Siempre sale el sol 22.

Daniel llamó a Luna por teléfono antes de ir a buscarla y, cuando supo que lo habían arreglado, Daniel le dijo a Luna que debía ir sola con Mike a la consulta de la doctora Emerson. Luna le dijo a Mike que finalmente Daniel no les acompañaría y él lo agradeció en silencio. Mike aún trataba de asimilar todo lo que había averiguado en las últimas veinticuatro horas, pero se sentía feliz de que Luna le hubiera perdonado y aún más feliz de saber que iba a ser padre, pese a que nunca antes se lo hubiera planteado.

Mike condujo en su coche hasta llegar al hospital. Se dirigieron a la consulta de la doctora Emerson y Luna se encontró con el doctor Walsh por los pasillos del hospital.

—Señorita Soler, ¿qué tal se encuentra? —Le preguntó el doctor.

—Mejor, cada vez tengo menos náuseas y no me he vuelto a desmayar, pero sigo durmiéndome por los rincones —le contestó Luna—. Ahora voy a la consulta de la doctora Emerson.

—En cuanto veas la ecografía, dejarás de llamarlo lagarto —bromeó el doctor Walsh.

Luna se dio cuenta de que ambos hombres se miraban esperando una presentación, así que rápidamente hizo las presentaciones oportunas:

—Doctor Walsh, él es Mike, el padre del lagarto —continuó bromeando Luna. Se volvió hacia a Mike y añadió—: Cariño, el doctor Walsh es el médico que me atendió cuando vine de urgencias y quién tuvo que aguantar al histérico de Richard, además de a mí.

Mike no tenía ni idea de lo que Luna le estaba diciendo, no sabía nada de los últimos meses de la vida de Luna y por supuesto no sabía que se hubiera desmayado, ni tenido náuseas, ni mucho menos que hubiera tenido que venir de urgencias al hospital. Un poco tenso e incómodo, Mike le tendió la mano y saludó al doctor Walsh con un firme pero educado estrechón de mano.

—Encantado de conocerle, Mike —le dijo el doctor—. Si me permite un consejo, trate de mantener lo más alejado posible a Richard cuando el bebé decida venir al mundo o se volverá loco tratando de lidiar con una parturienta y la persona más histérica del planeta.

—Seguiré su consejo, sé de lo que me está hablando —le contestó Mike divertido antes de despedirse del doctor.

Se dirigieron a la consulta de la doctora Emerson y la recepcionista les hizo pasar a una pequeña sala de espera hasta que la enfermera los llamara. Nada más quedarse a solas en esa sala de espera, Mike le dijo a Luna con tristeza:

—Debí ser yo en vez de Richard quien estuviera a tu lado cuidando de ti y apoyándote. Ni siquiera sabía que habías venido de urgencias al hospital, ¿qué pasó?

—No pasó nada —le restó importancia Luna con una dulce sonrisa para que dejara de torturarse. Le besó en los labios y añadió—: Estaba de bajón y Richard decidió llevarme de compras, pero me mareé y me desmayé. Tuvo que llamar a una ambulancia, aunque yo me desperté ya en la habitación del hospital, justo cuando el doctor Walsh me examinaba. Él fue quién me dijo que me había desmayado porque estaba embarazada y después me derivó a la consulta de la doctora Emerson, que me hizo la primera ecografía, la que te he enseñado.

—Y, ¿qué me dices de las náuseas? —Preguntó Mike—. Quiero saberlo todo, pequeña. Ahora voy a ser yo quien cuide de ti, te prometo que voy a satisfacer todos tus antojos.

—Te advierto que ésta última semana he tenido tres antojos y todos de madrugada, será mejor que no prometas lo que no vas a cumplir —bromeó Luna.

—Te prometo que lo haré encantado.

—Luna, ¡estás preciosa! —Dijo la doctora Emerson cuando la vio—. El embarazo te está sentando cada vez mejor y, además, veo que vienes muy bien acompañada, ¿el padre del lagarto?

—El mismo —dijo Mike sonriendo y le tendió la mano a la doctora—. Soy Mike Miller.

Tras la presentación y el saludo oportuno, la doctora les hizo pasar dentro de la consulta y le dijo a Luna que se tumbase en la camilla y se levantara el jersey para dejar despejada la tripa. Mike ayudó a Luna a subir a la camilla y después la doctora la ayudó a levantarse el jersey y la cubrió con una sábana que arremangó bajo sus pantalones para evitar que se mancharan. La doctora encendió la máquina de ecografías, puso gel sobre el aparato y sobre el vientre de Luna y buscó al bebé, el cual encontró rápidamente. Tras comprobar que todo estuviera bien, les dijo a los futuros padres:

—Vuestro bebé está perfectamente, pesa 110 gramos y mide 12 centímetros —enfocó el aparato y les señaló en el monitor todas y cada una de las partes del bebé, que ya se definían perfectamente—. Como puedes ver, ya no parece un lagarto.

