Solo tuya 15.

Solo tuya

“Ámame, bésame, besa mis labios, besa mi pelo, mis deseos, mis ojos, mi cerebro. Hazme olvidar.” Charles Bukowski.

Tardamos pocos minutos en regresar a casa de Gonzalo, a Bruce le gusta conducir rápido y a estas horas de la noche apenas hay tráfico. Gonzalo y yo entramos por la puerta principal del edificio y el portero del turno de noche nos saluda con amabilidad. Le devolvemos el saludo y Gonzalo me guía hasta el ascensor, donde espera a que se cierren las puertas para estrecharme con fuerza entre sus brazos y besarme en los labios apasionadamente. Las puertas del ascensor se abren cuando llegamos al ático y Gonzalo me coge en brazos haciendo que le rodee la cintura con mis piernas y carga conmigo hasta la puerta del apartamento, donde deja que mis pies vuelvan a tocar el suelo mientras saca las llaves de su bolsillo pero sin dejar de besarme.

–          Vas a volverme loco, cariño. – Me susurra al oído con la voz ronca. Me besa en la mejilla con dulzura y añade al mismo tiempo que abre la puerta del apartamento y me hace un gesto para que entre: – Antes de que me vuelvas loco del todo, tenemos que mantener nuestra conversación pendiente. − Le miro haciendo un mohín y Gonzalo me sonríe divertido. – Vamos a la habitación, no vaya a ser que despertemos a Adela.

Sin apenas hacer ruido, cruzamos el primer pasillo hasta el salón y después recorremos el segundo pasillo hasta el final, donde está situada la habitación de Gonzalo. Entramos en la habitación y lo primero que hago es quitarme los zapatos, mis pies necesitan un descanso. Dudo si ponerme o no el pijama y finalmente decido ponérmelo, pero antes le pregunto a Gonzalo:

–          ¿Te importa si me pongo cómoda?

–          Estás en tu casa. – Me responde Gonzalo. Me da un leve beso en los labios y añade en un susurro: – Voy un momento a la cocina a por una botella de agua y un par de vasos, ¿necesitas que te traiga algo?

–          No, gracias. – Le contesto sonriendo tímidamente.

Gonzalo se marcha y yo aprovecho para ponerme mi pijama, por suerte he cogido un conjunto de seda compuesto por una camiseta de finos tirantes y un short holgado, ambas piezas de color fucsia. Me miro al espejo y sonrío como una tonta, pero me siento sexy y elegante al mismo tiempo, nada excesivo pero tampoco anti morbo. Gonzalo regresa un par de minutos más tarde y me dedica una de sus sonrisas macarras al mismo tiempo que me mira con una intensidad que me paraliza.

–          Así vestida no me lo pones nada fácil, cariño. – Me susurra con la voz ronca. Me coge de la mano y se sienta en el sofá de la habitación colocándome sobre su regazo. – Ni siquiera me has dicho qué te ha parecido mi familia.

–          Tienes una familia maravillosa, Gonzalo. – Le aseguro. – La verdad es que tengo que confesar que no me esperaba que fueran tan amables y divertidos, al menos no conmigo que apenas me conocen…

–          Te los has metido a todos en el bolsillo, no podía ser de otra manera. – Me responde estrechándome entre sus brazos, apretándome con fuerza contra su pecho. – Nunca antes había llevado a una chica a casa de mis padres, bueno excepto a Esther, pero ella no cuenta, es como una más de la familia.

–          Me siento mal mintiendo, Gonzalo. Cuando se enteren me van a odiar.

–          No les hemos mentido, hemos dicho la verdad. – Me asegura. – Les hemos confesado que lo del compromiso y los cuatro hijos fueron una broma que se nos fue de las manos y también les hemos dicho que nos estamos conociendo. – Me mira a los ojos y añade con voz firme y seguro de sus palabras: – Me gustas desde la primera vez que te vi en tu despacho, poniendo morritos porque tu padre te había endosado a un nuevo cliente y tú solo querías tomarte unos días de vacaciones para descansar. Al principio pensé que eras un capricho, alguien a quien no podía tener y que suponía un reto, pero las semanas han ido pasando y, además de la atracción que existe entre nosotros, hay muchas otras cosas que tenemos en común. Me gusta estar contigo, me siento cómodo y a gusto. Sé que todo esto está sucediendo muy rápido y puede que sea un poco precipitado, pero quiero estar contigo, Yasmina. Dame una oportunidad para demostrarte lo feliz que puedo llegar a hacerte y lo bien que voy a cuidar de ti.

