Solo tuya 12.

Solo tuya

“Si la pasión, si la locura no pasaran alguna vez por nuestras almas… ¿Qué valdría la pena?” Jacinto Benavente.

A las ocho de la tarde, Gonzalo y yo salimos del hotel vestidos con nuestros trajes nuevos y una limusina clásica de color blanco nos lleva hasta el recinto donde se va a celebrar la gala. Después de comer, hemos subido a la suite y Gonzalo me ha obligado a retirarme a mi habitación para descansar un rato. Cuando me he despertado, he ido al salón y él estaba hablando por teléfono pero, en cuanto me ha visto, se ha despedido de su interlocutor y ha colgado. Tenía cara de pocos amigos y ninguna intención de contarme con quién estaba hablando por teléfono, así que le he saludado y he regresado a mi habitación a ducharme, vestirme, peinarme y maquillarme para la gala. Cuando por fin he terminado de arreglarme, he entrado en el salón y Gonzalo se ha quedado paralizado en cuanto me ha visto. Sus ojos me miraban con intensidad y sus labios han formado una sonrisa macarra muy sexy antes de decirme:

–          Cariño, estás preciosa.

–          Tú también estás muy guapo. – Le contesto coqueta.

Gonzalo me ofrece su brazo y, agarrándome a él, salimos de la suite y entramos en el ascensor para bajar al hall. Atravesamos la puerta de entrada y veo la impecable limusina blanca esperándonos.

–          ¿Vamos a ir en limusina? – Le pregunto sorprendida.

–          Sí, es una cena de gala y asistirá gente muy importante de casi todo el mundo, no podemos llegar en taxi. – Me responde sonriendo ampliamente.

Le observo con atención y no encuentro ningún atisbo de su mal humor tras la llamada de esta tarde. Gonzalo está contento y no se molesta en disimularlo.

El chófer nos abre la puerta de la limusina y Gonzalo me ayuda a sentarme comportándose como todo un caballero. Veinte minutos más tarde, la limusina se detiene frente a la entrada principal del recinto donde se va a celebrar la gala. Gonzalo me tiende su mano para ayudarme a salir de la limusina y palidezco cuando veo una larga alfombra que llega hasta la puerta de entrada bordeada por unas vallas que sostienen a la multitud con la ayuda de varios agentes de seguridad. Miles de flashes nos deslumbran, hay fotógrafos por todas partes y Gonzalo debe ver mi cara de pánico porque me agarra con fuerza por la cintura, me aprieta contra su cuerpo y me susurra al oído:

–          Tranquila, si en algún momento quieres marcharte solo tienes que decírmelo, ¿de acuerdo?

–          Me esperaba que la gala fuera algo más… íntimo. – Acierto a decir.

Caminamos por la alfombra roja como si fuésemos una pareja de actores de Hollywood mientras los fotógrafos disparan sus cámaras.

En la puerta nos recibe el mismo asistente que nos recibió ayer por la tarde y esta mañana, el cual nos saluda con su perpetua sonrisa en el rostro y nos presenta a Philip Higgins, el anfitrión de la gala y el presidente del comité que organiza año tras año esta exposición/subasta.

–          Señor Cortés, señorita Soler, les presento al señor Philip Higgins, el responsable de todo este milagro. – Se vuelve hacia el señor Higgins y le dice: – Ellos son la encantadora pareja que ha adquirido la fuente de jardín. La van a poner en la casa que se están construyendo.

–          No hay nada mejor que construir la casa de tus sueños y formar una familia. – Nos dice amablemente Philip. – Yo solo he tenido un hijo pero tengo que reconocer que me hubiera gustado tener más.

–          Nosotros queremos formar una familia numerosa, ¿verdad, cariño? – Me pregunta Gonzalo sonriéndome maliciosamente mientras yo me pongo roja como un tomate. Se vuelve hacia Philip y el asistente y les dice sin dejar de sonreír: – Espero que después podamos seguir charlando.

–          Por supuesto. – Le confirman ambos hombres y el asistente añade: – Pasen y tómense una copa de bienvenida, enseguida les haremos pasar al comedor donde se iniciará la cena.

Pasamos al salón, un camarero nos entrega una copa de champagne y Gonzalo me pregunta:

–          ¿Quieres brindar?