—Es nuestro bebé, cielo —le susurró Mike a Luna al oído.

—Hasta que le ponga un nombre, será mi querido y adorado lagarto —sentenció Luna—. Es un apodo cariñoso, no sé por qué os parece tan malo.

— ¿Podemos saber si es niño o niña? —Preguntó Mike.

—Todavía no, pero en la próxima visita el mes que viene sí que podremos saberlo, si el bebé se deja ver, claro —comentó divertida la doctora. Se volvió hacia Luna y le preguntó—: – ¿Ya sabes si quieres saber o no el sexo del bebé?

—Aún lo estamos pensando —respondió Luna al ver de nuevo la tristeza en los ojos de Mike.

—Tenéis un mes para seguir pensándolo, pero deberéis tenerlo decidido cuando volvamos a vernos —concluyó la doctora—. Ahora vamos a sacar un par de fotos de vuestro pequeño lagarto para que os las podáis llevar a casa.

La doctora le dio las ecografías impresas a Luna y después le dio cita para hacerse unos análisis una semana antes de la cita con ella, para poder tener los resultados. Mike le hizo miles de preguntas a la doctora y se informó de las clases preparto.

Cuando salieron de la consulta, Mike y Luna decidieron ir a comer a un restaurante íntimo dónde poder seguir hablando de las miles de cosas que tenían pendientes.

— ¿No quieres saber el sexo del bebé hasta que nazca? —Le preguntó Mike tratando de parecer más paciente de lo que pareció.

—No sé, la verdad es que me da igual saber si va mi lagarto va a ser niño o niña, solo quiero que esté bien —le respondió Luna encogiéndose de hombros.

—Si sabemos que va a ser niño o niña, podremos comprar muchas más cosas y estar más preparados. ¿De qué nos sirve comprar un vestido si luego es un niño?

—Supongo que tienes razón —le respondió Luna y concluyó—: En la próxima visita a la consulta de la doctora Emerson lo descubriremos. ¿Tienes alguna preferencia?

—Me da igual, solo quiero que esté sano —le respondió Mike con sinceridad—. Por cierto, si piensas en que nos quedemos en la ciudad, tendremos que comprar una casa, en tu apartamento no tendremos suficiente espacio.

— ¿Estás dispuesto a mudarte a la ciudad con nosotros? —Le preguntó Luna tocándose el vientre con un gesto protector.

—Cariño, estaba dispuesto a mudarme a la ciudad antes de que tus vacaciones terminaran y tuvieras que volver, no quería separarme de ti —le confesó Mike—. Ahora que sé que vamos a tener un bebé, iría hasta el fin del mundo si fuera necesario.

—Ya había pensado en mudarme y he estado echando un vistazo a las casas que se venden en mi barrio, pero no termina de convencerme ninguna —le dijo Luna—. Pero hoy la situación es totalmente distinta a la de ayer y bueno, sé que acabas de construir la casa de tus sueños en Armony y que además tienes allí tu trabajo así que, si no te importa hacernos un hueco en tu casa, al lagarto y a mí nos gustaría quedarnos contigo.

— ¿De verdad quieres vivir en Armony? ¿Qué hay de tu trabajo? —Preguntó Mike—. Nada me gustaría más que te quedaras en casa, pero quiero que estés segura de ello. No tienes por qué tomar una decisión ahora, tómate tu tiempo para pensarlo.

—Ya lo he pensado, quiero vivir contigo en Armony —le aseguró Luna con una amplia sonrisa en los labios que volvió loco a Mike—. Aunque tendrás que hacer sitio en tu armario para mi ropa y hacer reformas en una de las habitaciones para preparar la habitación del bebé.

—Cariño, puedes hacer lo que quieras con la casa —le respondió Mike alegre—. Y, ¿cuándo tienes pensado hablar con tu familia?

—Le prometí a mi abuela que mañana iría a Armony y le contaría lo que estaba pasando, así que mañana tendré que hablar con ella.

—Si te parece bien, podemos reunir también a Helen y Ryan y les damos la noticia a todos —le propuso Mike—. Y también tendremos que hablar con mis padres.

—De momento, solo quiero irme a casa y dormir un rato contigo después de hacer el amor, si es que te sigo gustando así de gorda.

—Me encantas así, estás extremadamente sexy —le susurró al oído.

Ambos se besaron y Mike le pidió la cuenta al camarero, cumpliendo los deseos de Luna y llevándola al apartamento donde, después de hacer apasionadamente el amor, ambos se quedaron dormidos.

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