Solo tuya 10.

Solo tuya

“El mejor placer en la vida es hacer lo que la gente te dice que no puedes hacer.” Walter Bagehot.

Al día siguiente, me despierto cuando, a las dos de la tarde, mi padre me llama por teléfono para decirme que acaba de regresar de Madrid. Medio dormida, le pregunto cómo ha ido el viaje y le digo que iré a su casa a cenar, pero que ahora necesito dormir un poco más, me estoy haciendo mayor para este ritmo de vida. Cuando cuelgo, leo un mensaje de Lorena que dice que más tarde me llamará y, cito textualmente, para narrarme todas las acrobacias sexuales que hizo con Erik anoche. Dejo el móvil de nuevo en la mesita de noche, cierro los ojos y vuelvo a quedarme dormida.

Me despierto a las cinco de la tarde, de nuevo con el sonido incesante de mi móvil que debí desconectar después de hablar con mi padre. Sé que es Lorena quien llama, muerta de ganas de contarme con todo detalle los orgasmos que tuvo anoche. Sin abrir los ojos, estiro el brazo en busca de mi móvil y le digo nada más descolgar:

–          No quiero saber cuántos orgasmos tuviste anoche ni cómo los tuviste.

–          Me alegro, porque no tuve ninguno y no hubiera sabido qué decir. – Me responde la voz de Gonzalo al otro lado del teléfono.

–          No eres Lorena. – Digo deseando que me trague la tierra.

–          Me temo que no. – Me responde divertido y me pregunta riendo: – ¿Eso es de lo que habláis las chicas? ¿De vuestros orgasmos?

–          No puedes preguntarme eso nada más despertarme. – Protesto.

–          Tienes razón, antes debería invitarte a cenar, pero se me han adelantado. – Me dice con tono serio. – Mañana tengo que viajar a Ginebra y voy a estar unos días fuera, pero no se me olvida que tenemos una conversación pendiente.

–          ¿Cuándo regresas? – Le pregunto sin importarme lo que sea que vaya a hacer en Suiza, no quiero que se vaya.

–          Regreso el jueves. – Me responde y me recuerda: – El viernes por la mañana sale nuestro vuelo a Londres.

–          Llámame cuando regreses y quedamos para encontrarnos en el aeropuerto.

–          Te llamaré el jueves cuando regrese y quedaremos para pasar a recogerte a tu casa e ir juntos al aeropuerto. – Me corrige. – Y eso no es discutible.

–          Contigo no hay nada discutible, siempre tienes la última palabra. – Le reprocho con mi habitual mal humor matutino al recordar que anoche rechazó mi invitación a tomarse la última copa en casa.

–          Estás enfadada, pero no sé si es porque te he despertado o por alguna otra razón. – Me dice con tono serio.

–          No estoy enfadada. – Refunfuño.

–          Entonces, tu amiga Lorena va a tener razón. – Me contesta divertido.

–          ¿En qué tiene razón? – Le pregunto desconfiada.

–          Eso mejor ya lo hablaremos cuando nos tomemos esa última copa que tenemos pendiente. – Me responde divertido. De fondo se oye la voz de una mujer que lo llama y Gonzalo se despide: – Tengo que colgar, Yasmina. Te llamaré el jueves y concretamos para ir al aeropuerto.

–          De acuerdo, que tengas un buen viaje. – Le deseo un poco triste.

–          Gracias, Yasmina. Hablamos pronto.

–          Hablamos pronto. – Me despido antes de colgar.

Tras darme una ducha y recoger un poco el piso, voy a cenar a casa de mi padre. Lo saludo con un abrazo y ambos nos dirigimos a la cocina donde juntos preparamos la cena mientras él me cuenta cómo le ha ido por Madrid. Cuando nos sentamos a cenar, mi padre, que me conoce muy bien, me mira a los ojos y me pregunta:

–          ¿Quieres decir ya lo que tengas que decir? Estoy empezando a ponerme nervioso.

–          No es nada malo, tan solo algo diferente. – Le adelanto para allanar el terreno. – Gonzalo Cortés me ha pedido que le acompañe a Londres el próximo fin de semana para acudir a una exposición y subasta de mobiliario y objetos de decoración para el hogar.