Le sostengo la mirada incrédula y sin saber qué decir. ¿Acaba de pedirme que seamos una pareja? Apenas hace dos meses que nos conocemos y ni siquiera nos hemos acostado juntos… Aunque tengo que reconocer que he fantaseado con ello todas las noches desde que le conozco y esta noche estaba casi segura de que iba a ocurrir. De hecho, aún lo sigo pensando.

–          ¿No vas a decir nada? – Me pregunta Gonzalo escrutándome con la mirada.

–          No sé qué decir, ni siquiera sé si te he entendido bien. – Le confieso.

–          ¿Te sientes cómoda conmigo? – Me pregunta. Asiento y añade: – ¿Te gusta estar entre mis brazos y que te bese? – Vuelvo a asentir y él me sonríe. – Entonces, lo único que te pido es que te dejes llevar y quizás dentro de veinte años les contaremos a nuestros hijos cómo sus padres decidieron tener cuatro hijos.

–          Entonces, supongo que ya no te queda ninguna excusa para empezar a besarme y después echarte atrás, ¿verdad? – Le reprocho burlonamente. – Tú también me lo pones muy difícil a veces.

Gonzalo se echa a reír a carcajadas y, cuando logra dejar de reír, se levanta del sofá conmigo en brazos y me lleva hasta la enorme cama King size de su habitación.

–          Voy a compensarte por ello, cariño. – Me dice sonriendo divertido.

Se quita la americana, la corbata y los zapatos y se sienta en la cama a mi lado, escrutándome con la mirada.

–          ¿Estás segura de lo que vamos a hacer?

No le contesto. Me limito a sonreírle con picardía y me acerco a él para desabrocharle los botones de su camisa y dejar su pecho al descubierto. Le quito la camisa y Gonzalo se queda desnudo de cintura para arriba. Llevo mis manos hacia el pantalón de Gonzalo, le desabrocho el botón y le bajo la cremallera pero, cuando estoy a punto de llevar mi mano a su entrepierna, se pone en pie y me dedica una sonrisa provocadora al mismo tiempo que se deshace de sus pantalones. Acto seguido, me mira con intensidad y vuelve a sentarse en la cama junto a mí.

–          Ha llegado mi turno. – Me susurra al oído.

Sin hacerse de rogar, Gonzalo me quita la camiseta de tirantes, dejándome completamente desnuda de cintura para arriba, y me tumba en la cama para deshacerse de mis shorts, dejándome tan solo con un diminuto tanga brasileño.

–          Eres preciosa. – Me susurra con la voz ronca.

Me besa en los labios con pasión y desciende con sus labios por mi cuello hasta llegar a mi pecho, donde se entretiene lamiendo, pellizcando y mordiendo mis pezones. Continúa con el recorrido, besa mi ombligo y con sus dedos desliza suavemente el tanga por mis piernas, dejándome completamente desnuda y expuesta a él. Abre mis piernas y besa el centro de mi placer, haciendo que me derrita con el contacto. Se me escapa un gemido de protesta y Gonzalo me pregunta divertido:

–          ¿La señorita Soler está impaciente?

–          Muy impaciente. – Le aseguro provocándole.

Gonzalo suelta una carcajada y me devora la boca con urgencia. Le correspondo y nuestras manos empiezan a acariciar nuestros cuerpos y no tardo más de unos segundos en deshacerme de su bóxer, dejando libre su tremenda erección. Gonzalo me sonríe juguetón, abre mis piernas y se pierde entre ellas para lamer, presionar y succionar mi clítoris, estimulando sin darme tregua y metiendo dos dedos dentro de mí para prepararme para recibirlo. Me arqueo excitada, pero Gonzalo continúa dándome placer hasta que estoy a punto de correrme y tengo que agarrarle de la cabeza y tirar de él hasta colocarlo a mi altura.

–          Te quiero dentro. – Le ordeno.

