Solo tuya 11.

Solo tuya

“Hay un cierto placer en la locura que solo el loco conoce.” Pablo Neruda.

El viernes me levanto a las cinco de la mañana. Quiero estar preparada y perfecta cuando Gonzalo venga a recogerme. Me doy una larga ducha, me seco y me aliso el pelo, me preparo el desayuno, me visto y me maquillo levemente. A las seis y media ya estoy lista y con la maleta preparada en el hall, así que decido enviarle un mensaje a Gonzalo: “Buenos días, Gonzalo. Ya estoy lista, puedes venir a buscarme cuando quieras.” No tardo en recibir su respuesta: “Buenos días, madrugadora. Estaré allí en cinco minutos. Espérame y subo a ayudarte con la maleta.”

El corazón me late tan rápido que parece que se me vaya a salir del pecho. Voy al baño y me miro en el espejo para comprobar que mi pelo, el maquillaje y la ropa están donde deben estar. Me echo un poco de perfume en las muñecas, en el cuello y en el canalillo. Cinco minutos más tarde, el portero me informa de la llegada de Gonzalo y le digo que le deje subir. Cuando abro la puerta de entrada y lo veo salir del ascensor, lo encuentro más guapo que nunca. Lleva puestos unos vaqueros y una camisa blanca con los primeros botones desabrochados y sonríe ampliamente. Se me acerca para darme dos besos en las mejillas y yo me quedo paralizada, hechizada por esa intensa mirada que me derrite.

–          Buenos días, te sienta muy bien madrugar. – Me saluda.

–          Buenos días, a ti también te sienta muy bien madrugar. – Logro decir.

Gonzalo me muestra su sonrisa macarra y yo me derrito de nuevo. Creo que es capaz de leer mi mente porque suelta una carcajada y me guiña un ojo con complicidad para después agarrar mi maleta para entrar de nuevo en el ascensor.

–          ¿Vienes conmigo? – Me pregunta sonriendo burlonamente.

Efectivamente, creo que es capaz de leerme el pensamiento. Conecto la alarma y cierro la puerta con llave antes de entrar en el ascensor junto a Gonzalo. Cuando salimos del portal, veo a Bruce esperándonos apoyado en el BMW X6. Gonzalo le entrega mi maleta y Bruce la guarda en el maletero mientras Gonzalo y yo tomamos asiento en los asientos traseros del vehículo.

Bruce nos deja en el aeropuerto a las siete y cuarto y, tras facturar las maletas, Gonzalo me propone ir a desayunar a uno de los bares del aeropuerto.

–          ¿Qué tal ha ido la semana? – Me pregunta mientras nos tomamos un café.

–          Ha sido una semana horrible, mejor cuéntame cómo te ha ido a ti.

–          Pues mi semana tampoco ha sido muy buena. – Me confiesa. – Pero he logrado soportarla al pensar que pasaríamos el fin de semana en Londres.

¿Acaba de decir lo que yo creo que acaba de decir? Anuncian por megafonía que los pasajeros de nuestro vuelo pueden empezar a embarcar y respiro aliviada, salvada por la campana.

Gonzalo ha comprado billetes en primera, no podía ser de otra manera teniendo en cuenta que es uno de los hombres más ricos del país. Estoy muerta de sueño y no paro de bostezar tratando de mantener los ojos abiertos.

–          Cierra los ojos y descansa durante el vuelo. – Me sugiere Gonzalo sonriendo. – Te despertaré cuando lleguemos.

Le dedico una sonrisa y le obedezco, estoy demasiado cansada, no debería haberme levantado tan temprano.

Cuando abro los ojos de nuevo, están anunciando por megafonía que estamos a punto de aterrizar. Busco a Gonzalo con la mirada y lo encuentro a pocos centímetros de mí, sonriendo divertido, y me dice:

–          Buenos días otra vez. ¿Estás más descansada?

–          Sí, gracias. – Le respondo mientras me acurruco bajo una manta que no tenía antes de quedarme dormida y añado haciendo un mohín: – Quiero dormir un poquito más.

