Siempre cuidaré de ti 3.

Siempre cuidaré de ti

Dos semanas después de mudarnos al apartamento, las chicas se van de vacaciones con sus respectivas familias y yo me quedo sola en casa. A pesar de que mi padre y yo ya hemos resuelto nuestras diferencias, tampoco me ha apetecido irme con él para pasarme el día sola en su casa mientras él trabaja o, peor aún, ir con él a la oficina, dónde nadie mantiene conmigo una conversación normal, todos se empeñan en tratarme como a la hija del jefe en vez de una persona normal. Supongo que ser la hija del director del Servicio Secreto es lo que tiene.

Durante estas dos semanas me he encontrado a Axel en todas partes. Todas las mañanas salgo a correr por el parque y me lo encuentro, si voy al supermercado él también está allí comprando y cuando he salido con las chicas también me lo he encontrado varias veces. Incluso he llegado a sospechar que se trata de un psicópata que me persigue, pero a través del señor Martínez me he enterado de que el vecino misterioso lleva viviendo en su apartamento desde hace cinco años y sale a correr todas las mañanas a la misma hora, así que supongo que simplemente se trata de una inquietante coincidencia. Y digo inquietante porque, a pesar de nuestros continuos encuentros, Axel está serio y poco agradable, de hecho es como si me odiara, creo que me detesta aunque no entiendo por qué.

He quedado con Juan, un amigo de la universidad, para ir a cenar a su casa y lo que surja, cómo llevamos haciendo desde que nos conocimos hace cinco años. Aunque he tenido que anular las dos últimas citas en el último momento y se ha molestado un poco, pero esta cita es nuestra pipa de la paz y pienso pasármelo en grande esta noche. Juan es un buen tipo, lo pasamos bien juntos y busca lo mismo que yo: diversión sin compromiso. No es uno de esos amigos con los que se queda para hablar de lo bien que te va la vida o de los problemas que tienes, como diría Debby, es un follamigo. Creo que con eso ya dejo bastante claro el tipo de relación que mantengo con él.

Me pongo un vestido blanco a lo Marilyn Monroe con unos zapatos plateados de tacón de aguja a juego con un bolso de mano. Cojo la botella de vino tinto que he comprado para la ocasión y salgo de mi apartamento dispuesta a ir al ascensor, no se me ocurriría bajar todas esas escaleras con los tacones para llegar al parking. Pero en el rellano me encuentro con Axel, vestido con un traje negro y una camisa gris a juego con la corbata, tan atractivo como siempre, esperando el ascensor para bajar. Nuestras miradas se cruzan y Axel me saluda con un leve movimiento de cabeza y yo le saludo del mismo modo. Las puertas del ascensor se abren y Axel me hace un gesto para que pase yo primero. Le obedezco sin dignarme a mirarle, al fin y al cabo él tampoco es que parezca contento de verme, más bien todo lo contrario. Cuando ambos estamos dentro, las puertas del ascensor se cierran y empezamos a descender hasta que de repente el ascensor se para de golpe y las luces se apagan.

–  ¡Mierda! – Murmuro entre dientes. – ¿Qué ha pasado?

–  Se habrá ido la luz. – Me responde con la voz serena mientras aprieta el botón de la campana en el panel del ascensor, sin obtener ningún resultado. – Me parece que no funciona, probablemente haya habido un fallo en el suministro eléctrico y en breve se reestablecerá.

–  No hay ningún fallo eléctrico, el aire acondicionado sigue funcionando. – Comento al mismo tiempo que aprieto el botón de la campana que segundos antes apretaba Axel.

Miro hacia el techo tratando de encontrar una escapatoria, pero este ascensor es una caja metálica con una única puerta.

–  ¿A caso pensabas salir por el techo? Has visto demasiadas películas. – Se mofa al mismo tiempo que se quita la americana, la corbata y se desabrocha un par de botones de la camisa para acto seguido sentarse en el suelo y decirme: – Será mejor que te pongas cómoda.

–  Puede que tú no tengas nada mejor que hacer, pero yo sí. – Le respondo molesta. Saco mi móvil del bolso con la intención de llamar al señor Martínez, pero no tengo cobertura. – Mira si tu móvil tiene cobertura, el mío está fuera de servicio.

Axel se saca el móvil del bolsillo y, tras comprobarlo, niega con la cabeza. Empiezo a dar golpes contra la puerta del ascensor y grito:

–  ¡Hola! ¿Alguien puede oírme?

–  No te molestes, la mayoría de los vecinos están de vacaciones y el hueco del ascensor está insonorizado, nadie podrá oírte.

–  ¿Puedes tratar de pensar en una solución en vez de criticar todo lo que hago? – Le espeto furiosa.

–  Créeme, tengo más ganas de poder salir de aquí que tú. – Me contesta con indiferencia. – Pasar la noche de un sábado encerrado en el ascensor con una niña consentida es lo último que me apetece hacer, sin embargo me resigno y me comporto como un adulto.

–  Si comportarte como un adulto es ser un gilipollas, me alegro de ser una niña consentida. – Le respondo fulminándole con la mirada. – Además, ¿qué sabrás tú de mí?

–  No sé nada ni quiero saberlo. – Me contesta furioso.

Decido que es mejor no enfadarlo, el tipo está cachas y estamos solos y encerrados en un ascensor insonorizado, mejor no tentar mi suerte. Me siento al lado de Axel, separados por escaso medio metro, y resoplo al comprobar la hora en mi móvil, ahora mismo debería estar en casa de Juan.