–          ¿Por qué quieres que brindemos?

–          Por nosotros y por esta noche peculiar.

–          Pues por nosotros y por esta noche peculiar. – Brindo entrechocando mi copa con la suya. Ambos bebemos un trago del delicioso champagne y entonces veo a Max Thorme que se dirige hacia a nosotros. – Oh, no. – Murmuro.

–          ¿Qué ocurre? – Me pregunta Gonzalo mirando en la misma dirección que miran mis ojos. Al ver a Max, Gonzalo maldice entre dientes y me pregunta: – ¿Quieres deshacerte de él?

–          Ya me dirás cómo. – Le susurro.

–          ¿Confías en mí?

Asiento con la cabeza y Gonzalo, tras dedicarme una sonrisa macarra, me estrecha entre sus brazos y me besa en los labios. No es un beso tímido, es un beso intenso y voraz, un beso apasionado que provoca que mis piernas tiemblen y pierda la razón. Ahora mismo, soy una marioneta en sus manos y me siento la mujer más feliz del mundo estando entre sus brazos. Lentamente, se separa de mí y, tras besarme levemente en el cuello, me susurra al oído con voz ronca:

–          Ya no tienes que preocuparte de él, preciosa.

Se me escapa un suspiro y Gonzalo me sonríe. Esta noche está guapísimo y muy sexy, si vuelve a besarme así no creo que sea capaz ni de recordar dónde estoy. Me llevo la copa a los labios y me bebo todo el contenido de un trago, necesito relajarme si no quiero entrar en combustión espontánea.

Una pareja española de mediana edad se acerca a saludar a Gonzalo y él hace las presentaciones oportunas:

–          Cariño, ellos son el señor Medina y su esposa. – Se vuelve hacia ellos y añade: – Ella es la señorita Yasmina Soler.

Les estrecho la mano a ambos y sonrío educadamente mientras Gonzalo me agarra de la cintura y me estrecha contra su cuerpo. Entonces veo que más gente se acerca a saludar, entre ellos Max Thorme. Durante media hora, Gonzalo y yo nos dedicamos a saludar a todo el que se nos acerca y Gonzalo no se despega de mi lado en ningún momento.

Nos hacen pasar al gran comedor y nos asignan nuestra mesa en la cual, por suerte, no está Max Thorme. Nos sentamos a la mesa y Philip Higgins, con un micrófono en la mano, nos da la bienvenida a todos los invitados y agradece que, año tras año, se siga celebrando este evento. Todo el mundo aplaude y poco después los camareros empiezan a servir la cena.

–          He oído por ahí que queréis tener cuatro hijos. – Comentó uno de los conocidos de Gonzalo que estaba sentado en nuestra mesa. – ¿Queréis empezar pronto a buscarlos?

Me tenso. Lo que ha empezado como una broma se está yendo de madre y no sé cómo vamos a salir de esto. Ahora ya no podemos desmentirlo, quedaríamos fatal, pero quizás esta historia influya en los negocios de Gonzalo o incluso en su vida privada.

–          Primero tengo que convencerla para que se case conmigo. – Bromea Gonzalo al mismo tiempo que me acaricia suavemente la espalda para tratar de calmarme. Me sonríe, me besa en la mejilla y me susurra al oído: – Me parece que vamos a tener que casarnos y tener cuatro hijos o arderemos en el infierno.

Ambos nos reímos con complicidad y yo consigo relajarme un poco. Durante el resto de la cena, Gonzalo y yo continuamos fingiendo ser una pareja con grandes expectativas para el futuro a pesar de que ni siquiera sé qué pasará mañana.

A medianoche nos hacen pasar de nuevo al salón para tomar una copa y que las parejas puedan bailar. Gonzalo no es de los que bailan, así que nos quedamos a un lado de la pista hablando con Philip y con su esposa.

–          Philip me ha dicho que queréis casaros y formar una familia cuanto antes, ¿tenéis ya fecha para la boda? – Nos pregunta la esposa de Philip.

–          Aún no me lo ha pedido formalmente, así que aún está tiempo de echarse atrás. – Le respondo bromeando.

