Siempre sale el sol 11.

Mike y Luna se montaron en el coche y Mike condujo de regreso a la ciudad mientras ambos bromeaban sobre los comentarios de Alan y Linda. Por mucho que Mike le hubiera dicho, Luna sabía que él adoraba a su hermano y a su cuñada y lo cierto es que Luna también los adoraba y eso que acababa de conocerles.

Luna guió a Mike por las calles de la gran ciudad hasta que llegaron a un pub irlandés bastante animado pero con una zona de chill-out en el jardín íntima y tranquila.

Nada más salir del coche, Mike se colocó al lado de Luna y volvió a rodearle la cintura con su brazo, un gesto que había hecho antes de subir al coche y que había notado que a ella no le había desagradado.

Entraron en el pub y Mike se sorprendió al descubrir un local lleno de gente bailando, la música muy alta y un gran ajetreo, no era el sitio que Mike hubiera escogido para venir con ella, pero tampoco pensaba contradecirle.

Luna vio la cara de Mike cuando entró en el local y supo que él también quería estar con ella en algún lugar más íntimo. Luna le sonrió a Mike con dulzura y le susurró al oído:

—Vamos al jardín, allí podremos estar más tranquilos.

Le agarró de la mano con firmeza y cruzó la pista de baile del pub seguida de Mike hasta llegar a la puerta que daba acceso al jardín. Mike sonrió al descubrir la zona chill-out en el jardín y se alegró de poder estar con Luna en un lugar tranquilo e íntimo donde poder seguir hablando y descubriendo cosas sobre ella.

Mike vio un sofá libre en una zona apartada y se lo señaló a Luna con la esperanza de que ella diera el visto bueno y volvió a sonreír cuando ella le susurró al oído:

—Ves hacia allí antes de que nos lo quiten, yo voy a esa barra a por las copas.

Pero la sonrisa de Mike se esfumó cuando miró hacia la única barra del jardín y vio a un tipo rubio y de ojos azules saludando a Luna alzando los brazos y con una amplia sonrisa en la cara. Ella le devolvió el saludo con la mano y la misma sonrisa. Mike no dijo nada, no podía hacerlo. Se dirigió hacia el sofá libre y se sentó para observar desde allí como Luna saludaba a aquel camarero sin poder oír lo que ambos decían.

Luna caminó alegremente hacia a la barra y, cuando llegó hasta allí, el camarero rubio y de ojos azules la abrazó, la alzó en sus brazos y dio un par de vueltas con ella.

—Bájame, me vas a marear —logró decir Luna entre risas mientras saludaba a su mejor amigo Richard—. Hoy estás extremadamente contento, ¿algo que contarme?

—Eso debería decirlo yo, mi Reina de Hielo —le contestó Richard con una sonrisa maliciosa en los labios—. ¿Quién es el bombón que te acompaña?

Ambos se volvieron para mirar a Mike, quien no les había quitado el ojo de encima, y sus miradas se cruzaron. Luna le sonrió y se volvió de nuevo a Richard para decirle:

—Es Mike, el mejor amigo de Ryan —le contestó Luna.

— ¿Te tiraste a ese Dios y te has pasado cinco años huyendo de él? —Exclamó Richard fingiendo estar horrorizado. Se volvió hacia a su mejor amiga y le dijo—: Tienes un problema, si huyes de un hombre así estás loca —miró de nuevo a Mike y le susurró a Luna—: Si tuviera la menor oportunidad con él, te lo levantaba.

— ¡Pero bueno! —Protestó Luna fingiendo estar exageradamente horrorizada, tal y como Richard había hecho antes—. Ni se te ocurra ponerle tus garras encima o me veré obligada a cortarte todas y cada una de tus extremidades —le advirtió Luna con tono de guasa.

—Será mejor que vuelvas con tu hombretón, creo que se está poniendo nervioso y no nos quita el ojo de encima —comentó Richard—. De hecho, si las miradas matasen creo que estaría muerto.

— ¡Qué exagerado eres! —Dijo Luna poniendo los ojos en blanco—. Tráenos un par de copas y te lo presento, pero las garras lejos.

Richard le dio una palmada en el culo a Luna y le guiñó un ojo antes de que ella empezara a caminar hacia su hombretón, que había sido testigo directo de esa palmada en el trasero y de ese guiño de ojos.

Luna regresó junto a Mike y se sentó a su lado todavía sonriendo por las alocadas ocurrencias de su amigo Richard, que era todo un personaje.

—Ahora Richard nos traerá las copas —le dijo a Mike, que había dejado de sonreír y estaba serio y con cara de póker.

— ¿Richard? ¿Así se llama el camarero? —Preguntó Mike molesto—. Le llamas por su nombre y dejas que te toque el culo, supongo que hay algo más que una relación camarero-cliente.

