Propuesta indecente 2.

Alma Gemela

Erika y Alice cogieron un taxi para ir a casa de sus padres. Por suerte, seguían siendo vecinos y seguían llevándose tan bien como siempre. Alice estaba relajada y sonriente, mientras que Erika estaba tensa y de mal humor debido a lo poco que había descansado. El único motivo por el que Erika se había arreglado para salir del ático era porque se moría de ganas de ver a su padre y los padres de Alice, a quienes consideraban sus tíos. Por otra parte estaba Jason, el hermano tres años mayor de Alice y su mejor amigo. No veía a Jason desde hacía casi dos meses y se moría de ganas por verlo. A Erika siempre le gustaba contar con una opinión masculina para obtener otro punto de vista, aunque Alice se negaba en rotundo a hablar con su hermano de ciertos temas tan íntimos.

–  Deja de fruncir el ceño o pensarán que estás enfadada y acabas de llegar. – Le dice Alice a su amiga nada más bajarse del taxi. – Mañana salimos de fiesta, necesitan echar un polvo para alegrarte la cara. Pero ahora sonríe y finge que eres súper feliz si no quieres que nos sometan a un tercer grado.

–  ¿Así te parece bien? – Le pregunta Erika a Alice poniendo en su cara una sonrisa de lo más falsa y exagerada.

–  Creo que prefiero tu cara de “necesito un polvo”. – Se mofa Alice.

Entre bromas y risas, cruzan el jardín y se dirigen al porche de casa de los padres de Alice, donde siempre se organizan las reuniones familiares, teniendo en cuenta que los Blackwell y los Milton son una familia pese a no tener la misma sangre.

En el porche, tres siluetas esperan nerviosas la llegada de las dos amigan que ríen alegremente y las abrazan en cuanto las tienen a su alcance.

–  ¡Pero qué guapas estáis! – Las halaga Elisa como siempre.

–  Tía Elisa, me temo que tu opinión no es objetiva. – Bromea Erika. – Pero te aseguro que me encanta escuchártelo decir.

–  ¿Cómo está mi pequeña? – Le pregunta Eduard a su hija tras saludarla con un efusivo abrazo.

–  Bastante crecidita para que sigas llamándola pequeña. – Se mofa Alice.

–  Para nosotros, vosotras nunca dejaréis de ser nuestras pequeñas. – Le replica Tomás a su hija saliendo en defensa de su buen amigo Eduard.

–  ¿Dónde está Jason? – Preguntó Erika mientras entraban en casa de los Milton.

Jason Milton era el hijo mayor de Tomás y Elisa Milton y el hermano mayor de Alice. Erika y Jason eran muy buenos amigos y se lo contaban todo, a pesar de que Jason era tres años mayor que ella. Alice, aunque adoraba a su hermano y se llevaba a las mil maravillas con él, no hablaba de ciertas cosas con su hermano, le resultaba demasiado incómodo.

–  Jason está fuera de la ciudad por negocios, uno de nuestros clientes ha tenido un pequeño problema y Jason ha tenido que ir a solucionarlo, pero el lunes ya estará aquí. – Le contestó Tomás. – Tenía muchas ganas de veros, pero solo serán un par de días.

Erika pensó que si llevaba casi dos meses sin verlo podría esperar un par de días más. Jason le envió un mensaje y le dijo que tenía que salir de la ciudad, pero también le dijo que se las apañaría para estar de regreso hoy y no el lunes como le acaban de decir.

Una vez en el salón, se sentaron en los sofás y se tomaron una copa de vino mientras se ponían al día. Eduard pensó que era el mejor momento para decirle a su hija que había planeado una pequeña reunión con Nick Button, su mano derecha en la empresa y un buen amigo a pesar de su juventud.

–  Erika, el domingo ven a comer a casa, he invitado a Button y quiero que os conozcáis.

–  ¿No puedes esperar al lunes? – Le replica Erika frunciendo el ceño.

–  No, quiero que le conozcas fuera de la oficina. Es un hombre muy inteligente y agradable, ya verás que os llevaréis bien. – Le contestó Eduard.

Por supuesto, Eduard sabía que en cuanto esos dos se conocieran iban a darle problemas, por eso quería que se conocieran en un ambiente más relajado. Ambos eran demasiado tercos y obcecados como para evitar que chocaran, así que pretendía minimizar el golpe en un lugar más privado.

–  Haces conmigo lo que quieres, papá. – Dramatizó Erika.