–          Tienes que ponerle un anillo en el dedo cuanto antes, no vaya a ser que alguien te la quite. – Le dice Philip a Gonzalo bromeando.

–          Pienso hacerlo, pero antes quiero asegurarme de que su respuesta sea un sí. – Le dice Gonzalo estrechándome entre sus brazos.

–          Hacéis una pareja preciosa. – Nos dice con dulzura la esposa de Philip.

El matrimonio es reclamado por el resto de invitados y nos dejan a solas. Empieza a sonar una romántica balada de Pablo Alborán y Gonzalo me pregunta en un susurro:

–          ¿Bailamos?

Lo miro extrañada, él no es de los que baila, lo dejó muy claro en el Dublín. Gonzalo me sonríe y, cogiéndome de la mano, me guía hasta el centro de la pista de baile, me estrecha entre sus brazos y ambos nos mecemos al ritmo de la lenta melodía.

–          Creía que tú no bailabas. – Le susurro al oído.

–          Eso era antes de prometerme con la futura madre de mis cuatro hijos. – Bromea Gonzalo divertido.

–          Conoces a muchos de los invitados, ¿qué les dirás en unos meses cuando les veas de nuevo? – Le pregunto preocupada. – Me temo que se nos ha ido de las manos.

–          Deja que sea yo quien me preocupe de esas cosas. – Me susurra con voz dulce.

–          ¿Podemos irnos ya?

–          ¿Quieres que nos vayamos? Pensaba que lo estábamos pasando bien…

–          Y lo estamos pasando bien. – Le interrumpo sonriendo coquetamente. – Pero tengo que confesar que los zapatos me están matando y que, además, Max Thorme no deja de mirarnos y me está poniendo nerviosa.

–          Tenemos pendiente una última copa, ¿te apetece que nos la tomemos en la suite? – Me propone Gonzalo.

–          Me parece una idea genial siempre que pueda quitarme los zapatos. – Bromeo.

Buscamos a Philip y a su esposa y también al asistente para agradecerles la invitación y despedirnos de ellos y salimos por la puerta principal donde la misma limusina que nos ha traído nos espera para llevarnos de regreso al hotel.

El fresco de la noche me eriza la piel y me froto los brazos, Gonzalo se da cuenta, se quita su chaqueta y me la coloca sobre los hombros.

–          Gracias. – Le digo tímidamente.

Gonzalo me sonríe y ambos subimos a la limusina. Pocos minutos después, entramos en la suite y lo primero que hago es quitarme los zapatos.

–          Voy a cambiarme de ropa, regreso en cinco minutos. – Le digo entrando en mi habitación para quitarme el vestido.

Decido ponerme mi pijama: unos shorts de algodón y una camiseta blanca de tirantes. No es lo más glamuroso, pero al menos me sentiré cómoda. Regreso al salón y me encuentro a Gonzalo con la corbata quitada y los primeros botones de la camisa desabrochados mientras sirve un par de copas de vino en el mueble bar. Me sonríe al verme llegar y, cuando termina de servir las copas, nos sentamos en el sofá y brindamos.

–          Por nosotros.

–          Y por nuestro papel como actores, creo que incluso nos podríamos ganar la vida interpretando. – Bromeo. Le damos un trago a nuestra respectiva copa y añado: – Ha sido una noche divertida.

–          Deberíamos repetir el año que viene, pero en New York. – Bromea Gonzalo.

–          Me encanta New York, aunque tengo que confesar que solo me gusta para ir de visita, no creo que me gustase tanto si viviera allí.

–          Si pudieras coger un avión y perderte dos semanas en cualquier lugar del mundo, ¿a dónde te gustaría ir?

–          ¿Solo puedo escoger un lugar? – Le pegunto pensativa.

–          Solo uno.

–          Si tengo que escoger un sitio donde perderme, probablemente me iría a Los Pirineos.

–          De todos los lugares del mundo, ¿escoges Los Pirineos que están aquí al lado?

–          Para perderme, sí. – Le confirmo. – Me gustaría ir a muchos sitios y regresar a otros donde ya he estado, pero Los Pirineos son perfectos para perderse.

–          Y, ¿dónde te gustaría ir y que aún no hayas estado?

–          No sé, ¿a dónde te gustaría ir a ti?

