primera semana de clase, mis compañeras de piso me animaron a salir a tomar unas copas con ellas a un pub cercano y allí lo conocí. James era el típico niño rico y carismático que se llevaba de calle a todas las chicas de la ciudad, todas fantaseaban con la idea de tenerle, pero se juntaba con malas compañías y siempre andaba metiéndose en líos. Era obvio que yo le gustaba y cada vez que se encontraba conmigo trataba de seducirme. Recuerdo que una vez me envió un ramo de orquídeas al piso que compartía en Londres. Al principio no era un mal tipo, era amable, simpático y muy gracioso, incluso me caía bien. Pero poco después empezó a tomar drogas y perdió cualquier atisbo de lucidez. Su obsesión le llevó a perseguirme día y noche y llegué a sentirme atemorizada. Fue entonces cuando Derek se puso en contacto conmigo. Derek investiga a una pequeña organización de narcotráfico a la que James pertenecía y vio en mí una oportunidad para acabar con toda la organización. Me propuso que colaborara con el Servicio Secreto para detenerlos y no pude negarme, James tenía demasiado dinero y muchos contactos como para encontrarme en cualquier parte del mundo, además, su familia era muy influyente, nadie me hubiera escuchado y mucho menos hubieran testificado ante un juez si hubiese puesto una denuncia por acoso. Así que me armé de valor y me acerqué a James para conseguir toda la información posible que permitiera que detuvieran a toda la banda. Por suerte, James creía que yo era una especie de ángel que había venido a salvarlo, hasta ese punto llegaba su adicción a las drogas, así que jamás se le ocurrió tocarme un pelo, siempre me trataba con respeto, pero esa no era razón suficiente para que no viviera atemorizada. Así pasé cinco meses, hasta que conseguimos toda la información necesaria y el Servicio Secreto organizó la operación en el pub donde James se reunía con el resto de miembros de la organización, pero él no se encontraba allí en ese momento a pesar de que debía estar allí. El hermano de uno de los tipos a los que detuvieron fue testigo de todo y creyó que se trataba de una trampa que James les había tendido, así que fabricó una bomba casera y la colocó en su casa. Derek y yo nos dirigíamos a casa de James y estábamos aparcando en la acera de enfrente cuando la bomba estalló y mil pedazos de cristal, piedra, madera y hierro salieron despedidos por la onda expansiva, rompiendo una de las ventanas del coche y produciéndonos algunos pequeños cortes. Encontraron un cadáver en la casa y, tras hacerle las pruebas de ADN, confirmaron que se trataba de James. Después de todo aquello, las chicas vinieron a Londres para animarme y, cuando regresamos a Barcelona, no le contamos a nadie lo que ocurrió, ni siquiera a mi padre.

Cojo aire y respiro profundamente para armarme de valor antes de decirle a las chicas:

–          Vais a creer que estoy loca, pero os aseguro que era James Hilton. – Les digo con firmeza y seguridad, convencida de ello.

–          ¿James Hilton? – Me pregunta Lorena mirándome con desconfianza. – Cielo, James Hilton está muerto, encontraron su cadáver y las pruebas de ADN corroboraron que se trataba de él.

–          Os aseguro que era él y soy plenamente consciente de que supuestamente está muerto, ¡joder, vi cómo su casa estallaba en pedazos con él dentro! – Exclamo frustrada.

–          Creo que deberías llamar a Derek, él sabrá qué hacer. – Me aconseja Paula.

–          ¿Se lo has dicho ya a Gonzalo? – Me pregunta Lorena.

–          No, todavía no. – Confieso. – Tengo miedo a su reacción cuando descubra quién es James, por qué se supone que está muerto y por qué el Servicio Secreto del Reino Unido va a meter las narices en todo esto.

–          Tienes que contárselo a Gonzalo, si James está vivo y sabe que él está contigo puede que intente alguna de sus locuras. – Me sugiere Rocío.

Rocío tiene razón, la seguridad de Gonzalo es lo primero. Si realmente se trata de James, y estoy convencida de ello, tanto Gonzalo como yo estamos en peligro.

–          Gonzalo lo tendrá que aceptar y asimilar, si de verdad quiere estar contigo te lo demostrará quedándose a tu lado y, si no lo hace, al menos lo descubrirás antes de que lo vuestro vaya a más. – Opina Lorena. – Tú, al igual que él, también tienes un pasado y, si tú has aceptado y asimilado el suyo, él deberá hacer lo mismo.

