Solo tuya 14.

Solo tuya

“Confía en lo que sientes más que en lo que piensas.”  Deepak Chopra.

Entramos en el parking del lujoso edificio de apartamentos donde vive Gonzalo y aparca en su plaza. Gonzalo me dedica una inocente sonrisa y se encarga de sacar mis maletas del maletero antes de dirigirnos al ascensor. Tengo que reconocer que estoy muy nerviosa, sé de sobras que Gonzalo no es de los que lleva a sus ligues a casa y eso, a la vez que me emociona, también me preocupa.

Entramos en el ascensor y Gonzalo, percatándose de mi estado de nervios, me dedica una sonrisa tranquilizadora y me dice con ternura:

–          Quiero que te sientas como en tu propia casa y, si hay algo con lo que no te sientas cómoda, te ruego que me lo digas, estoy seguro de que lo podremos solucionar.

–          ¿Por qué haces esto?

–          ¿Hay alguna razón para que no deba hacerlo? – Me pregunta mirándome a los ojos y frunciendo el ceño, como si quisiera leer mi mente.

–          Soy un desastre, todo me sale mal. – Le confieso. – A estas alturas ya deberías haberte dado cuenta, ¡he puesto tu vida patas arriba! – Resoplo y añado haciendo un mohín: – Y aun y así, todavía te quedan ganas de lidiar con mi padre, dejar que invada tu casa y protegerme.

–          En primer lugar, no eres ningún desastre. – Me dice muy serio. Las puertas del ascensor se abren, Gonzalo coge las maletas y añade guiñándome un ojo: – Y ya te he dicho que quiero que te sientas como en tu propia casa, así que eso no cuenta.

Gonzalo saca las llaves de su bolsillo y abre la puerta de su apartamento. Entramos en el amplio hall, Gonzalo deja a un lado las maletas y me coge de la mano al mismo tiempo que me dice guiándome por el largo pasillo:

–          Ven, te voy a presentar a Adela y te voy a enseñar el apartamento.

–          ¿Quién es Adela? – Pregunto con curiosidad.

–          Adela ha sido la asistenta en casa de mis padres desde que era niño y, cuando me mudé a este apartamento, ella me acompañó. – Me responde sonriendo.

Entramos en la cocina y Gonzalo saluda dándole un abrazo a la mujer que cocina mientras escucha la radio y quien me imagino debe ser Adela. La mujer se percata de mi presencia y no puede ocultar la sorpresa en su rostro, estoy segura de que no me esperaba.

–          Adela, quiero presentarte a la señorita Yasmina Soler. – Le dice Gonzalo regresando a mi lado y colocando su brazo alrededor de mi cintura.

–          Un placer conocerla, señorita Soler. – Me saluda Adela. Es una mujer que supura dulzura y amabilidad por todas partes y me gusta nada más verla. – Y felicidades a ambos por el compromiso. – Se vuelve hacia Gonzalo y añade con ligero tono de reproche: – Pero no me ha gustado nada enterarme por la televisión, Gonzalo.

–          No era así como queríamos que todos os enteraseis, pero ya sabes cómo es la prensa con estos asuntos. – Le responde Gonzalo encogiéndose de hombros. – Voy a enseñarle el apartamento a Yasmina y a ayudarla a que se instale, avísame cuando lleguen Roberto y Bruce.

Adela nos dedica una dulce sonrisa y Gonzalo, sin dejar de agarrarme por la cintura, me enseña su apartamento. La habitación de Adela está junto al hall de entrada, después un largo pasillo conduce hasta la cocina, el comedor y el salón, respectivamente. Desde el salón se accedía a otro pasillo donde había un aseo, dos habitaciones de invitados con baño propio, el despacho de Gonzalo y su habitación, también con baño propio.

–          El apartamento no es muy grande, pero espero que podamos instalarnos en la nueva casa a finales de esta misma semana. – Me dice Gonzalo cuando finaliza en su habitación la visita guiada de su apartamento.

–          ¿Y cuál va a ser mi habitación?

–          Esta. – Me contesta con firmeza. Me quedo sin habla y Gonzalo añade sonriendo divertido: – Se supone que estamos prometidos, sería sospechoso que descubrieran que dormimos en habitaciones distintas. Pero no te preocupes, yo dormiré en el sofá.