–          Pocos meses después de fundar la empresa, viajé al norte de Irlanda por negocios. El caso es que allí descubrí un precioso castillo de piedra digno de un Highlander y decidí comprarlo. – Empieza a decirme Gonzalo. – Tuve que rehabilitarlo por completo y también tuve que contratar a un equipo de jardineros para que se ocuparan del enorme jardín que parecía una selva. También hice construir una piscina y una zona de picnic con barbacoa. Desde el castillo se ve el mar y el lago seguido de las montañas, es un lugar fantástico, aunque no suelo ir más de un par de veces al año y solo para comprobar que todo está bien.

–          No lo entiendo, si tanto te gusta, ¿por qué no vas más? – Le pregunto. – Lo describes como si fuera un sitio mágico, algo así como tu sitio preferido en el mundo.

–          Y lo es. – Me confirma Gonzalo. – Cuando me describiste la casa de tus sueños fue como recordar lo que sentí cuando vi el castillo. Deberías verlo, estoy seguro que a ti también te encantaría.

–          ¿No tienes ninguna foto del castillo? – Le pregunto curiosa.

–          No quiero enseñarte el castillo en una foto, debes estar allí y tenerlo de frente para poder comprobar lo que te digo con tus propios ojos. – Me responde divertido.

–          Entonces, deberás invitarme a ir de visita.

–          Ya que lo mencionas, hay algo que debo decirte. – Me dice algo avergonzado. – Philip Higgins nos ha invitado a una gala benéfica que organiza en Irlanda dentro de dos semanas.

–          ¿Y qué le has dicho?

–          Le he dicho que haríamos todo lo posible por asistir, ha insistido mucho y no he sabido decir que no. – Me responde mirándome con intensidad. – La gala no es hasta dentro de dos semanas, no tienes que tomar una decisión ahora.

–          Me encantaría conocer el castillo, pero no sé si es buena idea. – Le confieso. – Todo el mundo piensa que estamos prometidos y nosotros no hemos hecho nada para desmentirlo, más bien hemos hecho todo lo contrario. Y te recuerdo que tenemos un contrato laboral firmado.

–          La casa ya está casi terminada, nuestro contrato laboral habrá finalizado antes de dos semanas, así que ese no sería un problema. – Me rebate. – Piénsalo, solo serán unos días y prometo comportarme como un auténtico caballero.

–          Lo pensaré. – Cedo finalmente.

–          Hay algo más que quiero decirte. – Me dice frunciendo el ceño.

–          Y supongo que no es nada bueno. – Concluyo.

–          Me temo que no. – Me confirma. – La persona que te envía las flores lo hace abonando el dinero en metálico y les entrega la tarjeta impresa en ordenador, ni siquiera la escribe él. Y digo él porque hemos confirmado que se trata de un hombre alto y moreno, o al menos eso dice el propietario de la floristería. Si te soy sincero, he pensado en la posibilidad de que ese hombre fuera Max Thorme.

–          No lo creo, ¿cómo iba a saber él que las orquídeas son mis flores favoritas? – Comento dándole vueltas a la cabeza. – Puede que para ti sea un detalle sin importancia, pero las orquídeas significan mucho para mí, eran las flores favoritas de mi madre y para mí es algo muy íntimo y personal que muy poca gente sabe.

–          Quizás debamos empezar por ahí. – Me susurra Gonzalo al mismo tiempo que me acaricia la espalda suavemente en señal de apoyo. – ¿Crees que puedes hacer una pequeña lista con los nombres de esas personas que saben lo especiales que son las orquídeas para ti?

–          Como te he dicho, es una lista muy reducida. – Le contesto. – Mi padre, Lorena, Rocío, Paula y Rubén. Y también Borja.

–          ¿Qué me dices de ese Rubén?

–          Precisamente porque sabe lo importante que son esas flores para mí, él nunca me enviaría orquídeas con una nota así. – Le aseguro. – Además, ¿cómo iba a saber que estaríamos en este hotel si ni siquiera yo lo sabía?