–          Ir o no es decisión tuya. – Me dice mi padre. – Por contrato no estás obligada a acompañarle, pero si quieres ir a mí me parece bien. Solo te pido una cosa, no sé qué os traéis tú y Cortés, ni si os conocíais antes de que nos contratara, y la verdad es que prefiero no saberlo, pero sí te pido que recuerdes que, hasta que finalice la obra, Cortés sigue siendo nuestro cliente.

–          No conocía a Gonzalo hasta que tuve que hacerme cargo de la reunión con él de la que te escaqueaste. – Le reprocho. – Y tampoco me traigo nada con él, al menos de momento.

–          Cielo, sabes que yo no me meto en tu vida, pero se dice que Gonzalo Cortés no es uno de esos hombres que quieren casarse y formar una familia, aunque yo también tenía esa reputación hasta que conocí a tu madre. – Me mira a los ojos y pregunta: – ¿Te gusta ese hombre? Es algo mayor que tú.

–          Concretamente, ocho años mayor que yo. – Le confirmo. – Tengo que confesar que lo he visto fuera del trabajo, aunque solo para tomar una copa con Lorena y uno de sus amigos, no ha pasado nada entre nosotros.

–          ¿Quieres que pase algo entre vosotros?

–          No lo sé. – Respondo encogiéndome de hombros. – Me siento cómoda hablando con él, nos hemos hecho amigos en este mes y medio y se porta muy bien conmigo.

–          Tengo que advertirte que a Rubén no le gusta nada. – Comenta mi padre.

–          A Rubén últimamente no le gusta nada de lo que yo hago. – Le respondo rodando los ojos cómicamente. – Discutimos cada vez que nos vemos y parece que la única forma de trabajar juntos es no viéndonos y hablando por e-mail.

–          Cielo, que Rubén esté así, ¿no te dice nada?

–          ¿A qué te refieres?

–          Hija, hasta yo me he dado cuenta. – Me dice mi padre riendo. – A Rubén le gustas desde siempre. La verdad es que incluso llegué a pensar que acabaríais juntos, siempre os habéis llevado muy bien.

–          Papá, Rubén y yo solo hemos sido amigos, casi hermanos. – Le aclaro. – Aunque estos últimos meses parecemos dos desconocidos, es como si él ya no fuera la misma persona de antes.

–          Ahí tengo que darte la razón, últimamente está muy raro, incluso me atrevería a decir que está bastante distante, pero como paso más tiempo en Madrid que en Barcelona no le había dado tanta importancia.

–          A ver si cuándo acabe la obra de Cortés se le pasa el cabreo y vuelve a ser el de antes.

–          ¿Le has mencionado a Rubén el viaje a Londres con Cortés?

–          No, ¿debería hacerlo?

–          Se va a enterar de todas formas, Yas. – Opina mi padre.

–          Está bien, le mandaré un e-mail. – Le respondo con sorna.

Con mi padre puedo hablar de cualquier cosa, aunque no con las mismas palabras con las que hablo con Lorena. Él nunca me juzga ni trata de decirme lo que tengo que hacer a menos que yo le pida consejo.

El lunes por la mañana cuando entro en mi despacho me encuentro con un nuevo ramo de orquídeas. Cojo la tarjeta y la leo: “No te conviene.” Me dejo caer en el sillón y resoplo frustrada. ¿Qué es lo que no me conviene? ¿Quién me manda las malditas flores? Todo esto ya me está empezando a mosquear.

–          Bonitas flores. – Me dice mi padre asomando la cabeza por mi despacho. – ¿Quién te las envía?

–          No lo sé. – Le respondo encogiéndome de hombros. – Papá, ¿sabes si Rubén va a aparecer por la oficina hoy?

–          Eso espero, he quedado con él en media hora.

Mi padre regresa a su despacho y yo me quedo pensando en el mío. Ya que voy a ver a Rubén y que la situación entre nosotros es bastante tensa, lo más lógico sería quedarme en la oficina y hablar con él para solucionarlo, a pesar de que lo que más desearía hacer sería de aquí y esconderme para no tener que ver ni hablar con Rubén, a poder ser en Ginebra.

