Siempre sale el sol 12.

Luna se despertó cuando llamaron al timbre de la puerta y se levantó de un salto al recordar que Mike estaba durmiendo en la habitación de al lado. Salió de la habitación para abrir la puerta antes de que quién fuera que había llamado a la puerta lo volviera a hacer y despertara a Mike.

Luna abrió la puerta, Jake entró en el apartamento como si de un torbellino se tratara y se plantó en mitad del salón al mismo tiempo que le espetaba a Luna:

— ¿Se puede saber dónde estuviste anoche? Llevo más de doce horas tratando de localizarte y Bobby Suárez está a punto de volverme loco, por no hablar de Samantha, esa ya lo está.

—Jake…

— ¡No! —Le regañó Jake a voz en grito—. No lo aguanto más, hablas tú con él o hablo yo y la cosa acaba mal para todos. ¡No puedes tenerme así, me vas a matar! Tienes que elegir, él o yo.

—Ejem, ejem —fingió toser Mike para advertir de su presencia—. ¿Interrumpo algo?

—Ups, ya veo dónde has estado esta noche… —Empezó a decir Jake.

— ¡Jake! —Ahora fue Luna quién le regañó. Se volvió hacia a Mike y le dijo—: Buenos días Mike, por llamarlo de algún modo. Éste pirado que ha irrumpido en mi apartamento dando gritos es Jake, el director financiero de la revista para la que trabajo y en la que están todos locos.

—Buenos días —saludó Mike, se acercó a Luna y la atrajo hacia a él para darle un beso muy sensual en la sien antes de estrecharle la mano a Jake y decirle—: Encantado de conocerte, Jake.

—Lo mismo digo, Mike —saludó Jake. Mike se marchó a la cocina y Jake se volvió hacia a Luna y le dijo—: Lo siento, Bobby Suárez me tiene neurótico perdido y creo que dentro de poco me convertiré en psicópata y terminaré matándole.

—Eso solo me daría más problemas —se mofó Luna—. Samantha se volvería aún más loca, tendría que buscar a alguien que ocupara tu puesta y encargarme de enviar una de esas coronas a tu funeral.

—Eres perversa, pero en el fondo te quiero —le dijo Jake—. Y te querré más si te ocupas del imbécil de Bobby, ahora se le ha metido en la cabeza remodelar una de las secciones.

—Llámale y dile que mañana quedo con él para comer y lo resolvemos —le ordenó Luna—. Y tendrás que enviarme por mail los gráficos por secciones y la propuesta de Bobby, esta noche les echaré un vistazo.

—Deberías dedicar la noche a otra cosa —le dijo Jake guiñándole un ojo a Luna.

—Jake, lárgate y no me toques las narices —le contestó Luna con su habitual mal humor matinal.

—Hasta luego, Mike —se despidió Jake y añadió antes de irse—: Suerte con la fiera.

Jake se marchó y Luna cerró la puerta, pero cuando se dio la vuelta se topó de frente con Mike que le miraba con una sonrisa socarrona y le preguntó divertido:

— ¿Esa es manera de hablarle al director financiero de tu empresa?

—Están todos locos, con decirte que la más cuerda de toda la empresa soy yo —le dijo Luna rodando los ojos—. Necesito un café, ¿te apetece uno?

Mike y Luna se tomaron un café mientras ella le contaba todo el asunto de la inversión que necesitaban y que Bobby Suárez tanto se empeñaba en complicar. Mike se quedó asombrado por cómo Luna manejaba las finanzas de su empresa a pesar de haber estudiado periodismo, que era de letras, y no pudo evitar preguntarle:

— ¿Cómo sabes tanto de finanzas y del estado del mercado en el sector?

—Hace un par de años la editorial pasó por uno de sus peores momentos y perdimos a todos los inversores y también a los accionistas. Compré el 40% de las acciones de la revista y Samantha logró mantener el otro 60%, así que entre las dos y con la ayuda de Jake conseguimos algunos inversores para mantenernos, pero necesitamos una inversión grande para poder levantar la revista con buenos cimientos y sin que nos coarten nuestra libertad a la hora de decidir sobre la revista.

—Eres toda una caja de sorpresas.

—Mi vida es como una tormenta, puede que no sea divertida pero sin duda me mantiene entretenida.

—Después de la tormenta, siempre sale el sol —le recordó Mike con una sonrisa.

