Siempre sale el sol 15.

Apenas habían pasado un par de minutos desde que Paulina y Linda se llevaran a Luna a la cocina cuando Mike fue en su busca. Le había dicho que no la dejaría sola en ningún momento y lo pensaba cumplir aunque su familia se lo pusiera difícil.

Paulina se percató cómo su hijo pequeño se preocupaba de aquella chica y cómo ella le sonreía y asentía con la cabeza para hacerle saber que estaba bien. Paulina sabía que se habían conocido en la boda de Ryan, pues Helen era la prima de Luna, pero Ryan siempre había bromeado diciendo que los padrinos de su hija tenían una relación peculiar y que era mejor mantenerlos alejados, aunque Paulina no entendía por qué lo decía, pues se les veía muy sonrientes y felices juntos.

—Tranquilo, ya nos ha quedado claro que no debemos hacer preguntas incómodas ni fuera de lugar a Luna, no hace falta que vengas a vigilarnos —le dijo Linda a Mike poniendo los brazos en jarras.

Mike ignoró a su cuñada y a su madre y se volvió hacia a Luna para mirarla a los ojos y tratar de descubrir lo que pensaba, pero no hizo falta porque Luna le aseguró con una amplia sonrisa:

—Estoy bien, ve con tu padre y tu hermano.

— ¿Estás segura? —Preguntó Mike. Ella asintió, él le dio un beso en la mejilla y aprovechó para susurrarle al oído pícaramente—: Te lo compensaré.

Mike salió de la cocina y Luna se volvió hacia Paulina y Linda, que la miraban con los ojos brillantes y una amplia sonrisa en los labios. Luna les devolvió la sonrisa, sabiendo que aquellas dos mujeres se morían de ganas por hacerle mil preguntas pero se contenían para no decepcionar a Mike, o tal vez por no hacerlo enfadar.

—Mike nos ha dicho que eres la madrina de Amy, ¿verdad? —Rompió el hielo Paulina.

—Sí, la esposa de Ryan es mi prima Helen, aunque prácticamente nos hemos criado como hermanas —respondió Luna con cordialidad.

—Entonces, Mike y tú os conocéis desde hace tiempo —confirmó Paulina.

Luna asintió y Paulina cambió de tema rápidamente, pidiendo ayuda a los hombres para que pusieran la mesa y a Linda y Luna que les ayudara en la cocina a servir los platos.

Se sentaron a la mesa y Luna disfrutó de las anécdotas que le contaban los padres de Mike de cuando sus hijos eran pequeños mientras cenaban y reían, haciendo sentir a Luna parte de la familia.

Después de cenar, tomar café e incluso una copa, Paulina y Taylor insistieron en que su hijo pequeño y su novia se quedaran un rato más, pues era la primera vez que veían a su hijo tan interesado en una chica, pero Mike insistió en que ya era tarde y al día siguiente le habían prometido a Amy que la llevarían al río.

—Gracias por venir Luna, esperamos que vuelvas pronto —le dijo Paulina a Luna lanzándole una mirada a Mike que dejaba muy claro lo que pensaba.

—Mamá —le advirtió Mike.

—Hijo, si es una chica estupenda —le replicó su madre —. He visto cómo miras a Luna, cómo la tratas y cómo le sonríes, no entiendo por qué te cuesta tanto llamar a las cosas por su nombre.

Mike abrió la boca para protestar y Luna se percató de que su gesto era duro y desafiante, así que decidió intervenir antes de que Mike estropeara la noche por una tontería. Luna le cogió la mano a Mike, se la apretó y les dijo a las cuatro personas que esperaban la reacción de Mike ante las palabras de su madre:

—Gracias por invitarme a cenar, ha sido placer conoceros —se volvió hacia Alan y Linda y les dijo con una dulce sonrisa—: Nos vemos en un par de semanas, estoy deseando ver cómo ha quedado la masía reformada.

—Hija, aquí tienes tu casa, ven cuando quieras —se despidió Taylor de Luna.

—Ten paciencia con él, cielo —le dijo Paulina a Luna—. Siempre ha sido muy gruñón, aunque ya sabes lo que dicen: perro ladrador, poco mordedor.

Luna trató de evitar que se le escapara una pequeña risa pero no tuvo éxito y Mike, sorprendido por la reacción de ella, sonrió y dijo bromeando:

—Genial, ponerla en mi contra también.

—Te conoce desde hace cinco años, si tú solito no has hecho que se ponga en tu contra en todo este tiempo, no creo que nosotros lo consigamos en una noche —se mofó Alan.

—Recuerda que tienes derecho a guardar silencio, todo lo que digas será utilizado en tu contra o, más probablemente, en la mía —le dijo Mike a Luna divertido.

Entre bromas y risas se despidieron y Mike y Luna se subieron al coche para regresar a Armony y, en cuanto se quedaron a solas en la intimidad de un coche circulando por la autopista en la oscuridad de la noche, Mike se atrevió a decir:

—Dime qué tal ha ido, pero dime la verdad.

