Solo tuya 13.

“No podemos resolver problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos,” Albert Einstein.

El lunes me despierto a las siete de la mañana cuando alguien no deja de llamar al timbre. Me tapo la cabeza con la manta e intento ignorarlo, pero después de diez minutos insistiendo, decido levantarme e ir a abrir. Por el video portero veo a Isaac y me sorprendo. ¿Qué está haciendo aquí y a estas horas? Le abro la puerta del rellano y voy al baño para lavarme la cara y peinarme un poco antes de que Isaac llegue. Cuando abro la puerta del rellano me encuentro a Isaac saliendo del ascensor y tiene cara de pocos amigos. Han pasado dos meses desde la última vez que nos vimos y desde entonces he cambiado tanto que lo siento como si fuera un auténtico extraño.

–          ¿Qué estás haciendo aquí? – Le pregunto confusa.

–          Necesito hablar contigo, te hubiera llamado pero tienes el teléfono móvil apagado. – Me contesta con frialdad. – ¿Puedo pasar?

–          Sí, claro. – Le respondo echándome a un lado de la puerta para dejarle pasar. Nos dirigimos a la cocina y añado: – Prepararé café.

–          Por mí no te molestes, seré breve.

–          Tú dirás. – Le digo sentándome frente a él.

–          Supongo que esto no va a ser agradable para ninguno de los dos, así que voy a ir directo al grano. – Me advierte Isaac. – Un compañero te vio el sábado por la noche en una cena de gala en Londres, acompañada por tu supuesto prometido con el que pretendes tener cuatro hijos. ¿Tienes algo que contarme?

–          No es exactamente lo que parece…

–          ¿No es exactamente lo que parece? – Me replica furioso. – Joder, Yasmina, ¡se supone que debías darme una respuesta sobre si querías que nuestra relación diese un paso más allá y cuando regreso me encuentro con esto! Mientras yo he estado deseando que estos dos meses pasaran rápido para regresar contigo tú te has dedicado a conocer a otro hombre, tirártelo, prometerte con él y planear cuantos hijos vais a tener, ¿qué se supone que debo pensar, Yasmina?

–          Isaac, yo…

–          No digas nada, no hace falta que lo hagas. – Me interrumpe molesto poniéndose en pie dispuesto a marcharse. Me da un beso en la mejilla y se despide: – Deseo que seas feliz, Yasmina.

Lo observo marcharse y, pese a que sabía desde un primer momento cuál iba a ser mi respuesta, no puedo evitar sentirme mal. Podría haberle aclarado que no estoy prometida con Gonzalo, que tan solo ha sido un malentendido que se nos ha ido de las manos y no hemos sabido aclarar, pero la verdad es que ninguno de los dos ha querido hacerlo. A Gonzalo probablemente le haya interesado para quitarse al ejército de mujeres que seguramente le acechan incansables, pero a mí también me ha venido bien para deshacerme de Max Thorme y puede que también de Isaac, aunque no haya sido nada adulto por mi parte. No aclararle mi relación con Gonzalo me había venido muy bien para ahorrarme tener que darle explicaciones a Isaac, de lo contrario hubiera tenido que justificar mi respuesta y todo hubiera sido más trágico y traumático. Me sentía ruin y una persona horrible, tanto que me eché a llorar sin consuelo.

Después de aquello, decido darme una ducha y tomarme un café tranquilamente a pesar de que llego tarde a la oficina. Necesito tratar de calmarme, al fin y al cabo eso era lo que quería, ¿no? Mi relación con Isaac se había vuelto más seria y estable y tenía que terminarla, eso era lo que hacía siempre y hasta el momento no me había ido demasiado mal.

Son las 9:30 horas de la mañana cuando entro en la oficina y saludo a Susana:

–          Buenos días, Su.

–          Buenos días, Yas. – Me devuelve el saludo. – ¿Estás bien? Tienes mala cara.