Me reprendo mentalmente por acordarme de Gonzalo. Ese es otro frente abierto que tengo que tratar, pero ya pensaré en ello más adelante, ahora se me acumulan las tareas pendientes.

Media hora más tarde, tal y como mi padre me había dicho, Rubén aparece por la oficina, pero entra en el despacho de mi padre sin pasar a saludarme. No sale de allí hasta pasadas casi tres horas y no parece muy contento. A pesar de todo, salgo detrás de él y le digo:

–          Rubén, ¿tienes un minuto?

Su cara es un poema, no parece tener muchas ganas de verme y menos aún de hablar conmigo, pero se acerca lentamente y me responde:

–          Siempre tengo tiempo para la subdirectora de la empresa.

Entramos en mi despacho mientras me muerdo la lengua para no replicar su comentario, es mejor que trate de relajarme o terminaremos de romper la escasa relación que tenemos. Rubén echa un rápido vistazo al ramo de orquídeas y me dice con frialdad:

–          Tú dirás.

–          Tenemos que arreglar esto, Rubén. – Le suelto de golpe. Ala, ya lo he dicho. – No podemos comportarnos como dos extraños cuando no lo somos. ¡Joder, te considero como a un hermano!

–          Ese es el problema, Yas. – Me suelta él. – Soy como un puñetero hermano y tú no te das cuenta de que quiero ser algo más.

Joder, esto no me lo esperaba. Me quedo callada, con la mirada perdida mientras mi mente va a mil por hora recordando que intentó besarme una noche tras cenar en casa de mi padre, que después de eso desapareció unas semanas y cuando regresó lo hablamos y lo solucionamos. Se volvió a complicar cuando salimos a cenar juntos y hablamos de Gonzalo. Su opinión discrepó con la mía y él trató de convencerme de lo malo malísimo que era Gonzalo. Desde entonces, apenas hemos hablado y siempre por e-mail.

–          ¿No piensas decir nada? – Me pregunta con sarcasmo.

–          ¿Eres tú quién me envía las orquídeas? – Le pregunto sin entender nada.

–          No. ¿No sabes quién te las envía? – Su cara delata que, efectivamente, Rubén no tiene nada que ver con las flores. – Pregúntale a Cortés, estoy seguro de que él tiene mucho que ver con eso.

–          Gonzalo Cortés no tiene nada que ver con las flores. – Le aclaro.

–          ¿Tampoco tiene nada que ver con que te vayas este fin de semana a Londres? – Me pregunta con tono de reproche. – Borja me lo ha contado.

–          Entonces, supongo que también te habrá contado el motivo por el cuál vamos juntos a Londres.

–          En menos de una semana la casa de Cortés estará acabada, de los detalles de la decoración se encargará Borja, así que ya no me necesitaréis. – Me dice nervioso y, mirándome a los ojos, añade – Le he pedido una excedencia a tu padre y me iré unos meses fuera, necesito cambiar de aires. Quizás cuando regrese podamos hablar y normalizar todo esto, pero me temo que ahora no es un buen momento.

–          Rubén, yo…

–          No digas nada, Yas. No es necesario. – Me interrumpe. – Ya me ha quedado claro que no sientes lo mismo que yo y lo último que deseo es que te compadezcas de mí. – Se levanta del sillón, se acerca para darme un abrazo y añade: – Cuídate, Yas.

–          Tú también, Rubén.

Me siento un poco incómoda al despedirme de Rubén, pero sé que tiene razón y que ahora mismo no podríamos ser capaces de hablar más de diez minutos como dos personas civilizadas. Lo mejor es que el tiempo calme las cosas, quizás dentro de unos meses podamos reírnos de todo esto y volver a ser los amigos que hemos sido hasta hace pocas semanas.

El martes por la tarde recibo la inesperada visita de Paula en mi oficina. Cuando Susana me avisa que Paula ha venido a verme, no puedo menos que sorprenderme.

–          Siento venir sin avisar, estaba aquí cerca y necesitaba hablar con alguien. – Me saluda nerviosa Paula dándome dos besos.

