Sedúceme 3.

Había pasado casi una semana desde su encuentro con Derek en casa de Ana y Nahuel. Eva estaba nerviosa, ni siquiera sabía por qué había aceptado salir con él. Derek la atraía demasiado, pero no era el hombre fiel y comprometido que ella deseaba encontrar. Sabía que mantenerse alejada de él era la mejor opción para no sucumbir a sus encantos, pero no supo reaccionar ante su provocación y finalmente accedió a salir con él. Podría haberse inventado cualquier excusa para cancelar aquella especie de cita pero, como sus amigas le habían dicho, no podía pasarse la vida huyendo de él o evitándolo.

Derek esperaba que Eva se echara atrás, pero no se puso en contacto con él para cancelar la cita, así que decidió llamarla un día antes para recordárselo, no fuese que se le hubiera olvidado.

— ¿Sí? —Respondió Eva nada más descolgar, pues no reconocía el número.

—Hola nena —la saludó Derek con la voz ronca, excitado tan solo de oír su voz—. Solo llamaba para recordarte que mañana tenemos una cita, espero que no hayas cambiado de opinión y quieras echarte atrás.

Cómo si pudiera olvidarlo, pensó Eva. Pero en lugar de decirle eso, le contestó con desgana:

—Mañana a las ocho, no se me olvidará.

—Perfecto —exclamó Derek satisfecho—. Una cosa más —se aventuró a pedirle—, me gustaría que llevaras el vestido rojo que llevabas el otro día.

—No pienso ponerme lo que tú me digas —le espetó Eva molesta.

—Tan solo era una sugerencia, estabas muy sexy con ese vestido, nena —hizo una pequeña pausa en la que a Eva le pareció que suspiraba y añadió—: He reservado mesa en un restaurante al que debemos ir de etiqueta, ponte un vestido. Nos vemos mañana, pasaré a recogerte a las ocho.

—Hasta mañana —se despidió Eva antes de colgar.

Aquella noche apenas durmió. A la mañana siguiente se levantó temprano, se duchó y fue a la oficina. Su nuevo cargo como directora ejecutiva en la empresa de publicidad para la que trabajaba conllevaba muchas responsabilidades, pero Eva disfrutaba trabajando y las horas se le pasaban volando. Cuando llegó a casa eran pasadas las siete de la tarde. Derek llegaría en menos de una hora y ella todavía tenía que ducharse y arreglarse. Ruth estaba a punto de salir cuando Eva entraba por la puerta.

—Llegas pronto —comentó Ruth mirando su reloj de pulsera—. ¿Es que tienes planes para esta noche?

—Tengo que ir a una cena de negocios —mintió Eva—. Pero no regresaré tarde. ¿Vas a salir?

—Sí, he quedado para divertirme un rato y probablemente no duerma en casa —le confirmó Ruth sonriendo alegremente—. Te veo mañana.

Ruth se despidió de Eva con un beso en la mejilla y se marchó. Eva, que ya iba bastante justa de tiempo, se metió en el cuarto de baño y se duchó.

Derek la llamó por teléfono a las ocho en punto.

—Estoy en la puerta de tu edificio, ¿bajas?

—Dame cinco minutos —le pidió Eva.

Derek esperó a Eva apoyado en su coche de alquiler. Mientras tanto, Eva se apresuraba en terminar de maquillarse. Se echó un último vistazo en el espejo grande del hall y, tras quedar satisfecha con su aspecto, salió del apartamento. Se había puesto un elegante y discreto vestido negro que le llegaba por encima de la rodilla. No era muy escotado, pero los anchos tirantes del vestido que caían por sus hombros le daban un aspecto muy seductor. Una cosa era no darle el gusto a Derek y otra muy distinta era no estar sexy. Traspasó el portal del edificio y allí se encontró a Derek apoyado en un coche de alquiler. Eva no pudo evitar pensar en lo guapo que estaba con traje y corbata. Tan solo lo había visto así vestido en la boda de Nahuel y Ana.

Derek sonrió al verla. No se había puesto el vestido rojo, pero a él le pareció que estaba preciosa, como siempre. Se acercó a ella despacio, mirándola con picardía.

—Disculpa el retraso —le dijo Eva avergonzada por hacerle esperar veinte minutos. Ella siempre era puntual porque odiaba la impuntualidad—. Se ha alargado la reunión y no me he dado cuenta de la hora.

—La espera ha merecido la pena —le dijo Derek con su eterna sonrisa en los labios. La besó en la mejilla a modo de saludo y añadió con la voz ronca—: Estás preciosa, nena.

A Eva le tembló todo el cuerpo, era el efecto que Derek provocaba en ella. Solo oír su voz la excitaba y le hacía recordar aquel ardiente verano dos años atrás.