–          Estamos a punto de aterrizar, querida Bella Durmiente. – Me dice Gonzalo sonriendo divertido. – Podrás descansar en cuanto lleguemos al hotel.

–          ¿Hoy no tenemos exposiciones que visitar ni subastas a las que asistir? – Le pregunto confundida.

–          Sí, pero también tendremos tiempo para descansar un poco. – Me contesta. – Abróchate el cinturón, vamos a aterrizar.

Una hora y media más tarde, entramos en el lujoso hotel dónde Gonzalo ha reservado las habitaciones. Nos acercamos a la recepción y, en perfecto inglés, Gonzalo le dice a la recepcionista:

–          Tengo reservada la suite Presidencial a nombre de Gonzalo Cortés.

La recepcionista le sonríe poniéndole ojitos y después me mira a mí con antipatía, está claro lo que piensa y yo la fulmino con la mirada. Gonzalo, que parece tener el poder de leerme la mente, coloca su brazo alrededor de mi cintura y me atrae hacia a él, dejándome pegada a su lado derecho y dejándole muy claro a la recepcionista quién le interesa a él. O al menos eso es lo que yo quiero creer.

–          Aquí tiene la llave de su suite, señor Cortés. – Le dice la recepcionista ruborizada. Le hace un gesto a un botones para que se acerque y añade – El botones les acompañará a su habitación y les llevará las maletas.

Gonzalo asiente con la cabeza, guarda su carné de identidad en su cartera y, sin soltarme la cintura, me guía tras el botones hacia los ascensores.

La suite Presidencial está situada en una de las últimas plantas del edificio, con unas vistas increíbles a la ciudad de Londres. Entramos en la suite y me quedo maravillada. Un enorme salón preside la estancia y un pequeño pasillo lleva a dos habitaciones dobles, cada una con baño propio. Cuando termino de recorrer la suite y vuelvo al hall, me encuentro a Gonzalo dándole una propina al botones y cerrando la puerta de la habitación.

–          ¿Qué te parece la habitación? – Me pregunta sonriendo.

–          Es perfecta. – Le respondo alegremente.

Nos instalamos en nuestras respectivas habitaciones y bajamos al restaurante del hotel para comer algo. A las cuatro de la tarde hay una exposición de los objetos que subastarán mañana y queremos asistir. Así que después de comer, nos aseamos, nos cambiamos de ropa y nos dirigimos a la exposición.

En la entrada del recinto, un asistente se nos presenta y nos busca en la lista de asistentes. Nos encuentra y nos da unos planos y un listado de todos los objetos que están en exposición y en subasta. Mientras nos explica cómo está organizada la exposición y la subasta y nos habla como si Gonzalo y yo fuéramos pareja, pero ninguno de los dos le corregimos.

–          Espero que encuentren lo que han venido a buscar para su casa. – Nos despide el asistente para dejarnos a nuestro aire.

Gonzalo y yo paseamos por todo el recinto prestando atención a todas las obras, las esculturas, los cuadros y el mobiliario, pero sin acabar de encontrar algo que realmente nos guste para su nueva casa. Hasta que vemos una fuente de agua idéntica a la fuente del jardín de la casa que le enseñé a Gonzalo por internet, la casa de mis sueños en la cual nos hemos basado para construir la casa de Gonzalo.

–          ¿Es la misma fuente? – Me pregunta Gonzalo acercándose a la fuente y sonriendo. – Es increíble que hayamos tenido tanta suerte.

–          La fuente está en la subasta de mañana. – Le digo revisando el listado que nos han entregado al entrar en el recinto.

–          Nos la llevaremos. – Sentencia Gonzalo. Aunque solo nos llevemos la fuente, el viaje ya habrá valido la pena.

Continuamos paseando por el recinto admirando la exposición hasta que escuchamos una voz masculina detrás de nosotros:

–          ¿Yasmina Soler?