–          No he dormido demasiado bien. – Le contesto.

–          Un mensajero ha traído un paquete para ti, lo he dejado en tu despacho. Ah, y tu padre ha preguntado por ti tres veces, me ha pedido que te diga que vayas a su despacho en cuanto llegues.

Sin tiempo que perder, voy al despacho de mi padre. Abro la puerta y mi padre tiene cara de pocos amigos. Me hace un gesto para que cierre la puerta y me siente, eso no augura nada bueno.

–          ¿Qué ocurre? – Le pregunto sin andarme por las ramas.

–          Dímelo tú, acabo de enterarme por una revista inglesa que mi única hija está prometida y piensa tener cuatro hijos. – Me responde mi padre visiblemente molesto. – Gonzalo Cortés y tú salís muy favorecidos en la foto de la portada.

Mi padre me entrega la revista y en la portada aparece una foto de Gonzalo y mía besándonos mientras bailábamos en la gala de Philip Higgins. Abro la revista y hay muchas más fotos que ilustran un gran reportaje sobre la gala anual de Philip, pero la gran parte del reportaje está centrado en la “misteriosa prometida de uno de los solteros de oro más atractivos del mundo”.

–          Joder, ¿de dónde has sacado esto? – Le pregunto poniéndome pálida.

–          Eso es lo más curioso, me ha llegado por mensajería y sin remitente. – Me contesta mi padre. – Pero no es eso lo que me preocupa, Yas. Lo que realmente me preocupa es que mi hija no confíe en mí lo suficiente como para contarme que se va a casar y piensa hacerme abuelo pronto.

–          Papá, nada de lo que dice la revista es verdad. – Le aseguro. – El asistente de la gala pensó que éramos pareja y no lo sacamos de su error, así que nos presentó a todo el mundo como una pareja de recién prometidos y nosotros le seguimos el juego. El beso de la foto también tiene una explicación, me encontré allí a Max Thorme y, aunque no haya sido nada profesional, fue lo más rápido y eficiente que pudimos hacer para quitarme a Max Thorme de encima, ya sabes cómo es.

–          Dudo que ese beso haya sido solo por deshacerte de Max Thorme, Yas. – Me dice escudriñándome con la mirada. – Cortés te gusta, ¿verdad?

–          Buf. Es complicado, papá. Sí, me gusta, pero eso no tiene nada que ver y para tu tranquilidad te diré que Gonzalo no ha intentado absolutamente nada conmigo.

–          ¿Eso es lo que te tiene de mal humor? Te recuerdo que Cortés es un hombre de negocios y tienes un contrato firmado con él. Mientras que ese contrato exista, dudo mucho que intente nada. – Me dice mi padre sonriendo con complicidad. – Gonzalo Cortés es un tipo respetable en los negocios y carismático en la sociedad, pero su reputación con las mujeres no es la mejor, Yas. Sea cual sea tu decisión, yo siempre te voy a apoyar.

–          Gracias, papá. – Le digo abrazándole.

–          ¿Piensas decirle algo de esto a Cortés? – Me pregunta señalándome la revista.

–          Deja que nosotros nos ocupemos de esto.

–          Y si alguien me pregunta por el prometido de mi hija, ¿qué debo decir?

–          No lo sé, papá. La verdad es que no había pensado en la posibilidad de que todo esto saliera en la prensa. Creo que primero tengo que hablar con Gonzalo, de momento será mejor que no digas nada.