Gonzalo me besa en los labios y estira su brazo para abrir el cajón de la mesita de noche y sacar un preservativo. Desgarra el envoltorio con los dientes, saca el preservativo y se lo coloca con habilidad y rapidez, es obvio que está más que acostumbrado a hacerlo. Podría detenerlo y decirle que tomo la píldora, pero no le digo nada, al menos no de momento. Gonzalo me besa con ternura y, mirándome a los ojos con intensidad, conduce su miembro en mi entrada y lo empuja hacia mi interior con delicadeza al mismo tiempo que observa y disfruta de cada una de mis reacciones. Con él dentro de mí me siento completamente llena en todos los sentidos.

–          ¿Todo bien, cariño? – Me pregunta preocupado por mí.

–          Todo perfecto. – Le susurro excitada.

Gonzalo empieza a moverse dentro de mí, entra y sale rítmicamente sin dejar de besarme, de acariciar mis pechos y también mi clítoris. Gimo y Gonzalo gruñe, me azota el trasero suavemente y estallo en un orgasmo espectacular que convulsiona mi cuerpo y provoca el orgasmo de Gonzalo, que suelta un gruñido aún más fuerte y se desploma boca arriba a un lado de la cama, llevándome a mí con él y dejándome sobre su pecho. Me abraza con fuerza y, manteniéndome entre sus brazos, sale de mí, restira el preservativo y lo anuda antes de dejarlo en el suelo a un lado de la cama.

–          ¿Estás bien? – Me pregunta de nuevo preocupado.

–          No podría estar mejor. – Le aseguro dándole un beso.

Nos tapa con la sábana y me dice en un susurro:

–          Entonces duerme, cariño. – Me besa en la frente y añade: – Seguiré aquí cuando te despiertes.

Cómoda entre los brazos de Gonzalo y agotada por largo día lleno de acontecimientos que he tenido, no tardo en quedarme dormida.

A la mañana siguiente cuando abro los ojos, me encuentro con la intensa mirada de Gonzalo que me sonríe divertido y, tras darme un escueto beso en los labios, me susurra:

–          Buenos días, cariño. ¿Has dormido bien?

–          Mejor que nunca. – Le confieso escondiendo mi cara entre su cuello y la almohada.

–          Voy a darme una ducha, ¿te apetece venir conmigo?

Asiento con la cabeza y Gonzalo me coge en brazos y me lleva al cuarto de baño. Abre el grifo de la bañera y deja que se llene al mismo tiempo que me estrecha entre sus brazos y me susurra al oído:

–          En la bañera estaremos más cómodos.

Una vez se llena la bañera de agua, Gonzalo me ayuda entrar y acto seguido él hace lo mismo, colocándose detrás de mí y envolviéndome de nuevo con sus brazos. Gonzalo coge el grifo extensible y nos moja la cabeza, después se echa un poco de champú en la mano y me lo extiende por la cabeza dándome un masaje mientras yo me dejo hacer. Cuando termina, coge de nuevo el grifo y me aclara el pelo. Entonces, coge el gel de baño y empieza a enjabonarme el cuerpo con sus manos. Primero el cuello, los brazos y los pechos y después mi abdomen, mis piernas y, cómo no, mi zona más íntima. Me recuesta sobre él de modo que mi espalda quede pegada sobre su pecho, me hace doblar las rodillas y abrir las piernas y lleva su mano derecha a mi entrepierna mientras su mano izquierda acaricia mis pechos y estimula mis pezones. Se me escapa un gemido y Gonzalo me susurra al oído con la voz ronca:

–          Eso es cariño, déjate llevar y disfruta.

Con su dedo corazón presiona y acaricia mi clítoris sin descanso, excitándome y excitándose, pues puedo notar su erección presionando contra el final de mi espalda. Las caricias cada vez son más rápidas e intensas, llevándome a un estado de excitación que no puedo controlar y mi cuerpo empieza a recibir las primeras sacudidas del incipiente orgasmo.

–          Córrete, cariño. Córrete para mí. – Me susurra excitado.

–          No, te quiero dentro. – Protesto.

Gonzalo me coge de la cintura alzándome unos centímetros y coloca su miembro en la entrada de mi vagina antes de hacerme descender de nuevo, al mismo tiempo que me penetra y sin dejar de acariciar mi clítoris. Entra y sale de mí despacio y, cuando ya no aguanto más y estallo en mil pedazos, Gonzalo se deja de llevar y alcanza el clímax al mismo tiempo que yo.