Doy media vuelta y me encuentro con Max Thorme, un antiguo cliente de mi padre, de unos treinta y seis años, muy atractivo. Pero hay algo en él que nunca me ha gustado. Siempre se muestra educado, atento y amable, pero mi instinto me dice que bajo todo eso se esconde otra persona muy diferente. Por eso siempre he rechazo todas su invitaciones, por eso y porque una vez me dijo que yo era la mujer perfecta para él. Desde entonces, le evito.

–          Señor Thorme, ¡qué coincidencia! – Lo saludo fingiendo una sonrisa al mismo tiempo que le estrecho la mano.

Gonzalo coloca su brazo alrededor de mi cintura y, con tono frío y distante, saluda:

–          Max.

–          Gonzalo. – Le devuelve el saludo Max Thorme con la misma indiferencia. – Me alegro de volver a verla, señorita Soler y, si tiene tiempo, quizás podamos acudir a una exposición de fotografía mañana por la noche. Creo recordar que la fotografía le encanta.

–          Gracias, pero lo cierto es que solo hemos venido a pasar el fin de semana a Londres para venir a la exposición. – Le respondo quitándomelo de encima.

Está claro que Gonzalo y Max Thorme se conocen y no se tienen en gran estima. Tomo nota mental para preguntarle más tarde a Gonzalo sobre ello.

El mismo asistente que se nos ha presentado en la entrada se nos acerca y nos dice:

–          Señores, señorita, me complace invitarles a la gala de mañana por la noche para celebrar el final de la exposición anual.

–          Cuente conmigo. – Confirma Max Thorme.

–          ¿Y la joven pareja? – Nos pregunta el asistente.

Me quedo muda. Si digo algo tendré que desmentir que Gonzalo y yo no somos pareja y no estoy dispuesta a hacerlo delante de Max Thorme, no podría quitármelo de encima. Me tenso solo de pensarlo. Como yo no digo nada, Gonzalo toma las riendas de la situación. Me estrecha contra su cuerpo tratando de tranquilizarme y me pregunta sonriendo:

–          ¿Quieres que asistamos a la gala o prefieres que descansemos en el hotel?

–          No hace falta que lo decidan ahora, si deciden venir serán bien recibidos. – Me salva el asistente.

–          Es hora de marcharnos, debemos descansar. – Nos excusa Gonzalo. – Buenas noches, caballeros.

–          Buenas noches. – Decimos al unísono Max Thorme, el asistente y yo.

Salimos del recinto y Gonzalo, que es muy observador, me pregunta con tono serio:

–          ¿Por qué has dejado que Thorme crea que somos pareja?

–          Thorme es un antiguo cliente de mi padre. – Le respondo. – Tropecé con él un día en la oficina y desde entonces cree que soy la mujer de su vida. – Añado encogiéndome de hombros. – Siempre es muy educado y amable, pero hay algo en él que no me termina de transmitir confianza, así que siempre rechazo todas sus invitaciones. – Le miro de reojo y lo veo tenso. – Gonzalo, lo siento. No pretendía molestarte y mucho menos buscarte un problema yo…

–          No pasa nada. – Me interrumpe colocando su brazo sobre mis hombros y estrechándome contra su cuerpo para protegerme de la brisa fresca que se ha levantado. – Haces bien en mantenerte alejada de él, Yasmina.

–          ¿De qué os conocéis? Porque se nota a la legua que os conocéis y que además no os lleváis muy bien.

–          Es una larga historia, no querrás escucharla entera.

–          Pues hazme un resumen. – Le pido poniendo cara de cordero degollado.

–          Nos conocimos hace ya unos cuantos años, un par de años antes de fundar mi empresa, creo. – Empieza a explicar Gonzalo. – Por aquel entonces yo aún no había madurado y digamos que no le causé muy buena impresión.

–          ¿Qué fue lo que hiciste? – Le pregunto intrigada.

–          Me has dicho que te hiciera un resumen y ese ha sido el resumen. – Zanja la cuestión Gonzalo sin opción a réplica.