–          Gonzalo, no creo que sea…

–          Deja de pensar en mí como en un cliente, Yasmina. – Me interrumpe Gonzalo. – Ahora también somos amigos, estamos en esto juntos y me gustaría pensar que confías en mí.

–          Voy a seguir dándote problemas, Gonzalo.

–          Me gusta el riesgo. – Me dice bromeando. Se acerca para abrazarme y yo me dejo envolver por sus brazos. – Además, le he prometido a tu padre que iba a cuidar de ti y yo siempre cumplo mis promesas.

Gonzalo me mira a los ojos y acerca sus labios a los míos pero, cuando estamos a punto de besarnos, Adela asoma la cabeza por la puerta de la habitación y nos dice:

–          ¡Qué bonita pareja hacéis! – Nos sonríe con ternura y añade – Bruce y Roberto acaban de llegar.

–          Gracias Adela, ahora mismo vamos. – Le responde. Gonzalo espera a que Adela desaparezca y me dice: – Tenemos que hablar de cómo llevar el asunto ante la prensa, no podemos decir que no estamos prometidos y que todo era una broma, hemos engañado a mucha gente y no se lo tomarían bien. Creo que lo mejor sería enviar un comunicado a la prensa pidiendo que respeten nuestra intimidad y privacidad y esperar a que se les olvide todo este asunto. Cuando pase un tiempo y todo el mundo se haya olvidado, todo volverá a la normalidad. – Me asegura Gonzalo. – Lo que verdaderamente me preocupa es el tipo que te envía las orquídeas, las fotos y las malditas notas. Hasta que ese asunto se resuelva, no quiero que vayas sola a ninguna parte y te quedarás conmigo. Hasta que no sepamos quién es y hasta a dónde puede llegar, no pienso correr ningún riesgo.

–          Creía que el riesgo te gustaba. – Le replico burlonamente.

–          Me gusta el riesgo, pero jamás te arriesgaré a ti, Yasmina. – Sentencia. Me da un beso en la mejilla y añade más relajado: – Vamos, Bruce y Roberto nos están esperando.

Sigo a Gonzalo hasta el salón, donde Bruce y Roberto nos esperan sentados en uno de los sofás con cara de pocos amigos. Ambos me dedican una tímida sonrisa cuando me ven, pero eso solo hace que me ponga más nerviosa.

–          Algo no va bien, ¿verdad? – Le pregunto susurrando a Gonzalo.

–          No te preocupes, todo va a ir bien. – Me asegura Gonzalo cogiéndome de la mano y tirando de mí hacia el centro del salón. Con la mano que le queda libre saluda a Roberto y Bruce y todos nos sentamos en los sofás. – Bueno, lo mejor será que vayamos por partes. – Sugiere Gonzalo. – Tenemos dos problemas: la prensa y el tipo que le envía las orquídeas a Yasmina, que además de flores ahora también envía fotos y notas con amenazas. El tema de la prensa es lo que menos me preocupa, podemos calmarlo enviando un comunicado pidiendo intimidad y privacidad. Lo que de verdad me preocupa es no saber quién es ese tipo y qué es lo que quiere.

–          Lo que quiere es bastante obvio. – Opina Roberto.

Gonzalo lo fulmina con la mirada y puedo notar como su mandíbula se tensa y aprieta con fuerza sus puños. Por suerte, Bruce decide intervenir antes de que lo haga Gonzalo:

–          Te guste o no, Roberto tiene razón. – Me mira y añade: – No sabemos quién es ni qué es capaz de hacer, tampoco sabemos cómo ha conseguido saber dónde estabais y haceros todas esas fotos, pero lo que sí sabemos es que te quiere para él y para ello te tiene que conocer y, por lo tanto, tú también debes conocerlo a él.

–          ¿A dónde quieres llegar, Bruce? – Le pregunta Gonzalo malhumorado.

–          Puede que el comunicado calme a la prensa, pero lo mejor es que todo el mundo sepa que estáis prometidos y que lleváis una vida feliz, y para ello deberéis de acudir a algunos eventos sociales. – Comenta Bruce. – La idea es que os vean como a una pareja y así sea más difícil acceder a Yasmina. Por otra parte, hasta que no sepamos de quién se trata, ella deberá tener protección.

