Sedúceme 8.

Durante las dos siguientes semanas, Eva se volcó de nuevo en su trabajo. Todas las noches, antes de irse a dormir, Derek la llamaba por teléfono y le preguntaba cómo le había ido el día. A Eva le gustaban aquellas llamadas, disfrutaba hablando con Derek durante más de una hora y escuchando cómo le deseaba las buenas noches.

Derek adelantó tres días su vuelo de regreso a la ciudad. Quería pasar la noche con Eva, la había echado de menos y necesitaba sentirla cerca. Todo el mundo creía que Derek llegaba a la ciudad el lunes, pero su avión aterrizó el viernes a última hora de la tarde. Nada poner un pie en el suelo, Derek llamó por teléfono a Eva, quería darle una sorpresa.

—Llamas muy temprano —le dijo Eva nada más descolgar, extrañada por que la llamase horas antes de lo habitual—. ¿Ocurre algo?

—Hola, nena —la saludó Derek con la voz ronca—. Necesito pedirte un favor, ¿has salido ya del trabajo?

—Ahora mismo estaba recogiendo mis cosas para marcharme.

—Necesito que pases por el hotel a recoger unos documentos que me dejé allí, ¿puedes hacerlo?

—Claro, pasaré por allí de camino a casa.

—Genial, solo tienes que pedírselos a la recepcionista, ya he avisado que pasarías a recogerlos en mi nombre —le indicó Derek—. Tengo que colgar, nena. Hablamos esta noche.

Eva se quedó con el teléfono en la mano, un poco decepcionada por aquella llamada. Pensó que probablemente estuviera ocupado, en cualquier caso, le había dicho que hablarían esa noche y eso la reconfortó.

Tras salir de la oficina, Eva se dirigió al hotel donde se alojaba Derek cuando estaba en la ciudad. Aparcó en la misma entrada principal y bajó del coche llevando consigo su bolso. Caminó deprisa hacia la recepción, situada en el hall de la recepción, sin prestar atención a las personas que por allí merodeaban. Tan abstraída estaba que no se dio cuenta que Derek estaba observándola a escasos metros de ella.

—Buenas tardes —saludó Eva a la recepcionista—. He venido a recoger unos documentos en nombre del señor Derek Smith.

—Aquí los tiene, señorita López —le respondió la recepcionista entregándole un pequeño sobre de color rojo.

Eva agradeció la amabilidad de la recepcionista con una sonrisa. Dio media vuelta caminó un par de pasos y se detuvo para examinar el sobre que llevaba en las manos. Eva sintió náuseas, un sobre rojo indicaba algo personal, por lo que dudaba que contuviera algún documento relacionado con el trabajo. Un hombre jamás le enviaría a otro hombre documentos en sobres de color rojo, así que dedujo que se trataba de una mujer. Tuvo la tentación de abrirlo, pero recordó que no tenía ningún derecho en violar la intimidad de Derek y decidió guardar el sobre en el bolso para evitar tentaciones. En ello estaba cuando Derek se acercó a ella desde atrás y le susurró al oído con la voz ronca:

—Con lo curiosa que eres, ¿no vas a abrir el sobre?

Eva dio media vuelta, totalmente incrédula. Había reconocido su voz, pero le parecía imposible que estuviera allí. Eva se arrojó a sus brazos y Derek la abrazó con fuerza, embriagándose de su dulce olor y su adictivo contacto.

— ¿Qué estás haciendo aquí? —Le preguntó Eva con una amplia sonrisa en los labios—. ¿Cuándo has regresado?

—Mi avión acababa de aterrizar cuando te he llamado —le confesó Derek dedicándole una de sus sonrisas traviesas—. Abre el sobre, es para ti.

Eva lo miró extrañada, pero hizo lo que Derek le decía. Sacó el sobre de su bolso y lo abrió. Miró en su interior y sacó el contenido del sobre: un bono regalo de una noche de hotel más una sesión de spa con masaje incluido para dos personas.

— ¿Qué es esto? —Le preguntó sorprendida—. ¿Para nosotros?

—Para ti y para quién tú quieras. Me encantaría ir contigo, pero eres tú quien ha de escoger el acompañante.

Eva comprobó el bono regalo, la reserva estaba hecha para el mes de octubre y estaban a principios de septiembre, todavía quedaba un mes para esa fecha. Ni siquiera sabía si lo suyo con Derek duraría hasta el día siguiente, no podía hacer planes con él para dentro de un mes. A Eva se le llegó a pasar por la cabeza que Derek podría haberle hecho ese regalo para que se buscara a otro con quien ir.

— ¿Por qué me regalas esto? —Quiso saber Eva, sin poder ocultar la desconfianza que aquello le hizo sentir.

