Siempre sale el sol 21.

Después de tener la última conversación, por llamarlo de alguna forma, con Mike, Luna decidió irse fuera de la ciudad una temporada para desconectar de todo lo que la rodeaba y pensar en su futuro y en el futuro de su lagarto. Para empezar, debería empezar a buscar una casa, su apartamento se quedaba pequeño para que un niño corriera y se divirtiera. Luna siempre había soñado con tener una casa en la montaña, con piscina y un enorme jardín. Siempre se había imaginado con su marido y sus hijos viviendo allí. A pesar de que Richard la llamaba Reina de Hielo, Luna era una romántica empedernida.

Durante todo un mes, Luna no tuvo contacto alguno con nadie de su familia ni de sus amigos, y había asimilado su nueva situación. El lagarto se había vuelto lo más importante para ella, se pasaba los días sentada en el porche de la pequeña casa en el lago que había alquilado, se dedicaba a navegar por internet con su portátil para informarse sobre el embarazo y sobre los cambios de su cuerpo. Su vientre había crecido considerablemente en el último mes y ya se le notaba que estaba embarazada si no trataba de ocultarlo vistiendo con ropa ancha. El próximo jueves, Luna tenía cita con la doctora Emerson y vería cuánto había crecido su lagarto. Ya estaba en la semana dieciséis de embarazo y dentro de poco podría saber si el lagarto sería un niño o una niña, aunque aún no había decidido si lo quería saber.

Luna regresó a su apartamento en la ciudad a principios de noviembre y llamó a su abuela para decirle que ya estaba de vuelta y que el próximo fin de semana iría a Armony para hablar con ella.

Clare llamó a Helen para ponerla al corriente de la llamada de Luna con la esperanza de que se lo dijera a Ryan y él a Mike, esos dos tenían que arreglar sus problemas, sobre todo ahora que sabía el motivo por el cual lo habían dejado y a ella le parecía la tontería más absurda.

Y, como era de esperar, Mike se acabó enterando de que Luna había regresado a su apartamento. Pensó en llamarla por teléfono, pero no quería correr el riesgo de que tuviera opción de evitarle o volver a marcharse, así que decidió presentarse en su casa sin más.

—Mike, creo que deberías consultarlo con Richard y, si le parece una buena idea, puede que incluso te ayude —le sugirió Helen.

—Y, ¿si no le parece buena idea y alerta a Luna para que hulla de mí? —Protestó Mike.

—Si a Richard no le parece buena idea ya buscaremos otra solución, pero de momento le vamos a llamar —sentenció Helen.

Helen llamó a Richard, quién le dijo que se encargara de hacer que Mike estuviera en la puerta del apartamento de Luna a las diez de la mañana y él se encargaría de todo lo demás.

Mike se fue a su casa y se metió en la cama tratando de dormir, aunque los nervios poco le iban a dejar, ya que tendría que levantarse a las seis de la mañana para llegar al apartamento de Luna a las diez en punto.

Al día siguiente, Luna se despertó a las nueve y media, cuando Richard entró en su casa y la obligó a levantarse, aunque eso le llevó veinte minutos.

Luna se puso la bata sobre el camisón y se sentó a la mesa mientras Richard preparaba el desayuno que había comprado cuando sonó el timbre de la puerta.

—No te muevas de ahí, abro yo —le dijo Richard a Luna, ya que desde donde estaba sentada y con la bata puesta no se podía notar lo más mínimo que estaba embarazada.

Luna cogió uno de los vasos de zumo de naranja recién exprimido y bebió sin darle importancia a la visita, dando por sentado que se trataría de Daniel.

—Tienes visita, cielo —le anunció Richard.

— ¿Es Daniel? —Preguntó Luna sin demasiado interés.

—No, me temo que no es Daniel —le contestó Richard—. Llámame si necesitas algo y recuerda que Daniel vendrá a buscarte en un par de horas para acompañarte al médico.

—Pero, ¿a dónde vas? —Le preguntó sin entender nada, pero lo entendió todo cuando vio aparecer a Mike, más guapo que nunca—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Tenemos que hablar, Luna —le dijo Mike con un hilo de voz y un brillo en los ojos que denotaba el cansancio y la angustia que sentía—. Soy un imbécil, me he comportado como un idiota y he venido a arrastrarme si hace falta para que me des una oportunidad —Luna le miró sin decir nada y Mike añadió—: Amy vio la foto y nos contó lo que vio ese día desde la ventana de su habitación. Sé que he sido injusto contigo y que probablemente me odies desde entonces, pero te necesito, Luna. No como, no duermo y no me concentro porque no puedo dejar de pensar en ti.

—Me echaste de tu vida sin dejar que te diera mi versión de los hechos, no confiaste en mí cuando te dije que no era lo que parecía —le recordó Luna dolida—. Me han pasado muchas cosas desde entonces y mis prioridades han cambiado, mi situación en general ha cambiado.

