Siempre sale el sol 18.

Los días pasaban y Mike y Luna cada vez estaban más unidos y su relación se afianzaba. Clare, Helen y Ryan estaban felices y la pequeña Amy también resultó estar encantada con aquello de que sus titos fueran novios. Luna no podía evitar sonreír cada vez que su ahijada pronunciaba la palabra “novios” y Mike, que se percataba, también sonreía.

Una tarde en la que Mike y Ryan tuvieron una reunión importante en el club de campo, Helen fue a una reunión del colegio de Amy y su abuela había salido de excursión con sus amigas al río, Luna se quedó en casa de Clare con Amy.

Eran las cinco de la tarde cuando alguien llamó al timbre y Luna abrió la puerta sin mirar, creyendo que solo podía ser Mike o Helen, pero se encontró de frente a Erik, su ex amante que le había pedido matrimonio y a quien había dejado por ello.

—Erik, ¿qué estás haciendo aquí? —Le preguntó Luna nada amable.

—Yo también me alegro de verte, muñeca —le contestó Erik con una sonrisa maliciosa en los labios—. Estoy seguro de que me has estado echando de menos y, por lo orgullosa que eres, no has sido capaz de venir a buscarme, ni siquiera llamarme.

—Lárgate Erik, ya te dejé claro que no quiero estar contigo —le espetó Luna.

— ¿Quién es, tita? —Preguntó la pequeña.

Luna se volvió hacia su ahijada, se agachó para quedarse a su altura y le susurró:

—Princesa, quiero que subas a tu habitación y cojas el cuento más bonito que tengas para que podamos leerlo, ¿de acuerdo? —La niña obedeció en el momento y Luna se volvió hacia a Erik para repetirle—: Lárgate, no tienes nada que hacer aquí.

Pero Erik no aceptó un no por respuesta, la agarró por la cintura, la atrajo hacia sí y la besó a bocajarro. Erik la retuvo con fuerza mientras ella luchaba por liberarse y, cuando por fin lo consiguió, le dio una fuerte bofetada.

—Si vuelves a ponerme una mano encima te denunciaré por acoso, imbécil —le espetó Luna furiosa.

—Está bien, ya me voy —le respondió Erik con esa sonrisa que no decía nada bueno—. Ya he conseguido lo que he venido a buscar.

Erik se marchó y Luna respiró aliviada. No quería ni pensar lo que hubiera ocurrido si en ese momento hubiera aparecido Mike y la hubiese visto con Erik. Puso su sonrisa pintada en la cara y fue en busca de su ahijada.

—Princesa, ¿has encontrado ya el cuento que quieres que leamos? —Le dijo cuando vio a Amy sentada en el alféizar de la ventana un poco triste.

— ¿Quién era ese hombre? —Preguntó la niña.

—Nadie importante, princesa —le respondió Luna cogiendo en brazos a su ahijada para llevarla frente a la estantería y escoger uno de los miles de cuentos que su abuela guardaba desde cuando Helen y Luna eran pequeñas—. Vamos a leer el cuento de Ricitos de Oro.

Durante los días siguientes, Luna siguió durmiendo en casa de Mike. Faltaban un par de días para que Luna acabara su mes de vacaciones y no habían vuelto a hablar de su futuro después de las vacaciones.

Mike se levantó antes que Luna y salió al jardín para recoger el correo del buzón, aprovechando que Luna aún seguía dormida. Tras separar la propaganda de las facturas, se quedó con un sobre en la mano que iba dirigido a él pero sin remitente. No reconoció la letra, pero lo abrió de todos modos. Había una pequeña nota en la que ponía: “He pensado que te interesaría saberlo.” Sin firma ni ninguna otra identificación. Miró de nuevo en el sobre y sacó una fotografía. Mike se quedó helado cuando vio la foto en la que aparecía Luna besándose con un tipo que él no conocía y frente a la casa de su abuela. Por la ropa de ella, supo que la foto era reciente, de quizás tan solo unos días. La ira se apoderó de él, subió las escaleras furioso e irrumpió en la habitación gritando y despertando de un sobresalto a Luna:

— ¿Me puedes explicar qué significa esto?

Luna abrió los ojos. Estaba asustada, confusa y todavía dormida. No sabía qué le estaba diciendo Mike y tan solo lo veía mover lo que parecía una fotografía que tenía en la mano. Luna prestó atención al rostro de Mike y supo que estaba enfadado.

— ¿Qué ocurre, Mike? —Le preguntó Luna con un hilo de voz.

