Siempre sale el sol 9.

El lunes por la mañana, Luna se levantó temprano y acompañó a Helen a llevar a Amy al colegio para después ambas dirigirse a casa de su abuela Clare que las esperaba con un delicioso y sano desayuno.

Clare disfrutaba viendo a sus dos nietas susurrarse secretos como lo hacían cuando eran pequeñas, le encantaba verlas tan compenetradas a pesar de que en los últimos años se habían distanciado mucho, pero todo volvía a ser como antes cuando sus dos nietas estaban juntas.

Clare se sentía muy orgullosa de ambas, habían crecido y madurado sin la presencia de sus padres, los cuales perdieron durante su adolescencia y, aunque cada una lo superó a su manera, ese hecho había dejado una marca muy profunda en ambas, pero sobre todo en Luna, que dejó de montar en su caballo cuando murieron sus padres y después decidió irse a la gran ciudad para estudiar en la universidad de Ciudad Capital, pese a que a todos les hubiera gustado que se hubiera quedado en Armony.

Helen siempre había sido más apegada mientras que Luna siempre había sido más independiente. Luna pensaba que cuantas menos personas importantes en su vida tuviera, menos probabilidades tenía de volver a sufrir como lo hizo con sus padres. Creía en el amor, pero sabía que, de una forma u otra el amor siempre terminaba convirtiéndose en desamor, por lo que evitaba enamorarse a toda costa para evitar sufrir, pero su abuela estaba dispuesta a intentar que eso cambiara. Su nieta se perdía muchas alegrías y momentos de felicidad solo por evitar que en un futuro esos momentos se convirtieran en un recuerdo doloroso.

Después de desayunar, Luna se despidió de Helen y de su abuela, no sin antes prometerles que regresaría a Armony para pasar un par de semanas con ellas este verano, y se marchó en su coche rumbo a la ciudad.

Tres horas más tarde, Luna llegaba a la ciudad y decidió ir directamente a la oficina para tener tiempo de organizar un poco la reunión con Samantha y el director financiero, que estaba que echaba humo por el menosprecio que Bobby Suárez le había hecho.

—Necesitamos esa inversión para ampliar las secciones de la revista, tenemos que conseguir como sea que Bobby Suárez firme el contrato —dijo Samantha preocupada.

—Bobby Suárez es un niño mimado y consentido que está acostumbrado a tener todo lo que quiere y precisamente por eso debe pensar que nosotros también vamos a dárselo —comentó Luna.

—Es imposible darle todo lo que él quiere —se lamentó Jake, el director financiero.

—Podemos hacerle cambiar de opinión y que piense que lo que necesita es exactamente lo que nosotros le estamos pidiendo —matizó Luna.

— ¿Pretendes manipular a Bobby Suárez? —Le preguntó Jake levantando una ceja.

—Jake, puede que no sea muy ético, pero es la única salida que tenemos, a menos que tú puedas aportar una idea mejor —le contestó Luna.

—La manipulación me parece bien —sentenció Jake, que no tenía ninguna otra alternativa que aportar frente a la estrategia de Luna.

Como ninguno tenía nada más que objetar, se dedicaron a elaborar la estrategia para convencer a Bobby Suárez antes de que él llegara.

A las cuatro en punto de la tarde, Bobby Suárez hizo su aparición en las oficinas de la revista junto con su abogado. Saludó a Luna con efusiva amabilidad y alegría, después saludó a Samantha con educación y finalmente saludó a Jake con un estrechón de manos que dejaba mucho que desear si pretendía ser amable.

La reunión no fue fácil, pues Bobby Suárez se lo puso más difícil de lo que ellos mismos habían calculado, pero Luna utilizó todas sus armas para conseguir que firmara el contrato:

—Bobby, éste contrato es tan importante para ti como para nosotros, con la diferencia que nosotros podríamos encontrar cualquier otro inversor que quiera invertir en la revista pero dudo mucho que tú tengas otras revistas con las que tengas opción de invertir —le miró a los ojos y añadió con seguridad—: Podemos hacer esto de dos maneras: poniendo todos de nuestra parte o atacarnos entre nosotros. Nosotros optamos por poner todos de nuestra parte, ¿por qué optas tú, Bobby?

—Supongo que todo resultará siendo más fácil si todos ponemos de nuestra parte —concluyó Bobby finalmente.

—Bien. Pues si todos estamos de acuerdo, creo que podemos firmar el contrato —sentenció Samantha antes de que Bobby Suárez cambiara de opinión.