Derek no era el perfecto caballero y Eva lo sabía, así que no esperó que la acompañara y le abriera la puerta del coche, directamente se subió en el asiento del copiloto. Derek condujo en silencio por la ciudad hasta coger la autopista, cuando Eva le preguntó:

— ¿A dónde vamos?

—Ahora lo verás —le respondió Derek apartando la vista de la carretera un segundo para dedicarle una de sus pícaras sonrisas.

Eva cerró los ojos y no hizo más preguntas, le daba igual a dónde la llevara Derek, tan solo le importaba estar con él. No pudo evitar comparar a Norbert con Derek, Norbert era un hombre muy rutinario y disciplinado, en su vida no había lugar para las sorpresas. Sin embargo, con Derek cada minuto era una aventura, su vida estaba llena de sorpresas. Eran la noche y el día, al igual que Derek y ella. Eva no entendía por qué no sentía por Norbert la misma atracción que sentía por Derek. Norbert era el hombre perfecto para ella, su prototipo de hombre ideal. Derek era todo lo opuesto, pero encendía su deseo tan solo con una mirada o una sonrisa.

—Ya hemos llegado —anunció Derek tras aparcar.

Eva abrió los ojos y miró a través del cristal de la ventanilla. Estaban frente a una antigua masía rodeada de viñedos. Derek bajó del coche y, sin que Eva se lo esperara, le abrió la puerta y la ayudó a bajar. Eva se lo agradeció con una tímida sonrisa, sintiéndose un poco contrariada con aquella situación. Derek rodeó la cintura de Eva con su brazo y la guió hasta llegar a la entrada de la masía. A Eva le extrañó que la llevara a un sitio tan romántico, él no era de esos. Además, aquella sonrisa traviesa que no se le quitaba de los labios le hacía sospechar que Derek se traía algo entre manos y Eva no se equivocaba.

Nada más traspasar el enorme portón de madera de la masía, Eva supo que aquella no era una masía normal. El hall era enorme, pero allí solo había un mostrador de recepción ocupado por dos agentes de seguridad que se acercaron a ellos y les preguntaron los nombres para comprobar que estuvieran en la lista.

—Derek Smith y Eva Méndez. Tienen el reservado número 3 —confirmó uno de los agentes de seguridad—. Está situado en la primera planta, tal y cómo salgan del ascensor a la derecha, sigan hasta el final del pasillo, es la última puerta.

El agente de seguridad les entregó una llave-tarjeta y Derek asintió para hacerle saber que le había entendido bien. Agarró a Eva de la cintura y juntos cruzaron el hall para dirigirse a los ascensores. Tal y cómo le había indicado el agente de seguridad, al salir del ascensor se dirigieron a la derecha hasta el final del pasillo, donde encontraron la puerta del reservado número 3.

Eva estaba nerviosa, no sabía lo que iba a haber detrás de esa puerta. Sospechaba que podía tratarse de una de esas masías antiguas que habían sido restauradas y se habían convertido en hoteles con habitaciones rústicas, pero esa sospecha no la hizo echarse atrás, algo que volvió a hacer que se sintiera contrariada porque, en el fondo, sabía que deseaba volver a sentir el cuerpo desnudo de Derek junto al suyo.

—Ya hemos llegado —anunció Derek abriendo la puerta con la tarjeta-llave. Pulsó un interruptor y las luces de la pequeña estancia se encendieron—. Adelante, las damas primero.

Eva entró en el reservado y se sorprendió al descubrir que allí tan solo había una pequeña mesa redonda con dos sillas, un sofá de dos plazas y una mesa de café que lo acompañaba. La mesa estaba decoraba para albergar una velada romántica, con flores y velas. Los platos, los cubiertos y las copas estaban dispuestos para cuando llegara la comida y la bebida. Una de las paredes de la pequeña estancia estaba formada por un espejo enorme, imposible de pasar inadvertido. Y al fondo, una puerta dividía la estancia.

— ¿Qué hay allí? —Le preguntó Eva con curiosidad a Derek.

—Es un cuarto de baño —le contestó Derek divertido ante la curiosidad de Eva, que no dejaba de mirarlo todo—. Ven, vamos a sentarnos a la mesa para mirar la carta. En seguida vendrá el camarero a tomarnos nota.

Eva obedeció sin rechistar y sin hacer más preguntas, a pesar de que se moría de curiosidad. Podían haber ido a cualquier restaurante de la ciudad, pero Derek decidió llevarla allí. La Agencia de su hermano Nahuel se encargaba de la seguridad de la masía y cuando Nahuel le dijo que se trataba de una masía especial, Derek decidió llevar a Eva. Por supuesto, Derek no le confesó a su hermano con quién tenía pensado ir allí, tan solo le pidió el teléfono del gerente de la masía para llamar y hacer la reserva. Nahuel no era de los que preguntaba, no le gustaba interferir en la vida de los demás.

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