Charlamos un poco más hasta que llega un cliente con el que mi padre tiene una cita, así que me despido y me dirijo a mi despacho. Nada más entrar, veo un paquete sobre el escritorio, el paquete del que me había hablado Susana y del que me había olvidado. Me acerco y lo cojo para comprobar su peso, que no es demasiado. Decido abrirlo y los latidos de mi corazón se aceleran cuando veo una orquídea negra sobre un montón de fotografías de Gonzalo y mías, fotografías en las que aparecemos besándonos, entrando y saliendo del hotel, subiendo y bajando de la limusina y un montón de fotos más de la exposición, la subasta y la gala. Debajo de todas las fotografías encuentro una revista idéntica a la que me ha enseñado mi padre y una nota escrita en ordenador: “Te lo advertí y ahora vas a sufrir.” Decido llamar a Gonzalo, esto está empezando a asustarme y no puedo tomar una decisión yo sola, él también está implicado en esto le guste o no. Lo llamo pero me responde una voz femenina:

–          Teléfono de Gonzalo Cortés, dígame.

–          Eh, hola. Estoy buscando al señor Cortés, soy Yasmina Soler.

–          Hola, señorita Soler, soy Esther, la secretaria de Gonzalo. Ahora mismo está en una reunión y me ha dejado el móvil porque no quiere que nadie le interrumpa.

–          Necesito hablar con él lo antes posible, ¿cuándo crees que estará libre?

–          Dame un minuto, voy a avisarle de tu llamada. – Me responde Esther.

Me quedo esperando al teléfono hasta que un minuto después escucho la voz de Gonzalo al otro lado del teléfono:

–          Yasmina, ¿ocurre algo?

–          Tenemos que hablar, Gonzalo, pero no quiero hacerlo por teléfono. Es importante, ¿crees que podrás escaparte unos minutos?

–          Yasmina, dime qué está pasando. – Me ordena preocupado.

–          He recibido un paquete y mi padre también y no te va a gustar lo que hay dentro.

–          ¿Estás en la oficina?

–          Sí.

–          Estoy en mitad de una reunión, Bruce va ir a buscarte y te traerá aquí mientras yo doy por finalizada la reunión. – Sentencia Gonzalo. – Coge todo lo que hayas recibido y entrégaselo a Bruce, lo revisaremos en mi despacho. Yasmina, ¿tú estás bien?

–          No lo sé, Gonzalo, estoy empezando a asustarme. – Le confieso.

–          Tranquila, Bruce ya está de camino, te traerá aquí y yo me ocuparé de todo. – Trata de tranquilizarme Gonzalo. – No tienes nada que temer, yo voy a estar contigo. Recoge el paquete y baja a la calle, Bruce ya habrá llegado cuando salgas.

–          Nos vemos ahora. – Me despido antes de colgar.

Coloco todas las fotografías, la revista, la nota y la orquídea negra dentro de la caja y salgo de mi despacho cargando con ella. Cuando paso por delante del mostrador de recepción le digo a Susana que estaré fuera de la oficina el resto del día y entro en el ascensor sin darle tiempo a que me haga ninguna pregunta. Salgo a la calle y Bruce está esperándome apoyado en el todoterreno, pero cuando me ve aparecer se me acerca y se apresura en cargar con la caja y guardarla en el maletero. Acto seguido, abre una de las puertas traseras y me hace un gesto para que suba al coche. Le obedezco sin decir ni mu, Bruce me ha intimidado desde la primera vez que lo vi y cada día me da más miedo.

Dos minutos más tarde, Bruce aparca el coche en el parking del edificio de Gonzalo y ambos nos dirigimos al ascensor. Nada más salir del ascensor, Bruce me guía hacia el despacho de Gonzalo y, antes de entrar, se para frente a Esther y le pregunta:

–          ¿Está solo?

Esther asiente con la cabeza y Bruce golpea suavemente la puerta del despacho de Gonzalo, espera que le dé permiso para entrar y abre la puerta. Gonzalo está sentado en su sillón y se pone en pie en cuanto me ve entrar. Me escruta con la mirada y se me acerca con cautela mientras Bruce deja la caja sobre el escritorio y sale del despacho cerrando la puerta sin hacer ruido. Una vez a solas, Gonzalo me agarra por la cintura y me estrecha entre sus brazos. Nos abrazamos durante unos minutos sin decir nada hasta que finalmente Gonzalo me lleva hasta el sofá para sentarnos y me susurra:

–          Tranquila, Yasmina. – Me besa en la sien y añade: – Dime qué ocurre, ¿has vuelto a recibir las malditas flores?

