Siempre cuidaré de ti 4.

Siempre cuidaré de ti

Después de dormir durante toda la mañana, me levanto y decido ir a visitar a mi padre durante un par de días, cualquier cosa es mejor que volver a encontrarme con el vecino, sobre todo después de lo que insinué delante de su amiga. Llamo a mi padre y le pongo al corriente de mis planes, al fin y al cabo me voy a instalar en su casa.

Cuando llego a casa de mi padre son las ocho de la tarde, así que lo saludo y subo a mi habitación para acomodarme antes de bajar al salón a cenar. Como siempre que voy a visitar a mi padre, Pablo se acerca a hacerme una visita y esta noche mi padre lo ha invitado a cenar con nosotros, aún sigue teniendo la esperanza de que entre Pablo y yo pueda haber algo, pero lo cierto es que ambos nos llevamos tan bien y nos conocemos desde hace tanto tiempo que somos como hermanos. El señor Méndez, el padre de Pablo, es uno de los mejores amigos de mi padre, junto con el señor Romero. Pablo, al igual que las chicas y yo, fuimos al colegio interno para los hijos de agentes, pero el hijo del señor Romero es siete años mayor que nosotros y cuando mi padre me metió en el internado él entró en la universidad y nunca lo he llegado a conocer.

Bajo al comedor y allí me encuentro a Pablo con mi padre, que me saluda con un efusivo abrazo en cuanto me ve. Mi padre nos mira alegremente, le gusta que nos llevemos tan bien y disfruta viendo cómo bromeamos. Entonces, la puerta del comedor se abre y aparecen el señor Méndez y el señor Romero.

–  ¡Querida Ari, qué gusto volver a verte! – Me saluda el señor Romero, besándome la mano al más puro estilo de un caballero.

–  En cuanto supimos que venías de visita, no hemos podido contener las ganas de pasar a saludarte y tu padre nos ha invitado a cenar. – Me dice el señor Méndez, saludándome del mismo modo que el señor Romero.

–  Yo también me alegro de verles, caballeros. – Les respondo con una amplia sonrisa.

Pasamos al comedor donde nos tomamos un par de cervezas mientras charlamos antes de que empiecen a servirnos la cena. Me siento entre mi padre y Pablo y el señor Romero me pregunta:

–  ¿A qué se debe esta repentina visita? ¿Va todo bien en tu nuevo hogar?

–  Sí, espero que sí. – Le respondo forzando una sonrisa. – Señor Romero, no ocurre nada, solo me apetecía venir de visita.

–  Por favor, llámame Manuel, señor Romero me recuerda lo viejo que me estoy haciendo. – Bromea el señor Romero, o mejor dicho Manuel.

–  Si no fuera por lo bien que te conozco, te creería. – Se mofa Pablo. – ¿Desde cuándo te apetece venir de visita por aquí? Que yo recuerde, siempre lo has detestado.

–  Tengo un vecino imbécil con el que me encuentro constantemente, solo tenía ganas de perderlo de vista un par de días y, de paso, le hago una visita a mi padre. – Le respondo sonriendo.

–  ¿Un vecino imbécil? – Me pregunta mi padre divertido. – Cuéntanos qué ha pasado.

–  No ha pasado nada. – Le digo quitándole importancia al asunto. – Nos encontramos cada dos por tres en todas partes y siempre es muy seco y antipático conmigo, creo que me culpa del mal en el mundo o algo parecido, no le caigo nada bien y lo cierto es que él a mí tampoco. Al principio creía que podría ser un psicópata que me estaba siguiendo a todas partes, pues la primera vez que lo vi fue la noche de mi graduación en el pub y luego descubro que es mi nuevo vecino, era un poco sospechoso. Pero el señor Martínez y su esposa me confirmaron que llevaba viviendo allí cinco años, nunca había dado un solo problema y siempre salía a correr a la misma hora. – Me vuelvo hacia a mi padre y le digo: – Me dijiste que podía confiar en el señor Martínez, así que le he creído ciegamente y más le vale que me haya dicho la verdad.

–  El señor Martínez te ha contestado la verdad a todo lo que le has preguntado. – Me asegura mi padre severamente. – Ni a él ni a su mujer les gusta mentir, pero son muy discretos y no te contarán nada que no preguntes directamente. Te recuerdo que el señor Martínez fue un antiguo agente del Servicio Secreto, ahora retirado para disfrutar de la vida.

–  Precisamente eso es lo que me hace dudar de él. – Le contesto.

–  ¡Está claro que Ari ha sacado tu carácter! – Le dice Manuel a mi padre mofándose. Se vuelve hacia a mí y añade: – Físicamente eres igual que tu madre, dulce, bella y encantadora. Pero ese carácter seguro, desconfiado y desafiador es el carácter de tu padre.

–  Entonces, cuando dice que no me soporta, ¿está diciendo que tampoco se soporta a sí mismo? – Me mofo riendo y produciendo la risa de todos los presentes, incluido mi padre. Me vuelvo hacia Manuel y, con un tono más serio, le pregunto: – Por cierto, ¿cuándo vas a presentarme a tu misterioso hijo? Al final, pensaré que solo es fruto de tu imaginación.

–  No es el mejor momento, créeme. – Me responde divertido y todos miran para otro lado.

–  ¿Qué pasa aquí? – Les pregunto. – ¿A qué ha venido disimular de esa manera cuando he hablado de su hijo? ¿Hay algo que deba saber?

–  Te presentaremos al hijo de Manuel cuando ambos estéis preparados para conoceros. – Sentencia mi padre y añade para cambiar de tema: – ¿Solo te quieres quedar un par de días por aquí?