–          Cualquiera que haya podido acceder a mi ordenador o que haya accedido a la base de datos del hotel. – Me responde Gonzalo. Al ver que me tenso, me estrecha entre sus brazos para abrazarme con ternura, me besa en la sien y me susurra al oído: – No te preocupes, voy a encargarme de averiguarlo. – Me quita la copa de vino de las manos y me entrega un vaso de agua. Espera a que beba y, cuando lo hago, me mira a los ojos y me pregunta: – ¿Qué me dices de Isaac?

–          No hay mucho que decir. – Le respondo encogiéndome de hombros. – Isaac y yo no tenemos esa clase de relación en la que nos contamos confidencias, lo nuestro es…

–          Ya lo he entendido. – Me interrumpe Gonzalo con brusquedad. – ¿Quién se supone que no te conviene, Yasmina?

–          No lo sé, Gonzalo. – Le respondo cansada. – Puede ser Isaac o incluso tú, al fin y al cabo he recibido las flores en el hotel donde nos hospedamos. No sé qué pensar, todo esto está empezando a superarme y me estoy asustando. – Le confieso. – Alguien sabe dónde y con quién estoy, sabe cosas de mí que muy pocas personas saben y yo no tengo ni idea de quién puede ser.

–          Tranquila, no pasa nada. – Me susurra al oído mientras me estrecha entre sus brazos con ternura para tratar de calmarme. – Ya hemos tenido bastante por hoy, será mejor que nos vayamos a dormir. – Se pone en pie y, sin dejar de abrazarme, me acompaña hasta a la puerta de mi habitación donde me susurra divertido: – Buenas noches, cariño.

–          Buenas noches, cariño. – Le respondo sonriendo.

Gonzalo me dedica una seductora sonrisa, me agarra por la cintura y me estrecha entre sus brazos de nuevo. Sus labios quedan a dos centímetros de los míos y, mirándome a los ojos, Gonzalo recorre esa pequeña distancia y me besa en los labios. El beso se vuelve apasionado y nuestros cuerpos se encienden. Gonzalo me alza entre sus brazos agarrándome de las caderas y coloca mis piernas alrededor de su cintura y deja mi espala contra la pared para ayudarse a sostenerme y poder acariciar cada centímetro de mi piel, pero apenas tres segundos después se detiene de golpe y suspira con profundidad, presiona mi frente con la suya y, con los ojos cerrados y la voz ronca, me susurra:

–          Será mejor que te vayas a dormir, Yasmina.

–          Sí, será lo mejor. – Le respondo con un hilo de voz separándome de él.

Sin decir nada más, entro en mi habitación y cierro la puerta. No puedo evitar sentirme molesta con él, no puede provocarme de esa manera, parar de repente y hacer como si no hubiera pasado nada. El caso es que se ha arrepentido de lo que ha empezado. Decido no darle más vueltas a la cabeza y me meto en la cama para intentar dormir un poco.

No consigo dormirme hasta mucho después del amanecer y cuando me despierto son más de las doce del mediodía. Decido darme una ducha rápida y vestirme antes de salir de la habitación, aún estoy confundida por lo que pasó anoche y también bastante molesta. ¿Cómo se supone que tengo que actuar ahora con él? ¿Hago como si no hubiera pasado nada? ¿Le pido explicaciones de por qué paró de repente después de habérseme echado encima? Eso de ninguna manera, no pienso preguntar cuando estoy segura de que la respuesta no me va a gustar. Lo mejor es hacer como si no hubiera pasado nada y mantener las distancias para evitar que vuelva a ocurrir.

Cuando entro en el salón de la suite, ya duchada y vestida, me encuentro a Gonzalo sentado detrás del escritorio frente a su ordenador portátil y con cara de pocos amigos. Se vuelve hacia a mí cuando me escucha entrar y me dice señalándome una bandeja con el desayuno que hay sobre la mesa:

–          Buenos días, acaban de traer tu desayuno. – Mira el reloj y añade: – En dos horas tenemos que salir hacia el aeropuerto, será mejor que te des prisa en recoger todas tus cosas.

–          No te preocupes, lo tendré todo listo a tiempo. – Le aseguro.

Me siento a desayunar y un minuto más tarde Gonzalo se sienta a mi lado y me pregunta:

–          ¿Estás bien?

–          ¿Por qué no iba a estarlo? – Le respondo molesta.