–          No exactamente. – Le respondo con un hilo de voz. – Mi padre ha recibido una revista inglesa con una foto nuestra besándonos en la portada. Yo también he recibido la misma revista, junto con un montón de fotografías nuestras de todo el fin de semana, una nota bastante desagradable y una orquídea negra.

Gonzalo me besa en la sien y se levanta del sofá para dirigirse al escritorio y revisar todo el contenido de la caja. Yo me quedo donde estoy, no quiero volver a ver nada de todo eso. Él se toma su tiempo para revisarlo todo y, cuándo termina, se acerca de nuevo a mí y, con la revista en la mano, me pregunta:

–          ¿Tu padre ha visto la revista? – Asiento con la cabeza y añade: – ¿Y cómo se lo ha tomado?

–          Le he dicho la verdad, Gonzalo. El pobre pensaba que su única hija se había prometido e iba a tener cuatro hijos sin decirle nada. – Le confieso frustrada.

–          ¿Se ha enfadado?

–          No, al menos cuando le he aclarado que lo de la revista era un malentendido que se nos había ido de las manos. – Le respondo encogiéndome de hombros.

–          Yasmina, esto no me gusta. – Me dice de repente. – Puede que a tu padre no le haga ninguna gracia y hablaré con él si es necesario, pero hasta que resolvamos todo esto tú te quedas conmigo.

–          ¿Cómo dices? – Le pregunto confundida.

–          Yasmina, esto es serio, nos han seguido y nos han fotografiado durante todo el fin de semana, sabía dónde nos hospedábamos y la nota se puede considerar una amenaza, no estoy dispuesto a correr ningún riesgo. – Me dice estrechándome con fuerza entre sus brazos. – Vamos a regresar a tu oficina para hablar con tu padre, después pasaremos por tu casa para recoger tus cosas y te instalarás en mi casa.

–          ¿Qué? ¿Piensas decirle eso a mi padre? – Le pregunto horrorizada.

–          ¿Acaso prefieres que le mienta? – Me desafía Gonzalo.

–          No, pero ya le ha costado creer todo lo que le he dicho, sobre todo después de ver esa revista, imagínate lo que pensará si le dices que voy a instalarme en tu casa. – Le respondo.

–          No te preocupes, le dejaré muy claro que nuestra relación es estrictamente laboral. – Me replica molesto.

¿A qué ha venido eso? Ni siquiera me da tiempo a abrir la boca, Gonzalo me agarra de la cintura y me saca de su despacho. Al pasar frente a la mesa de Esther, me para con brusquedad y, pegándome a su lado, le dice a Esther:

–          Voy a estar el resto del día fuera de la oficina, cancela todas mis citas y llámame solo si es urgente.

–          Ahora mismo lo cancelo todo. – Le asegura Esther. – Por cierto, me pediste que te recordase la cena de esta noche, si la cancelas tendrás problemas.

–          Genial, más problemas. – Murmura entre dientes Gonzalo.

Camina hacia el ascensor sin soltarme la cintura y puedo sentir como nos miran sus empleados. Entramos en el ascensor y Gonzalo no retira su brazo de alrededor de mi cintura, yo tampoco hago nada para apartarme de él. Las puertas del ascensor se abren cuando llegamos al parking y Gonzalo me guía hasta a su coche, abre la puerta del copiloto, me ayuda a subir al coche y me abrocha el cinturón de seguridad mientras yo me dejo hacer. Cuando termina, cierra la puerta y da la vuelta para sentarse tras el volante, arranca el coche y conduce en dirección a mi oficina. Apenas tardamos unos minutos en llegar. Gonzalo aparca el coche en el parking del edificio y, cuando nos dirigimos caminando hacia el ascensor, me detiene y me dice mirándome a los ojos:

–          Yasmina, solo quiero protegerte. ¿Confías en mí? – Asiento con la cabeza porque, a pesar de estar dolida, molesta y enfurruñada con él, confío en él. – Entonces deja que sea yo quien se encargue de todo, incluso de tu seguridad. Te prometo que te sentirás como en tu propia casa. – Nos sostenemos la mirada durante un instante, me estrecha entre sus brazos y me susurra al oído: – No tienes nada de lo que preocuparte.