–  Sí, solo he venido un par de días de visita. – Le recuerdo. – Las chicas y yo tenemos pensado irnos de vacaciones a la playa en agosto.

Mi padre me mira con gesto desaprobador y yo le mantengo la mirada con firmeza, sé que no quiere que salga mucho hasta que se solucione lo que quiera que sea que se tenga que solucionar, pero si la situación fuera tan grave, mi padre hubiera sido capaz de meterme en un búnker, es demasiado sobreprotector.

Después de cenar y de tomarnos unas copas todos juntos, Manuel, Arturo y mi padre pasan al salón para hablar de sus cosas y Pablo y yo salimos al jardín, como en los viejos tiempos.

–  Oye, ¿desde cuándo sales huyendo por un vecino imbécil? – Me pregunta Pablo cuando nos sentamos sobre el césped del jardín para fumarnos un cigarrillo de marihuana que tanto nos gustan.

–  Me conoces demasiado bien. – Le reprocho. – Lo que he dicho es verdad, pero he omitido el pequeño detalle de que ayer por la noche me quedé encerrada con él en el ascensor y no pudimos salir hasta las siete de la mañana. Le di plantón a Juan y era la tercera vez consecutiva en menos de un mes que no aparecía en una cita, y esta vez ni siquiera podía avisarle. Tuve que pasar la noche encerrada en el ascensor con ese idiota y, cuando por fin conseguimos salir, nos encontramos con una loca amiga de él que, en cuanto nos vio las pintas que teníamos, pensó lo que no era y montó un numerito, así que la puse en su lugar, pero creo que eso le va a salir caro a mi vecino. Así que, teniendo en cuenta el odio que ya me tiene de por sí, he preferido no encontrármelo durante los próximos días por lo que he venido a dar una vuelta por aquí y así mato dos pájaros de un tiro.

–   Cuéntamelo todo desde el principio sin escatimar en detalles, estoy seguro de que hay algo ente medias que se nos ha pasado inadvertido para entender el misterio de tu vecino. – Me dice Pablo.

Le cuento toda la historia, esta vez desde el principio, cuando lo vi por primera vez en el pub de Gabriel la noche de mi graduación, hasta cuando me despedí de él esta mañana después de salir del ascensor.

–  Tengo que decirte que, si le has jodido el rollo con la morena, estará furioso. – Opina Pablo.

–  Lo supongo, pero en el fondo estoy segura de que le he hecho un favor. – Le digo divertida. – Y, si tienes en cuenta mi frustración por no poder quedar con Pablo, estuve de lo más modosita

–  Si tan necesitada estás, estoy dispuesto a hacer un esfuerzo y satisfacerte sexualmente, aunque tengo que reconocer que solo de pensarlo me incomoda.

–  Sí, es como si fuera incesto o algo parecido. – Le secundo. – Te lo agradezco, pero de momento no me siento tan necesitada. – Le contesto riendo.

Con Pablo siempre he podido hablar de todo, igual que con las chicas, pero con él puedo tener la opinión de un miembro del sexo masculino. La teoría de Pablo sobre las mujeres es que somos tan desconfiadas que cuando vemos algo simple, como por ejemplo un hombre, tendemos a creer que son seres complejos que quieren ocultarnos algo porque no queremos creer que son así de simples. A mí siempre me ha parecido que los hombres son seres simples y funcionales, las mujeres somos más complejas y calculadoras que ellos. Si hubiera podido escoger, me hubiera  gustado ser simple y funcional, pero tengo que reconocer que me encanta poder echarle la culpa a mis hormonas por todas las cosas que digo o hago cuando estoy de mal humor y luego me arrepiento, que suele ser bastante a menudo.

–  Oye, ¿tú sabes algo del hijo de Romero? – Le pregunto a Pablo tras no poder dejar de darle vueltas a la cabeza a lo que ha ocurrido durante la cena. – Todos han actuado como si quisieran ocultar algo, ¿crees que es posible que no exista?

–  No lo he visto nunca, pero sé que existe. – Me responde Pablo. – Hace unas semanas lo trasladaron a una misión secreta y nos enviaron a dos agentes y a mí a ocupar su lugar en Colombia, donde terminamos la misión hace un par de días. El hecho de que manden a tres agentes en su lugar ya te hace pensar que es uno de los mejores agentes del Servicio Secreto, pero todos los agentes que había allí y le conocían le respetaban y le admiraban. – Me mira a los ojos y añade: – Pero sí, creo que nos están ocultando algo. Tu padre ha dicho que lo conocerás cuando ambos estéis preparados, ¿acaso crees que tu padre es capaz de organizar una boda pactada? A lo mejor te ha cambiado por un par de camellos y una lavadora. – Me dice Pablo mofándose.

–  Con mi carácter, dudo que mi padre se arriesgara a organizarme una boda con un completo desconocido, regresaría para vengarme al estilo “Kill Bill”. – Le digo riendo. – ¿Solo dos camellos y una lavadora? Creo que valgo algo más que eso. – Protesto.

–  Ari, tú no tienes precio. Tu valor es incalculable. – Me dice Pablo riéndose.

–  Muy gracioso, pero te recuerdo que eres tú el que insistes en verme cada vez que vengo de visita.

–  Touchée. – Me responde.

Nos quedamos sentados en el suelo del jardín fumando cigarrillos de marihuana y bebiendo cerveza hasta las tres de la madrugada, cuando Manuel y Arturo salen al jardín a buscarnos para despedirse. Pablo se marcha con su padre y yo me voy a la cama de mi antigua habitación.

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