—Esto es lo que ocurre —le espetó Mike arrojando la fotografía sobre el regazo de Luna. Luna cogió la foto y maldijo cuando vio qué era lo que pasaba. Abrió la boca para aclararle aquello, pero Mike no la dejó hablar—: ¿Te has divertido ya lo suficiente? Esta foto es reciente y estás besando a otro.

—Mike, no es lo que parece.

— ¿Me vas a negar que no es lo que parece? ¿No os besasteis? —Le espetó Mike furioso, sin querer escuchar nada de lo que ella dijera—. Una imagen dice más que mil palabras y, ésta en concreto, lo dice todo.

—Las apariencias engañan, Mike —le recordó Luna—. Puedo explicarte lo que pasó y te aseguro que no es lo que parece.

—No quiero oír nada, Luna —bramó Mike—. Voy a estar fuera un par de días, cuando vuelva no quiero que estés en mi casa y, si te soy sincero, preferiría que ni siquiera estuvieses en Armony.

Dicho eso, Mike cogió una bolsa de deporte del armario, la lleno con un par de pantalones, un par de camisas y su neceser y se marchó de allí dejando a Luna desconcertada y totalmente sumida en la soledad de aquella cama, de aquella habitación y de aquella casa. Luna no podía creer lo que acaba de suceder. Se quedó unos minutos, puede que incluso un par de horas, sentada sobre la cama mirando hacia la puerta de la habitación tratando de comprender qué había pasado. ¿De dónde había salido esa foto? Y entonces lo supo. Las palabras “ya tengo lo que he venido a buscar” aparecieron por su mente y ató cabos. Erik lo había planeado, pero ¿cómo podía saberlo y quién hizo la foto? Luna solo conocía a una persona que la odiara tanto como para prestarse a ese juego, Brenda. Le entraron ganas de ir en busca de Brenda y matarla, pero decidió que antes de nada tenía prioridad arreglar las cosas con Mike.

Luna llamó a Mike por teléfono durante toda la mañana, pero su teléfono móvil estaba apagado y por lo visto no tenía pensado encenderlo. No sabía dónde buscarlo porque no sabía a dónde se había ido, así que optó por recoger sus cosas e ir a casa de su abuela.

Clare, nada más ver la cara de su nieta supo que algo no iba bien, pero esperó a que fuera ella quién le contara lo que le había pasado. Nada más cruzar una mirada con su abuela, Luna se arrojó a sus brazos y empezó a llorar. Clare no entendía nada de lo que Luna sollozaba, pero la abrazó y trató de consolarla hasta que Luna se recompuso un poco y le dijo:

—Abuela, tengo que marcharme pero te prometo que vendré pronto a verte.

—Pero cielo, ¿a dónde vas? ¿Qué pasa con Mike?

—Mike se ha enfadado y no quiere saber nada de mí —le confesó Luna con lágrimas en los ojos para que su abuela entendiera por qué lloraba—. Se ha marchado y estará fuera un par de días, me ha pedido que me vaya antes de que él regrese.

—Cielo, creo que deberías llamarle y arreglar lo que sea que haya pasado, estoy segura de que, sea lo que sea, tiene arreglo —trató de animarla Clare.

—Ya lo he intentado, pero tiene el teléfono móvil apagado y no sé a dónde puede haber ido y, aunque lo supiera, creo que no sería una buena idea —Luna se calló cuando su abuela la miró con un ligero reproche en los ojos y le dijo—: Te juro por mamá que se trata de un malentendido y que, si estamos en esta situación es porque él se ha negado a escuchar mi versión, abuela. Ya ves, para una vez que me enamoro y decido tragarme mis miedos, mira cómo acabo.

—No digas eso, mi niña —le dijo su abuela abrazándola—. Estoy segura de que ese cabezota te echará de menos e irá a buscarte.

—Desafortunadamente, hace mucho que dejé de creer en los cuentos de hadas —musitó Luna con resignación.

Tras despedirse de su abuela, Luna se dio una ducha y pasó por casa de su prima Helen para despedirse del matrimonio y de su ahijada. Cuando llegó, Ryan no estaba en casa y Luna se alegró, aunque adoraba al marido de su prima, no dejaba de ser el mejor amigo y casi un hermano de Mike, así que no dudó en que se pondría de su parte.

Luna le resumió brevemente lo ocurrido a Helen pero sin entrar en detalles, le dijo que habían discutido y que lo habían dejado, pero cuando Helen empezó a preguntarle por los detalles, Luna se apresuró en despedirse de su prima y de su ahijada y regresó a la ciudad conduciendo su coche mientras las lágrimas brotaban de sus ojos y resbalaban por sus mejillas.

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