Mientras tanto, en el centro de la ciudad, Nick Button revisaba todos los informes sobre Adolf Wolf, un niño rico que se quedó sin nada cuando su padre se endeudó y llevó a la quiebra a la empresa familiar. Eduard se había empeñado en que su hija se encargara de la negociación con Adolf Wolf, pero Nick no creía que fuera una buena idea, sobre todo teniendo en cuenta cómo se divertía Adolf Wolf.

Sobre las diez de la noche, Nick recibió la llamada de su hermano Daniel y, a pesar de no querer interrumpir su tarea, decidió contestar:

–  ¿No puedes vivir sin mí?

–  Ya te gustaría a ti, hermanito. – Le respondió Daniel alegremente. – Mamá quiere que vayamos a cenar mañana a casa, dice que está harta de vernos por turnos y quiere que el sábado estemos todos. He pensado que después podríamos salir a tomar algo. ¿Qué me dices?

–  El domingo tengo que ir a comer con mi jefe, quiere presentarme a su hija, a la cual quiere poner al mando en una importante negociación. ¿Crees que es un buen momento para tener resaca?

–  En ese caso, te aconsejo que vayas borracho. – Bromea Daniel. – Te divertirás más, pero puede que a tu jefe no le haga demasiada gracia.

–  Supongo que puedo tomarme un par de copas contigo después de cenar, pero solo un par que necesitaré mi cerebro en funcionamiento al día siguiente. – Termina accediendo Nick. – Eso sí, elijo yo el sitio que no me fío de ti ni de dónde me quieras llevar.

–  Pero, ¿qué dices? – Protesta Daniel entre risas. – Capaz eres de llevarme a la ópera.

–  No digas tonterías, ¿cuándo he ido yo a la ópera?

–  Tú déjalo todo en mis manos, yo me encargo. – Sentencia Daniel dando el tema por zanjado. – Solo encárgate de ir bien vestido pero informal, ya sabes, una camisa y tejanos.

–  No sé por qué sigo aceptando salir de copas contigo. – Refunfuña Nick.

–  Porque eres un muermo, Nick. – Le contestó su hermano. – Tu vida se basa en trabajar y trabajar, de vez en cuando visitas a la familia y te aseguras de tener sexo al menos una vez por semana, ¿qué clase de vida es esa para alguien de veintiocho años?

–  ¿Qué sabes tú de mi vida sexual? – Le replicó Nick a su hermano pequeño.

–  Solo sé lo que se rumorea por ahí, ya que tú no me cuentas nada. – Se hizo el interesante Daniel.

–  Y, ¿qué se rumorea exactamente? – Le preguntó Nick molesto.

Lo último que quería se rumoreara sobre su vida sexual y esos rumores llegaran a oídos de su jefe, que siempre había insistido en que quería empleados discretos para evitar cualquier escándalo público que involucrara indirectamente a su familia.

–  Por ahí he oído que te gusta cambiar de amante y que les dejas a todas muy claro que solo quieres una relación sexual, nada de ser amigos y mucho menos pareja. ¡Y mamá sigue esperando que le presentes una novia! – Se volvió a mofar Daniel de su hermano. – Sin embargo, por algún absurdo motivo, no hay una sola mujer en toda la ciudad que no quiera acostarse contigo.

–  Quizás el sábado por la noche te enseñe un par de trucos para volverlas loca, hermanito. – Bromeó Nick y añadió antes de colgar: – Nos vemos en casa mañana por la noche.

Colgó el teléfono y se levantó de la silla para dirigirse a la cocina y coger una cerveza de la nevera, necesitaba descansar unos minutos y decidió salir a la terraza y fumarse un cigarrillo mientras se bebía una fría cerveza.

Nick estaba inquieto, el regreso de esa niña recién salida de la universidad y cuyo padre quería poner al frente de una negociación tan importante como la de Wolf le estaba alterando más de lo normal.

Había cancelado su cita de esta noche con Lisa Clark, la única de sus amantes que veía con regularidad debido a que ambos buscaban lo mismo y ella era una verdadera fiera en la cama. No estaba de humor ni para pasar un buen rato con Lisa y todo por culpa de la hija de Blackwell, a la que aún ni conocía y ya le estaba dando problemas.

A Nick no se le había pasado por alto la sonrisa burlona de Eduard cuándo habla de su hija y le dice que se llevará muy bien con ella, es evidente que el propio Eduard sabe que su hija me lo va a poner difícil y, teniendo en cuenta que es la hija del jefe, voy a estar atado de pies y manos a menos que Eduard recapacite y actúe con sensatez.

Tras fumarse el cigarrillo y beberse la cerveza, Nick entró de nuevo en el apartamento y se sentó en la misma silla donde había estado sentado minutos antes para seguir revisando las cuentas de Wolf.

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