–          No es justo, yo te he contestado todo lo que me has preguntado. – Protesto.

Gonzalo me sonríe, le da el alto a un taxi libre que pasa frente a nosotros y, abriendo una de las puertas traseras del vehículo, me dice con su voz de ordeno y mando:

–          Sube al taxi.

Le obedezco sin rechistar, en parte por no formar un numerito. Los ingleses no entienden el impulsivo y temperamental carácter de los españoles. Bien pensado, podrían considerar a Gonzalo como un inglés, siempre educado, correcto y discreto, aunque detrás de su intensa mirada se esconde un carácter temperamental como el mío.

El taxista para el coche frente a la entrada de nuestro hotel y Gonzalo le paga, dejando una más que generosa propina. El tipo se lo agradece y le entrega una tarjeta a Gonzalo para que le llame si necesita de nuevo sus servicios al mismo tiempo que le garantiza estar de servicio las veinticuatro horas del día.

Gonzalo se acerca a mí, coloca su brazo alrededor de mi cintura y me pregunta mientras entramos en el hall del hotel:

–          ¿Te apetece cenar en el restaurante del hotel o prefieres que vayamos a algún otro sitio?

–          En el restaurante del hotel mejor, mañana por la mañana tenemos que madrugar para asistir a la subasta.

Nos dirigimos al restaurante del hotel y Gonzalo escoge una mesa apartada del resto para sentarnos a cenar. Durante la cena, Gonzalo se muestra más relajado, pero no volvemos a mencionar a Max Thorme. A las once de la noche, tras tomarnos una copa en el pub del hotel después de cenar, decidimos subir a nuestra habitación y descansar. Cuando entramos en la suite, un enorme ramo de orquídeas que hay sobre la mesa auxiliar del salón llama nuestra atención. Por un momento, creo que es Gonzalo quien me ha estado enviando las flores todas estas semanas, pero tras mirarle y ver su cara de pocos amigos al ver el ramo, lo descarto de inmediato.

–          ¿Le has dicho a alguien que estabas alojada aquí? – Me pregunta Gonzalo apretando la mandíbula y sin pizca del buen humor que tenía hace solo un momento.

–          No, no sabía dónde nos íbamos a alojar y tampoco he hablado con nadie hoy, ni siquiera con mi padre ni las chicas. – Le contesto mientras cojo la tarjeta y la leo. – “Él no te conviene, no sabrá cuidar de ti cómo te mereces.”

Gonzalo me arranca la tarjeta de las manos y la observa por todas partes. Está furioso, pero no sé el motivo ni me atrevo a preguntárselo. Maldice entre dientes y finalmente me dice:

–          ¿Qué ponía en las otras tarjetas, lo recuerdas?

–          Que creía recordar que las orquídeas son mis flores favoritas, que le gusta verme sonreír y en la tarjeta del lunes pasado ponía “no te conviene.” – Le respondo.

–          Yasmina, yo personalmente he reservado los billetes de avión y he reservado el hotel, ni siquiera Esther sabe dónde nos estamos alojando. – Me dice Gonzalo con voz seria. – Le voy a pedir a Bruce que hable con la floristería que envía las flores, quizás podamos averiguar quién te las envía. – Me mira frunciendo el ceño y me pregunta: – ¿Quién sabe que estás en Londres conmigo?

–          No sé, mi padre, Susana, Rubén y las chicas. No se lo he dicho a nadie más.

–          No pasa nada, averiguaremos quién es, ¿de acuerdo?

Gonzalo se acerca y me abraza, me estrecha entre sus brazos con fuerza y suspira profundamente antes de decirme:

–          Ve a dormir, necesitas descansar.

No puedo evitar sentirme decepcionada, me hubiera gustado poder quedarme entre sus brazos toda la noche, pero en lugar de eso le doy las buenas noches y me encierro en mi habitación.