–          Ni el bueno es tan bueno, ni el malo es tan malo, recuérdalo. – Me aconseja Rocío.

–          Llamaré a Derek y le pondré al corriente, según lo que me diga, hablaré con Gonzalo y se lo contaré todo.

–          ¿Según lo que te diga? – Me pregunta Lorena alzando una ceja.

–          Necesito tiempo, así que más os vale quedaros calladitas. – Les advierto. – Y ahora, ponedme vosotras al corriente de vuestras vidas. Lorena, ¿qué tal te va con tu nuevo jefe alemán?

–          Por primera vez en la historia y sin que sirva de precedente, estoy enamorada. – Nos confiesa sonriendo de oreja a oreja. – Seguimos viéndonos fuera del trabajo y tratamos de evitar quedarnos a solas en la oficina, la tentación es demasiado grande. Erik quiere hacer pública nuestra relación, pero le he pedido un poco de tiempo, todo está yendo tan rápido que necesito tiempo para asimilarlo.

–          Y Paula, ¿tú qué tal lo llevas con Mario? – Me animo a preguntarle a Paula.

–          Pues la verdad es que estoy encantada. – Nos confiesa. – Siempre ha sido mi amor platónico, alguien a quién jamás pensé que podría tener, y ahora estoy en una nube de color rosa.

–          Rocío, cuéntale qué tal te va a ti. – Le dice Lorena a Rocío.

–          ¿Qué tienes que contar, Rocío? – Le pregunto divertida.

–          He conocido a alguien, a mi vecino de enfrente, para ser más exacta. – Me contesta Rocío con la cara iluminada por su sonrisa. – Es bombero, así que tiene un horario laboral bastante complicado y, como es un despistado, la mayor parte de las veces viene a pedirme un poco de sal, un poco de azúcar y ya sabes, una cosa lleva a la otra y…

–          ¡Se lo ha tirado! – Me resume Lorena.

–          Vaya, parece que todas estamos empezando a sentar la cabeza y a enderezar nuestras vidas. – Comenta Paula.

–          Nos estamos haciendo mayores, pero yo sigo metiéndome en líos como cuando era una adolescente. – Comento con resignación.

–          Si no te metieras en los líos en los que te metes, nuestras vidas serían mucho más aburridas. – Me dice Lorena burlonamente.

Pasamos tres horas hablando, poniéndonos al día de todo lo que hemos hecho y de todo lo que queremos hacer en las vacaciones, que ya están a la vuelta de la esquina. Lorena se va a ir a Alemania todo el mes de agosto, Erik la ha invitado a pasarlo con él y su familia; Paula pasará sus vacaciones con Mario, irán unos días al pueblo de los abuelos de Paula y después disfrutarán a solas de unas románticas vacaciones en Menorca; Rocío también irá a su pueblo unos días para ver su familia, pero pasará el resto de vacaciones en la ciudad con la intención de seguir frecuentando a su vecino de enfrente; y luego estoy yo, que todavía no sé qué voy a hacer en vacaciones y lo cierto es que ni siquiera me importa, siempre y cuando las pase con Gonzalo.

Las chicas se marchan sobre a las siete de la tarde y, antes de llamar a Gonzalo, decido llamar a Derek y contarle todo lo que está ocurriendo.

–          Yas, ¿estás segura de que era él? – Me pregunta Derek algo confundido. – Las pruebas de ADN confirmaron que el cadáver que encontramos en la casa era James Hilton, han pasado cinco años desde entonces, es posible que solo sea alguien que se le parece, Yas.

–          Estoy completamente segura de que era él, Derek. – Le aseguro. – Sé que parece una locura, pero tienes que creerme.

–          Está bien, ¿tienes ese vídeo?

–          No, pero supongo que podré conseguirlo. – Le contesto. – Este es mi nuevo número de teléfono, te llamaré cuando consiga el vídeo.

–          Yas, si es cierto que se trata de James, puedes estar en peligro. – Me advierte Derek con tono de voz preocupado. – Tanto tú como tu amigo deberías tener protección las veinticuatro horas, no sabemos lo que es capaz de hacer.

