Siempre sale el sol 6.

Luna entró en casa de Mike y se quedó asombrada. Era una majestuosa casa con suelo de parquet y paredes con paneles de madera que le daban un toque rústico y hogareño a la vez que elegante con la preciosa chimenea de mármol.

Mike observaba todas y cada una de las expresiones de Luna mientras contemplaba la casa y le gustó lo que su rostro reflejaba. Se había tenido que esforzar para poder conseguir los permisos de construcción y el terreno le había dado problemas, pero finalmente lo había conseguido y estaba orgulloso de su casa, a pesar de que nunca había llevado a ninguna mujer a allí, a excepción de Helen y Amy.

—Has hecho un gran trabajo, tienes una casa preciosa —le dijo Luna con sinceridad tras echar una ojeada a la planta baja, una estancia completamente abierta que albergaba la cocina, el comedor y el salón—. Me gusta que hayas construido una casa rústica en vez de una de esas horribles casas modernas.

—Soy un chico de pueblo, tú eres la princesita de la ciudad a quien debería gustarle una de esas horribles casas modernas —bromeó Mike.

—Eres tú quien se ha empeñado en creer y en juzgarme como a una princesita de ciudad, pero no sabes nada de mí. Y no me mal intérpretes, no es ningún reproche.

—No me has permitido saber nada de ti, Luna —se lamentó Mike—. Huiste antes de que me despertara y desde entonces me has estado evitando y, cuando por fin conseguía coincidir contigo tú tratabas por todos los medios de no quedarte a solas conmigo. ¿Cómo pretendes que sepa algo de ti?

—Ya te he dicho que no te estaba reprochando nada, simplemente te digo que das por hecho cosas de mí que desconoces —le aclaró Luna—. Crees que soy una persona fría y superficial que odia este pueblo y que prefiere vivir en la gran ciudad antes que quedarse con su familia.

—Yo no creo nada de eso, Luna —le susurró Mike—. Te he traído aquí para que podamos hablar sin reproches, no pretendo juzgarte —le dedicó una sonrisa y, con su tono de voz normal, le dijo abriendo un armario de la cocina para coger dos copas—: ¿Qué te apetece beber?

—Lo que quieras, ¿qué vas a beber tú?

—Mañana tengo que trabajar y no me conviene tener resaca, además quiero estar sereno cuando hablemos —contestó Mike—. ¿Te apetece una cerveza?

—Una cerveza estará bien —le contestó Luna sonriendo tímidamente—. Pero no hace falta que pongas copa, me gusta beber directamente del botellín.

Mike sonrío, cogió un par de cervezas de la nevera y dejó las copas sobre la encimera de la cocina antes de regresar junto a Luna y guiarla hasta el sofá. Esperó a que se sentara para ofrecerle una de las cervezas y acto seguido se sentó a su lado.

— ¿Qué te pasó para que dejaras de montar a caballo? ¿Te caíste? —Preguntó Mike por sacar un tema de conversación.

—No te lo tomes a mal, pero no quiero hablar de eso —le contestó Luna con una tristeza en la voz que le partió el alma a Mike.

—Lo siento, no pretendía…

—Lo sé, no te preocupes —le contestó Luna forzando una sonrisa—. Pero querías hablar de otro tema, ¿no es así?

—Sí, aunque no sé por dónde empezar —Mike suspiró y añadió—: Supongo que lo mejor será empezar por el principio. ¿Por qué te fuiste de mi casa sin siquiera despedirte? Sigo sin entender qué hice para que te fueras así.

—Tú no hiciste nada, Mike —le disculpó Luna—. Me asusté. Tú eras el mejor amigo del marido de Helen, casi como un hermano para él y yo casi como una hermana para Helen, todo era muy raro y me sentí incómoda, perdida. Si mi abuela o Helen se hubieran enterado hubieran empezado a organizar otra boda, créeme. Supongo que el camino más fácil era salir de allí sin que me vieras para evitar esta conversación, que ya ni siquiera tiene sentido —sonrió al pensar que ya no le incomodaba estar con Mike.

—Y después seguiste evitándome —confirmó Mike—. Ryan nos vio entrando en mi casa cuando se iba en el coche nupcial con Helen tras el banquete, ¿sabes cuántas veces me ha preguntado qué te hice para que no quisieras volver a verme? ¡Joder, hasta me acusó de haberme propasado contigo! Incluso yo mismo llegué a dudarlo…

— ¿Ryan lo sabe? —Preguntó Luna.

—Tranquila, le hice prometer que no se lo diría a Helen —la tranquilizó Mike—. Aunque confiaba en que tú hablaras con Helen y ella echara un poco de luz a mis dudas, pero nunca me ha dicho nada y ahora sé que es porque tú no se lo dijiste.

