Sedúceme 7.

A las ocho en punto de la tarde, Eva cruzaba el portal del edificio. La tarde de compras había sido muy fructífera, había comprado un precioso vestido de seda rosa con un escote mucho más que generoso y que dejaba su espalda al descubierto. También había comprado un conjunto de ropa interior rojo con liguero, pero con ese vestido tan solo decidió ponerse un diminuto tanga. Se colocó una americana entallada de color blanco por si refrescaba y para no desvelar todos los encantos de su vestido en un primer momento.

Derek la observó de arriba abajo en cuanto la vio atravesar el portal. No le pasó por alto que Eva no llevaba sujetador y a su entrepierna tampoco. La saludó con un leve beso en los labios y tuvo que contenerse para no agarrarla del trasero y hacerle el amor sobre el capó del coche.

Ambos se montaron en el coche y se dirigieron al hotel donde se alojaba Derek. Subieron directamente a la habitación y Derek le hizo un pequeño recorrido por la suite para enseñársela. Decidieron acomodarse en el pequeño salón y Derek se ofreció a ayudarla a quitarse la americana antes de llamar al servicio de habitaciones. Tuvo que recolocarse el pantalón en la zona de la entrepierna al ver la espalda de Eva desnuda y sus pezones marcándose bajo la fina tela de seda de su vestido. Carraspeó para aclararse la voz y, acariciando su espalda, le susurró con la voz ronca:

—Estás preciosa, nena.

Eva le dedicó una sonrisa coqueta y tomó asiento en el sofá mientras Derek llamaba al servicio de habitaciones. Tres minutos más tarde, Derek se sentaba a su lado.

— ¿Has encontrado alguna casa que te guste? —Le preguntó Eva para romper el hielo.

—Sí, he encontrado tres casas —respondió Derek sonriendo—. El problema es que ahora no logro decidirme, quizás tú puedas ayudarme —Derek se levantó y se dirigió al escritorio, de donde cogió una carpeta. Se la entregó a Eva y añadió—: Dame tu opinión.

A Eva le sorprendió aquella petición, pero aceptó encantada. Abrió la carpeta y sacó tres fichas de la inmobiliaria, una por cada casa que Derek había seleccionado. El servicio de habitaciones llamó a la puerta y Derek fue a abrir la puerta y a darle la propina al camarero que les subió el carrito con la cena, dejando a Eva revisando las fichas de las casas.

Mientras servían los platos en la mesa, Derek regresó al pequeño salón de la suite, donde Eva seguía con las fichas en la mano.

— ¿Qué te parecen? —Se aventuró a preguntar Derek.

Eva estaba confusa. Había revisado una y otra vez cada una de las tres fichas y no daba crédito a lo que veía. Las tres casas estaban situadas en el mismo barrio donde ella vivía, tenían un amplio jardín con piscina y más de tres habitaciones. Aquellas tres casas cumplían todos los requisitos de su casa perfecta.

—Me gustan las tres, sobretodo porque tienen todo lo que a mí me gustaría en una casa —le respondió Eva.

—He pensado en lo que me dijiste esta tarde. Me gusta el barrio en el que vives y la impresión que tienes de él, parece un buen barrio. En cuanto a lo demás, quizás yo también forme una familia en el futuro y necesite espacio —alegó Derek—. Dime, ¿qué casa te gusta más de las tres?

—Ésta —le señaló Eva una de las fichas—. Es una casa de aspecto moderno pero con una distribución clásica y funcional. Tiene seis habitaciones, una amplia cocina, tres cuartos de baño y un aseo, además del baño de la suite principal.

—Seis habitaciones son muchas, ¿no te parece?

—Depende de para quién —opinó Eva encogiéndose de hombros—. Para un matrimonio joven con un par de hijos sería perfecta: tres habitaciones para ellos; dos habitaciones de despacho, uno para él y otro para ella; y una habitación de invitados.

— ¿Tú quieres tener hijos?

Eva lo miró con el ceño fruncido, aquella pregunta la pilló desprevenida. Nunca había pensado en ello con seriedad, al fin y al cabo ni siquiera tenía novio. Mientras estuvo con Norbert tampoco se le pasó por la cabeza, a él jamás lo vio como un posible padre de sus hijos aunque no se hubiera dado cuenta hasta ese mismo momento.

—No sé, supongo que sí. Algún día —se oyó responder Eva—. Y a ti, ¿te gustaría tener hijos?