—Quería tener un detalle contigo por ayudarme a escoger mi nueva casa —Eva frunció el ceño al no convencerle la respuesta y Derek, que no entendía a qué venía aquella desconfianza, la escudriñó con la mirada y le preguntó—: Nena, ¿he hecho algo mal?

Eva no supo qué contestar, él no había hecho nada malo. No había ningún motivo para que se comportara así ni para que desconfiara de él. Le había regalado una escapada para dos personas y, aunque le había dicho que podía llevar a quien ella quisiese, se había tomado la molestia de dejarle claro que él estaría encantado de acompañarla. Pero Eva no podía evitar lo que sentía, una vocecita en su cabeza le repetía constantemente que las personas no cambian, los hombres no dejan de ser mujeriegos de la noche a la mañana. Sabía que aquella relación con Derek era temporal, en cuanto él encontrara otra distracción se olvidaría de ella. Pero había decidido dejarse llevar, vivir aquella aventura sin pensar en las consecuencias, y eso era lo que iba a hacer.

—Lo siento, tan solo me ha sorprendido tu detalle, no me lo esperaba —le contestó Eva finalmente—. Gracias, pero no tendrías que haberte molestado —sonrió para que Derek se relajara y añadió—: Si para entonces no tienes un plan mejor, me encantaría que vinieras conmigo.

—No existe un plan mejor, nena —Derek la besó en los labios y le susurró al oído con tono sugerente—: He adelantado mi vuelo tres días, nadie sabe que estoy en la ciudad excepto tú, nena.

—Y, ¿qué tenías pensado?

Derek sonrió, Eva se había relajado y estaba juguetona. Los ojos le brillaban, esa mirada traviesa le recordaba a aquel verano en la costa cuando la conoció, la mirada que tenía cuando jugaba a ser mala, cuando buscaba aventuras. Derek se conformó con eso, seducir a Eva se le daba bastante bien, pero enamorarla sería otra cosa. Tendría que ser paciente, ganarse su confianza poco a poco.

— ¿Qué te parece si subimos a la habitación, pedimos que nos suban la cena y pasamos allí encerrados todo el fin de semana? —Le propuso Derek.

—Me parece una idea genial, pero tengo que pasar por mi apartamento para coger ropa.

—No vas a necesitar la ropa nena —le susurró Derek—. Pienso desnudarte en cuanto entremos en la habitación y no voy a dejar que te vistas hasta el lunes por la mañana.

—Mm… Parece que me has echado de menos —comentó Eva divertida.

—Dos interminables semanas, nena. Imagina cómo estoy.

— ¿En dos semanas no has…? —Eva no fue capaz de acabar la frase.

Derek la miró arqueando las cejas y, con tono molesto, le preguntó:

— ¿Es que acaso tú sí?

— ¿Qué insinúas? —Replicó Eva molesta.

Derek resopló, tomó aire y contó mentalmente hasta tres. Lo último que deseaba era acabar discutiendo con Eva. La miró a los ojos y le dijo con sinceridad:

—Nena, no he estado con ninguna mujer en estas dos semanas. La única persona con la que quería estar era contigo, por eso he adelantado mi viaje —la escrutó con la mirada para asegurarse que Eva había entendido lo que quería decir y, tras una pausa, añadió para que no se sintiera presionada—: Si lo prefieres, podemos ir a cenar a un restaurante.

—Mejor subimos a la habitación y pedimos que nos traigan la cena —convino Eva.

Derek sonrió satisfecho, aunque sabía que todavía le quedaba mucho camino por recorrer para ganarse la confianza de Eva.

Subieron a la suite de Derek y llamaron al servicio de habitaciones para que les sirviera la cena en la suite. Sentados a la mesa, Derek sirvió un par de copas de vino y propuso alzando su copa:

—Brindemos.

— ¿Por qué brindamos?

—Por ti y por haberme ayudado a comprar mi nueva casa —le respondió Derek sonriendo divertido—. He comprado la casa, en unos días me entregarán las llaves.

Bebieron y comieron mientras charlaban sobre la nueva casa de Derek. A Eva le sorprendió que Derek hubiera comprado la misma casa que ella hubiera comprado si hubiera estado en su lugar. Por otro lado, aquél hecho la confundió todavía más. No entendía por qué Derek había comprado una casa tan grande y, por supuesto, no se había creído las explicaciones que él le dio cuando le preguntó, pero Eva se recordó a sí misma que estaba allí porque había decidido dejarse llevar en aquella aventura, así que se puso una venda imaginaria en los ojos y disfrutar de la compañía de Derek mientras le fuera posible.

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