Siempre cuidaré de ti 19.

Siempre cuidaré de ti

Después de recorrer todas las tiendas de la ciudad y de comprarme tres vestidos, dos pares de zapatos y un conjunto de ropa interior de color rosa chicle para ponérmelo con uno de los vestidos que he comprado. Angie y Debby también se han comprado más de lo que pretendían, pero todas volvemos más contentas a casa de mi padre.

–  ¿Ya habéis comprado todo lo que buscabais? – Nos pregunta Pablo sonriendo como un idiota al ver a Angie.

–  Esta noche todas iremos con un vestido sexy. – Les anuncia Debby.

Pablo y Hugo sonríen mientras yo busco a Axel, ¿dónde se ha metido?

–  Ari, ¿tienes un momento? – Me pregunta Hugo. – Me gustaría hablar contigo.

–  Claro, vamos a la cocina y cogemos un par de cervezas. – Le contesto dejando las bolsas en el suelo del hall y encaminándome hacia a la cocina. – Tú dirás. – Le digo cuando estamos a solas en la cocina mientras saco un par de cervezas de la nevera.

–  ¿Qué te traes con Axel?

–  ¿A qué te refieres?

–  Puede que él y yo no seamos precisamente amigos, pero cuando me ha visto aparecer esta mañana sé que le hubiera gustado matarme y la única razón que se me ocurre por lo que quisiera hacerlo es porque se ha puesto celoso al vernos juntos. – Me responde. – Si estás con él, creo que deberías aclararle que entre nosotros no hay nada antes de que intente matarme con algo más que con la mirada.

–  No hay nada entre Axel y yo. – Le contesto.

–  He visto cómo os miráis, he visto cómo le buscabas en cuanto has entrado en casa y no lo has visto, así que no trates de engañarme, solo te engañas a ti misma.

–  En ese caso, te diré que aún no hay nada entre Axel y yo. – Le contesto sonriendo. – Es un tipo complicado, pero conseguiré resultarle adorable.

–  Creo que ya le resultas más que adorable. – Bromea. – Por cierto, está durmiendo porque, según tengo entendido, se ha quedado haciendo guardia mientras tú dormías, cosa que no entiendo porque estabas en casa de tu padre, pero bueno.

–  No ha debido descansar nada, le dejaremos dormir. – Le respondo encogiéndome de hombros.

Cuando terminamos de bebernos la cerveza, regreso al hall para recoger las bolsas con mis nuevos vestidos y zapatos y subo a mi habitación para guardarlo todo.

Entro en mi habitación y, sin encender la luz, paso directamente al vestidor y, mientras guardo la ropa, voy hablando sola:

–  No sé qué tienen de malo mis tejanos, a mí me gustan.

–  ¿Es que hablas sola?

No le doy tiempo a acabar de decir la frase y, en un acto reflejo, ataco. Pero Axel me sujeta con fuerza ambas muñecas y me susurra al oído con la voz ronca:

–  Princesita, ¿por qué me atacas?

–  ¿Por qué apareces como los fantasmas? ¿Acaso pretendes matarme? – Le replico.

–  Estaba durmiendo cuando te he oído entrar y, ¿estabas hablando sola?

–  Sí, hablo sola y bastante a menudo. – Le contesto molesta. – ¿Por qué estás durmiendo en mi habitación?

–  He pasado la noche aquí y nadie me ha dado una habitación, así que supuse que no te importaría, princesita. – Me contesta encogiéndose de hombros.

–  Touchée. – Le digo. – Lo siento, además de no dejar que descanses por hacer de niñera, cuando por fin te liberan de mí y puedes descansar, no soy capaz ni de darte una habitación.

–  Y yo que pensaba que era porque te habías acostumbrado a dormir conmigo. – Se mofa Axel.

–  Será mejor que duermas un poco más, estás empezando a delirar.

–  Ahora mismo lo que necesito es una ducha. – Me contesta subiendo la persiana y abriendo la ventana para ventilar la habitación. – ¿Dónde me puedo duchar?

–  Utiliza el baño que quieras pero, si optas por el mío, lo necesito libre en una hora. – Le advierto. – Yo también me quiero duchar.

–  Te has duchado esta mañana, princesita.

–  Tienes una hora, ni un minuto más. – Le recuerdo antes de salir de mi habitación.

Una hora más tarde regreso a mi habitación y, tal y cómo le he pedido a Axel, está fuera de mi baño, pero sigue en mi habitación y vestido tan solo con una toalla que va desde su cintura hasta por debajo de su rodilla, dejando visible su musculoso abdomen, sus fuertes brazos y su pecho duro como la piedra.

–  ¿Te gusta lo que ves, princesita? – Me pregunta divertido, dándose cuenta de cómo me lo estoy comiendo con los ojos.

–  No está mal. – Le respondo fingiendo indiferencia. – Voy a darme una ducha, Pablo y Ben te esperan en el salón.

–  ¿Y Hugo? ¿Viene con nosotros? – Me pregunta Axel molesto.

–  No, pero algún día tendrás que contarme qué te pasa con él. – Le advierto.

–  Será mejor que se lo preguntes a él.

–  Ya lo he hecho, pero me gustaría saber cuál es tu versión.

–  No te gustaría saberla princesita, créeme. – Me contesta forzando una sonrisa.