—Siento los malentendidos que te haya podido ocasionar, te aseguro que mi intención no era causarte problemas —se disculpó Luna—. No voy a decirte que he cambiado y que soy una persona completamente distinta porque te mentiría, pero sí que he madurado un poco desde entonces y te prometo que no volveré a huir, me comportaré como una persona normal en tu presencia. Al fin y al cabo, tampoco es tan malo pasar el rato contigo —añadió bromeando.

Me alegra que por fin hayamos hablado —comentó Mike—. Pero esta tarde me has dicho que no te conocía en absoluto y quiero que me cuentes algo sobre ti, a cambio prometo no volver a mencionar lo que ocurrió hace cinco años.

—De acuerdo, dime qué quieres saber —aceptó Luna.

— ¿Responderás a cualquier cosa que te pregunte? —Quiso asegurarse Mike.

—Sí, te lo prometo —confirmó Luna.

—En ese caso, quiero saber qué es eso de que te ibas a casar —fue lo primero que preguntó Mike habiendo allanado el terreno previamente.

—No me iba a casar —le aclaró—. Llevaba unos meses saliendo de vez en cuando con Erik, me sentía a gusto con él y nos divertíamos, pero yo le aclaré desde el primer momento que no quería nada serio… El caso es que hace un par de semanas me invitó a cenar y el resto te lo puedes imaginar…

— ¿Te pidió que te casarás con él? —Quiso confirmar Mike. Luna asintió y Mike prosiguió con sus preguntas—: ¿Qué le respondiste exactamente?

—No dije nada, le bastó ver mi cara para saber cuál era mi respuesta —reconoció Luna apenada con todo aquello, Erik le caía bien—. Después de eso, decidimos que lo mejor era no seguir viéndonos así que… —Luna se encogió de hombros y añadió—: No acabó bien, cómo puedes imaginar.

—No acabó bien para él pero, ¿qué me dices de ti?

—Para mí tampoco, teníamos un acuerdo y que me pidiera matrimonio no formaba parte de ese acuerdo —se lamentó Luna—. Pero supongo que tarde o temprano tenía que pasar y la verdad es que tampoco lo echo de menos, al menos no por los motivos que debería —Luna miró a los ojos a Mike y le dijo confusa—: No sé por qué estoy hablando de esto contigo.

—Todo lo que hablemos quedará entre nosotros —le confió Mike—. Puedes hablar de lo que quieras, seré una tumba.

—Creo que es justo que ahora me cuentes algo de ti —le propuso Luna—. ¿Qué has estado haciendo estos últimos cinco años?

—Básicamente, trabajar —respondió Mike.

— ¿No has tenido ninguna relación seria?

—No tengo tiempo para tener relaciones serias, estoy mejor solo.

— ¿Qué me dices de Brenda? —Insistió Luna.

—Por ese tono deduzco que no te cae bien, además de por el hecho de que la llames por su nombre de pila y no la hayas saludado a pesar de haberte cruzado con ella esta tarde en el colegio de Amy —comentó Mike divertido—. ¿Hay algo que deba saber?

—Está loca y además me odia, prefiero no tenerla cerca.

— ¿Por qué te odia?

—Buf, eso se remonta al instituto —sonrió Luna—. Según ella, le robé al amor de su vida para después dejarlo tirado.

—Y según tú, ¿qué fue lo que pasó? —Preguntó Mike tratando de no reír.

—Empecé a salir con un compañero de clase durante el último año de instituto y Brenda estaba enamorada de ese chico —le explicó Luna—. Cuando el instituto acabó, tomamos caminos distintos y nos separamos, tan solo éramos dos críos.

—Las mujeres tenéis demasiado resentimiento acumulado —bromeó Mike.

—Será porque no lo resolvemos pegándonos como los hombres —replicó Luna.

Justo en ese momento, ambos miraron el reloj que había sobre la chimenea y Luna decidió que ya era hora de regresar a casa de su abuela. Mike insistió en llevarla en coche, pese a que ella le había dicho que podía ir paseando, pero él quería aprovechar hasta el último minuto de su compañía.

Mike aparcó frente a la casa de Clare y, sin salir del coche, se volvió hacia a Luna para despedirse:

—Buenas noches, Luna.

—Buenas noches, Mike —respondió Luna sonriendo—. Si tienes tiempo, pásate a ver a Amy, le hará ilusión ver a su tito.

—Dalo por hecho —le aseguró Mike. Le dio un beso en la mejilla a Luna y, con una grata sonrisa en los labios, le susurró—: Pasaré después del trabajo, hazme un hueco en tu apretada agenda.

Luna le sacó la lengua antes de bajarse del coche y entrar en casa de su abuela y Mike se quedó embobado mirando cómo se alejaba hasta que la perdía de vista. Había algo en ella que le volvía loco y no podía evitarlo. Ahora que Luna estaba en Armony, Mike pensaba aprovechar todas y cada una de las oportunidades que le permitieran estar cerca de ella y conocerla un poco más.

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