—Nunca antes me lo había planteado hasta hace unos meses, pero sí, me gustaría tener hijos con la mujer adecuada —matizó Derek.

El camarero se retiró cuando terminó de servir la mesa y Derek le propuso a Eva sentarse a cenar. Durante la cena continuaron hablando de la casa y Derek decidió comprarla. A Eva le pareció que estaba loco, pues había visto el precio de la casa y era astronómico. Pero el dinero no era un problema para Derek, la empresa que había fundado con su amigo Víctor les había dado muchos beneficios, más que suficientes para comprar cuatro casas como esa.

Tras la cena, Derek se puso en pie y sintonizó una emisora de radio al azar hasta que encontró una canción lenta. Invitó a bailar a Eva y ella aceptó. Pese a que parecía ridículo bailar en la suite de un hotel, a Eva le pareció un momento de lo más romántico. Derek acariciaba su espalda desnuda, la estrechaba entre sus brazos. No era capaz de describir con palabras lo que Eva le hacía sentir, pero tenía muy claro que jamás lo sentiría por otra mujer. La besó en los labios despacio, con ternura. Quería disfrutar del sabor de sus besos, pero le resultaba casi imposible poder controlarse, Eva era demasiado tentadora. Llevó sus manos a los muslos de ella y las deslizó con un movimiento ascendente por debajo de su vestido hasta llegar a su trasero.

—Nena, me vuelves loco —le susurró Derek con la voz ronca.

A Eva se le escapó un gemido de la garganta y Derek gruñó excitado, deshaciéndose del vestido de Eva, dejándola tan solo con sus zapatos de tacón y un diminuto tanga. Derek la miró de arriba abajo y la devoró con los ojos. Acarició los pechos de Eva, mordisqueó y lamió sus pezones, haciéndola disfrutar, excitándola. Sin previo aviso, Derek la cogió en brazos y la llevó hasta la cama, donde la depositó con cuidado.

—Eres una auténtica obra de arte —comentó Derek con la voz ronca mientras la observaba excitado.

Se deshizo del diminuto tanga de Eva y después se deshizo de su propia ropa. Eva lo observó mientras se desnudaba, había echado de menos ese cuerpo fuerte y bronceado por el sol, ese cuerpo que la sometía y por el que era capaz de experimentar nuevas y emocionantes aventuras.

Derek besó, acarició y adoró cada centímetro de la piel de Eva. Enterró la cabeza entre sus piernas y estimuló su clítoris con la lengua, llevándola al borde del abismo.

—Derek… —Suplicó Eva.

—Dime qué quieres, nena.

—Te quiero dentro —logró balbucear Eva entre gemidos.

Derek no se hizo de rogar, la besó en los labios y acto seguido la penetró de una sola estocada. Ambos gimieron al unísono al sentir el contacto, fundiéndose el uno con el otro. Derek entró y salió de ella varias veces y, cuando se aseguró de que estaba preparada, la agarró de la cintura y la levantó, colocándola de rodillas sobre la cama. Derek se colocó tras y la penetró desde atrás, entrando en ella con mayor profundidad. Llevó una de sus manos a los pechos de ella y la otra mano descendió hasta hallar su excitado clítoris. Eva ya no pudo contener más su orgasmo y estalló en mil pedazos al mismo tiempo que hacía estallar a Derek. Ambos se dejaron caer sobre la cama completamente exhaustos, pero una sonrisa traviesa de Derek encendió de nuevo la chispa entre los dos y volvieron a ser una maraña de besos, caricias y lujuria.

A las cuatro de la madrugada, Derek llevó a Eva a su apartamento, pues él debía coger un avión para regresar a la costa y ella no quiso quedarse durmiendo en aquella habitación de hotel si no estaba él, prefirió regresar a su hogar. Se despidieron frente al portal del edificio con un apasionado beso en los labios que les dejó con ganas de más.

—Nena, voy a tener que darme una ducha de agua fría si seguimos así —le advirtió Derek separándose de ella lentamente—. Te llamaré en unas horas, ahora ve a descansar.

Derek la besó por última vez, observó cómo Eva desaparecía tras el portal del edificio y él dio media vuelta para subir de nuevo al coche de alquiler y dirigirse al aeropuerto. Apenas hacía unos segundos que se había separado de ella y ya la echaba de menos.

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