Propuesta indecente 9.

Alma Gemela

Nick se levantó a las seis de la mañana para revisar los informes. Quería adelantar trabajo para así poder invitar a cenar a Erika y luego incluso a lo mejor aceptaba salir a tomar una copa con él. Nick sabía que debía ir con pies de plomo con ella, la noche anterior la pilló con la guardia baja pero estaba seguro de que hoy no sería así.

A las nueve en punto, Nick llevaba diez minutos esperando ver aparecer a Erika saliendo del portal y se estaba empezando a poner nervioso. Caminaba de un lado a otro y miraba su reloj mientras los minutos pasaban hasta que a las nueve y veinte se le acabó la paciencia y entró en el edificio.

–  ¿Puedo ayudarle, caballero? – Le preguntó el conserje en cuanto le vio traspasar la puerta.

–  Estoy esperando a la señorita Blackwell pero se está retrasando, ¿podría preguntarle si tardará mucho en bajar? – Le preguntó Nick con una carismática sonrisa.

El conserje, un hombre de unos sesenta años con el pelo blanco y regordete, asintió alegremente y le preguntó su nombre antes de llamar por teléfono.

Erika estaba durmiendo cuando sonó el teléfono interno del edificio. Se levantó de mala gana de la cama y respondió aún medio dormida:

–  Buenos días, Henry.

–  Buenos días, señorita Blackwell. – Le respondió Henry, el conserje de su edificio con su tono alegre habitual. – Está aquí conmigo el señor Button, al parecer había quedado con usted.

–  ¡Oh, mierda! – Exclamó Erika. – ¿Qué hora es?

–  Las nueve y veinte, señorita Blackwell. – Le contestó Henry bajo la atenta mirada de Nick.

–  Soy un desastre. – Se lamentó Erika. – Henry, dígale al señor Button que suba, me temo que tardaré más de lo previsto.

–  Por supuesto, señorita Blackwell. – Le respondió Henry antes de colgar. Se volvió hacia Nick y le dijo: – Me temo que la señorita Blackwell va a tardar más de lo previsto, pero me ha pedido que le diga que suba a su apartamento. – Henry vio la confusión en el rostro de Nick y se apiadó de él. – El apartamento de la señorita Blackwell está en el ático.

–  Gracias, señor. – Le agradeció Nick con una sonrisa antes de dirigirse al ascensor. Pulsó el botón del ático y esperó a que las puertas se abrieran. En el rellano solo había una puerta y estaba semi abierta, así que se dirigió hacia a ella y la golpeó suavemente con la mano mientras preguntaba antes de entrar: – ¿Se puede?

–  Pasa, Nick. – Dijo Erika dirigiéndose al hall vestida con un short de algodón y una camiseta de tirantes. – Lo siento, me he quedado dormida. Me ducho en diez minutos y nos vamos. Puedes sentarte y ver la televisión mientras tanto.

Nick la observó mientras se alejaba por el pasillo y tuvo que recolocarse el pantalón. Él que siempre se las había dado de ser una persona de mente fría y ahora su cuerpo reaccionaba como si del cuerpo de un adolescente se tratara. Echó un vistazo por la cocina y el salón y se sentó en el enorme sofá con forma de U mientras ojeaba un catálogo de los últimos modelos de coches deportivos de una lujosa marca muy conocida.

Quince minutos más tarde, Erika aparecía en el salón vestida con un short blanco de raso y una blusa celeste que le hacía un escote perfecto, combinado por unos zapatos de tacón de aguja y un bolso de mano de color blanco. Apenas se había secado el pelo con el secador, por lo que aún lo tenía mojado y se lo había dejado suelto. Nick la observó y se le secó la boca, estaba preciosa a pesar de que se acababa de despertar.

–  Ya estoy lista, ¿nos vamos? – Le preguntó Erika. Nick le miró divertido y cuando abrió la boca para decir algo, Erika le interrumpió: – Lo sé, soy lo peor. Pero te aseguro que suelo ser muy puntual y no me suelo retrasar casi nunca.

–  La hija del jefe dando explicaciones, eso sí que es algo que no esperaba. – Bromeó Nick.

–  Lo cierto es que yo tampoco lo esperaba. – Le respondió Erika encogiéndose de hombros y esbozando una sonrisa. – Estoy hambrienta, vamos a desayunar.

Nick no pudo más que sonreír, nunca había conocido a nadie que pasara más hambre que Erika a pesar de todo lo que comía.

Salieron del apartamento y pasearon hasta llegar a una cafetería situada en la misma manzana que las oficinas de Blackwell Company. Se sentaron en una mesa junto a la ventana y desayunaron. Nick se tomó un café y Erika se tomó un cortado y se comió dos donuts caseros.

–  Será mejor que empecemos a trabajar, ya vamos con retraso y aún no hemos empezado. – Se lamentó Erika mientras se ponía en pie para marcharse.

–  Mientras tú estabas roncando, yo me he levantado a las seis de la mañana y me he puesto a trabajar en el contrato, ya lo tengo casi acabado. – Le susurró Nick solo para tener una excusa y acercarse a Erika.

–  ¿Cuándo duermes? – Le preguntó Erika. – Llego a la oficina a las ocho de la mañana y tú ya estás allí, me voy sobre las ocho de la tarde y tú te quedas para seguir trabajando. Creo que tiene una obsesión por el trabajo, señor Button.

Nick se limitó a sonreír. Lo cierto es que su horario era de ocho de la mañana a cinco de la tarde y a veces se quedaba más tiempo si urgía algún informe, pero Eduard había confiado en la capacidad de ambos para trabajar juntos y él no pensaba decepcionarle. Por otra parte, le gustaba pasar el rato con Erika aunque fuera trabajando, así que tampoco le importaba pasarse el día en la oficina si estaba con ella.