–          Aún no le he contado nada a Gonzalo, no sé cómo hacerlo sin que crea que estoy loca.

–          Os pondré agentes para protegeros, serán discretos y no notaréis que están ahí, pero sería conveniente que hablaras con tu amigo y le pusieras al corriente de la situación. – Me aconseja Derek.

–          Veré cómo me las apaño. – Murmuro. – Te llamaré en cuanto tenga el vídeo.

–          Esperaré tu llamada, mientras tanto vigilaré al círculo de James, si está vivo es posible que quiera contactar con alguien y podamos localizarlo. – Y añade con tono serio antes de despedirse – No bajes la guardia y recuerda todo lo que aprendiste hace cinco años cuando estuviste en Londres. Cuídate, Yas.

–          Lo intentaré, gracias por todo, Derek. – Le agradezco antes de colgar.

Me dirijo a la cocina y me encuentro a Adela preparando la cena, así que decido echarle una mano y así distraerme un rato.

–          ¿Puedo ayudarte, Adela?

–          Se supone que eres una invitada, no tienes que ayudarme, muchacha.

–          Lo menos que puedo hacer es echarte una mano, bastante trabajo te estoy dando ya. – Le replico con una sonrisa en los labios. – Además, me aburro como una ostra.

–          ¿Has llamado ya a Gonzalo? – Me pregunta Adela alzando una ceja, sabedora de la respuesta.

–          No, todavía no. – Confieso. – No quiero interrumpirle y si le llamo estoy segura de que regresará en cinco minutos.

–          Yas, Gonzalo está esperando tu llamada desde que ha salido por la puerta, te aseguro que lo que más desea es regresar a casa para estar contigo. – Me asegura Adela. – Gonzalo es un buen chico, deja que te lo demuestre.

–          No lo pongo en duda, Adela. – Le aseguro. – Pero todo está yendo tan rápido y todo es tan… peculiar, que tengo la sensación de haber invadido su vida y su espacio más personal, no quiero agobiarlo.

–          Llámale, no le vas a molestar y evitarás que se enfade. – Me aconseja. – No sé si te has dado cuenta, pero Gonzalo es muy gruñón cuando quiere.

Obedezco a Adela y decido llamar a Gonzalo. Me dirijo al salón para hablar con mayor privacidad y Gonzalo, nada más descolgar, me dice:

–          Hola cariño, estaba esperando tu llamada. ¿Se han ido ya las chicas?

–          Sí, acaban de marcharse.

–          Dame cinco minutos y estaré contigo.

–          Gonzalo, si tienes cosas que hacer en la oficina no hace falta que vengas, Adela me está haciendo compañía, no quiero causarte más problemas.

–          Cariño, no me causas ningún problema. – Me asegura Gonzalo. – Además, me muero de ganas de estar contigo. Llegaré en cinco minutos, preciosa.

–          Te estaré esperando. – Le susurro con un hilo de voz antes de colgar.

Regreso a la cocina junto a Adela y la ayudo a preparar la cena. Gracias a Adela, descubro que el plato preferido de Gonzalo es el solomillo al horno con salsa de trufas y Adela me enseña cómo se prepara. Cuando Gonzalo regresa a casa apenas diez minutos después de haber hablado con él, entra en la cocina y nos saluda:

–          Buenas tardes, señoritas. – Le da un beso en la mejilla a Adela y acto seguido se acerca a mí, me envuelve entre sus brazos y me besa en los labios. – ¿Todo bien, cariño?

–          Todo genial, Adela me está enseñando a cocinar tu plato preferido, pero me temo que todavía necesitaré algunas clases más. – Le comento divertida. – ¿Qué tal te ha ido en la oficina?

–          Bien, pero mañana por la mañana tengo que regresar, tengo una reunión con un cliente y necesito dejarlo todo bien atado antes de marcharnos de vacaciones.

–          ¿Nos vamos de vacaciones? – Le pregunto sorprendida.

–          En un par de días, mientras la empresa de mudanzas se ocupa de trasladar nuestras cosas a la casa. – Me confirma Gonzalo. – Será mejor que empieces a pensar en un destino, ¿a dónde te apetece ir?

–          Pues no sé, así tan de repente no se me ocurre nada. – Le respondo encogiéndome de hombros.