Entramos en la oficina y Susana nos mira con el rostro pálido, estoy segura de que ella también se ha enterado de la noticia, puede que se lo haya dicho mi padre. La saludo con un leve gesto de cabeza y ella me devuelve el saludo del mismo modo, sabe que ahora es mejor no decir nada. Nos dirigimos directamente al despacho de mi padre, llamo suavemente a su puerta y espero que nos dé permiso para entrar antes de abrirla.

–          Estaba a punto de llamarte. – Me dice mi padre mirándonos con el semblante serio. – Mi teléfono está que echa humo, todo el mundo quiere felicitarme por el compromiso de mi única hija y aún no habéis visto lo mejor. – Enciende la televisión con el mando a distancia y la foto de Gonzalo y mía besándonos en la gala aparece en un programa de tertulianos de la prensa rosa. – Todo el mundo quiere conocer la opinión del padre de la futura novia y yo no sé qué opinar.

–          Si me lo permite, señor Soler, yo mismo le explicaré lo ocurrido. – Le dice Gonzalo.

–          No es necesario, mi hija ya me ha contado la historia. – Le interrumpe mi padre. – Lo que quiero saber es qué se supone que pretendéis con todo esto.

–          Esta mañana he recibido un paquete con un montón de fotos nuestras de este fin de semana junto a una nota. – Le explico a mi padre. – Me lo ha enviado la misma persona que me envía las orquídeas y que seguimos sin saber quién es.

–          Mis hombres están investigando y, mientras todo esto se resuelve, es mejor que sigan creyendo que Yasmina y yo estamos prometidos. – Interviene Gonzalo. – Le aseguro que la seguridad de su hija es mi prioridad absoluta.

–          ¿Qué piensas hacer para protegerla? ¿Le vas a poner un escolta las veinticuatro horas del día?

–          Hasta que todo esto se aclare, Yasmina estará conmigo. – Le dice Gonzalo con un tono que no admite discusión. – Tengo personal de seguridad cualificado, su hija estará segura. Sería conveniente que Yasmina se cogiera unos días de vacaciones, así evitaremos riesgos.

–          Lo tienes todo bien organizado. – Comenta mi padre. – Espero que también cuentes con la aprobación de mi hija.

–          Cuenta con mi aprobación, papá. – Le confirmo.

–          Hija, ya sabes que yo no me meto en tus asuntos, pero quizás lo mejor sería llamar a la policía. – Me dice mi padre.

–          Papá, deja que nosotros nos encarguemos de este asunto. – Le pido.

–          De acuerdo, pero si la cosa se complica quiero estar al tanto de inmediato. – Se vuelve hacia a Gonzalo y añade: – No olvides que es mi única hija.

Mi móvil empieza a sonar y, al ver que es Lorena quien llama, me disculpo con ambos pidiendo perdón con las manos y les pido un momento para poder contestar. Los dos me miran, se miran y asienten con la cabeza, así que salgo del despacho de mi padre y entro en el mío al mismo tiempo que respondo al teléfono:

–          Lore, me pillas en un mal momento…

–          ¿Te pillo en un mal momento? – Me grita eufórica. – ¡Joder, te estoy viendo en la tele y dicen que estás prometida con Gonzalo y que queréis tener cuatro hijos!