Tras darnos un último aclarado, Gonzalo y yo salimos de la bañera y nos secamos con las esponjosas toallas que Adela ha dejado perfectamente colocadas sobre el mueble de baldas.

–          Voy a vestirme, sécate el pelo y vístete y ven a desayunar a la cocina cuando termines, te estaré esperando. – Me dice Gonzalo antes de besarme y salir del cuarto de baño.

Me quedo en el baño secándome el pelo y, media hora más tarde, me asomo por la cocina ya peinada y vestida.

–          Buenos días, señorita Soler. – Me saluda Adela con una amplia sonrisa en el rostro.

–          Buenos días, Adela. – Le devuelvo el saludo y la sonrisa. – Y por favor, llámame Yasmina o Yas.

–          Ven aquí, preciosa. – Me dice Gonzalo agarrándome de la mano tirando de mí y sentándome sobre su regazo. – Acaba de llamar tu padre, al parecer se te olvidó devolverle la llamada a tu amiga Lorena y está muy preocupada.

–          ¡Oh, le dije que la llamaría ayer por la tarde! – Caigo en la cuenta. – Apagué mi teléfono y le dije que compraría una nueva tarjeta y la llamaría para explicarle todo lo que había ocurrido, al igual que todo el mundo ella también vio la prensa y la televisión ayer.

–          No te preocupes, le he dicho a tu padre que le dijera a Lorena que la llamarías en un rato, pero primero desayunas. – Me ordena Gonzalo.

Le obedezco sin rechistar, su tono autoritario no da opción a réplica. Adela nos sonríe con complicidad y se marcha de la cocina alegando que va a arreglar nuestra habitación.

Cuando acabamos de desayunar, Gonzalo me presta su móvil para que llame a mi padre y a Lorena pero, antes de llamar a nadie, le pregunto:

–          ¿Puedo ir a mi ático y reunirme allí con las chicas? Querrán verme y no dejarán de insistir hasta que comprueben con sus propios ojos que estoy bien.

–          Queda con ellas aquí, nadie os molestará y yo aprovecharé su visita para escaparme a la oficina y recoger algunos informes. – Me sugiere Gonzalo.

–          No quiero molestar, Gonzalo.

–          Cariño, tú nunca molestas y te recuerdo que estás en tu propia casa. – Me dice estrechándome entre sus brazos. Me besa en los labios y añade: – Acuérdate de llamar a tu padre, no quiero que piense que yo te lo estoy impidiendo. Ven a buscarme al despacho cuando hayas terminado.

Gonzalo sale de la cocina y yo decido llamar primero a mi padre, con él la conversación será más fácil y breve.

–          ¿Diga? – Responde al teléfono mi padre nada más descolgar.

–          Hola papá.

–          Hola, cielo. ¿Cómo estás? ¿Has hablado ya con Lorena? – Me pregunta preocupado.

–          Estoy bien, papá. – Le aseguro. – Todavía no he llamado a Lorena, pensaba hacerlo en cuanto terminara de hablar contigo. ¿Va todo bien por la oficina?

–          Sí, además Rubén me está echando una mano.

–          ¿Rubén ha regresado a la oficina? – Pregunto sorprendida.

–          Te vio en la televisión y me llamó, cuando le dije que te habías tomado unas vacaciones él decidió posponer su excedencia hasta que tú regresaras. – Me responde. – ¿Quieres contarme qué es lo que ha pasado entre vosotros para llegar a ese extremo?

–          No me apetece hablar de ello, papá. – Le contesto con un hilo de voz.

–          Entonces, me arriesgaré y sacaré mis propias conclusiones.

–          ¿Y cuáles son tus conclusiones? – Le pregunto divertida.

–          Gonzalo Cortés es mi conclusión. No soy idiota y me doy cuenta de lo que pasa a mi alrededor, Yas. – Me responde. – A Rubén le gustas desde hace tiempo, aunque él ni siquiera se diera cuenta de ello hasta hace bien poco. Y también sé que él a ti no te interesa como algo más que un compañero o un amigo, igual que sé que el que te interesa como algo más que un cliente es Gonzalo Cortés.

–          ¿Eso te parece mal? – Le pregunto tanteando el terreno.