—La tormenta lleva en mi vida quince años, desde que mis padres murieron —comentó Luna con tristeza y amargura en la voz—. Me negué a montar en mi caballo porque me recordaba demasiado a mis padres, siempre montaba a caballo con ellos. Y por mi culpa y mi egoísmo el caballo cayó en una depresión y se murió cuando yo estaba en la universidad. Vine a la ciudad porque quería alejarme de todo lo que me recordara a ellos y me hacía sufrir, pero no lo he conseguido y encima por mi culpa murió mi caballo —miró a los ojos a Mike y añadió en un arrebato de sinceridad—: Acostumbro a apartar a todo el mundo de mi lado en cuanto la relación se vuelve cercana, y no te estoy hablando de amor, sino de cualquier tipo de relación. Soy un desastre, Mike. Mi mejor amigo me llama Reina de Hielo, mi abuela siempre dice que estoy envuelta en una muralla de piedra y Helen dice que… Bueno, Helen directamente me dice que solo me hace falta beber sangre humana para ser igual de fría y despiadada que un vampiro. Y, ¿sabes qué es lo peor de todo? Que tienen razón, Mike.

Dos lágrimas cayeron de los ojos de Luna y rodaron por sus mejillas hasta que Mike las secó con ambos dedos pulgares mientras enmarcaba su rostro con sus manos. Era la primera vez que Mike la veía tan humana y vulnerable, le había abierto su corazón y le había contado todos y cada uno de lo que ella creía que eran sus defectos y a Mike eso lo enamoró todavía más.

—Tu abuela Clare siempre me dice que está orgullosa de las mujeres en las que se han convertido sus nietas —le dijo Mike repitiendo las palabras que tantas veces le había oído decir a Clare—. Eres inteligente, humilde, simpática y también eres preciosa, todo el mundo te adora a pesar de los desplantes que nos haces —Mike le dio un beso en la frente y la estrechó entre sus brazos con fuerza—. No puedes sobrevivir siempre tú sola, a veces es bueno pedir ayuda y que alguien te tienda la mano. Tampoco puedes asumir la responsabilidad de todo el mundo, Luna. Deberías dejar que tu director financiero se empiece a ocupar de sus problemas.

—Hablas como si cargara con los problemas de todo el mundo —le replicó Luna frunciendo el ceño.

—Eso exactamente es lo que haces, cargar con los problemas de todo el mundo —le confirmó Mike con una tierna sonrisa—. Por ejemplo, Ryan se lleva a Helen una semana de vacaciones y deja a Amy con tu abuela, pero tú decides quedarte para ocuparte de Amy.

—Ese ejemplo no es válido —le contestó Luna sonriendo divertida—. ¿Qué te hace pensar que me quedé en Armony para cuidar de Amy?

—Viniste con lo puesto porque Helen te había llamado pidiendo ayuda y cuando descubriste que Ryan había organizado una segunda luna de miel, decidiste quedarte con tu abuela y con Amy hasta que ellos regresaran —le recordó Mike.

—Bueno, vale —se resignó Luna—. Pero no fue el único motivo por el que me quedé.

—Ah, ¿no? —Se sorprendió Mike y le preguntó—: ¿Por qué otro motivo decidiste quedarte?

—Hacía tiempo que no visitaba Armony, me apetecía estar con mi familia y, ya que estaba allí, esperaría unos días y aprovecharía para saludar a Helen y Ryan. Además, ya no tenía que evitarte, así que no había problema por quedarme unos días más, ¿no?

—Sea cual sea el motivo, me alegra que te quedaras —le susurró Mike al oído.

El teléfono de Mike empezó a sonar y ambos cruzaron su mirada, Luna asintió con la cabeza sonriendo y Mike cogió su teléfono y respondió:

— ¿Si?

— ¿Dónde estás? —Le preguntó Ryan al otro lado del teléfono—. Me dijiste que me llamarías en cuanto te despidieras de ella y aún estoy esperando tu llamada.

—Ryan, sigo en la ciudad —le contestó Mike mirando de reojo a Luna, que estaba distraída cambiando de canal con el mando a distancia.

—No me lo puedo creer, ¿aún estás con ella? —Quiso saber Ryan.

—Sí pero no —respondió Mike—. No es lo que imaginas. Esta noche te cuento, ahora tengo que colgar.

—De acuerdo, ¡pero llámame! —Dijo Ryan antes de colgar.

Mike colgó el teléfono y lo apagó, no quería arriesgarse a que alguien más les interrumpiese. Se acercó a Luna y le propuso pedir comida china a domicilio, sabía que a ella le encantaba y estaría de acuerdo y así fue.

Comieron mientras continuaban charlando hasta que llegaron las cinco de la tarde. Mike miró su reloj y supo que llegaba el momento de despedirse. No quería irse a ninguna parte, quería quedarse con ella, pero sabía que tenía que ser paciente. Luna lo acompañó hasta la puerta y ambos se fundieron en un abrazo a modo de despedida. Mike la besó en la frente y le susurró al oído antes de marcharse:

—Échame un poco de menos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.