–          Ven, siéntate y cuéntamelo todo. – Le digo cuando los ojos se le empiezan a llenar de lágrimas.

–          No sé por dónde empezar. – Me dice secándose las lágrimas de la cara. – Al principio no dije nada porque pensaba que no había nada que contar y ahora no sé cómo decirlo. Sé que tú me vas a entender y sé que puedo confiar en ti.

–          Estás empezando a ponerme nerviosa, ¿has matado a alguien o qué?

–          No he matado a nadie. – Me replica Paula. – Pero he hecho algo que no sé si os va a gustar ni cómo os lo vais a tomar, sobretodo Lorena.

–          Vale, ahora me estás asustando. – Confieso.

–          De acuerdo, iré al grano: me estoy viendo con Mario.

–          Mario, ¿nuestro Mario? ¿El hermano de Lorena?

–          El mismo. – Me confirma Paula.

–          Y cuándo dices que te estás viendo con él…

–          Exacto, me refiero a que hemos iniciado una relación romántica.

–          Vamos, que ya lo has metido en tu cama. – Comento. Miro a Paula, que me observa esperando una reacción, tal vez un reproche, pero no tengo nada que reprocharle, más bien todo lo contrario. – Y, ¿cuál es el problema? Hasta donde yo sé, Mario siempre te ha gustado y eso todas lo sabemos.

–          El problema es que empecé a verme con él en San Valentín, cuando salimos a cenar Lorena, tú y yo y después fuimos al Dublín para celebrar nuestra soltería. – Me confiesa.

–          ¡De eso hace ya casi cinco meses! – Protesto. – ¿Por qué no has dicho nada hasta ahora?

–          No sé, todo empezó de improviso, hace muchos años que me resigné al amor de Mario, siempre nos ha visto como a las amigas de su hermana pequeña. Aquella noche tú y Lorena decidisteis seguir la fiesta y yo ya no podía ni con mi alma. Le dije a Lolo que iba a pedir un taxi para regresar a casa, Mario se ofreció a llevarme y yo no supe decirle que no. – Me empieza a contar. – Estaba tan borracha que me puse malísima, pero Mario me llevó a casa, me cuidó y se portó como todo un caballero. Al día siguiente me llamó por teléfono para preocuparse por mí y por la noche se presentó en mi casa con unas hamburguesas para cenar. Empezó a llamarme todos los días de la semana y el viernes siguiente acepté su invitación a cenar. Fue como una primera cita: cena en un buen restaurante, una copa en un pub elegante, me acompaña a casa y se despide de mí dándome un leve pero intenso beso en los labios. Después de esa primera cita vinieron muchas más, pero todo era tan perfecto que ni yo me lo creía. Esperaba que en algún momento todo se acabara, todas conocemos la fama de Mario. El caso es que no ha sido así y nuestra relación ha seguido avanzando, tanto que Mario se ha cansado de que nos veamos a escondidas como si estuviéramos haciendo algo malo y quiere hacerlo público ya.

–          No estáis haciendo nada malo, Paula. – Le aseguro.

–          Lo sé, pero lo he ocultado tanto tiempo que me siento culpable. Además, también me preocupa la reacción de Lorena, Mario es su hermano.

–          Ya conoces a Lorena, a ella le parecerá genial. – Le digo sabiendo que Lorena se alegrará. – Pero, si quieres un consejo, díselo ya y no le digas que me lo has dicho a mí primero, eso le sentará fatal teniendo en cuenta que Mario es su hermano.

–          Voy a llamarla y a quedar con ella, no puedo vivir más con esta angustia. – Decide Paula. – Gracias por hacerme verlo todo tan claro, eres un sol. – Paula me abraza y se despide: – Ten el móvil a mano, te llamaré si Lorena se vuelve aún más loca y no puedo con ella.

