Siempre cuidaré de ti 2.

Siempre cuidaré de ti

Dos días después de la graduación, mi vida es un caos. Las chicas y yo dejamos el piso del campus ayer y hoy se suponía que el camión de mudanzas tenía que traer nuestras cosas a nuestro nuevo hogar, un apartamento de tres habitaciones en el centro de la ciudad, pero el camión aún no ha aparecido y Debby no deja de quejarse, Angie de lamentarse y yo ya he acabado con la poca paciencia que me quedaba.

–  ¡Basta ya! – Les espeto furiosa. – Voy a llamar a la empresa de mudanzas.

Pero justo en ese momento, el señor Martínez, el portero del edificio, llama al interfono y nos anuncia la llegada del camión de mudanzas.

Como ayer pintamos todo el apartamento, todavía queda olor a pintura, por lo que metemos todas las cajas en nuestras respectivas habitaciones y preparamos unos colchones hinchables en el suelo del salón para pasar la noche de nuevo allí.

–  Como mañana los de la inmobiliaria no nos traigan los muebles les quemaré la tienda. – Musita Angie, que no suele enfadarse.

–  Tranquila, no estarás sola. – Le dice Debby abrazándola. – Pienso ir contigo y ayudarte a quemarles la tienda y estoy segura de que Ari también se apuntará.

–  Prefiero pensar que cumplirán con lo acordado y mañana nos traerán los muebles, de lo contrario les mataré con mis propias manos uno por uno. – Les digo bromeando.

Por suerte, al día siguiente nos trajeron los muebles y no hizo falta cumplir nuestras amenazas. Tras una semana de duro trabajo, limpiando, ordenando y organizando el apartamento, por fin acabamos y decidimos tomarnos un día de descanso que Angie y Debby aprovechan para ir a visitar a sus padres. Yo también debería ir a ver a mi padre, pero discutí con él el día de la graduación y no he vuelto a hablar con él.

Mi padre es el director del Servicio Secreto y, cómo agente secreto, es bastante discreto con su identidad, no es bueno que sepan quién es y dónde localizarlo. Mi madre murió en el parto, nunca la llegué a conocer, y mi padre me crio y educó como si fuera un pequeño proyecto de agente secreto, su pequeño proyecto. He pasado mi infancia y mi adolescencia en un colegio interno para hijos de agentes del Servicio Secreto, donde conocí y me hice amiga de Debby y Angie, y durante las vacaciones, regresaba a casa con mi padre, que dedicaba todo su tiempo libre en mí cuando estaba con él. Como hijas de agentes, las tres hemos sido entrenadas para defendernos ante el ataque de cualquier enemigo y justo por eso es por lo que discutí con mi padre el día de la graduación. Según lo poco que me contó, una misión no salió bien y alguien quiere vengarse, esa fue su única explicación para querer ponerme un agente las veinticuatro horas del día para que fuera mi sombra y yo me negué. Empezamos a discutir y finalmente, después de la graduación, mi padre se fue refunfuñando. Debby y Angie llevan diciéndome toda la semana que debo hablar con mi padre, pero a mí no me apetecía y no he contestado a ninguna de sus muchas llamadas, aunque ellas se han encargado de hablar con él y ponerle al día de todo lo que hacemos, lo que me ha puesto aún más furiosa.

¿Para qué me ha educado como una agente si no deja ni que cuide de mí misma? Por no mencionar que no pienso tener a uno de los hombres de mi padre pegado a mi espalda como si de un complemento se tratara. Mi vida ya es bastante complicada teniendo en cuenta que para los agentes del Servicio Secreto nunca dejaré de ser la hija del director y al resto del mundo le tengo que ocultar quién soy por mi propia seguridad. Con las únicas personas que puedo mostrarme tal y cómo soy de verdad, sin ocultarles nada, es con Debby y Angie, ellas me entienden, me quieren y siempre están ahí para apoyarme, aunque también para tocarme las narices, pero en eso consiste tener familia, ¿no?

Decido salir a dar una vuelta por el barrio y comprar algunos peces para el acuario, pues ya hace cinco días que he acondicionado el agua y ya está apta para los peces. Bajo por las escaleras en vez de por el ascensor, así evito cruzarme con algún vecino, odio ese momento tan incómodo cuando subes al ascensor con algún vecino y te ves obligada a tener algún tipo de conversación banal mientras rezas a todos los dioses que recuerdas para que el ascensor llegue lo más rápidamente a su destino y poder huir.

