Siempre sale el sol 10.

Las siguientes dos semanas Luna se las pasó deseando que llegara el viernes para salir con Mike a cenar. Mike estaba igual de ansioso y emocionado que Luna y durante esos días no había podido evitar llamarla por teléfono o enviarle mensajes. Luna sonreía cada vez que le llegaba un mensaje de Mike y a él le ocurría lo mismo cuando Luna le contestaba.

Luna estaba nerviosa, ni siquiera sabía qué ponerse. Le hubiera gustado llamar a Helen y preguntarle, pero no podía decirle con quién iba a salir, al menos no todavía. Tras rebuscar en el armario y probarse casi toda su ropa, optó por ponerse un vestido blanco ibicenco con unas sandalias de tacón de cuña y tiras blancas atadas por encima del tobillo. Se dejó su melena rubia suelta y se maquilló suavemente, un maquillaje natural apenas perceptible.

Mike insistió en pasar a buscar a Luna y ella le dio la dirección de su apartamento, aunque a él no le hacía falta, pues ya se había encargar de averiguar dónde vivía Luna cinco años atrás.

A las ocho en punto de la tarde, tal y cómo habían quedado, Mike llamó al timbre del interfono del edificio de Luna y esperó a que ella contestara:

—Bajo en un minuto.

Mike se sorprendió al escucharla tan seria y seca, pero no le dio importancia. Él también estaba nervioso por aquella especie de cita, aunque sabía que no podía pasar nada entre ellos, primero debía ganársela como amiga, lo demás ya vendría después. Por ahora, lo importante era que ella accediera a seguir viéndole y de momento estaba funcionando.

Luna se perfumó en el cuello y las muñecas, cogió su bolso y salió de su apartamento rápidamente para no hacer esperar a Mike. Nada más salir del portal, lo vio apoyado en su Audi A5 de color negro, vestido con un traje de Armani gris marengo y una camisa negra sin corbata. Con las manos en los bolsillos y esa sonrisa maliciosa en los labios, Mike estaba muy sexy y Luna no pudo evitar desear lo inevitable.

—Creo que debería subir a cambiarme, ¿de dónde vienes tan guapo? —Le saludó Luna cuando llegó hasta a él.

Mike la besó en la mejilla y le susurró:

—Estás preciosa, no necesitas cambiarte.

Mike abrió la puerta del copiloto y ayudó a Luna a sentarse para después rodear el coche y sentarse él en el asiento del conductor. Arrancó el motor del coche y, después de volverse hacia Luna, le preguntó:

— ¿Dónde quieres ir a cenar?

— ¿Habías pensado en algún sitio? —Le preguntó Luna.

—No conozco mucho los restaurantes de la gran ciudad, pero siempre que vengo trato de pasarme por un pequeño restaurante que hay a las afueras de la ciudad donde se come muy bien, pero estoy dispuesto a probar cosas nuevas —le respondió Mike.

—Hoy podemos ir a ese restaurante que tanto te gusta y, si vienes otro día por aquí, te llevaré a mi restaurante favorito.

Mike sonrió ante su proposición y condujo hasta llegar al apartado restaurante situado a las afueras de la ciudad. Luna se sorprendió al descubrir que el restaurante era una pequeña masía, íntima y romántica, decorada con mucho gusto. Le sorprendía no haber oído nunca hablar de este restaurante y sintió un pinchazo en el corazón cuando se preguntó con quién habría venido Mike a este restaurante.

—Este restaurante es de mi hermano Alan y de Linda, su mujer, lo abrieron hace un par de años y les va bastante bien —le dijo Mike un poco tenso—. Pero si prefieres que vayamos a otro sitio…

—El sitio es estupendo —le interrumpió Luna y le sonrió—. Y se come bien, ¿no?

Mike asintió con la cabeza y la guió hasta el atril del maître que, al reconocer al hermano del dueño, lo saludó y les adjudicó la mejor mesa del local para después marcharse y avisar a su jefe de que su hermano pequeño estaba allí y con una chica.

Alan Miller, el hermano mayor de Mike, no podía creerse lo que su maître le decía. Su hermano nunca había traído a ninguna chica al restaurante y cuando insistían en ello él siempre les decía que solo traería a una chica que mereciera la pena y de la que él estuviera enamorado, lo cual no les daba ninguna esperanza, pues por toda la familia era conocida la fama de mujeriego de Mike.