–          Ya se nos ocurrirá algo. – Me susurra al oído. Me da otro beso en los labios y añade sonriendo – Voy a ponerme cómodo, regreso en dos minutos y os echo una mano.

Adela y yo continuamos preparando la cena y pocos minutos después se nos une Gonzalo, vestido con un pantalón corto y una camiseta de manga corta. A las nueve de la noche, los tres nos sentamos juntos a cenar, esta noche Gonzalo ha conseguido convencer a Adela para que cene con nosotros.

Después de cenar y de recoger la mesa, Gonzalo y yo nos retiramos a su habitación y Adela se queda recogiendo la cocina.

–          Ven aquí, preciosa. – Me dice Gonzalo cerrando la puerta de la habitación y abrazándome por la espalda. – Estás muy callada, ¿estás segura de que va todo bien?

–          Ahora sí, tenía ganas de estar contigo a solas. – Le contesto sin ser del todo sincera.

–          ¿Quieres contarme qué te preocupa?

–          Verás, me gustaría ver el vídeo de nuevo, puede que estando más tranquila, sin sentirme presionada por tu mirada y la de Bruce, quizás reconozca a ese tipo. – Miento como una perra y me siento fatal por ello.

–          Tenemos una copia del vídeo, si quieres volver a verlo puedes hacerlo, pero eso será mañana. Por hoy ya has tenido suficientes emociones fuertes, ahora tienes que descansar un poco. – Sentencia Gonzalo.

Gonzalo empieza a desnudarme y, cuando me quedo en ropa interior, me besa en los labios brevemente y me hace un gesto para que me meta en la cama. Le obedezco sin rechistar y, cuando veo que se quita la camiseta y el pantalón, quedándose tan solo vestido con un bóxer blanco ajustado, decido deshacerme de mi sujetador y mis braguitas bajo las sábanas, quedándome completamente desnuda sin que él se dé cuenta. Gonzalo apaga la luz de la habitación, se mete en la cama y me abraza. Justo en el momento que posa sus manos en mí para estrecharme contra su cuerpo, se da cuenta que estoy desnuda y, a pesar de que no puedo verlo, sé que está sonriendo.

–          Cariño, ¿tienes calor? – Me pregunta burlonamente.

–          No, pero espero tenerlo. – Le contesto juguetona.

Gonzalo da media vuelta en la cama, haciéndome rodar con él y dejándome bajo su cuerpo. Me sostiene las manos por encima de la cabeza y, mirándome a los ojos con intensidad, me pregunta con la voz ronca:

–          ¿Estás juguetona, cariño?

–          Mucho. – Le susurro al mismo tiempo que me arqueo y alzo mi pelvis para tratar de tener contacto directo con su cuerpo.

–          Pues disfruta, preciosa. – Me susurra al oído. – Voy a hacer que entres en calor.

Sus labios recorren el lóbulo de mi oreja y descienden por mi cuello hasta llegar a mis pechos, donde se entretiene lamiendo y mordiendo mis pezones. Continúa su descenso hasta llegar a mi ombligo rodeándolo sensualmente con su lengua y produciéndome un excitante cosquilleo que hace que me vuelva a arquear y se me escape un pequeño gemido de placer.

–          Eso es, preciosa. – Susurra Gonzalo excitado. – Quiero oírte disfrutar.

Continúa con el descenso de sus labios hasta llegar a mi pubis. Lo besa sensualmente y desliza su lengua por mi clítoris y mi hendidura, estimulando el centro de mi entrepierna y provocándome ligeras descargas de placer que van en aumento. Gimo excitada cuando mi cuerpo empieza a convulsionarse ante la proximidad del orgasmo y Gonzalo me dice sin retirar su boca de mi entrepierna:

–          Córrete, cariño. Córrete para mí.

Sus palabras son como una orden para mi cuerpo y estallo en mil pedazos. Gonzalo lame hasta la última gota de mi orgasmo y, acto seguido, se coloca un preservativo y me penetra lentamente, acariciándome el clítoris con la yema de su dedo pulgar, haciendo que los espasmos incipientes al orgasmo regresen a mi cuerpo. Gonzalo entra y sale de mí una y otra vez, cada vez más rápido, cada vez con más fuerza, hasta que en una última estocada, ambos alcanzamos juntos el clímax. Gonzalo se deja caer sobre mí, pero rápidamente da media vuelta rodando, quedando con la espalda sobre el colchón y dejándome a mí sobre él.