La mañana siguiente me despierto a las siete de la mañana, me doy una ducha, me visto y salgo de mi habitación en busca de Gonzalo. Lo encuentro de pie en el salón hablando por teléfono y caminando de un lado a otro visiblemente nervioso.

–          Buenos días. – Le saludo tímidamente.

Gonzalo se vuelve hacia a mí, me dedica una sonrisa y me hace un gesto para que espere un momento.

–          Llámame en cuanto encuentres algo. – Le dice a su interlocutor antes de colgar. Deja el teléfono sobre la encimera y me dice sonriendo: – Buenos días, Yasmina. ¿Has dormido bien?

–          Sí, gracias. – Le respondo devolviéndole la sonrisa. – ¿Has desayunado ya?

–          No, estaba esperando a que te levantaras. ¿Bajamos a desayunar?

Bajamos a desayunar a la cafetería del hotel y una hora más tarde estamos montados en un taxi de camino a la subasta. Cuando llegamos al recinto, vemos carteles anunciando la gala de esta noche y Gonzalo me pregunta:

–          ¿Quieres asistir a la gala de esta noche?

–          Me encantaría, pero no he traído ningún vestido, tendría que ir de compras.

–          Eso no es problema, podemos ir después de la subasta.

–          ¿Quieres acompañarme a ir de compras? – Le pregunto divertida.

–          Por supuesto. – Me contesta sonriendo con picardía.

Vale, está coqueteando conmigo y no son imaginaciones mías. Entramos en la sala de la subasta y nos sentamos en la tercera fila para tener una buena panorámica. Gonzalo me entrega la paleta y me susurra al oído:

–          Si pujas tú nos lo pondrán más fácil.

Asiento con la cabeza y le dedico una sonrisa. Un tipo sube a la pequeña plataforma elevada y, tras presentarse, explica las normas antes de empezar con la subasta. Uno a uno, los objetos empiezan a ser subastados y pronto aparece nuestra fuente. El presentador hace una breve presentación del objeto y abre la subasta por 500€. Subo la paleta y apuesto por 550€. Un hombre sentado en la segunda fila mueve su paleta subiendo a 600€ y yo vuelvo a subir a 650€. El tipo se vuelve a mirarme furioso pero en cuanto me ve su gesto se relaja y me dedica una cómplice sonrisa, ya no va a pujar más. El presentador me adjudica la fuente y anota el número de paleta para después firmar los documentos que lo hagan oficial.

–          Buen trabajo, cariño. – Me susurra Gonzalo al oído burlonamente.

Como todo ha salido según lo previsto, Gonzalo firma los documentos de la compra y también añade un servicio de envío a Barcelona, concretamente a su nueva casa.

El asistente de ayer nos ve, se acerca a saludarnos con una sonrisa en los labios y nos pregunta:

–          ¿Os veré esta noche en la gala?

–          Por supuesto, aquí estaremos. – Le confirma Gonzalo.

–          No sabes cuánto me alegra oír eso, pareja. – Nos dice el asistente alegremente. – Os aseguro que lo pasaréis bien.

Un grupo de hombres se nos acercan y saludan a Gonzalo, son conocidos con los que ha llevado a cabo algún negocio y que le tienen en alta estima. Tras estrecharles la mano, Gonzalo coloca su brazo alrededor de mi cintura y me presenta:

–          Caballeros, les presento a Yasmina Soler.

No hace falta que dé ningún tipo de explicación, su posesivo gesto sobre mí habla por sí solo pero, por si a alguien le ha quedado la menor duda, el asistente les dice al resto de hombres:

–          El señor Cortés y la señorita Soler han venido a buscar algo para su nueva casa y se han llevado la fuente de jardín. Cuando tengan hijos, apuesto a que les encantará verles correr por el jardín alrededor de la fuente.

–          Estoy seguro de ello, ¿verdad, cariño? – Me pregunta Gonzalo sonriendo.

–          Claro, cielo. Me muero de ganas de ver a nuestros cuatro hijos corriendo por el jardín de nuestra nueva casa. – Le respondo siguiéndole la broma.

