Siempre sale el sol 19.

Luna regresó a su apartamento de Ciudad Capital pero no avisó a nadie que había vuelto a la ciudad, no quería ver ni hablar con nadie excepto con Mike. Le llamó y le envió mensajes durante dos semanas sin que Mike le devolviera una sola llamada o un solo mensaje.

Harta de llorar y de deprimirse cada vez más, decidió llamar a Richard, él seguro que la animaría. Luna se desahogó con su mejor amigo y le contó todo, absolutamente todo lo que había ocurrido, sin omitir detalle alguno. Su amigo no se lo podía creer, pero consoló, apoyó y animó a su amiga para que empezara a salir de casa.

Después de dos semanas haciendo de niñera y de paño de lágrimas, Richard decidió que lo mejor era irse de compras y eso fue lo que hicieron.

Luna estaba agotada de tanto caminar y comprar con el horrible calor que hacía y, cuando empezó a marearse, le dijo a Richard:

—Richard, necesito sentarme. Creo que me estoy…

A Luna no le dio tiempo ni de acabar la frase, se desmayó. Por suerte, Richard era un hombre fuerte y corpulento y la cogió en brazos antes de que se diera de bruces contra el suelo.

Cuando Luna volvió a abrir los ojos, estaba en una cama ajena a la suya y un tipo le alumbraba los ojos con una linterna. Luna volvió a cerrar los ojos y balbuceó algo indescifrable para dejar claro que aquella luz no le gustaba.

—Señorita Soler, ¿puede decirme cuántos dedos ve? —Le preguntó una voz de hombre que no conocía.

Luna se esforzó en mirar la mano de aquel tipo y respondió:

—Dos. ¿Dónde estoy?

—Está en el hospital, su amigo Richard la ha traído porque se ha desmayado. En seguida podrá estar con él, pero antes quería hablar con usted —le dijo el tipo desconocido con bata blanca que dedujo era un doctor—. Soy el doctor Walsh y la he atendido desde que su amigo la ha traído al hospital. Le he pedido a Richard que esperase fuera porque quiero hablar con usted sobre los resultados de los análisis que le hemos hecho, hemos descubierto la causa del desmayo.

— ¿Es grave? —Preguntó Luna asustada.

—Está embarazada, ¿lo sabía?

— ¿Qué? —Dijo Luna pese que había escuchado con claridad lo que el doctor Walsh acababa de decirle—. ¿Está seguro?

—Sí, pero la doctora Emerson está esperándola para hacerle una ecografía y podrá confirmar el tiempo exacto de gestación.

—Voy a ser mamá —murmuró Luna en una nube—. Creo que necesito unos minutos para asimilarlo o corro el riesgo de volver a desmayarme.

El doctor Walsh le sonrió con comprensión y le dijo antes de marcharse:

—Le diré a su amigo Richard que le haga compañía mientras lo asimila.

Luna no sabía si llorar o reír. ¿Por qué le pasaba eso precisamente ahora? ¿Es que la vida iba a continuar riéndose de ella? Intentó sonreír cuando vio a Richard entrar en la inmaculada habitación del hospital donde se encontraba y trató de pensar en positivo dando gracias por tener una habitación individual.

— ¿Va todo bien? El doctor me ha dicho que primero quería hablar contigo a solas y…

Luna se derrumbó y se echó a llorar. Richard la abrazó y, tratando de calmarla, le susurró:

—Tranquila, honey. Sea lo que sea, seguro que no es tan malo como parece.

—Estoy embarazada —le soltó Luna como si dejara caer una bomba.

— ¡Joder! —Exclamó Richard—. Pero, ¿cómo ha podido ocurrir?

— ¿De verdad necesitas que te lo explique? —Le recriminó Luna.

—La verdad es que no me lo estás poniendo fácil, honey —le replicó Richard—. Vamos a ver, ¿qué te ha dicho el doctor? Por cierto, ¡menudo bombón!

— ¡Richard! ¿Cómo puedes pensar en eso en un momento así?

A Richard no le dio tiempo a contestar porque el doctor Walsh entró en la habitación, acompañado por otra doctora.

—Señorita Soler, le presento a la doctora Emerson.

—Hola Luna, el doctor Walsh me ha enseñado los análisis y queremos hacerte unas pruebas aprovechando que estás aquí —la saludó la doctora, pero cuando vio que tanto Luna como Richard se preocupaban, añadió—: Es solo algo rutinario, queremos hacerte una ecografía para confirmar de cuánto tiempo estás embarazada y verificar que todo esté bien, aunque no hay ningún indicio que indique lo contrario.

— ¿Podremos ver al bebé? —Preguntó Luna tocándose el vientre con una sensación extraña pero para nada desagradable.

—Por el resultado de los análisis, creemos que debes estar de unos dos meses, ¿recuerdas la última vez que tuviste la menstruación? —Preguntó la doctora Emerson.

Luna hizo memoria y no recordaba haber tenido la regla durante el mes que había pasado en Armony ni tampoco durante el mes que hacía que había vuelto. Creía que tuvo la regla un par de semanas antes de irse de vacaciones y de aquello hacía…

— ¿Cómo no me he dado cuenta antes? —Se reprochó Luna—. ¡Fue dos semanas antes de irme de vacaciones y de eso hace dos meses y medio!

La doctora Emerson le pidió a un celador que trajera una silla de ruedas para llevar a Luna a la sala de ecografías. Richard acompañó a su mejor amiga y juntos vieron la primera imagen de la vida que crecía en el vientre de Luna. La doctora encendió el audio cuando centro la imagen donde ella quiso y escucharon los latidos del corazón del pequeño bebé que se estaba gestando.

—Lo que estáis escuchando son sus latidos —les anunció la doctora Emerson con una amplia sonrisa.

— ¿Es normal que vaya tan rápido? —Preguntó Luna asustada.

—Sí, los latidos de los bebés van el doble de rápido que el de los adultos —la tranquilizó la doctora con una dulce sonrisa—. ¿Quieres ver ahora a tu bebé? —Luna asintió y la doctora volvió a pasarle la máquina por el vientre tras volver a untar gel en ella hasta que encontró lo que buscaba—: Ahí lo tienes, tu bebé —la doctora les señaló la silueta del embrión de nueve semanas—. Esta es la cabeza y el resto del cuerpo. Y estos son sus brazos y sus piernas.

— ¿Te refieres a esa mancha gris que parece un lagarto? —Preguntó Luna escudriñando la mirada tratando de ver lo que la doctora le decía, pero ella solo veía la silueta de un lagarto.

—Sí, me refiero al lagarto —bromeó la doctora—. Estás en la novena semana de gestación y el bebé está perfectamente. Mide cuatro centímetros y pesa cinco gramos. Vamos a sacar una foto para que te la puedas llevar a casa y tendrás que venir a verme dentro de un mes.

Luna limpió el frío gel de su vientre con una toalla y se lo acarició mientras musitó con una sonrisa en los labios:

—Mi lagarto.

Richard anotó todas las indicaciones que la doctora les daba porque Luna estaba sumida en una nube, muy lejos de donde estaba su cuerpo. Después llevó a casa a Luna y decidió quedarse con ella. Luna estaba confundida, todo estaba pasando demasiado rápido, sabía que no era un buen momento para lo que estaba ocurriendo pero no podía evitar sonreír cada vez que pensaba en su lagarto. Luna nunca había estado en contra del aborto, pero en ningún momento se lo planteó como una opción y mucho menos después de haber visto a su lagarto.

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