–          Si te hace feliz, a mí me parece perfecto, cielo. – Me asegura mi padre. – Es cierto que Gonzalo Cortés tiene reputación de mujeriego, pero nunca se ha dejado ver con ninguna de esas chicas en público y mucho menos las ha metido en su casa ni las ha llevado a casa de sus padres. ¿Vais en serio?

–          Nos estamos conociendo, papá. – Le respondo resoplando. – No sé qué va a pasar, solo sé que me siento a gusto y segura con él, me trata como a una princesa y me respeta.

–          Solo quiero que seas feliz, ya sabes que siempre voy a estar de tu parte. – Me dice con ternura. – Llámame cuando tengas el número de teléfono nuevo.

–          Lo haré. – Le aseguro. – Te quiero, papá.

–          Yo también te quiero, cielo. – Me dice antes de colgar.

Decido tomarme un respiro antes de llamar a Lorena, no sé si estoy preparada para responder a todas las preguntas que me va a hacer. Cuando por fin me armo de valor, marco el número de Lorena y me responde al segundo tono:

–          ¿Sí?

–          Lore, soy Yas. – Le digo.

–          ¡Por fin! ¿Se puede saber dónde andas metida? Tu padre me ha dicho que no me preocupara, que Cortés estaba contigo. ¿Es que acaso ya es oficial? Como sea cierto todo lo que la prensa dice y tú no nos haya contado nada…

–          Relájate o te dará un infarto. – La interrumpo. – Escucha, es una larga historia y no quiero repetirla tres veces. Llama a Rocío y Paula, queda con ellas y nos vemos esta tarde en el apartamento de Gonzalo.

–          ¿Estarás bajo arresto domiciliario? – Se mofa Lorena.

–          Nadie nos molestará y Gonzalo me ha dicho que aprovechará vuestra visita para ir a la oficina, tendremos intimidad.

–          De acuerdo, ¿a qué hora vamos y dónde tenemos que ir?

–          A las cuatro de la tarde, te enviaré la dirección por mensaje desde mi nuevo teléfono o, si no consigo un nuevo teléfono, te avisaré desde el teléfono móvil de Gonzalo.

–          Dime una cosa, ¿te lo has tirado ya?

–          Eso no es asunto tuyo. – Le contesto a la defensiva.

–          Eso es un sí como una casa.

–          A las cuatro, no lleguéis tarde. – Le digo antes de colgar.

Llevo varios días desconectada de mis amigas, no sé cómo le va a Lorena con Erik, su jefe alemán; ni a Paula con Mario, el hermano de Lorena; ni tampoco sé cómo lo lleva Rocío en su nuevo piso. Durante los últimos días he tenido demasiadas cosas en las que pensar y las he descuidado un poco, así que esta tarde es hora de dar la cara y poner las cartas sobre la mesa.

Me dirijo al despacho de Gonzalo y, al encontrarme la puerta cerrada, golpeo suavemente la puerta y espero a que me dé permiso para entrar.

–          Adelante.

–          ¿Se puede? – Le pregunto asomando la cabeza.

–          Por supuesto, preciosa. ¿Has llamado ya a tu padre y a tu amiga?

–          Sí, he quedado con las chicas a las cuatro de la tarde.

–          ¿Tienes ganas de estar con ellas? – Me pregunta sonriendo.

–          Sí, en los últimos días apenas las he visto o hablado con ellas. Por cierto, necesito salir a comprar una tarjeta con un nuevo número.

–          Ya me he encargado de eso, Bruce está de camino con tu tarjeta nueva. – Me responde satisfecho. – ¿Necesitas algo más?

–          No, por el momento no necesito nada. – Le contesto llegando hasta a él y Gonzalo me agarra de la cintura y me sienta sobre su regazo.

–          Cariño, tengo que decirte algo. – Me confiesa susurrando.

–          Y no me va a gustar. – Adivino con desgana.

–          Bruce ha ido a la floristería desde donde te envían las orquídeas, el problema es que la persona que las envía paga siempre en metálico, pero Bruce ha conseguido que le presten una de las cintas de vídeo en la que aparece, puede que si le ves lo reconozcas.

–          ¿Eso es todo?

–          Por el momento no tenemos nada más.

–          No me refiero a eso, me refiero a si tienes algo más que decirme.