—Quiero estar contigo, Luna —insistió Mike—. Me da igual cuál sea tu situación, estoy dispuesto a adaptarme a ella. ¿Quieres que me mude a la ciudad? Haré lo que quieras, Luna. Solo te pido que me des otra oportunidad.

—Siéntate Mike, tengo que decirte algo —le dijo Luna señalando la silla que había frente a ella para que él se sentara. Mike obedeció de inmediato y Luna continuó hablando—: La última vez que estuve en Armony quería hablar contigo de algo importante pero, como no quisiste escucharme y me dijiste que no querías saber nada de mí, tomé algunas decisiones sin tener en cuenta tu opinión y ya nada puede ser como antes.

— ¿Qué es lo que ocurre, Luna? ¿Por qué tienes que ir al médico? —Insistió Mike sin darse por vencido—. Me da igual lo que pase, quiero estar contigo. No habrás aceptado un traslado en la otra parte del mundo, ¿verdad?

—No, en realidad se trata de algo mucho más importante, de lo más importante que tengo en mi vida para ser más concreta —le contestó Luna—. No sé muy bien cómo decírtelo, así que mejor dejaré que lo veas.

Luna se levantó y se puso en pie frente a él. Le miró a los ojos y se desabrochó la bata, abriéndola para enseñar su hermosa silueta cubierta por un fino y ceñido camisón de seda que marcaba su abultado vientre.

Mike la miró incrédulo, abrió la boca para decir algo, pero la volvió a cerrar porque se quedó sin palabras. Se puso en pie y se acercó a ella despacio. Alargó su mano hacia el abultado vientre y, antes de acariciarlo, la miró pidiéndole permiso. Luna asintió y Mike puso la mano sobre el vientre de Luna y los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Viniste a decirme que estabas embarazada y te eché sin dejar que hablaras, vamos a ser padres y por mi estupidez casi ni me entero —se lamentó Mike. Abrazó a Luna con ternura y le susurró al oído con dulzura—: Te prometo que a partir de ahora voy a confiar en ti y voy a vivir solo por y para ti y ese bebé. Te quiero, pequeña vaquera. Quiero que tú y todo lo que tenga que ver contigo me rodee siempre, quiero despertarme y ver que aún sigues dormida entre mis brazos, quiero hacerte el amor en la ducha todas las mañanas. Te voy a cuidar y a mimar como a una reina, solo tienes que dejar que lo haga, mi amor.

—Si me dices todo esto luego no puedes echarte atrás a la primera de cambio, y ya no podrás echarme de tu vida nunca más, como mucho me echarás de tu casa —le medio reprochó Luna emocionada por su declaración.

—No pienso echarte de ninguna parte —le aseguró Mike en un susurro mientras estrechaba a Luna entre sus brazos y dejaba sus labios a escasos centímetros de los labios de ella—. Cariño, quiero besarte pero no quiero arriesgarme a que me des una bofetada.

—Bésame —le regó Luna.

Mike obedeció y besó a Luna en los labios, un beso que ambos disfrutaron y con el que sellaron un nuevo comienzo, un nuevo compromiso. Tras ese beso, Luna se apartó ligeramente de Mike y, sentándose de nuevo en la silla para continuar desayunando, le dijo a Mike:

—No tenemos mucho tiempo, tengo que desayunar, ducharme y vestirme antes de que venga Daniel a buscarnos.

— ¿A dónde nos va a llevar? —Preguntó Mike sentándose a la mesa junto a ella.

—Tengo cita con la ginecóloga, me hará una ecografía y podremos ver al lagarto —le contestó Luna sonriendo.

— ¿El lagarto? —Preguntó Mike sorprendido por cómo Luna llamaba a su bebé—. ¿Le llamas lagarto?

Luna se echó a reír y le enseñó la ecografía que le había hecho la doctora Emerson cuando fue de urgencias al hospital en la que el bebé tenía forma de lagarto. Mike también se echó a reír al ver la ecografía y se quedó observándola con detenimiento.

—Estoy deseando ver a nuestro lagarto —confirmó Mike sonriendo—. Por cierto, Daniel y tú… No es que diga que… Solo que…

—Daniel es el hermano de Richard, un buen amigo pero nada más —le interrumpió Luna—. Él y Richard me han estado apoyando mucho últimamente, son los únicos que saben que estoy embarazada. Por cierto, aún no le he dicho nada a Helen ni a mi abuela, pensaba hacerlo este fin de semana porque ya es bastante evidente.

—No pienso dejarte sola ni un minuto, voy a estar pegado a ti en todo momento —le dijo Mike con una sonrisa—. Mis padres se alegrarán muchísimo cuando les demos la noticia.

Luna terminó de desayunar y se metió en la ducha mientras Mike recogía la mesa y la cocina. A las doce en punto, Daniel pasó a recogerlos para llevarlos al hospital.

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