Siempre sale el sol 1.

Luna Soler tiene 27 años, vive sola en un apartamento en el centro de Ciudad Capital desde que acabó la universidad y tiene un trabajo que le encanta en una editorial escribiendo artículos sobre moda, sociedad y salud.

Desde pequeña, había soñado con una vida cosmopolita en la ciudad y la había conseguido, pero aun así notaba que le faltaba algo. Luna había nacido en Armony, un pequeño pueblo situado a unas tres horas en coche al sur de Ciudad Capital, pero se marchó de allí en cuanto cumplió los dieciocho años y se matriculó en la universidad de Ciudad Capital. Alquiló un pequeño estudio en el campus que pagó con la ayuda de una beca y trabajando por las tardes y los fines de semana en un pub del campus. A los veintidós años acabó la carrera y alquiló un pequeño apartamento en un barrio de las afueras, pero con el paso de los años fue ascendiendo en el trabajo y ahora se había convertido en la redactora principal de la revista para la que trabajaba y era muy bien remunerada por ello. A Luna lo que más le gustaba de su trabajo era la libertad que le daba, podía trabajar en cualquier lugar sin necesidad de ir a la oficina, solo le hacía falta su ordenador portátil.

Eran las seis de la mañana de un domingo cuando Luna entraba en su apartamento, vestida con la ropa que se había puesto la noche anterior para celebrar el décimo aniversario de la revista, y se metió directamente en la cama después de pasar por el baño para lavarse la cara y las manos.

Se despertó a las doce del mediodía, cuando su móvil empezó a sonar. Alargó el brazo y cogió el teléfono móvil que descansaba en la mesita de noche para responder sin mirar quién era el causante de sacarla de su tan necesitado sueño:

— ¿Sí? —Balbuceó medio dormida.

—Luna, necesito tu ayuda —escuchó la voz de su prima Helen—. ¿Podemos vernos?

—Helen, ¿qué ocurre? —Le preguntó Luna incorporándose de la cama—. Me estás asustando.

—Yo también estoy asustada, Luna —le contestó Helen nerviosa—. Ven a Armony, necesito contarte algo y no puedo hacerlo por teléfono.

— ¿Quieres que vaya a Armony ahora? —Preguntó Luna confusa.

—Sí y no tardes —contestó Helen y añadió antes de colgar—: Es muy importante, de lo contrario no te pediría que lo hicieras. Llámame cuando llegues al pueblo.

—De acuerdo, me doy una ducha y salgo para allí —claudicó Luna.

Tal y cómo le había prometido a su prima, Luna se levantó, se dio una ducha y se subió a su coche dispuesta a conducir durante tres horas para llegar a Armony.

Luna y Helen eran primas pero se habían criado como hermanas, ambas habían vivido con sus respectivos padres en una casa adosada, hasta que una noche sus padres las dejaron con su abuela para ir a cenar y murieron en un accidente de tráfico. Luna tenía trece años y Helen quince, ambas se mudaron a casa de su abuela, quien se hizo cargo de ellas hasta que cumplieron la mayoría de edad. Luna se fue a la universidad de Ciudad Capital y Helen a la universidad de Armony, donde conoció a Ryan, con el que se casó a los veinticuatro años y con quien tuvo una preciosa niña un año más tarde.

Clare Soler, la abuela de Helen y Luna, sabía que sus nietas, aunque a veces alocadas y siempre cabezotas, sabían cuidar muy bien de sí mismas. Ella también sufrió mucho con la pérdida de sus dos hijos y sus dos nueras, pero no dejó que ninguna de sus nietas la viera flaquear.

Luna llegó a Armony a las cuatro de la tarde, paró el coche a un lado de la carretera y llamó a Helen, pero su teléfono estaba apagado o fuera de cobertura. Trató de llamar a su cuñado, pero obtuvo el mismo resultado, Ryan también tenía su teléfono apagado. Luna no sabía qué hacer y dio una vuelta en coche por el pueblo hasta llegar a la casa de Helen. Aparcó el coche frente a la casa adosada y llamó al timbre sin obtener respuesta. Como no le quedaba alternativa, decidió ir a casa de su abuela, probablemente estuvieran allí.

Sin pensarlo dos veces, Luna codujo hasta casa de su abuela Clare y aparcó frente a la verja de la entrada. Su abuela, que en ese momento estaba mirando por la ventana, la vio y salió corriendo al jardín para recibirla con una gran sonrisa en los labios.

