Siempre sale el sol 8.

El domingo por la mañana Helen y Ryan regresaron de su segunda luna de miel y ambos estaban felices y sonrientes, pero habían echado mucho de menos a su pequeña y fueron a abrazarla de inmediato.

Clare había preparado comida para todos, incluido Mike, para dar la bienvenida a su nieta mayor y su marido y, por otra parte, para despedirse de Luna, quien tenía que regresar a la ciudad porque al día siguiente tenía una reunión importante.

—Me alegra saber que la sangre no ha llegado al río —bromeó Helen mirando simultáneamente a Mike y Luna—. ¿Ha ido todo bien? La abuela me ha dicho que no habéis discutido y eso es muy raro.

—Luna, me he enterado que has vuelto a montar el caballo de Helen y recuerdo haberte dicho que no quería que nadie se acercara a ese caballo —le regañó Ryan. Acto seguido, se volvió hacia a su amigo y le reprocho—: ¿Cómo se te ocurre dejarla montar ese caballo? ¿Acaso querías que se matara?

—Mike trató de impedirlo, pero no le hice caso —lo exculpó Luna.

—Tú nunca haces caso a nadie, ese caballo es agresivo y muy arisco —le recordó Ryan—. Hasta el chico que le da de comer está acojonado, ¿es que te has vuelto loca, Luna?

—Ya estaba loca cuando la conociste, amor —bromeó Helen tratando de calmar a su marido.

—Tienes que ver lo dócil que se vuelve ese caballo en la presencia de Luna, es realmente asombroso —intervino Mike.

—Al parecer eso no es lo único asombroso —comentó Ryan sonriendo maliciosamente.

—Mamá, ayer fui con los titos y nos bañamos en el río —le dijo la pequeña a su madre—. Y el tito dice que la tita es muy sexy y la abuela también lo cree.

Helen y Ryan miraron a Mike, Luna y Clare y finalmente fue Helen la que habló:

—Creo que deberíais evitar mantener algunas conversaciones delante de mi hija. Por si no os habíais dado cuenta, repite todo lo que oye.

—No hace falta que lo jures —murmuró Mike.

—Tiene gracia que precisamente tú digas eso —le replicó Luna con sorna—. Tu hija le ha dicho a todo el mundo que su tita le ha dado calabazas a su novio cuando le pidió que se casara con él.

—Ups —fue lo único que dijo Helen, totalmente ruborizada.

— ¿Es que siempre tengo que ser el último en enterarse de todo? —Preguntó Ryan molesto.

—Eres demasiado gruñón, por eso nadie te cuenta nada y siempre eres el último en enterarte de todo lo que ocurre —se mofó Luna.

Todos rieron alegremente y pasaron al interior de la casa para poco rato después sentarse a la mesa a comer. Como siempre, Clare estaba encantada de tener la casa llena de gente, de su familia.

Después de comer, Helen y Luna se retiraron a la cocina y así poder hablar mientras ayudaba a su abuela a recoger y limpiar. Los chicos se quedaron con Amy en el salón y, en cuanto la niña se quedó dormida, Ryan le ordenó a Mike que le contara lo que estaba pasando entre él y Luna. Mientras Mike le contaba todo lo que había pasado con Luna remontándose cinco años atrás, Luna hacía lo mismo con Helen en la cocina. Clare, al ver la intimidad que había entre los chicos y las chicas, decidió coger en brazos a su bisnieta que se había quedado completamente dormida y la llevó a su habitación.

Cuando Helen y Luna terminaron de hablar, regresaron al salón junto a Ryan y Mike y continuaron charlando, pero de otros temas.

Ninguno de los dos había contado nada de lo que habían hablado, simplemente se limitaron a confesar que habían pasado la noche juntos el día de la boda de Helen y Ryan y cómo se habían evitado desde entonces, sobretodo Luna. También les dijeron que estos días habían hablado del tema y que habían hecho una tregua. Ninguno de los dos confesó lo que verdaderamente sentían, pero ni a Helen ni a Ryan les hizo falta oírselo decir para saberlo. Sabían que Luna necesitaba su tiempo para asimilar las cosas y tomar decisiones, no era de las que se tiraban a la piscina y huía de toda relación que empezara a formalizarse. Por otro lado, Mike era bastante mujeriego y tampoco se había comprometido con nadie. De hecho, les dejaba muy claro a todas las mujeres con las que salía que sus intenciones nunca irían más allá de salir a cenar y pasar una buena noche de sexo. Pero entre ambos había una tensión sexual no resuelta que tarde o temprano acabaría por resolverse.

