Propuesta indecente 11.

Alma Gemela

Erika se despertó al oír un tremendo estruendo procedente del hall del apartamento. Se levantó de un salto del sofá donde se había quedado dormida después de llegar de comer con Nick y se encaminó hacia a la puerta.

Apenas pudo llegar a poner un pie en el salón cuando tropezó con dos tipos que parecían dos gorilas y uno de ellos la atrapó poniéndole la mano enguantada en la boca para que no gritara mientras le sujetaba ambas muñecas con la otra mano.

–  Hemos tenido suerte, la hemos encontrado a la primera. – Dijo uno de los tipos sonriendo.

Erika trataba de resistirse y zafarse de las garras de aquel tipo, pero era demasiado grande y fuerte comparado con ella.

–  Tranquila, fiera. – Le susurró el mismo tipo, que parecía el jefecillo de los dos. – Solo hemos venido a preguntarte por Piero Varoso. Sabemos que está en la ciudad y estamos seguros de que ha tenido que venir a verte.

Erika forcejeó para destapar su boca y les espetó:

–  Hace casi tres años que no veo a Piero. – Mintió. Pero luego dijo una verdad: – Ni siquiera sabía que estaba en la ciudad y dudo que haya venido a verme. Deberíais buscarle en otra parte.

–  Puede que ya no estéis juntos, pero sé que él te tiene en alta estima y contactará contigo. – Le contestó el tipo mientras sacaba una tarjeta del bolsillo para entregársela. – Sabemos que un grupo de narcotraficantes le está buscando y, si nosotros hemos llegado hasta a ti, ellos también pueden hacerlo.

Erika se fijó en la tarjeta que aquel tipo le había entregado y se sorprendió de que fuera de un agente de la DEA.

–  ¿Qué hace la DEA irrumpiendo en mi casa? – Les preguntó molesta.

–  Será mejor que se mantenga alejada de Piero Varoso, señorita Blackwell. – Le aconsejó el tipo que no había abierto la boca. – Tampoco debería salir a la calle sola ni ir por lugares con poca gente, es posible que traten de llegar a Varoso a través de usted.

–  ¿Me están diciendo que unos narcotraficantes que están buscando a Piero, para nada bueno me imagino, pueden tratar de buscarme a mí también? – Les preguntó Erika preocupada. Lo último que necesitaba eran más quebraderos de cabeza.

–  Tiene nuestra tarjeta, llámenos si necesita algo y si dispone de alguna información. – Le contestó el tipo que le daba consejos.

–  Estoy segura de que si alguien entra en mi casa y me apunta con una pistola, con una sola llamada ustedes lo solucionarán todo. – Ironizó Erika molesta. – Por favor, salgan de mi casa.

Los dos agentes de la DEA se despidieron de ella con un leve gesto de cabeza y salieron del apartamento sin decir nada más.

Erika no se lo podía creer. Hacía ya tres años que no salía con Piero, aunque desde entonces se habían visto alguna que otra vez esporádicamente, y ya estaba otra vez metida en líos. Solo podía pensar en cómo se lo iba a tomar su padre, pero decidió decírselo cuanto antes y quitárselo de encima. Su padre siempre le había dicho que había que coger el toro por los cuernos y eso era lo que pensaba hacer.

Buscó su teléfono móvil y llamó a su padre.

–  Papá, tenemos que hablar. – Le dijo nada más descolgó.

–  Hija, ¿qué ocurre? – Preguntó Eduard preocupado.

–  Acaban de irrumpir en mi apartamento dos agentes de la DEA, me han dicho que unos narcotraficantes están buscando a Piero y están seguros de que Piero está en la ciudad. – Le explicó Erika nerviosa. – Papá, me han dicho que esos narcotraficantes pueden venir a buscarme a mí y la única ayuda que me han ofrecido es una tarjeta con sus teléfonos.

–  No te muevas del apartamento, voy hacia allí. – Le dijo Eduard a su hija antes de colgar.

Erika sacó una cerveza del frigorífico y se bebió la mitad de un trago. Se encendió un cigarrillo y salió a la terraza para que le diera el aire. Estaba aturdida, ni siquiera podía pensar con claridad. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? Lo primero era tratar de localizar a Piero, pero lo iba a tener difícil dado que siempre era él quien la encontraba a ella. Pero esos dos agentes de la DEA le habían dicho que Piero estaba en la ciudad, así que tarde o temprano Piero terminaría apareciendo ante los ojos de ella. Erika se sobresaltó de nuevo al oír la puerta, pero pronto descubrió que era Alice acompañada por Daniel. Al ver a Daniel se acordó de Nick, había quedado con él a las ocho para ir a cenar y ya eran las seis y media.