—Mike, ¡qué sorpresa! —Saludó Alan a su hermano. Se volvió hacia Luna y, tras dedicarle una amplia sonrisa, la saludó a ella tan bien—: Aunque la verdadera sorpresa es ver que mi hermano viene acompañado.

—Luna, éste es mi hermano Alan —le dijo Mike. Se volvió hacia su hermano y añadió—: Ella es Luna, la madrina de Amy.

—Encantado de conocerte, Luna —le dijo Alan.

—Lo mismo digo.

Alan y Mike conversaron sobre su familia, se pusieron al corriente de sus vidas en un rápido resumen y después Alan se retiró para dejarles intimidad mientras cenaban.

—No sabía que tenías hermanos —le confesó Luna—. No sé nada de ti.

—Alan es mi único hermano.

—Nunca tuve hermanos, así que no sé muy bien lo que es —le contestó Luna—. Lo más parecido a una hermana que he tenido ha sido Helen, pero no vivimos juntas hasta que nuestros padres murieron y dadas las circunstancias, aprendimos a apoyarnos la una a la otra. Supongo que si hubiésemos convivido juntas desde más pequeñas, probablemente hasta hubiéramos llegado a las manos.

—Clare y Helen te describen como una mujer de carácter, supongo que eso lo dice todo —se mofó Mike bromeando.

—No puedes quejarte, aún no me has visto ponerme verde de irá —bromeó Luna y ambos empezaron a reír a carcajadas.

En ese momento, Alan regresó con Linda, su mujer, quien saludó primero a Mike y después se volvió hacia Luna sonriendo dulcemente y le dijo:

—Soy Linda, la cuñada de Mike. Encantada de conocerte —le dio un beso en la mejilla y, con una dulzura y una naturalidad nata, añadió—: Debes de ser muy especial para que Mike te haya traído aquí, nunca había venido acompañado.

—Encantada de conocerte, Linda —le correspondió el saludo Luna a Linda—. Por cierto, tenéis una masía preciosa, no sé cómo no había oído hablar de este sitio, es estupendo.

—Gracias, Luna —le agradeció Linda, quien hablaba con una dulce voz que encandilaba a todos los presentes—. Acabamos de reformar el ala este de la masía y dentro de poco lo convertiremos en un pequeño hotel rústico, esperamos que vengas cuando esté abierta al público.

—Aunque para entonces no creo que puedas seguir soportando a mi hermano —bromeó Alan para chinchar a Mike—. De hecho, aún no sé qué hace una chica como tú con alguien como él.

—Este es mi querido hermano —dijo Mike con sarcasmo, pero tanto él como su hermano bromeaban, era su manera de decirse que se querían.

—La verdad es que de momento no tengo queja alguna de él y hace cinco años que le conozco, pero si crees que hay algo que deba saber… —Comentó Luna con picardía.

—Esta conversación se acaba aquí —sentenció Mike protestando en broma—. Si no vais a ayudarme, será mejor que os marchéis.

—Luna, no les hagas caso a estos dos que siempre están igual —le advirtió Linda a Luna poniendo los ojos en blanco, harta de ver y oír a su marido y su cuñado discutir cómo dos críos, aunque fuera bromeando—. Cuanto más grandes, más niños se hacen, créeme.

Alan agarró a su esposa de la cintura y la atrajo hacia a él para besarla en los labios con necesidad y pasión, algo que hizo sonreír a Luna.

Los cuatro continuaron charlando hasta que finalmente Mike dijo que ya era hora de irse cuando vio que su cuñada y su hermano empezaban a hablar más de la cuenta. Le contaban pequeñas anécdotas de cuando él era niño y a ella parecían gustarle y divertirle, pero Mike la quería solo para él. Se despidieron de Alan y Linda y, justo antes de salir por la puerta de la masía, Linda les dijo:

—Tenéis que prometernos que volveréis pronto.

Mike acercó sus labios al oído de Luna y le susurró divertido:

—Linda es de la que te hace prometer las cosas para que las cumplas, si se lo prometes, tendrás que cumplirlo.

—Yo siempre cumplo mis promesas —le replicó Luna divertida—. Y la verdad es que estoy deseando volver.

— ¿Aunque sea conmigo? —Bromeó Mike.

—Solo si es contigo —se oyó contestar Luna.

A Mike le encantó esa respuesta. Le dio un beso en la mejilla a Luna, le rodeó la cintura con su brazo y le contestó a su cuñada y a su hermano:

—Os prometemos que regresaremos pronto.

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