–          ¿Acaso quieres usarnos como cebo para averiguar quién es? – Pregunta Gonzalo con desaprobación.

–          Bruce tiene razón, si nos dejamos ver en público confirmando nuestra relación puede que deje de interesarle o que se enfurezca y cometa algún error que lo delate. – Opino. – No podemos escondernos y esperar a que todo se resuelva solo.

–          Yo opino lo mismo que ellos, Gonzalo. – Nos secunda Roberto.

–          Está bien, de acuerdo. – Cede finalmente Gonzalo.

–          También sería conveniente que hicieras una lista con los nombres de todas las personas de las que puedas sospechar. – Me dice Bruce. – Incluye también a todos tus exnovios, amigos con derecho a roce y amigos que pudieran pretender ser algo más, les investigaremos a todos.

–          Ya tendremos tiempo de hacer esa lista, por hoy ya ha tenido bastante y el día aún no ha terminado. – Sentencia Gonzalo. – Mantenedme informado de todo en todo momento.

Bruce y Roberto muestran su conformidad asintiendo con la cabeza, se ponen en pie y se despiden antes de marcharse. Suspiro profunda y sonoramente y Gonzalo me coge de la cintura y me estrecha entre sus brazos. Sé que hay algo que le preocupa y que trata de ocultarme, pero no me atrevo a preguntar por si no me gusta la respuesta, creo que prefiero no saberlo.

Permanecemos abrazados el uno al otro durante unos minutos hasta que Adela nos dice que la comida ya está preparada. Pasamos al comedor y Adela nos sirve la comida, pero ella no se sienta a la mesa con nosotros a pesar de la insistencia de Gonzalo.

Después de comer, Gonzalo me acompaña a la habitación y me dice que descanse un poco antes de ir a cenar a casa de sus padres.

–          Estoy demasiado nerviosa como para echarme una siesta. – Protesto haciendo un mohín.

–          Pues túmbate en la cama y algo descansarás aunque no duermas.

–          No quiero quedarme sola, Gonzalo. – Le confieso con un hilo de voz.

–          No pienso moverme de aquí, Yasmina. – Me asegura. – Si quieres, podemos hablar.

–          ¿De qué quieres hablar?

–          ¿Has vuelto a saber algo de Isaac? Si mal no recuerdo, creo que tenías que darle una respuesta en dos meses y esos dos meses ya han pasado. – Me pregunta escudriñándome con la mirada.

–          Ha venido a verme a casa esta mañana, antes de ir a la oficina. – Le respondo sosteniéndole la mirada y tratando de evaluar su reacción, pero su rostro es indescifrable y tampoco dice nada. – Un compañero de trabajo de Isaac me vio en la gala de la exposición, así que simplemente me ha deseado suerte y que sea feliz.

–          ¿No le has desmentido que estamos juntos? – Me pregunta ligeramente sorprendido.

–          No hubiera servido de nada, la decisión estaba tomada desde hacía ya tiempo, lo mejor era zanjar el asunto cuanto antes y que cada uno siguiera con su vida. – Le contesto encogiéndome de hombros.

–          Me alegro, soy un hombre prometido y muy celoso. – Bromea divertido. Me besa en la mejilla y añade: – ¿Tienes algún otro pretendiente del que deba estar informado?

–          También está Rubén, pero ya hemos hablado del tema y él ha decidido coger una excedencia en el trabajo para cambiar de aires y centrarse. – Le confieso. – Pero él jamás haría algo así, de eso estoy segura.

–          ¿Qué me dices de Max Thorme? ¿Le ves capaz a él?

–          No conozco a Thorme tan bien como a Rubén o Isaac, pero la verdad es que tampoco me lo imagino enviando flores. – Le contesto. – Además, nunca he hablado con Thorme sobre flores y mucho menos sobre mis flores favoritas.

–          Conmigo sí que hablaste de tus flores favoritas y acabas de volver a hacerlo. – Bromea con tono juguetón.

–          Eso es porque tú eres mi prometido y el futuro padre de mis cuatro hijos, más te vale saber cuáles son mis flores favoritas. – Le sigo la broma.