–  ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Por qué tienes esa cara de susto? – Le preguntó Alice alarmada al ver el rostro de su amiga. – ¿Qué ha pasado, Erika?

Erika le sostuvo la mirada a Alice, después miró un instante a Daniel y, sabiendo que a su amiga no le iba a gustar nada de lo que iba a decir, le sugirió:

–  Será mejor que te tomes una cerveza, mi padre está de camino y no tardará en llegar.

Alice sacó tres cervezas de la nevera, una para cada uno, y regresó al salón, donde vio la tarjeta de los dos tipos de la DEA le habían entregado. En cuanto Alice leyó la tarjeta, supo que todo estaba relacionado con Piero Varoso y se tensó antes de preguntar:

–  ¿Esto tiene que ver con Piero?

Erika asintió preocupada y, antes de contestar a Alice, miró un instante a Daniel, quién la observaba con curiosidad.

–  Alice, creo que no nos vamos a poder quedar en el apartamento, al menos no hasta que se solucione todo esto.

–  Erika, ¿has visto a Piero desde que llegamos? – Le preguntó Alice con cuidado, Piero era un tema bastante tabú y conocía las reacciones de su amiga ante tales preguntas.

–  No, no lo he vuelto a ver desde el mes de julio y la última vez que hablé con él fue el día antes de mudarnos aquí. – Se sinceró Erika.

–  A tu padre le va a encantar oír eso. – Dijo Alice con sarcasmo.

Llamaron a la puerta y Erika volvió a tensarse, así que Alice se levantó y fue a abrir. En cuanto abrió la puerta, Eduard y Jason entraron en el apartamento y, tras saludar a Alice, se dirigieron al salón en busca de Erika.

–  ¿Estás bien? – Le preguntó Eduard a su hija.

–  Sí, pero necesito hablar con Piero, papá. – Le respondió Erika con un hilo de voz.

–  ¿Tienes forma de localizarle? – Preguntó Jason.

–  La DEA dice estar segura de que Piero está en la ciudad, por eso han venido aquí. Creen que si está aquí es por mí, pero lo cierto es que yo lo dudo. – Contestó Erika.

–  ¿Dudas de que esté aquí por ti? – Se mofó Jason.

–  Dudo que esté en la ciudad, si estuviera aquí hubiera venido a verme antes que la DEA y, si está en peligro como ellos dicen, no vendría a la ciudad para ponerme a mí en peligro. – Dijo Erika sin opción a réplica.

Eduard saludó a Alice y después a Daniel, el hermano de Nick. Le sorprendió verle allí y le preguntó:

–  ¿Desde cuándo os conocéis?

–  Desde el sábado pasado. – Le respondió Daniel saludando al jefe de su hermano con un apretón firme de manos.

Volvieron a llamar a la puerta y Eduard dijo:

–  Ya voy yo a abrir.

Nick llamó a la puerta del apartamento de Erika y esperó a que le abrieran la puerta. Su jefe le había llamado por teléfono veinte minutos antes y le había pedido que se reuniera con él en el apartamento de su hija, lo cual le decía que eso no era algo bueno.

Cuando la puerta se abrió, Nick saludó a Eduard y ambos entraron en el salón. Erika se sorprendió de ver allí a Nick. Miró su reloj, era temprano para ir a cenar.

–  Me he tomado la libertad de llamar a Nick, estoy seguro de que su ayuda nos será de gran utilidad para lo que sea que esté pasando. – Le explicó Eduard al ver la confusión en el rostro de su hija. – Por cierto, si os conocisteis el sábado pasado, ¿por qué el domingo cuando vinisteis a comer a casa fingisteis que no os conocíais?

Nick sonrió y contestó:

–  Supongo que ambos estábamos demasiado sorprendidos como para reaccionar de otra manera, no esperábamos encontrarnos allí. – Nick saludó a su hermano y a Alice y cruzó una fría mirada con Jason para después saludarle con un ligero movimiento de cabeza. Después se volvió hacia a Erika y le dijo: – Si queréis que sea de ayuda, tendréis que decirme qué pasa.

Sin andarse con rodeos, Eduard le explicó a Nick la situación mientras Erika evitaba cruzar su mirada con la de Nick. Nick escuchó todo lo que Eduard le contaba y trataba de encontrar la mirada de Erika pero ella le esquivaba continuamente. Nick supo que debía esperar a quedarse a solas con ella para saber algo más de lo que Eduard contaba, así que se armó de paciencia y escuchó a Eduard sin preguntar nada que no le quisieran decir, y la primera decisión que tomó fue que Erika y Alice no podían seguir viviendo solas en el apartamento hasta que todo se aclarara.

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