–          No es lo que parece, es…

–          ¿No es lo que parece? – Me replica Lorena. – Ya puedes mover el culo de donde estés y venir a verme, tienes muchas cosas que contar, julandrona. Espero que al menos haya probado el producto antes de prometerte. – Añade bromeando.

–          No he probado el producto y por supuesto que no estoy prometida. – Le aclaro tratando de no reírme pero sin conseguirlo. – Es una larga historia y prometo contártela, pero tendrá que ser en otro momento.

–          No puedes dejarme así. – Me suplica. – ¿Qué es tan importante para que me dejes así?

–          He dejado a Gonzalo a solas con mi padre en su despacho para contestar tu llamada y, si estás viendo la tele, me entenderás.

–          ¿Suegro y yerno conociéndose oficialmente? Llámame en cuanto la cosa se calme y, si quieres un consejo, apaga tu teléfono móvil, todo el mundo querrá preguntarte por tu reciente compromiso. – Me sugiere Lorena.

–          Lo apago ahora mismo, te llamaré más tarde.

–          Será mejor que no se te olvide. – Me advierte. – Tienes muchas cosas que contarme. ¡Un beso golfa!

–          ¡Besos! – Me despido antes de colgar. Regreso al despacho de mi padre y me encuentro a ambos estrechándose la mano. – ¿Va todo bien? – Pregunto confundida al comprobar que se están despidiendo con cordialidad.

–          Gonzalo me ha convencido para que no llame a la policía y deje que él se encargue de este asunto. – Me dice mi padre. – Rubén ya ha acabado la casa de Gonzalo, solo queda ultimar algunos detalles de los que Borja se encargará esta semana, así que puedes cogerte tus merecidas vacaciones. – Nos mira a Gonzalo y a mí y, con un tono bastante serio, añade: – Espero que si tenéis que darme alguna noticia no tenga que enterarme por la prensa.

–          Le mantendré informado a diario, señor Soler. – Le asegura Gonzalo.

–          Eso espero, y llámame Alejandro, al fin y al cabo parece que ya casi somos familia.

–          Papá. – Le reprocho.

–          Solo bromeaba. – Se excusa sonriéndome con complicidad. Me da un beso en la mejilla y me dice: – Vete tranquila, yo me ocuparé de todo.

–          Me llevo el portátil, me ocuparé de la facturación y de los presupuestos. – Le respondo.

–          Entonces, eso no serían vacaciones, Yas. – Me recuerda mi padre.

–          Tú solo no puedes encargarte de todo y menos ahora que Rubén no está. – Le recuerdo.

–          Rubén es otro tema del que tenemos que hablar, sé que tienes algo que ver con su repentina excedencia, pero ya hablaremos de eso en otro momento, por hoy ya hemos tenido suficiente. – Me dice mi padre. Se vuelve hacia a Gonzalo y añade: – Esperaré tu llamada diaria, Gonzalo.

–          No hay problema, Alejandro, hablamos mañana. – Le confirma Gonzalo.

Nos despedimos de mi padre y, tras recoger mi portátil y algunos informes de mi despacho, salimos de la oficina para dirigirnos a mi casa a preparar una maleta con mis cosas. Gonzalo se ha pasado todo el camino hablando por teléfono con Roberto, su abogado y mejor amigo, y cuando ha colgado, inmediatamente ha recibido otra llamada. He entrado en mi habitación para recoger mis cosas y Gonzalo se ha quedado hablando por teléfono en el salón. No he podido averiguar con quién hablaba, pero quien quiera que fuera exigía que Gonzalo acudiese esta noche a una cena mientras él trataba de posponerla. Después ha bajado el tono de voz y ya no me he podido enterar de nada más, así que he seguido con lo mío hasta que un rato más tarde Gonzalo se ha asomado a mi habitación:

–          ¿Necesitas ayuda?

–          No, ya casi estoy. – Le contesto nerviosa, evitando mirarle a los ojos.