–          ¿Todo bien, cariño? – Me pregunta cuando logramos recobrar la respiración.

–          Todo perfecto. – Susurro extasiada.

–          Yasmina, esta mañana en la bañera…

–          Lo sé. – Le interrumpo ya medio dormida.

–          Yasmina, ¿tomas la píldora?

–          Sí, pero que me quede embarazada no debería ser lo único que te preocupe.

–          Estoy sano, jamás practico sexo sin utilizar preservativo pero contigo… No sé cómo lo haces pero me vuelves loco. – Me estrecha con fuerza entre sus brazos y me susurra al oído: – Mañana me haré unos análisis para que veas que estoy completamente sano y podamos dejar de hacerlo sin preservativo.

–          ¿No te preocupa que yo no esté sana?

–          ¿No lo estás? – Me pregunta divertido.

–          Lo estoy, pero lo justo es que yo también me someta a un análisis de sangre para demostrártelo.

–          De acuerdo, mañana iremos los dos a la clínica de mis padres.

–          ¿A la clínica de tus padres? – Le pregunto tensándome de la cabeza a los pies.

–          Sí, será un momento y tendremos los resultados en un par de horas, yo mismo puedo pasar a recogerlos cuando regrese a casa de la oficina. – Me responde. Me besa en los labios y añade – No te preocupes, mis padres no estarán en la clínica, mañana se van a Ginebra para asistir a una conferencia.

–          Está bien, en ese caso no puedo negarme. – Acepto finalmente.

–          Pues ahora a dormir, mañana tenemos que madrugar.

No me cuesta quedarme dormida entre los brazos de Gonzalo, de hecho, empiezo a pensar que no seré capaz de volver a dormir si no lo tengo a mi lado abrazándome.

A la mañana siguiente me despierto en la misma posición en la que me quedé dormida anoche: sobre el tórax de Gonzalo y envuelta entre sus brazos.

–          Buenos días, preciosa. ¿Nos damos una ducha?

Protesto y trato de hacerme la remolona, pero Gonzalo me coge en brazos, me lleva al cuarto de baño y entra conmigo en la ducha.

–          Andamos justos de tiempo, si entro contigo en la bañera llegaré tarde a la reunión con mi cliente. – Me susurra al oído mientras me coloca bajo el caño de la ducha de efecto lluvia. – Si nos damos prisa, me dará tiempo a desayunar contigo después de hacernos los análisis de sangre y antes de ir a la oficina.

Nos damos una ducha rápida, nos vestimos y bajamos al parking para coger el coche de Gonzalo y dirigirnos a la clínica. Se supone que los agentes secretos de Derek nos deben estar protegiendo y, tal y cómo el propio Derek me dijo, ni nos damos cuenta de que están ahí.

Entramos en la clínica y Gonzalo saluda a la recepcionista, que le reconoce inmediatamente y, tras explicarle vagamente el motivo de nuestra visita, nos hace pasar a una pequeña sala donde una enfermera nos saca sangre y después nos dice que podremos pasar a por los resultados en un par de horas. Regresamos a casa y desayunamos juntos antes de que Gonzalo se marche a la oficina. Cuando se despide de mí, le digo antes de que se marche:

–          Gonzalo, me gustaría ver el vídeo de nuevo.

–          Está sobre la mesa de mi despacho, puedes verlo en tu portátil, en mi despacho o en el salón, donde prefieras. – Me dice escudriñándome con la mirada. – No te obsesiones demasiado, puede que ni siquiera le conozcas. – Me besa en los labios y añade antes de irse: – Llámame si necesitas algo, estaré de vuelta a la hora de comer.

Espero a que Gonzalo salga del apartamento y me encierro en la habitación para ocultarme de Adela y llamar a Derek. Le digo que tengo el vídeo y me pide que se lo envíe por e-mail desde una cuenta de correo electrónico nueva. Hago lo que me pide y diez minutos después recibo su llamada:

–          Puede que los dos nos hayamos vuelto locos, pero no creo en las coincidencias. Será mejor que hables con tu novio, os haré una visita a la hora de la cena, así que pon un plato de más en la mesa. Si James Hilton está vivo, tu vida corre peligro.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.