Siempre sale el sol 7.

Los días fueron pasando y Mike iba todas las tardes a casa de Clare después de salir del trabajo para estar con Amy y con Luna. Clare estaba encantada de ver cómo su nieta y Mike empezaban a entenderse y habían dejado a un lado esa hostilidad y tensión que había antes. Clare había tratado de sonsacarle algo a Luna, pero su nieta insistía una y otra vez en que no había nada entre ellos y que tan solo se estaban conociendo como dos amigos, nada más.

Durante toda la semana, Mike se había esforzado por conseguir toda la información posible sobre Luna, quería saberlo todo de ella y parecía que ella estaba dispuesta a contárselo. Le había prometido que todo lo que hablaran quedaría entre ellos y eso había concedido cierta confianza entre ambos.

El sábado por la mañana, Mike pasó a recoger a Luna y Amy para llevarlas al club de campo, donde se subirían a un par de caballos para llegar al río.

—Luna, Amy —las llamó Clare cuando vio a través de la ventana cómo Mike aparcaba su coche frente a la puerta de su casa—. Mike ya está aquí.

Amy bajó las escaleras corriendo y llegó al hall justo cuando Mike entraba por la puerta. La niña se arrojó a los brazos de su tito y exclamó:

—¡Tito Mike, la tita también viene!

—Lo sé, princesa —le contestó Mike abrazando a la pequeña. Miró hacia las escaleras esperando ver a Luna y, cuando no la vio, le preguntó a Amy—: ¿Dónde está la tita?

—Está discutiendo al teléfono —contestó la pequeña—. Pero me ha dicho que solo tardaría un minuto.

Luna bajó las escaleras sonriendo, pero en su rostro se notaba que estaba de mal humor, por mucho que ella tratara de disimularlo, y tanto Clare como Mike se percataron, aunque ninguno de los dos tuvo valor suficiente como para preguntar.

—Cielo, si ellos van a caballo, ¿cómo irás tú? —Quiso saber Clare.

—La tita puede ir con el caballo de mamá, a veces lo monta, ¿verdad, tita? —dijo Amy.

Sí, princesa —le respondió Luna a su ahijada con una amplia sonrisa—. Es una buena idea, cogeré el caballo de mamá.

—Creía que no montabas a caballo —comentó Mike confundido—. ¿El caballo de Helen? Ese caballo tiene muy mala leche, ni siquiera Helen lo monta, ese caballo no permite que Ryan o yo nos acerquemos, al único que tolera es al chico que le da de comer y aun así tampoco permite que se acerque demasiado. No hablas en serio cuando dices que lo vas a montar, ¿verdad?

—Claro que lo voy a montar —le replicó Luna.

—Si Ryan se entera de que montas en ese caballo, nos matará a los dos —trató de hacer que Luna cambiara de opinión sin llegar a discutir con ella.

—Si no se lo decimos, papi no se enfadará —dijo Amy con cara de pillina—. La tita lo monta cada vez que viene porque le da pena verlo tan solo, pero mamá y yo no decimos nada, así el papi no se enfada con nosotras.

—Amy cariño, ve a buscar tu toalla, la necesitarás si quieres bañarte en el río —e dijo Luna a su ahijada, esperó a que subiera las escaleras y añadió—: Soy la única persona que ese caballo deja que se acerque y necesita que alguien le haga correr un poco.

—Luna… Me vas a meter en un lío con Ryan —le advirtió Mike—. Además, no me fío de ese caballo, es muy arisco y salvaje. Ni siquiera es cariñoso con Helen que lo adiestró desde que nació.

—El caballo de Helen se parece mucho a Luna, los dos son temperamentales y echan de menos a las mismas personas —le dijo Clare a Mike—. Luna no había montado a caballo desde hace mucho tiempo. Creo que deberíamos dejar que lo haga y, si Ryan se enfada, le diré que tú no tienes nada que ver y que yo insistí —convino Clare.

—Creo que será mejor que Ryan no se entere, quiero seguir viviendo algunos años más —se resignó Mike ante aquellas dos mujeres.