—Ha ido genial, tienes una familia encantadora —le contestó Luna.

— ¿Encantadora? —Bromeó Mike—. Solo les pedí que no te incomodaran, que no te sometieran a un tercer grado y que no pusieran nombre a nuestra relación, pero no me han hecho ningún caso, como has podido comprobar.

—Créeme si te digo que lo han intentado, pero no han podido contenerse —le respondió Luna divertida—. Me he divertido mucho y, si tienes ganas de repetir, me encantaría regresar contigo cuando quieras.

—Tenemos una conversación pendiente, pero es tarde, le hemos prometido a Amy que mañana la llevaríamos al río y quiero tener esa conversación sin prisas —le dijo Mike—. Pero tienes que prometerme que no me darás esquinazo, princesita de la ciudad.

—Para el coche —le ordenó Luna.

— ¿Qué pasa? —Preguntó Mike mientras analizaba mentalmente si había podido meter la pata diciendo algo fuera de lugar pero sin encontrar nada.

—Quiero besarte pero no quiero que nos matemos —le contestó Luna con una sonrisa pícara.

—No es buena idea —contestó Mike con la voz ronca—. Ya casi estamos en Armony, te llevaré a casa de tu abuela.

Luna no entendía nada, ¿acababa de rechazarla? Se volvió hacia a él y le dijo sin andarse por las ramas:

— ¿Qué quieres de mí?

— ¿Qué quiero de ti? —Repitió Mike incapaz de entender que Luna se hubiera dado cuenta de todo lo que estaba haciendo para que esa relación saliera adelante—. Luna, creo que es bastante obvio. Me importas mucho, pero no quiero asustarte y que salgas huyendo otra vez, solo intento ir despacio y, créeme, no es nada fácil teniéndote tan cerca.

—Mike, te he prometido que no voy salir huyendo —le dijo Luna con rotundidad—. Aunque puede que termine haciéndolo para darte un escarmiento. No necesito ponerle un nombre a nuestra relación y tampoco puedo prometerte que esto vaya a salir bien, pero sé que estoy haciendo lo que en este momento quiero hacer. Si vamos a seguir con lo que sea que estemos haciendo, vas a tener que confiar en mí.

Mike paró el coche y fue entonces cuando Luna se dio cuenta que estaban frente a la casa de Mike, no la había llevado a casa de su abuela. Mike la ayudó a salir del coche y le colocó el brazo alrededor de la cintura mientras entraban en la casa. Una vez llegaron al salón, Mike la atrajo hacia sí, colocó ambas manos alrededor de su rostro para enmarcarlo y le susurró:

—Confío en ti, Luna —le dio un leve beso en los labios y añadió—: Me da igual el nombre con el que te refieras a nuestra relación, lo único que me importa es que quieras seguir adelante con ello.

—No tiene por qué cambiar nada, al menos no hasta que pase un poco de tiempo y veamos cómo van las cosas —comentó Luna con una sonrisa picarona en los labios. Colocó las manos alrededor del cuello de Mike y estrechó su cuerpo contra el de él antes de añadir—: Estás muy sexy esta noche, pequeño vaquero.

Luna lo besó apasionadamente y comenzó a desabrocharle la camisa hasta que se la quitó y la dejó caer al suelo mientras se deleitaba con el increíble y musculoso abdomen de Mike. Luna le acarició el pecho fornido y le sonrió de una manera que encendió el fuego en el cuerpo de Mike. Mike no pudo contenerse más, la estrechó contra su cuerpo y comenzó a deshacerse de la ropa de ella y ella se deshizo de la ropa de él. Ambos se quedaron en ropa interior y Mike, tras darle un dulce y leve beso en los labios, le preguntó con la voz ronca:

— ¿Estás segura?

—Completamente.

Mike la cogió a Luna en brazos y la llevó a su habitación, donde la tumbó en la cama, la terminó de desnudar y besó y acarició cada centímetro de su piel. Luna le dejó hacer hasta que ya no pudo contener más su deseo y lo atrajo hacia ella, lo besó vorazmente y se puso a horcajadas sobre él para ir descendiendo lentamente mientras el duro y erecto miembro de Mike se introducía en ella. Mike la estrechó entre sus brazos con fuerza, no podía creer lo que estaba sintiendo al hacer el amor con Luna. Bombeó dentro de ella con suavidad, disfrutando y alargando el momento al máximo, acariciaba sus pechos, besaba sus labios y cuello y se sentía como si estuviese en el paraíso, donde ambos llegaron juntos.

En cuanto sus respiraciones se normalizaron, Mike atrajo hacia a él a Luna, la abrazó y le susurró al oído con voz dulce:

—Quédate a dormir, mañana por la mañana te llevaré a casa de tu abuela antes de ir al club de campo y podrás cambiarte de ropa para ir al río.

Luna se acomodó en los brazos de Mike a modo de respuesta y Mike la besó en la frente. Así se quedaron hasta que se durmieron.

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