Gonzalo se tumba a mi lado en la cama y me abraza estrechándome contra su cuerpo mientras ambos continuamos bromeando acerca de nuestra nueva y peculiar relación. Estar envuelta por los brazos de Gonzalo me relaja y hace que me olvide de todas mis preocupaciones, tanto que me dejo arrastrar al reino de Morfeo.

Cuando me despierto, me encuentro con la amplia sonrisa de Gonzalo que me mira divertido y que continúa envolviéndome con sus brazos.

–          ¿Has dormido bien?

–          Demasiado bien. – Le confieso ruborizada. – ¿Tú has podido dormir un poco?

–          He dado un par de cabezadas. – Me responde sonriendo. Me da un beso en la frente y añade incorporándose en la cama – Voy a darme una ducha, pero tú puedes quedarte un rato más en la cama si quieres, aún quedan un par de horas antes de irnos a casa de mis padres.

–          ¿Crees que está bien lo que estamos haciendo? – Me oigo preguntar.

–          Yasmina, no quiero que hagas nada que no quieras hacer o de lo que no estés segura, ¿entendido? – Me dice mirándome a los ojos. – Será mejor que no vayamos a cenar, mañana por la mañana me acercaré a verles y les aclararé todo, ¿de acuerdo?

–          No. – Le digo con rotundidad. – Quiero ir contigo a cenar a casa de tus padres, somos un equipo, ¿no?

–          ¡Esa es mi chica! – Me dice de buen humor. Me estrecha entre sus brazos de nuevo y, tras dudarlo un instante, finalmente me besa en los labios. – Todos te van a adorar en cuanto te conozcan.

Sonrío como una idiota mientras veo a Gonzalo caminar hacia el cuarto de baño para darse una ducha. Por alguna extraña razón, estoy feliz pese a tener mil y un problemas por resolver y todo es gracias a Gonzalo. Da igual lo difícil y desagradable que sea la situación, con el me siento segura y feliz.

Dos horas más tarde, Bruce nos lleva en su todoterreno a casa de los padres de Gonzalo, que viven a las afueras de la ciudad. Tratando de que desaparecieran mis nervios, Gonzalo me ha hablado de su familia. Al parecer, los lunes por la noche hay cena familiar en casa de los Cortés y Gonzalo se ha saltados las tres últimas cenas, motivo por el cual no podía decirle a su madre que iba a faltar una semana más a la cena familiar. Los padres de Gonzalo son médicos y trabajan en su propia clínica, la Clínica Cortés. A ambos les encanta su trabajo. Vicente, el padre de Gonzalo, es neurocirujano y Marta, la madre de Gonzalo, es ginecóloga. También estarán allí Pablo y Claudia, los hermanos de Gonzalo de los que ya me había hablado anteriormente. Tengo que reconocer que me sorprende que ninguno de los tres hijos que tienen hayan seguido sus pasos en la medicina, pero no digo nada, me limito a escuchar y tratar de memorizar todo lo que me dice para estar más preparada cuando los conozca.

Bruce toma la salida de la autopista y empiezo a tensarme, ya casi hemos llegado y estoy muy nerviosa. Gonzalo se percata, me coge la mano y me la aprieta al mismo tiempo que me susurra al oído:

–          Relájate, todo va a ir bien y no me voy a separar de ti ni un segundo.

–          No puedo relajarme, Gonzalo. – Le digo con un hilo de voz, cada vez más nerviosa y asustada. – ¿Qué les voy a decir cuándo me pregunten cómo y dónde nos conocimos o cuándo quieran saber cuánto tiempo llevamos juntos?

–          Lo mejor es decir la verdad, así no nos olvidaremos de nada.

–          ¿La verdad?

–          Diremos que nos conocimos cuando fui a tu oficina, que coincidimos fuera del trabajo en alguna que otra ocasión y nos hicimos amigos y algo más. – Me sugiere. – Les diremos que nos estamos conociendo y que todo lo del compromiso y los cuatro hijos es una broma que se nos fue de las manos en la gala y ha trascendido a la prensa.

–          Gonzalo, prefiero que no les digas nada sobre el otro asunto… – Le pido evitando mirarle a los ojos.