–          No voy a ocultarte nada, cariño. – Me asegura Gonzalo. Alguien llama al timbre del apartamento y añade: – Ahí está Bruce.

Nos ponemos en pie y salimos del despacho. Gonzalo se dirige hacia a la puerta de entrada para recibir a Bruce y yo les espero en el salón, tratando de asimilar que posiblemente ahora pueda descubrir quién es la persona que me envía las orquídeas y las fotos en las que aparezco con Gonzalo. Ambos aparecen en el salón un minuto más tarde y se sientan en los sofás, Gonzalo a mi lado y Bruce en frente.

–          Cariño, Bruce ha traído el vídeo de seguridad de la floristería, ¿te parece bien que lo veamos ahora? – Me pregunta Gonzalo algo preocupado.

–          Sí, cuanto antes lo sepamos, mejor. – Le confirmo.

Gonzalo le hace un gesto con la cabeza a Bruce y Bruce coloca un CD en el DVD y lo conecta en la televisión.

–          Según el propietario de la floristería, el tipo al que buscamos es el primer cliente del día, así que será el primer cliente en aparecer en el vídeo. – Comenta Bruce.

Presto atención al televisor, esperando que aparezca el primer cliente y cruzando los dedos mentalmente para que pueda reconocerlo y terminar por fin con todo esto, pues la actitud tan seria y preocupada de Gonzalo empieza a asustarme bastante.

El primer cliente aparece en pantalla y le dedico toda mi atención. Lleva puesta una gorra y gafas de sol y evita mirar hacia el lado donde está la cámara de vigilancia, por lo que apenas se le ve el lado derecho de la cara, pero no me hace falta ver más para reconocerlo, su nariz aguileña y su amplio mentón son suficiente para saber de quién se trata.

–          ¿Le reconoces?

Sí, le reconozco, pero si se lo digo a Gonzalo creerá que estoy loca. ¿Quién se creería que el supuesto hombre que me acosa está muerto? Finjo que continúo concentrada en tratar de reconocer al tipo del vídeo y, finalmente, les digo con total naturalidad:

–          No se le ve bien, es como si supiera que la cámara está ahí grabándole y quisiera esconderse. – Suspiro tratando de tranquilizarme y añado: – Además, con esa gorra y las gafas de sol apenas se le ve el pómulo derecho y el perfil de su nariz aguileña.

–          Piensa, cariño. – Me dice Gonzalo con voz calmada. – Aunque esté de perfil, se pueden apreciar muchos de sus rasgos.

–          Si lo conociera, lo hubiera reconocido ya. – Sentencia Bruce. – Puede que el objetivo sea ella, pero puede que no sea la razón.

–          ¿A qué te refieres? – Le pregunto sorprendida.

–          ¿Cuándo recibiste el primer ramo de orquídeas? – Me pregunta Bruce. – ¿Fue justo cuando conociste a Gonzalo?

–          Pues sí, creo que sí. – Le respondo encogiéndome de hombros.

–          Entonces, es posible que yo sea la causa. – Me dice Gonzalo apretando y tensando la mandíbula.

–          Y, si es así, lo mejor sería que te alejarás de Gonzalo. – Me dice Bruce sin anestesia.

–          Bruce, te veré esta tarde en la oficina y ya hablaremos entonces. – Le dice Gonzalo con tono severo y Bruce se marcha meneando la cabeza de un lado a otro. – No pienso separarme de ti, Yasmina. – Me dice estrechándome entre sus brazos. – Te prometo que voy a cuidar de ti, cariño.

Escucho sus palabras y me vengo abajo, no puedo dejar que piense que todo esto es por su culpa cuando sé que no es así. No puedo mentirle ni ocultarle todo lo que sé, pero no sé cómo hacerlo sin que todo parezca una locura, así que me acobardo.

–          Yo tampoco quiero separarme de ti. – Le digo aguantando las ganas de llorar, me siento mal por mentirle y temo que no sepa perdonármelo.

–          Me alegro de escucharte decir eso. – Me dice sonriendo y me besa en los labios. – Bruce ha traído tu nueva tarjeta de teléfono y ya puedes utilizarla. – Me besa de nuevo en los labios y añade: – No sé cómo, pero averiguaremos de quién se trata.

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