–          No te preocupes, si te dejas algo podemos regresar a buscarlo, apenas vamos a estar a unas pocas manzanas de distancia. – Me dice Gonzalo con un tono de voz suave que me derrite. Se me escapa un suspiro y, acercándose a mí y estrechándome entre sus brazos, añade – Confía en mí, Yasmina. Todo va a ir bien, tú solo tienes que relajarte y disfrutar de tus merecidas vacaciones. – Me besa en la mejilla, me sonríe y añade apartándose de mí lentamente: – Te vas a sentir como en tu propia casa y, si quieres, el fin de semana ya podremos mudarnos a la casa, estoy seguro de que disfrutarás pasando unos días en esa casa, tú misma me has dicho mil veces que es una casa hecha especialmente para ti.

–          Si haces que me instale en esa casa es posible que me quede como okupa. – Le advierto bromeando. – Tengo que reconocer que no ha sido nada fácil construir la casa de mis sueños para que la disfrute otra persona.

–          Siempre serás bienvenida. – Me responde guiñándome un ojo al mismo tiempo que me muestra su sonrisa macarra que tanto me excita. – Quiero hablar contigo, Yasmina.

–          Por la cara que has puesto, no me va a gustar. – Opino.

–          Solo quiero que me escuches, lo pienses y me des una respuesta, no pasa nada si no quieres o si no tienes ganas…

–          Será mejor que vayas al grano, estás empezando a ponerme nerviosa. – Le interrumpo.

–          Está bien. – Me dice suspirando. – Había quedado con mis padres para ir a su casa a cenar, he intentado posponer la cena pero mi madre ha puesto el grito en el cielo, sobre todo después de haberse enterado por la televisión que su hijo está prometido. – Me confiesa algo avergonzado. – El caso es que quiere que ambos vayamos a cenar a su casa.

–          ¿No le has dicho que es un malentendido?

–          Mi madre no ha querido escuchar nada, solo quiere conocer a su futura nuera y yo no he sabido decírselo. – Me responde encogiéndose de hombros, poniéndome ojitos.

–          ¿Y piensas aclarárselo?

–          Debería hacerlo, pero no quiero darle un disgusto. – Me contesta. – Había pensado en decirles que nos estamos conociendo y que lo de la boda y los cuatro hijos era una broma que han sacado de contexto. No es necesario que les contemos toda la verdad, así todos nos ahorramos un disgusto. – Añade sonriendo divertido. – Además, le he prometido a tu padre que sería tu sombra, vamos juntos o no vamos.

–          ¿Tú quieres ir? – Le pregunto al no saber qué responder a su propuesta.

–          Debería ir, hace días que no visito a mis padres, pero si lo prefieres podemos quedarnos aquí y cenar tranquilamente.

–          Tú has ido a mi oficina para hablar con mi padre, supongo que lo justo es que yo te acompañe a visitar a los tuyos.

–          ¿Estás segura? – Me pregunta sorprendido. – No quiero que te sientas obligada a hacerlo, Yasmina.

–          Sí, estoy segura. – Le confirmo. – Y será mejor que no vuelvas a preguntármelo no vaya a ser que cambie de opinión. – Bromeo.

Gonzalo me abraza, me estrecha entre sus brazos y me susurra al oído:

–          Te prometo que no te dejaré solo con ellos ni un solo segundo y regresaremos a casa tan pronto como nos sea posible.

–          Hablas como si me fueras a llevar al matadero, estoy segura de que no es para tanto.

–          Ya me lo dirás cuando regresemos de la cena esta noche. – Me dice Gonzalo sonriendo burlonamente. Cierro las dos maletas que he preparado y Gonzalo carga con ellas al mismo tiempo que añade – Vamos, tenemos que reunirnos con Roberto y Bruce en casa.

Sin más dilaciones, Gonzalo y yo salimos del ático y nos dirigimos de nuevo al parking del edificio donde nos montamos en su coche y Gonzalo conduce hasta su apartamento, situado en la Avenida Diagonal.

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