Las palabras de Mike sonaron a reproche y se arrepintió nada más acabar de decirlas pero, fuera de todo pronóstico, Luna le sonrió y le dijo:

—Digamos que es un amigo… especial.

— ¿Un amigo especial? —Quiso saber Mike y preguntó arqueando una ceja.

—Por ahí viene con nuestras copas, te lo voy a presentar y, si en algún momento te sientes incómodo, avísame y lo freno —le dijo Luna.

— ¿A qué te refieres? —Preguntó Mike confuso.

—Ahora lo verás —fue la respuesta de Luna que inquietó aún más a Mike.

Richard llegó hasta ellos con su gran sonrisa en los labios y Mike trató de no fulminarle con la mirada, aunque sin demasiado éxito. Dejó ambas copas sobre la pequeña mesa auxiliar que ambos tenían en frente y le dijo a Mike:

—Hombretón, deberías pasar de la Reina de Hielo —le guiñó un ojo a Mike y se volvió hacia a Luna para decirle—: Cielo, es injusto que te lo quedes tú sola, debes compartir.

—Mike, te presento a Richard, mi mejor amigo, o al menos eso dice él —le dijo Luna a Mike y después se volvió hacia a Richard y añadió—: Richard, él es Mike y te aconsejo que mantengas tus garras alejadas, no quiero que le asustes.

—Mm… Creo que es la primera vez que marcas territorio, Reina de Hielo —la acusó Richard divertido y Luna le fulminó con la mirada. Richard se volvió hacia a Mike y le dijo con su inmaculada sonrisa en los labios—: Encantado de conocerte, Mike.

—Lo mismo digo, Richard —le respondió Mike sonriendo mientras le estrechaba la mano, ya más tranquilo al conocer qué preferencias tenía.

Richard le guiñó un ojo a Luna en señal de triunfo antes de marcharse y dejarles a solas y Luna sonrió en respuesta. Sabía lo que su amigo pretendía y lo había conseguido, había comprobado hasta qué punto le importaba.

—Adoro a Richard, pero a veces me dan ganas de matarlo —bromeó Luna.

—Creo que yo también adoro a Richard —le contestó Mike sonriendo—. Vamos a brindar.

— ¿Por qué brindamos?

—Por nosotros —brindó Mike entrechocando su copa con la de Luna—. Me alegra poder salir a cenar y disfrutar de una copa contigo.

—Lo dices como si eso solo pudiera pasar una vez en la vida.

—Aún no estoy convencido de no vayas a salir huyendo y tenga que esperar otros cinco años para poder volver al punto de partida —le dijo Mike sin reproche alguno en la voz—. A lo mejor se convierte en una especie de círculo vicioso.

—No voy a salir huyendo, Mike —le susurró Luna.

Mike la miró a los ojos y quiso besarla al ver lo vulnerable y frágil que parecía en ese momento la Reina de Hielo, cómo la llamaba Richard, pero en lugar de besarla decidió abrazarla. Mike sabía que Luna había sellado las puertas de su corazón hacía mucho tiempo, se lo había oído decir a Clare y Helen miles de veces, y él no quería presionarla, estaba dispuesto a conquistarla poco a poco, sin asustarla.

—Lo siento, no debí decir nada de eso, no pretendía reprocharte nada —le susurró Mike al oído de Luna mientras la estrechaba entre sus brazos.

El buen rollo se restauró entre ellos y regresó con una mayor intimidad entre ambos, aunque los dos se contenían. A las seis de la mañana, Mike acompañaba a Luna a su apartamento y se despedía de ella en el portal del edificio:

—Buenas noches, princesita de la ciudad. Ya hemos llegado a su castillo —bromeó Mike frente a la puerta del edificio.

— ¿Cuándo te vas, pequeño vaquero? —Le preguntó Luna con tristeza.

—Mis tíos han venido a pasar el fin de semana y les aseguré que cenaría con ellos el sábado en casa de mis padres, así que solo puedo quedarme hasta mañana por la tarde —le contestó Mike con la misma tristeza—. ¿Puedo invitarte a comer mañana?

—Querrás decir hoy —dijo Luna mirando el reloj—. Quédate en mi apartamento, tengo una habitación de invitados donde puedes quedarte y así te ahorrarás el ir y venir a buscarme, pierdes tiempo en el camino.

— ¿Estás segura de que quieres que me quede?

Luna le respondió con una sonrisa y tiró de él para entrar en el edificio y subir al apartamento. Ninguno de los dos pretendía hacer nada que no fuera dormir, aunque ambos lo desearan. Tras darse las buenas noches, cada uno se metió en una habitación y se anhelaron hasta quedarse dormidos.

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