Cuando Amy se despertó de la siesta, Helen y Ryan decidieron marcharse a su casa para organizarse después de haber pasado una semana fuera. Mike se despidió de Clare pero Clare insistió en que se quedara a cenar y no pudo negarse cuando Luna le dijo:

—Me voy mañana por la mañana y no tendrás que soportarme más, podrías hacer un último esfuerzo y quedarte a cenar.

Mike se sorprendió ante las palabras de Luna, que le tenía completamente desconcertado. Tan pronto huía de él como le pedía que se quedara a cenar con ella, pero lo cierto era que Mike estaba hechizado y cautivado por Luna y aceptó encantado a quedarse a cenar.

Clare se percató de que aquellos dos necesitaban intimidad y, tras comerse un par de manzanas, les dijo que estaba cansada y se retiró a su habitación dejando a su nieta a solas con Mike.

Luna supo lo que su abuela pretendía y se lo agradeció en silencio. Por primera vez desde hacía mucho tiempo no quería salir huyendo de Armony, por primera vez quería quedarse. Y todo era en parte por Mike, que le atraía demasiado como para poder mantenerse alejada de él. Durante la última semana había descubierto a una persona que le gustaba y con la que existía esa chispa de pasión contenida que tanto la excitaba.

—Bueno, supongo que ya solo queda decirte que conduzcas con cuidado —le dijo Mike nada contento con tener que despedirse de Luna—. Y, si encuentras un hueco en tu agenda, pásate por aquí a vernos. Quizá la próxima vez logremos convencer a Ryan para que te vea montar el caballo de Helen sin que se ponga hecho una furia.

—Tengo que ocuparme de algunos asuntos en la ciudad, pero regresaré pronto.

—No puedo creerte si no me lo prometes —le contestó Mike tratando de obtener lo que quería.

—Nunca prometo lo que no estoy segura de cumplir, pero te prometo que mis intenciones, hoy por hoy, son regresar pronto a Armony —le confesó Luna.

—Supongo que debo conformarme con eso —se resignó Mike sabiendo que con Luna debía ir despacio o saldría huyendo otra vez—. ¿A qué hora te marchas?

—Quiero irme sobre las diez de la mañana, acompañaré a Helen a llevar al colegio a Amy y después desayunaré con mi abuela y Helen antes de marcharme.

—Tengo que ir a Ciudad Capital dentro de un par de semanas, quizás podamos vernos y cenar juntos —propuso Mike.

—Tienes mi número, solo tienes que llamarme —le contestó Luna con una sonrisa que deslumbró a Mike.

—Ten por seguro que lo haré —le aseguró Mike a Luna—. Pero tienes que prometerme que no saldrás huyendo.

—Ya te lo he prometido y creo que había quedado claro —le dijo Luna un poco molesta por el tono de reproche—. Llámame cuando vengas a la ciudad y tendrás la oportunidad de comprobarlo.

Mike sonrió, satisfecho con lo que había conseguido de Luna, que era más de lo que esperaba. Luna se le acercó y le dio un beso en la mejilla a modo de despedida, aunque en ese momento tenía ganas de besarle en los labios. Mike aprovechó la cercanía del momento para susurrarle al oído:

—Espero que no empieces ahora a romper tus promesas.

Luna sintió la voz ronca de Mike susurrándole al oído y sintió mil emociones que no había sentido nunca. Estar junto a Mike le hacía sentir bien, le gustaba y le atraía, pero debía regresar a la ciudad, allí estaba su vida. Lo mejor era no complicar las cosas, podrían ser buenos amigos, pero nada más.

—Cuídate, nos vemos pronto —se despidió Luna poniéndose tensa.

—Lo mismo digo, princesita de la ciudad —le respondió Mike antes de subirse a su coche y marcharse.

Luna se quedó contemplando como Mike se alejaba en su coche y no le gustó la sensación que le produjo saber que ya no mantendría esas largas conversaciones con él, ni se reiría con sus bromas como había estado haciendo estos últimos días.

Mike llegó a su casa y maldijo el momento en que Luna decidió mudarse a la ciudad en lugar de quedarse en Armony, todo sería más fácil si ella viviera en Armony. Tendría que esperar dos semanas para volver a verla y eso eran muchos días, con sus respectivas noches.

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