Amy regresó con su toalla y los tres se despidieron de Clare. Se dirigieron al establo del club de campo en el coche de Mike y allí Luna corrió directamente hacia la caballeriza donde se encontraba el caballo de Helen.

Luna dejó de montar a caballo cuando sus padres murieron, le recordaba demasiado a su madre y a su padre y los echaba de menos, por eso dejó de hacerlo. Cuando se fue a la universidad de Ciudad Capital, Helen se hizo cargo de su caballo, pero un par de meses después murió, probablemente de pena. Luna nunca se lo había perdonado y tenía la firme idea de que había sido por su culpa. Por eso, desde hace un par de años, cuando Luna vino a Armony de visita y vio que el caballo de Helen empezó a deprimirse y volverse arisco, ella sentía la obligación de animarle y consiguió con mucho esfuerzo que el caballo confiara en ella, aunque para llegar hasta ese punto Luna salió volando por los aires muchas veces. Por suerte, Amy era muy pequeña para recordar aquello y Luna y Helen se encargaron muy bien de guardar ese pequeño secreto, pues Ryan se hubiera puesto furioso con ambas.

—No me fío de ese caballo, Luna —le dijo Mike a Luna preocupado.

—Tranquilo, lo peor entre él y yo ya pasó, tendrías que haberme visto las primeras veces que intenté subirme en él —le respondió Luna divertida.

—Ve con cuidado, lo último que me falta es que te caigas del caballo —dijo Mike resignado.

—No me subestimes, pequeño vaquero —se mofó Luna, que estaba emocionada por volver a montar a caballo y, por primera vez, se alegraba al recordar como ella y su madre paseaban por los alrededores de Armony con sus respectivos caballos.

Luna subió al caballo de Helen de un salto, sin esperar a que Mike la ayudara. Mike subió a Amy a su caballo y después subió él detrás de la niña para mantenerla segura entre sus brazos.

Mike se quedó asombrado al ver como el caballo de Helen obedecía a todas y cada una de las órdenes que Luna le daba. Ese caballo había caído rendido a sus pies, igual que lo había hecho él.

Los tres se dirigieron paseando en ambos caballos hacia el río, donde se acomodaron a la orilla bajo la sombra de un frondoso árbol. Clare les había preparado una cesta con comida y merienda, una botella de vino y otra de agua y algunas piezas de fruta.

Mike cogió las dos botellas de vino y agua y las metió en el agua del río entre dos rocas para que se mantuvieran frescas. Luna le quitó la camiseta y los pantalones a Amy para dejarla solo con el bañador y que se pudiera meter en el río.

—Hace mucho calor, ¿no vas a bañarte? —le preguntó Mike a Luna al ver que no se quitaba la ropa y él se moría por verla en bikini.

Luna fue a responder cuando Mike se quitó la camiseta y se le olvidó lo que iba decir. Mike estaba muchísimo mejor de como ella recordaba. Le observó coger a Amy en brazos y meterse con la pequeña en el agua.

—Tita, ven con nosotros —le gritó Amy divertida.

—Sí tita, ven con nosotros —secundó Mike imitando a su ahijada y provocando la risa de Luna que tanto le gustaba escuchar.

Luna no podía resistirse y aceptó divertida aquella invitación. Se quitó la camiseta de tirantes y el short tejano que llevaba y se quedó vestida únicamente con su recién estrenado bikini de color rosa que hacía resaltar su tono dorado de piel.

Mike observó cómo Luna se desprendía de su ropa y tuvo que mirar hacia otro lado cuando su entrepierna empezó a crecer de tamaño. Cuando volvió a mirarla, ya se estaba metiendo en el agua pero pudo observarla de cintura para arriba y se tuvo que obligar a mirarla a los ojos. Amy se arrojó a los brazos de Luna y los tres jugaron a salpicarse con el agua.

Brenda, que les había visto marcharse del club de campo con los caballos, los había seguido y los observó bañándose en el río. Maldijo al verlos tan cómodos y con tan poca ropa, pero se consoló sabiendo que no harían nada delante de la pequeña Amy. Furiosa y muerta de celos, Brenda decidió regresar al club de campo y pensar un plan para conquistar a Mike. No iba a permitir que Luna le robara otra vez a un hombre.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.