–          No les diremos nada, no te preocupes. – Me estrecha entre sus brazos y me besa en la mejilla. Le devuelvo el beso, pero le beso en los labios y él, que no se lo esperaba para nada, me dice sonriendo divertido: – Cariño, será mejor que no juegues conmigo porque soy capaz de encerrarme contigo en mi antigua habitación de casa de mis padres y antes tenemos que hablar, tenemos una conversación pendiente. – Gonzalo me estrecha con fuerza contra su cuerpo y, cuando el coche se detiene, me susurra al oído con la voz ronca: – Ya hemos llegado, preciosa.

Bajamos del coche y me encuentro frente a una hermosa casa de estilo victoriano. La puerta principal se abre y aparece una pareja, quienes supongo serán los padres de Gonzalo. Nada más abrirse la puerta de entrada, Gonzalo me rodea con su brazo por la cintura y me susurra al oído con dulzura:

–          Si en algún momento no te sientes cómoda y quieres marcharte, solo tienes que decírmelo y nos marcharemos, ¿de acuerdo?

–          Deja de decirme eso si no quieres asustarme. – Le ruego haciendo un mohín mientras subimos las escaleras que conducen al porche donde sus padres nos esperan con una amplia sonrisa en sus caras. – Papá, mamá, os presento a Yasmina Soler. – Se vuelve hacia a mí y añade dedicándome una sonrisa cómplice: – Cariño, ellos son mis padres, Vicente y Marta.

–          Encantada de conocerles. – Les saludo tímidamente.

–          ¡El gusto es nuestro, querida! – Me dice Marta dándome un cariñoso abrazo. – A estas alturas ya habíamos perdido la esperanza de que Gonzalo nos hiciera abuelos y ahora nos enteramos de que está prometido y piensa tener cuatro hijos.

–          Marta, vas a asustar a la muchacha. – Le dice Vicente a su esposa. Me dedica una sonrisa cómplice idéntica a la de su hijo y me saluda dándome un par de besos en la mejilla antes de añadir: – Hacéis una bonita pareja.

–          Gracias. – Contesto ruborizada.

Gonzalo me rodea con sus brazos desde mi espalda y abrazados como una verdadera pareja entramos en casa de sus padres. Marta nos hace pasar al salón mientras ella se excusa para ir a la cocina y pedir que nos sirvan algo de beber. Sin soltarme, Gonzalo me lleva hasta el enorme sofá con forma de U en el salón y nos sentamos uno al lado del otro. Por supuesto, Gonzalo no me suelta y continúa con su brazo alrededor de mi cintura.

–          Tus hermanos aún no han llegado, pero no creo que tarden mucho. – Le dice Vicente a su hijo Gonzalo. – ¿Tienes hermanos, Yasmina?

–          No, soy hija única. – Le respondo. – Aunque tengo que reconocer que me hubiera encantado tener hermanos.

–          Supongo que por eso queréis tener cuatro hijos. – Comenta Marta entrando en el salón y sentándose junto a su marido. – Yo estoy como loca por ser abuela.

–          Precisamente de eso queríamos hablaros. – Aprovecha la oportunidad Gonzalo ya que han sacado el tema.

–          ¿Estás embarazada? – Me pregunta Marta ilusionada.

–          No, mamá. – La corta Gonzalo antes de que diga nada más y les aclara con gesto bastante serio: – Yasmina no está embarazada y, por el momento, no nos hemos planteado la posibilidad de tener hijos. Y tampoco estamos prometidos.

–          Entonces, ¿por qué aparecéis en la prensa de medio mundo? – Nos pregunta Vicente ligeramente molesto.

–          Al principio todo empezó como un malentendido. – Me oigo decir. – Nos preguntaron si estábamos casados y respondimos que todavía no, así que dedujeron que estábamos prometidos. Después nos preguntaron si pensábamos tener hijos y bromeamos diciendo que queríamos cuatro hijos, pero al parecer se lo tomaron al pie de la letra…

–          Entonces, ¿no vais hacerme abuela? – Nos pregunta Marta haciendo un mohín.

–          Nos estamos conociendo, mamá. – Le dice Gonzalo mientras acaricia mi espalda para tratar de calmarme. – Si viniera un bebé sería bien recibido, pero queremos esperar un tiempo.