Todos nos reímos y, tras despedirnos, Gonzalo y yo tomamos un taxi para ir de compras.

–          ¿De verdad quieres tener cuatro hijos? – Me pregunta Gonzalo divertido cuando entramos en el taxi.

–          La verdad es que ni siquiera he pensado en tener uno, pero quería ver tu cara al escucharlo. – Me mofo.

–          Yo tampoco me lo había planteado antes, pero la verdad es que no me importaría tener cuatro hijos. – Comenta Gonzalo encogiéndose de hombros.

–          ¿Tienes hermanos? – Le pregunto.

–          Sí, tengo un hermano y una hermana.

–          ¿Y cómo es tu relación con ellos?

–          Bueno, mi hermano Pablo es dos años más pequeño que yo, así que desde niños nos hemos peleado y esas cosas, pero conforme han ido pasando los años nuestra relación ha mejorado, supongo que ambos hemos madurado. Y luego está mi hermana Claudia, tiene veintisiete años y es la pequeña de los tres. Con ella siempre me he llevado bien, es mi protegida. – Me dice Gonzalo con complicidad. – Estoy seguro de que Claudia y tú os llevaríais bien si os conocierais.

–          Probablemente, somos de la misma edad. – Le confirmo.

El taxi se detiene y Gonzalo me sonríe antes bajar del vehículo y rodearlo para abrir la puerta de mi lado y ayudarme a bajar.

–          Señorita Soler, vamos a comprar. – Me dice sonriente.

Entramos en la lujosa tienda de Armani y rápidamente una dependienta se nos acerca y con un tono de lo más amable, nos dice:

–          Buenos días, ¿les puedo ayudar?

–          Tenemos que acudir a una gala de etiqueta esta misma noche y necesitamos un traje y un vestido. ¿Cree que hay alguna posibilidad de conseguirlo para esta misma noche?

–          Por supuesto, acompáñenme por favor. – Nos dice la dependienta.

Nos guía a una sala con todas las paredes llenas de espejo, un sofá de dos plazas y un enorme vestidor al fondo.

–          Aquí se podrán probar los vestidos y los trajes, pero antes vamos a dar una vuelta y seleccionar algunos vestidos. – Nos explica la dependienta. Se vuelve hacia a mí y me pregunta con una dulce sonrisa en los labios: – ¿Tenía algo pensado?

–          Pues, no tengo nada pensado. – Le confieso.

–          No importa, le enseñaré unos cuantos y podrá escoger. – Me responde la dependienta.

–          Ve con ella, nos vemos aquí en un rato, cariño. – Me susurra Gonzalo.

Le dedico una sonrisa y doy media vuelta para seguir a la dependienta que empieza a mostrarme vestidos. Tras media hora dando vueltas por la tienda, he escogido cinco vestidos, de los cuales dos ya los hubiera descartado si no fuera porque la dependienta ha insistido en que me los pruebe. Cuando por fin llego a la sala para probarme los vestidos, me encuentro a Gonzalo vestido con un traje negro, una camisa gris marengo y una corbata negra. Está muy sexy y me derrite cuando me dedica una sonrisa macarra.

–          ¿Has encontrado algo que te guste? – Me pregunta sin dejar de sonreír.

–          Llevo cinco vestidos, será mejor que te sientes y te pongas cómodo, cariño. – Bromeo.

Gonzalo me devuelve la sonrisa y yo me dirijo al probador, seguida de la dependienta, que me ayudará a ponerme los vestidos. Decido probarme primero el vestido que menos me gusta, un vestido verde botella de cuello de barca y manga larga con forma de tubo y abierto desde el muslo. Salgo del probador y Gonzalo ya está sentado en el sofá, cómodo para ver el improvisado desfile.

–          ¿Qué te parece? – Le pregunto caminando un par de pasos hacia a él y dando una vuelta sobre mí misma. – No me gusta.

–          A mí me gusta, pero tienes cuatro vestidos más por probarte. – Me responde encogiéndose de hombros.