Poco después yo también me marcho a casa y me doy un baño para relajarme. Está semana está siendo especialmente dura y, aunque no lo reconoceré en voz alta, echo de menos a Gonzalo, mucho más de lo que debería. Dentro de la bañera rodeada de agua caliente y espuma con olor a vainilla, cierro los ojos y trato de dejar la mente en blanco cuando el estridente sonido de mi móvil me saca de mi efímero estado de relajación. Hoy no es mi día. Estoy a punto de lanzar el móvil contra el suelo del baño cuando veo que es Gonzalo quien me llama y una sonrisa se dibuja en mis labios. Descuelgo la llamada y me relajo al oír su voz:

–          Buenas noches, Yasmina. ¿Te pillo en mal momento?

–          Eh, supongo que no. – Balbuceo nerviosa.

–          ¿Supones que no? ¿Qué estás haciendo? – Me pregunta divertido.

–          Bueno, estaba tratando de relajarme dándome un baño con espuma mientras me bebo una copa de vino pero soy incapaz de dejar la mente en blanco.

–          Un baño de espuma con una copa de vino, suena muy apetecible.

–          Suena mejor de lo que resulta, créeme.

–          ¿Va todo bien?

–          Sí, Rubén me ha confirmado que esta semana acabará los últimos retoques de la obra y el lunes Borja empezará a encargarse de la decoración, en tres semanas como mucho podrás mudarte. – Le contesto.

–          No me refería a eso, te preguntaba si tú estás bien.

–          Sí. – Miento. – Todo genial.

–          No se te da bien mentir. – Bromea Gonzalo. – ¿Sigues estando en la bañera?

–          Sí, me estoy empezando a arrugar como una pasa. – Confieso.

–          Te dejo que termines de… relajarte. – Me dice con la voz ronca. – Buenas noches, Yasmina.

–          Buenas noches, Gonzalo. – Me despido antes de colgar.

Cierro los ojos, cojo aire y sumerjo mi cabeza en la bañera antes de ponerme en pie y secarme. Me siento anestesiada, como siempre que hablo o me encuentro con Gonzalo, él tiene ese efecto en mí. Lo peor es que no dejo de preguntarme qué pasará cuando el proyecto termine y ya no tenga ninguna razón para llamar a Gonzalo o reunirme con él. Y tampoco puedo evitar ponerme nerviosa y sentir un nudo en el estómago cuando lo pienso.

Decido llamar a Lorena y desahogarme, puede que ella también necesite desahogarse si ha hablado con Paula. Me responde al segundo tono:

–          Estaba a punto de llamarte.

–          Tú primera. – Le digo.

–          He quedado con Paula esta tarde, está saliendo con mi hermano.

–          Y, ¿qué te parece? – Le pregunto con cautela.

–          Pues me parece bien, lo que no me parece tan bien es que no me lo hayan dicho hasta ahora. – Protesta. – ¿Soy un puto ogro que todo se lo toma a mal como para que me oculten estas cosas?

–          No eres ningún ogro. – Le digo tratando de contener la risa. – Además, puede que ni ellos supiesen lo que estaban haciendo o hasta a dónde iban a llegar.

–          Sí, eso es lo que me ha dicho Paula. – Comenta Lorena. – En cualquier caso, me alegro por ellos. Y tú, ¿qué?

–          Yo tengo un problema y creo que bastante gordo.

–          Deja que adivine, ¿Gonzalo Cortés tiene algo que ver?

–          Acaba de llamarme y me acabo de dar cuenta de que lo deseo y lo echo de menos más de lo que la lógica y la sensatez pueden dictarme. – Suspiro sonoramente y confieso: – No quiero acabar el proyecto porque eso significará dejar de verle.

–          Tienes todo un fin de semana para hacer que Gonzalo no se olvide de ti jamás, cómprate un conjunto de lencería sexy pero casual y escoge el mismo estilo de ropa para el viaje, tienes que estar muy sexy pero sin pretender querer estarlo, ya me entiendes. – Me aconseja Lorena. – Coquetea con él inocentemente, es un hombre dominante y eso les pone mogollón. Lo tendrás comiendo de tu mano antes de que caiga la noche, el resto depende de ti, no me decepciones.

–          ¿Me estás aconsejando que aproveche este viaje para tirármelo?

–          Yo en tu lugar lo haría, pero que conste que solo te estaba aconsejando que lo seduzcas sin tener que meterlo en tu cama. Gonzalo es de esa clase de hombres de los que pierden el interés cuando consiguen lo que tanto ansiaban. – Me dice Lorena.