Por suerte, los hermanos de Gonzalo entran en el salón riendo, así que por el momento todos se olvidan del tema y saludan a los recién llegados. Nos ponemos en pie y Gonzalo aprovecha para susurrarme al oído:

–          Lo peor ya ha pasado y ha ido bastante bien, pero si quieres marcharte…

–          Estoy bien, deja de preocuparte por todo y relájate un poco. – Le susurro.

Gonzalo me mira con intensidad, me estrecha entre sus brazos y me da un discreto beso en los labios antes de saludar y presentarme a sus hermanos:

–          Cariño, ellos son mis hermanos, Pablo y Claudia. – Se vuelve hacia a sus hermanos y añade agarrándome por la cintura con posesión: – Ella es Yasmina.

–          Encantada. – Les saludo alegremente a ambos dándoles un par de besos en la mejilla.

–          Igualmente, Yasmina. – Me saluda Claudia.

–          Es todo un placer, Yasmina. – Me saluda Pablo con tono seductor. Se vuelve hacia a Gonzalo y le dice burlonamente – Tranquilo hermanito, nadie va a quitártela.

–          Chicos, tengamos la fiesta en paz. – Les regaña Marta.

Marta nos hace pasar al comedor, nos sentamos a la mesa y dos asistentas nos sirven la cena. Disfruto observando cómo bromean los hermanos mientras cenamos, cómo Marta les llama la atención a sus hijos constantemente y cómo Vicente sonríe divertido, disfrutando de la escena tanto como yo. Sin duda alguna, son una familia dulce, cariñosa y unida.

Claudia y yo tenemos la misma edad, así que encontramos rápidamente un tema de conversación y conectamos enseguida. La familia de Gonzalo me trata con amabilidad y me hacen sentir como una más de la familia.

–          ¿Todo bien, cariño? – Me pregunta Gonzalo cuando terminamos de cenar.

–          Todo perfecto. – Le confirmo sonriendo con complicidad, un poco achispada por el vino que he bebido durante la cena.

Pasamos de nuevo al salón, donde Vicente se empeña en que nos tomemos una copa antes de marcharnos y Marta me enseña álbumes de fotos de cuando Gonzalo era pequeño y todos nos reímos viendo esas fotografías y escuchando las anécdotas que Marta y Vicente nos relatan.

A medianoche, Gonzalo decide que ya es hora de irnos y nos despedimos de su familia:

–          Muchísimas gracias por invitarme a cenar, me lo he pasado genial. – Les digo con total sinceridad a los padres de Gonzalo mientras me despido de ellos con un abrazo.

–          Gracias a ti por venir y espero que regreses pronto. – Me dice Marta.

–          Nos ha encantado conocerte, Yasmina. – Se despide Vicente. – Eres una chica adorable.

–          Mi padre tiene razón, por eso no entiendo cómo soportas a Gonzalo. – Bromea Pablo dándome un abrazo más largo de lo que debería solo para fastidiar a su hermano, que cae en la trampa y rápidamente me envuelve la cintura con sus brazos y me estrecha con fuerza contra su cuerpo. – Tranquilo hermanito, nadie te la va a quitar.

–          ¿Es que nunca os vais a comportar como dos personas normales? – Les reprocha Claudia rodando los ojos. – No les hagas ni caso, Yasmina, se pasan la vida así desde que tengo uso de razón. – Me da un abrazo y añade: – Me ha encantado conocerte y espero volver a verte pronto.

Terminamos de despedirnos de la familia de Gonzalo y, cuando salimos al porche, Bruce ya nos está esperando en su todoterreno al pie de las escaleras. No sé si Gonzalo lo avisa para que nos recoja sin que yo lo vea o si Bruce tiene una especie de don para saber el momento exacto en el que tiene que aparecer, pero el caso es que siempre está listo cuando Gonzalo lo necesita.

Nos subimos en los asientos traseros del todoterreno y Gonzalo me estrecha entre sus brazos y me besa apasionadamente en los labios.

–          Vamos a casa, tenemos una conversación pendiente. – Me susurra al oído con la voz ronca.

Bruce arranca el motor del coche y nos incorporamos a la autopista un par de minutos después. Gonzalo me mantiene entre sus brazos durante todo lo que dura el trayecto y yo me dejo abrazar, me gusta estar junto a él.

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