Doy media vuelta y regreso al probador. La dependienta me ayuda a quitarme el vestido y también me ayuda a colocarme el segundo vestido. Esta vez escojo el vestido azul atado al cuello con la espalda al descubierto y caído hasta el suelo. En cuanto salgo del probador, Gonzalo me mira de arriba abajo y me sonríe. Sin duda alguna, este vestido le gusta más que el primero.

–          Este vestido le sienta muy bien, ¿verdad, señor Cortés? – Le pregunta la dependienta a Gonzalo.

–          Le queda perfecto. – Le responde Gonzalo sin dejar de mirarme.

Le sonrío, doy media vuelta y entro de nuevo en el probador. Esta vez decido probarme el vestido rosa con escote palabra de honor y ceñido hasta la cadera y suelto hasta el suelo. Salgo del probador y Gonzalo me sonríe.

–          Esto se está poniendo difícil, cariño. – Me dice con la voz ronca.

–          Aún quedan dos más, espera a verlos todos antes de dar tu opinión no sea que después te arrepientas. – Le aconsejo guiñándole un ojo.

–          ¿Has dejado los mejores para el final? – Me pregunta pícaramente.

Me río y vuelvo a entrar en el vestidor. Ya solo me quedan dos vestidos, el rojo y el blanco. Me decido a probarme primero el rojo y dejo el blanco para el final, que es el que más me gusta. Me miro en el espejo del probador antes de salir, el vestido es precioso, de un color rojo intenso, con dos finos tirantes que se cruzan en la espalda formando una x y dejando la espalda al descubierto, ajustado hasta las rodillas y con cola de sirena. Salgo del probador y la sonrisa que me dedica Gonzalo es mucho más que sugerente. Creo que de los cuatro vestidos que me he probado este es el que más le gusta.

–          Estás preciosa. – Me dice casi en un susurro, mirándome con intensidad.

–          Gracias. – Le respondo ruborizada.

–          Ya solo nos queda un vestido. – Apunta la dependienta.

Regreso al probador y me pongo el último vestido, el vestido blanco al estilo diosa griega. Va sujeto con dos gruesos tirantes que se unen en el hombro con una pedrería dorada, ceñido hasta la cadera donde la misma pedrería forma un cinturón para después dejar caer la tela hasta el suelo. Me miro en espejo y me veo perfecta, este es el vestido que quiero llevar esta noche. Salgo del probador y, en cuanto me ve, Gonzalo se levanta del sofá y me mira con intensidad, pero no dice nada.

–          Parece que al señor Cortés le gusta mucho este vestido. – Comenta la dependienta.

–          El mejor para el final. – Corrobora Gonzalo.

–          Me llevo este. – Le confirmo a la dependienta.

Entro de nuevo el probador, me quito el vestido y se lo doy a la dependienta para que se lo lleve a la caja mientras yo termino de vestirme. Cuando salgo del probador me tropiezo con Gonzalo que me está esperando en la misma puerta.

–          Pagamos, regresamos al hotel, comemos en el restaurante y subimos a la suite a descansar un rato antes de asistir a la gala. – Me dice Gonzalo sonriendo.

Nos dirigimos a la caja para pagar su traje y mi vestido y la dependienta nos entrega las bolsas y le devuelve la tarjeta de crédito a Gonzalo, que parece ser que se me ha adelantado al pagar.

–          Es mi vestido, debería pagarlo yo. – Protesto por enésima vez nada más nos sentamos a comer en el restaurante del hotel.

–          Ya te dije que todos los gastos del viaje correrían a mi cuenta. – Me repite Gonzalo empezando a perder la paciencia.

–          Pero ese vestido no solo me lo voy a poner esta noche, me lo pondré muchas más veces, así que lo justo es que lo pague yo.

–          ¿De verdad quieres que sigamos discutiendo sobre lo mismo? Te advierto que no voy a cambiar de opinión. – Sentencia Gonzalo.

Finalmente, me resigno y dejo de insistir.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.