Pongo los ojos en blanco y entro directamente en el baño dispuesta a darme una ducha de agua fría para que mi cuerpo vuelva a su temperatura habitual.

Una hora más tarde, cuando ya estoy vestida y terminando de maquillarme, Hugo entra en mi habitación y me dice en cuanto me ve:

–  ¡Joder Ari, cómo estás!

–  Espero que eso sea un piropo, de lo contrario me pondré el pijama y me meteré en la cama. – Le contesto bromeando. – ¿Ya te vas?

–  Sí, pero estoy pensando en quedarme. – Responde mirándome de arriba a abajo sonriendo con picardía. – ¿Estás segura de que no quieres venirte conmigo a China, preciosa?

–  Hoy no, pero puede que vaya a hacerte una visita en unos días. – Le contesto pensando en que cuando Axel reanude su trabajo se olvidará de mí y yo necesitaré desaparecer unos días para aclarar mis ideas y, probablemente, para llorar hasta deshidratarme.

–  Te tomo la palabra. – Me contesta al mismo tiempo que me abraza con fuerza. – Te echaré de menos, preciosa. Aún no me he ido y ya te echo de menos.

–  Lamento interrumpir esta declaración de amor, pero tenemos que irnos. – Dice Debby apareciendo por la puerta de mi habitación con su vestido rojo nuevo. Me mira y añade: – Joder Ari, te miro y me entran ganas de hacerme lesbiana.

–  ¡Ponte a la cola, pelirroja! – Bromea Hugo.

Entre risas bajamos las escaleras y cuando entramos en el salón veo a Angie coqueteando con Pablo y a Ben y Axel hablando de trabajo, ¡cómo no! Ambos se vuelven hacia a nosotras al vernos llegar y, mientras Ben sonríe a Debby maliciosamente, Axel me mira impasible, no sé qué es lo que estará pensando, pero creo que prefiero no saberlo.

–  ¿Nos vamos? – Pregunta Pablo poniéndose en pie.

Hugo me susurra al oído que espera mi visita en China y Debby, solo para provocar a Axel, nos reprocha divertida:

–  Parejita, ya os habéis declarado hace un momento, ¿es necesario que volváis a repetirlo?

–  ¿Me he perdido algo? – Me pregunta Angie.

–  Te veo en China. – Me dice Hugo sonriendo y dándome un último abrazo y un beso en la mejilla antes de despedirse de los demás y marcharse.

Ben se empeña en conducir y llevarnos a todos en su Hummer, cómo él no bebe, quiere hacer de taxista. Es un agente del Servicio Secreto y, aunque no esté de servicio, nunca deja de ser un agente.

Ben conduce y Debby se sienta en el asiento del copiloto mientras Pablo, Angie, Axel y yo nos sentamos en la parte trasera del coche. Durante el camino, Pablo me pregunta:

–  ¿Acaso piensas irte a China con Hugo?

–  Probablemente vaya a pasar unos días cuando todo por aquí vuelva a la normalidad. – Le contesto con tristeza. – Creo que me vendrá bien alejarme unos días para desconectar, sobre todo después de todo lo que ha pasado últimamente.

–  Dime que lo de que os estabais declarando era una broma de Debby o te juro que dejo de hablarte si te vas a China. – Me amenaza Angie.

–  ¿Qué? Pero, ¿cómo se te ocurre? – Le pregunto riendo. – ¡Parece mentira que no conozcas a tu loca amiga Debby!

–  Cariño, ¿de verdad pensabas que Ari se enamoraría de Hugo? – Se mofa Pablo. – Mejor aún, ¿de verdad pensabas que Ari se puede enamorar?

–  ¡Oye! – Protesto. – Si no me he enamorado es porque aún no he conocido a un hombre del que merezca la pena enamorarse. Además, el amor está sobrevalorado.

–  Te empeñas en llevar una doble vida porque no quieres que los tíos con los que te acuestas sepan quién eres, pero no tendrías ese problema si salieras con un agente. – Me sugiere Pablo.

–  Claro, así cuando la relación termine, nos podemos matar en la oficina. – Le respondo sonriendo con sarcasmo.

–  ¿Por qué das por hecho que la relación se terminará? – Me pregunta Axel, abriendo la boca por primera vez desde que he salido del baño. – Puede que salga bien o puede que salga mal, pero nunca lo sabrás si no te arriesgas.

–  ¿Podemos hablar de otra cosa? – Les pregunto para cambiar de tema. – Cómo, por ejemplo, ¿desde cuándo habéis vuelto a salir juntos?

–  Desde que Axel te hace de niñera. – Se mofa Pablo.

En una situación normal, Axel se hubiera reído e incluso hubiera bromeado al respecto, pero esta no parece ser una situación normal.

Ben aparca frente a una masía a las afueras de la ciudad, una masía restaurante y pub, todo en uno. Ben habla con uno de los camareros y nos hacen pasar a un salón privado con una mesa enorme y seis sillas para seis personas en mitad de la estancia y en la otra mitad tres sofás frente a las ventanas acristaladas que dan a la pista de baile del pub. A un lado del salón hay una puerta que da acceso al pub. El camarero antes de marcharse nos informa que, aunque nosotros podamos ver lo que pasa en el pub, las ventanas al otro lado son espejos, por lo que nadie del pub puede vernos.

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