Pasamos dos horas en absoluto silencio y seguimos encerrados en el ascensor, con la tenue luz de emergencia y el aire acondicionado a toda marcha, tanto que la piel se me ha puesto de gallina y empiezo a frotarme los brazos para tratar de entrar en calor.

–  Toma, póntela. – Me dice Axel dándome su americana. La cojo y me la pongo sin dignarme a mirarle, él lleva dos horas ignorándome, y añade: – De nada, simpática.

–  ¿Ahora te apetece hablar? – Le reprocho furiosa.

–  Vaya, lamento que no hayas podido asistir a tu cita. – Me dice con sorna. – Está claro que te hace mucha falta desestresarte un poco. ¿Siempre eres así de simpática con todo el mundo o solo me deleitas a mí con tu adorable personalidad?

–  El único que necesita echar un polvo aquí, eres tú. Siempre estás con esa cara de amargado, como si te hubieras comido un limón. – Le reprocho furiosa. – ¿Se puede saber qué te he hecho yo para que seas tan borde? ¿O es que solo me deleitas a mí con esa adorable personalidad tuya?

Contra todo pronóstico, Axel sonríe. No tengo la menor idea de por qué lo hace, pero verlo sonreír le hace aún más atractivo y yo me pongo más furiosa. ¿Se puede saber qué se ha creído éste imbécil? Y, por si fuera poco, mi cuerpo ha desafiado a mi mente y goza de libre albedrío para reaccionar ante mi vecino, ahora mismo no soy capaz de controlarlo.

Volvemos a quedarnos en silencio y cada vez hace más frío. Axel me abraza y me coloca entre sus piernas cuando me oye tiritar y yo apoyo mi espalda sobre su pecho duro como una roca. Noto que está ligeramente ladeado y al mirar en el espejo de enfrente veo reflejado algo metálico a través de su camisa, una pistola sin lugar a dudas.

–  ¿Por qué llevas una pistola? – Le pregunto en un susurro y noto como se tensa.

–  ¿Cómo lo has sabido? – Me pregunta tras asegurarse de que la pistola sigue en su sitio.

–  Por tu postura y por el reflejo en el espejo de algo metálico en el costado de tu cintura bajo la tela de tu camisa. – Le respondo encogiéndome de hombros.

–  Eres muy observadora. – Me responde susurrando. – ¿No te asusta estar entre los brazos de un desconocido que va armado?

–  Si me matas, me harías un favor. – Le respondo despreocupadamente.

–  Explícamelo. – me susurra al oído con la voz ronca y yo me estremezco.

–  No me gusta hablar de mi vida privada, mucho menos con desconocidos.

–  Si es por tu cita, estoy seguro que si le explicas que te has quedado encerrada en el ascensor lo entenderá y se arreglará. – Me dice divertido.

–  ¿Quién se va a creer que me he quedado encerrada en el ascensor de un edificio inteligente? Esto es surrealista. – Le digo resignada. – Tengo una botella de vino tinto carísima y que pienso beberme. No tengo copas, pero podemos compartir la botella.

–  No tengo un plan mejor así que, ¿por qué no? – Me dice encogiéndose de hombros.

Nos bebemos la botella de vino entre pullas, pero lo cierto es que tengo que reconocer que incluso me divierto con él. En algún momento, vencida por el cansancio y el alcohol, me quedo dormida entre sus brazos.

A la mañana siguiente me despierto abrazada a Axel cuando el ascensor se pone en marcha y las luces se encienden. Miro el reloj, las siete de la mañana. Axel y yo nos levantamos evitando mirarnos el uno al otro, un tanto incómodos. Axel pulsa el botón del ático y el ascensor asciende y abre sus puertas segundos después. Con los zapatos en la mano y la americana de Axel aún puesta, salgo del ascensor seguida de él, que lleva en su mano la botella de vino completamente vacía, y nos encontramos con una morena de ojos oscuros, vestida con traje de chaqueta y pantalón de color gris perla, que pone los brazos en jarras en cuanto nos ve salir del ascensor, a la par que me fulmina con la mirada.

–  Zaida, ¿qué haces aquí? – Le pregunta Axel visiblemente molesto.

–  Anoche habíamos quedado y no te presentaste. – Le responde la morena con fuego en los ojos. – Te llamé pero tenías el móvil apagado, así que esperé y esperé hasta que a las seis de la mañana me dije que si no estabas en casa estarías a punto de regresar y no me he equivocado. – Me mira con desprecio y añade con odio: – ¿Me has dejado tirada para estar con esta Barbie?

–  Si estos eran tus planes de anoche, entiendo perfectamente que no quisieras salir del ascensor. – Le digo a Axel en voz alta para que la morena me escuche. Me quito su americana y, a modo de despedida, le digo devolviéndole la chaqueta: – Buenas noches, Ken. O buenos días.

Sonrío burlonamente a la morena que me mira con ganas de asesinarme y entro en mi piso. Lo siento por Axel que lo he metido en un lío todavía mayor del que ya estaba, pero en el fondo le he hecho un favor, esa mujer es una bruja.

Me quito la ropa y me meto en la cama, no quiero pensar en nada de lo que ha ocurrido esta noche ni en lo que me dirá Axel la próxima vez que me vea después de lo que he insinuado delante de la bruja de su amiga, o quizás sea su novia. De hecho, creo que debería considerar la opción de mudarme. Si antes me odiaba, ahora será mucho peor y, por si fuera poco, lleva una pistola. Tendré que sondear al señor Martínez para averiguar cómo se gana la vida mi vecino misterioso.

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