Pasaron la mañana trabajando en las cláusulas del contrato, querían dejarlo todo bien atado y entre los dos resultó más fácil de lo que pensaron. A la hora de comer Nick le propuso a Erika ir a algún restaurante, pero ella prefirió pedir comida china.

A las seis de la tarde Erika recibió la llamada de Alice:

–  ¿Cenamos juntas esta noche? Tenemos mucho de lo que hablar y apenas nos hemos visto esta semana.

–  De acuerdo, pero cenamos en casa que no me apetece salir. – Le contestó Erika.

–  Perfecto, así podremos hablar sin tapujos. – Aplaudió Alice. – Por cierto, Daniel me ha dicho que estás saliendo con un tal Jason y deduzco que ha llegado a esa conclusión a través de Nick. ¿Se puede saber a qué estáis jugando? Apuesto lo que quieras a que mi hermano se ha metido en el ajo encantado solo para fastidiar a Nick.

–  Esta noche hablamos, llegaré a casa sobre las nueve. – Se despidió Erika entre risas por el comentario de su amiga. – Pórtate bien hasta entonces.

–  Lo mismo digo, aunque puedo llegar a entender que seas mala con el morbo que da hacerlo sobre la mesa del despacho de la oficina. – Bromeó Alice. – Nos vemos luego, chica mala.

Alice colgó y Erika sonrió ante las ocurrencias de su loca amiga. Nick, que había escuchado todo lo que Erika había dicho, pensó que estaba hablando con Jason Milton y se tensó. Él tenía planes para invitarla a cenar y se los había echado por tierra.

–  ¿Qué relación tienes con Jason Milton? – Le preguntó Nick molesto sin poder contenerse por más tiempo.

Erika fue consciente del arrebato de celos de Nick, aunque no lo llegó a entender. La relación que ella tuviera con Jason a él no debería importarle, él fue quien se empeñó en que su relación iba a ser puramente sexual y duraría una sola noche, él estuvo de acuerdo en mantener una relación estrictamente laboral cuando descubrieron que iban a tener que trabajar juntos.

–  Te recuerdo que nuestra relación es estrictamente laboral. – Le contestó Erika molesta.

Nick maldijo en voz baja, aunque no lo suficiente, y Erika le escuchó, pero decidió ignorarlo.

A las ocho y media de la tarde, ya lo tenían casi todo resuelto y Nick le dijo a Erika:

–  Ya está todo listo, podemos irnos a casa. – Hizo una pausa y añadió: – La reunión con Wolf es el lunes a primera hora, tendremos que ir hasta su empresa, que está a las afueras de la ciudad. ¿Quieres que pase a buscarte y vamos juntos en mi coche?

–  Te lo agradecería. – Le contestó Erika con una sonrisa de lo más profesional.

–  Genial, entonces pasaré a buscarte a las ocho. – Sentenció Nick.

Al igual que el día anterior, Nick se ofreció a acompañar a Erika hasta a su casa y ella no se lo discutió porque sabía que terminaría acompañándola quisiera o no. Pasearon mientras charlaban tranquilamente sobre la reunión del lunes con Wolf hasta que llegaron al portal del edificio de Erika, donde se despidieron con un “hasta el lunes” y una sonrisa nerviosa.

A Erika le hubiera gustado invitarle a subir a su apartamento y tomar una cerveza con él, pero Alice la estaba esperando y tampoco quería ser ella quién rompiera el acuerdo con Nick.

–  ¡Por fin has llegado! Creo que tu padre te explota demasiado. – La saludó Alice mientras la abrazaba. – ¿Cómo te va en la oficina con mi futuro cuñado?

–  ¿Tu futuro cuñado? ¿Tan segura estás de querer pasar el resto de tu vida con tu adorado Daniel a pesar de que tan solo hace una semana que le conoces? – Se mofó Erika.

Alice puso los ojos en blanco y respondió:

–  También puedes casarte tú con Nick y seguiría siendo mi cuñado. Por cierto, creo que deberías aclararle a Nick que Jason no es tu prometido ni nada por el estilo. – Le aconsejó Alice.

–  No tengo que aclararle nada, si él ha sacado sus propias conclusiones es su problema. – Le respondió Erika burlonamente. – Además, nuestra relación es estrictamente laboral y no tengo por qué aclararle nada sobre mi vida privada.

–  Sois idiotas. – Sentenció Alice. – Estoy completamente segura de que a ninguno de los dos está disfrutando con ese absurdo acuerdo y ambos seguís empeñados en mantenerlo.

–  Se trata de una cuestión de orgullo, él lo empezó y deberá ser él quien lo termine. – Concluyó Erika. – Y ahora, háblame del príncipe Daniel.

Alice sacó un par de cervezas de la nevera y ambas se acomodaron en el sofá del salón mientras hablaban de chicos, trabajo, familia y más chicos.

Desde que habían llegado a Hidden City apenas habían tenido tiempo para hablar de sus cosas y cuando una tenía tiempo la otra estaba ocupada. Alice preparó un risotto de setas y ambas cenaron mientras bebían de sus copas de lambrusco y continuaban hablando, bromeando y riendo.

Erika le confesó a su amiga que Nick le atraía de una manera sobrenatural y no le estaba resultando fácil mantenerse fría y distante con él, sobre todo cuando Nick estaba siendo tan amable y atento con ella, aunque él también estuviese manteniendo las distancias.

Así estuvieron hasta las tres de la mañana cuando, achispadas y agotadas, se fueron a dormir cada una a su habitación.

El domingo Erika fue con Alice y Jason a comer a casa de los Milton y después los tres salieron a tomar unas cervezas.

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