En el hall del edificio me encuentro al señor Martínez hablando con un tipo que me resulta familiar y cuando ambos se vuelven al oírme acercarme mis alertas se disparan al ver al tipo solitario y misterioso charlando tranquilamente con el señor Martínez.

–  Señorita Ayala, buenos días. – Me saluda el señor Martínez.

–  Buenos días. – Le respondo educadamente.

El señor Martínez debe de haber visto cómo miro al tipo solitario y rápidamente me pone al corriente y hace las presentaciones oportunas:

–  Señorita Ayala, él es el señor Axel Romero, su vecino de al lado. – Se vuelve hacia el tipo solitario, Axel, y le dice: – La señorita Ayala acaba de mudarse al Ático A con dos chicas más. – Axel y yo nos miramos con desconfianza y el señor Martínez, que no se le escapa una, nos pregunta: – ¿Ya se conocían?

–  No exactamente, aunque sí nos hemos visto. – Le contesta Axel sin apenas pestañear. – Y supongo que viviendo en el mismo edificio, volveremos a vernos tarde o temprano.

Esto último lo añade como si fuera una penitencia. Le dedico una mueca de desagrado y, despidiéndome únicamente del señor Martínez, salgo del edificio decidida a ir a comprar peces y olvidarme del idiota del tipo solitario, aunque tengo que reconocer que está muy atractivo con esos tejanos y esa camisa blanca con los tres primeros botones desabrochados. Pero, ¿qué estoy pensando? Está claro que necesito sexo.

Después de media hora recorriendo las calles del centro de la ciudad, encuentro una tienda de animales y entro para mirar qué peces tienen. Tras echar un vistazo y decidir cuáles quiero, me acerco a una delas dependientas y le digo:

–  Disculpe, ¿podría ayudarme?

–  Por supuesto, ¿qué puedo hacer por usted? – Me responde amablemente la dependienta de unos cincuenta años.

–  Llevo cinco días preparando el agua en el acuario y, según la lectura de las tiras reactivas, el agua ya está completamente acondicionada, así que quiero comprar algunos peces. – Le respondo.

–  ¿Sabes ya lo que quieres? – Me pregunta con dulzura. – No pareces una novata en cuanto a tener peces de acuario.

–  Tengo peces desde que tengo uso de razón, acabo de mudarme al barrio y quiero tener peces en casa, observarlos me ayuda a relajarme. – Le confieso tímidamente. – Lo cierto es que siempre compro los mismos peces, neones, guppys y barbos tetrazona. Son los menos delicados de cuidar, sobre todo cuando no se tiene tiempo ni de respirar.

–  ¿Cuántos quieres?

–  Pues, un banco de diez neones, cinco guppys y cinco barbos tetrazona. – Le respondo con decisión y una sonrisa. – También necesitaré comida para los peces.

–  Dame un minuto y en seguida te lo preparo todo. – Me responde la dependienta con voz dulce.

Lo que en principio iba a ser un minuto se convierte en veinte.

– Aquí tienes, cielo. – Me dice entregándome una bolsa con agua y peces y otra con la comida para los peces. – Son cincuenta y cinco euros con cuarenta céntimos. Te voy a dar una tarjeta y cada vez que vengas a comprar la sellaremos, cuando tengas diez sellos conseguirás un descuento del 50% en la próxima compra que realices.

–  Gracias, ha sido muy amable. – Le agradezco al mismo tiempo que le entrego mi tarjeta de crédito para que me cobre.

Cuando por fin salgo de la tienda de animales y llego a casa es casi la hora de comer. Pongo los peces en el acuario y les doy de comer, quedándome embobada observándolos. ¿Qué tendrán los peces que hacen que me evada de todas mis preocupaciones mientras los miro? Es tan absurdo como eficaz.

Llamo al restaurante chino del que me han dejado propaganda en el buzón y encargo comida a domicilio, puede que comer comida china sola en casa un sábado a mediodía no sea el mejor plan, pero es lo único que me apetece. Entre el estrés de los exámenes finales, el trabajo en el pub de Gabriel y los nervios por la graduación y la mudanza, no he tenido tiempo para mí.

Por la noche, las chicas y yo vamos a cenar a un restaurante que hay a dos calles de casa y que nos han recomendado el señor Martínez y su esposa, y más tarde vamos a un pub a tomar unas copas, donde bailamos y nos divertimos.

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