–          Yasmina, anoche…

–          No tienes que decir nada, Gonzalo. – Lo interrumpo. – Anoche bebimos más de la cuenta pero ambos somos adultos, así que lo mejor es que lo olvidemos y nos centremos en lo profesional que es lo que de verdad importa.

–          Sí, nos centraremos en los negocios que es lo único que nos importa. – Me contesta Gonzalo molesto, se levanta de la silla y vuelve a sentarse tras el escritorio para seguir tecleando en su ordenador portátil.

Termino de desayunar y regreso a mi habitación para recoger mis cosas y hacer la maleta. Una hora después, Gonzalo se asoma y me pregunta con tono serio y distante:

–          ¿Ya estás lista?

–          Sí, ya podemos irnos. – Le contesto.

En el más absoluto de los silencios, salimos del hotel, nos subimos a un taxi y nos dirigimos al aeropuerto. Embarcamos y nos sentamos en nuestros asientos en primera clase y, durante todo lo que dura el vuelo, cierro los ojos y finjo estar dormida para no tener que ver ni hablar con Gonzalo. Estoy todavía más confusa que anoche y la actitud de Gonzalo no me ayuda en absoluto. Me parece que está enfadado y no entiendo por qué. Fue él quien me besó en la gala, fue él quien me volvió a besar cuando nos íbamos a dormir y quien se me echó literalmente encima, igual que fue él quien decidió parar lo que estábamos haciendo. Yo no he hecho nada por lo que pueda estar molesto conmigo.

Una de las azafatas anuncia que vamos a aterrizar y nos recuerda que debemos abrocharnos los cinturones. Como yo ya lo tengo abrochado, no me molesto ni en abrir los ojos y continúo fingiendo que estoy durmiendo, pero Gonzalo se acerca a mí, me acaricia el brazo lentamente y me susurra al oído:

–          Yasmina, estamos a punto de aterrizar.

Abro los ojos teatralmente y me incorporo en mi asiento bajo la atenta mirada de Gonzalo, que tiene el ceño fruncido y me observa como si me hubiera salido un tercer ojo en mitad de la cara.

El avión aterriza y nos dirigimos a la cinta corredera a recoger nuestras maletas. No hablamos en todo el trayecto, pero Gonzalo coloca su mano en mi espalda y me guía por los interminables pasillos del aeropuerto. Cuando salimos por la puerta principal del aeropuerto, Bruce nos está esperando apoyado en el todoterreno. Debía habérmelo imaginado, Bruce es como la sombra de Gonzalo. Ambos se saludan y Bruce se encarga de guardar el equipaje en el maletero mientras que Gonzalo y yo subimos al coche. Cinco minutos más tarde, Bruce conduce incorporándose a la autopista y Gonzalo le dice:

–          Dejaremos a la señorita Soler en su casa, Bruce.

–          Entendido. – Le responde Bruce.

¿La señorita Soler? ¿Ahora soy la señorita Soler? Me dan ganas de darle una bofetada a ver si así reacciona y vuelve a ser el mismo tipo que era hace un par de días. En lugar de eso, decido contar hasta diez y mantener la boca cerrada.

Bruce aparca el coche frente a mi portal y Gonzalo y yo bajamos del coche. Saca mi maleta del maletero del coche y me acompaña hasta la puerta del edificio.

–          Gracias por haberme acompañado a Londres este fin de semana. – Me dice con un gesto indescifrable. – Mañana te llamaré y quedamos para ir a ver cómo ha quedado mi nueva casa, así ya podremos dar por finalizado nuestro contrato.

–          Prepararé todos los documentos, así podrás instalarte cuanto antes. – Cojo mi maleta y me despido antes de entrar en el portal: – Hablamos mañana.

Lo primero que hago nada más entrar en el ático es llenar la bañera y darme un baño con espuma. Aunque me cueste reconocerlo, estoy furiosa por la despedida tan fría y distante que me ha dado Gonzalo. Hace menos de veinticuatro horas nuestra relación era muy distinta de como lo es ahora y ni siquiera sé por qué razón.

Decido no darle más vueltas, me meto en la bañera y trato de relajarme antes de irme a dormir, ni siquiera tengo ganas de cenar.

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