–          Entonces, ¿no deberías aconsejarme que me aleje de él? – Le reprocho.

–          Si te gusta de verdad, y así lo creo, harás lo que te dé la gana y no me escucharás. – Me dice segura de sus palabras. – Siempre has conseguido todo lo que te has propuesto, sé que tarde o temprano acabarás metiéndote en la cama con Gonzalo, solo tienes que hacer que su interés por ti aumente antes de llevártelo a la cama para que después persista.

–          Prometí que me iba a dejar llevar cuando conociera a alguien que de verdad me gustara y eso pienso hacer, después ya veremos cómo acaba…

–          Pase lo que pase, yo estaré a tu lado. – Me asegura Lorena.

–          Por cierto, ¿no vas a contarme nada de Erik?

–          Está siendo una tortura estar con él en la oficina y fingir que no quiero lanzarme a sus brazos. – Me confiesa. – Me provoca constantemente mientras él aguanta el tipo, no sé cómo es capaz de comportarse con tanta naturalidad, yo en cualquier momento voy a entrar en combustión espontánea.

Durante la siguiente media hora, Lorena me habla de su relación con Erik y me cuenta divertidas anécdotas con las que ambas no podemos parar de reír.

El miércoles por la tarde decido hacerle caso a Lorena y me voy de compras. En un arrebato de locura, me compro un par de vaqueros pitillo, unos botines marrones de tacón de aguja, unos zapatos letizios de color negro, tres jerséis finos de entretiempo, una americana entallada y ceñida de color negro, unas botas planas de media caña de color negro, una camisa blanca, otra rosa y otra de color azul. Cargada de bolsas, he decidido darme un capricho y he pasado por La Perla, donde me he comprado tres conjuntos de lencería fina y muy sexy que pienso llevarme a Londres. No sé qué es lo que puede pasar allí este fin de semana, pero pienso ir preparada para cualquier cosa.

El jueves repito la misma rutina del miércoles, me voy de compras otra vez y tengo que confesar que me he gastado mucho más de lo que había previsto, pero hacía tanto tiempo que no iba de compras que no me he parado ni a pensarlo. Y me ha sentado muy bien, casi como una terapia.

Cuando llego a casa saco mi móvil del bolso y veo una llamada perdida de Gonzalo, ha debido llamarme mientras iba conduciendo y no me he dado cuenta. Estoy a punto de llamarle cuando la pantalla de mi teléfono se ilumina y aparece su nombre. Sonrío involuntariamente antes de descolgar y saludarle:

–          Buenas noches, Gonzalo. ¿Ya estás en casa?

–          Buenas noches, Yasmina. – Me saluda con voz cansada. – La verdad es que he venido a la oficina directamente del aeropuerto. ¿Ya tienes preparada la maleta?

–          Acabo de llegar a casa, iba a ponerme a ello ahora mismo.

–          ¿Ahora llegas de la oficina? – Me pregunta muy serio.

–          No, me ha dado un ataque consumista y me he pasado la tarde de compras.

–          ¿Se trata de otro método tuyo para tratar de relajarte? – Me pregunta divertido.

–          Pues no lo era, pero la verdad es que como terapia no ha estado mal. – Bromeo.

–          ¿Qué has comprado?

–          Ropa y zapatos. – Le contesto riendo. – Mis conversaciones con Lorena pueden parecerte extrañas, pero te aseguro que las tuyas lo son aún más.

–          A mí me gustan nuestras conversaciones y siempre me hacen sonreír. – Opina Gonzalo con la voz ronca. – En fin, te llamaba para decirte que nuestro vuelo sale mañana a las nueve de la mañana, pasaré a recogerte por casa a las siete de la mañana. Mete en la maleta algo de abrigo, allí no hace tanto calor como aquí.

–          Debes estar cansado, deberías irte a casa. – Le digo preocupada.

–          Estoy bien, termino de revisar un par de informes y me voy a casa. – Me asegura. – Te veo mañana, buenas noches, Yasmina.

–          Buenas noches. – Susurro antes de colgar con el corazón a mil por hora.

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