— ¡Luna, qué alegría! —Exclamó Clare al ver a su nieta, que cada vez dejaba que pasaran más días entre visita y visita—. ¿Qué haces por aquí, ocurre algo?

—He venido a ver a mi familia, ¿tan raro resulta eso? —Le respondió Luna.

—Cada vez vienes menos por aquí, pero sabes que siempre serás bien recibida —le contestó Clare abrazando a su nieta pequeña—. Pasa, seguro que estás cansada de tanto conducir.

Clare hizo pasar a su nieta al interior de la casa y ambas se sentaron en los taburetes de la cocina mientras se bebían un refresco y charlaban.

—Abuela, ¿dónde está Helen? He pasado por su casa y no había nadie y ni ella ni Ryan responden a mis llamadas de teléfono.

—Hoy es el aniversario de Helen y Ryan, él lleva meses organizando un día perfecto, aunque me temo que Helen pensaba que tenía un amante, a juzgar por lo que me ha dicho Ryan —le explicó Clare con una sonrisa cómplice en los labios—. Te ha llamado Helen, ¿verdad?

—Me ha obligado a salir de la cama y conducir tres horas con resaca porque tenía algo importante qué decirme —le contestó Luna suspirando—. Me dijo que tenía un problema y que necesitaba mi ayuda, estaba muy preocupada, abuela.

—La buena noticia es que ya no tienes nada de qué preocuparte —bromeó Clare feliz por tener a su nieta en casa—. Y, ya que estás aquí, podrías quedarte unos días. Te echamos mucho de menos.

—Yo también os echo de menos, abuela —Le contestó Luna abrazando a su abuela—. Pero antes vas a tener que explicarme todo esto desde el principio. ¿Qué es lo que ha planeado Ryan?

—Ryan quería llevarla a cenar esta noche para celebrar su aniversario y quedarse en el hotel de Armony para mañana coger un avión hacia algún lugar paradisiaco y disfrutar de una semana de vacaciones, como una segunda luna de miel —explicó Clare—. Ryan ha dejado a Amy con Mike, pero no creo que tarde mucho en traérmela. Esa niña es igual que tú cuando tenías su edad, siempre anda metiéndose en líos.

—Tengo ganas de ver a mi ahijada —afirmó Luna.

—Ve a descansar un rato mientras yo termino de recoger y limpiar la cocina —le propuso Clare a su cansada nieta—. Te despertaré en cuanto llegue Amy.

Luna obedeció a su abuela, realmente necesitaba descansar y dormir un poco, sobre todo si iba a estar con su ahijada, que era un torbellino de energía que la dejaba agotada.

Luna subió a la que fue su habitación en la adolescencia y se tumbó en la cama para tratar de descansar. Desde la boda de Helen evitaba venir a Armony si no era estrictamente necesario, como en Navidad y los cumpleaños de su abuela, su prima Clare y su ahijada Amy. La noche de la boda de Helen y Ryan, sin saber muy bien cómo, acabó acostándose con Mike, el mejor amigo de Ryan. A la mañana siguiente se despertó entre sus brazos y, sin hacer ruido, salió de su casa y regresó a hurtadillas a casa de su abuela. Desde entonces, Luna había evitado todo lo que había podido a Mike, pese a que él quiso hablar con ella sobre lo que ocurrió, ella lo esquivó y se marchó de Armony. Tardó más de tres meses en regresar al pueblo y cuando lo hizo fue porque sabía que Mike y Ryan estaban fuera del pueblo por negocios. No volvió a verlo hasta el nacimiento de Amy y posteriormente en su bautizo, pero ambos actuaron con normalidad, manteniendo las distancias, y hasta ahora todo había sido igual cuando coincidían, que normalmente era cada vez que ella regresaba a Armony.

Luna nunca le contó a su prima Helen el pequeño “affaire” que tuvo con Mike y, dado a que Helen y Ryan tampoco se lo habían mencionado, intuyó que Mike también había guardado el secreto.

Luna consiguió dormirse mientras pensaba en Mike y eso le hizo soñar con él, cosa que le sorprendió. Se levantó de la cama y se dio una ducha de agua fría, que buena falta le hacía, antes de salir de la habitación. Solo se había traído un par de shorts tejanos, un par de camisetas y un par de chaquetas de hilo. No tenía pensado quedarse más de un par de días en Armony, pero debido a ese sueño estaba dispuesta a alargar su estancia.

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