Tras pasar la tarde negociando con Bobby Suárez y su abogado, por fin lograron llegar a un acuerdo satisfactoriamente para ambas partes, Luna se despidió de su jefa Samantha y de Jake, el director financiero, y se marchó a casa totalmente agotada.

Cuando llegó a casa se acordó que no había llamado ni a su abuela ni a Helen para decir que había llegado bien y sabía que ambas esperarían sus noticias, así que sacó su móvil dispuesta a llamarlas y vio que, además de las llamadas perdidas de Helen, de su abuela Clare y de Ryan, también tenía una llamada perdida de Mike. Luna no pudo evitar sonreír, pero primero decidió llamar a su abuela y a Helen.

— ¡Por fin llamas! ¿Tanto te costaba llamar para decir que has llegado bien? —Le regañó su abuela preocupada.

—Lo siento abuela, vine directamente a la oficina y hasta que no he llegado a casa no he tenido tiempo ni de mirar el móvil —se excusó Luna—. He llegado bien y ahora voy a cenar, ducharme y meterme en la cama, estoy agotada.

—Pues descansa, cielo —le contestó su abuela con su dulce voz—. Y llámame de vez en cuando, que no cuesta nada.

—Lo haré abuela, te lo prometo —le prometió Luna.

Tras hablar durante unos minutos, Luna colgó y llamó a su prima Helen, con quien mantuvo la misma conversación que con su abuela.

Después de llamar a su abuela y a su prima, Luna se dio una ducha de agua caliente y se puso ropa cómoda. Abrió la nevera para preparar algo de cenar y cuando vio que estaba completamente vacía, decidió llamar al restaurante chino que había tres calles atrás y encargó que le trajeran arroz tres delicias y ternera con salsa de ostras.

Justo cuando colgó, su teléfono volvió a sonar, era Mike.

—Por fin te encuentro, llevo una hora llamándote y comunicaba todo el rato —le dijo Mike nada más descolgar—. ¿Cómo ha ido el viaje?

—Hola Mike, yo también me alegro de oírte —le replicó Luna burlonamente y después añadió casi exhausta—: Llegué sobre la una de la tarde y fui directamente a la oficina para preparar la reunión que teníamos a las cuatro. He llegado hace un rato a casa, el tiempo justo de darme una ducha rápida, llamar a Helen y mi abuela y también al restaurante chino de mi barrio, que tengo la nevera desierta.

—Has tenido un día duro —dedujo Mike.

—Los he tenido peores —trató de consolarse Luna—. ¿Cómo ha sido tu día?

—Ni la mitad de divertido que los últimos siete días, pero tampoco puedo quejarme —bromeó Mike—. ¿Cómo te ha ido en esa reunión? ¿Has podido convencer a Bobby Suárez de que firme el contrato para la inversión?

—Sí, pero no nos lo ha puesto fácil —le informó Luna—. Aunque vamos a conseguir grandes beneficios con esa inversión, así que podemos darnos por satisfechos.

—Tendremos que salir a celebrarlo cuando vengas de visita a Armony.

—También podemos celebrarlo cuando vengas a la ciudad, ¿no te parece? —Propuso Luna, que había descubierto que echaba de menos a Mike a pesar de que no habían pasado ni veinticuatro horas desde la última vez que lo vio.

—Iré el viernes de la próxima semana, tengo una reunión importante, pero a media tarde ya estaré libre —le dijo Mike y, armándose de valor, sugirió—: Podríamos ir a cenar y después tomar una copa en un pub de verdad, sin vecinos preguntones.

—Suena muy bien, me has convencido —aceptó Luna.

—Princesita de la ciudad, necesito que me des una garantía de que no buscarás ninguna excusa cuando llegue el momento y, por lo que tengo oído, solo podré fiarme de ti si me lo prometes —le dijo Mike tratando de asegurar esa cita.

—Aprendes rápido, pequeño vaquero —se mofó Luna—. Te lo prometo, aunque no haga falta porque no pensaba buscar ninguna excusa para evitar salir contigo, creía que ya habíamos dejado clara esa parte.

—Tú misma dijiste que las personas no cambian —le recordó Mike.

—Si vas a utilizar mis propias palabras, creo que al menos deberías decirlas como yo las dije y no sacarlas de contexto —bromeó Luna—. Dije que las personas no cambian, al menos no su esencia básica, pero sí pueden madurar y mejorar con el tiempo.

—No lo dudo y estoy deseando seguir comprobándolo —fue la respuesta de Mike.

Continuaron charlando un rato más hasta que, media hora más tarde, el repartidor del restaurante chino llamó al timbre y se despidieron.

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