Propuesta indecente 1.

Alma Gemela

Después de pasar cinco años estudiando en la universidad de Barnacles, una ciudad costera situada al sur del país, conocida como la capital de los universitarios, Erika Blackwell Sanz regresaba a Hidden City, la capital del país y la ciudad que la vio nacer y crecer.

Desde que se marchó para ir a la universidad cuando tenía dieciocho años, solo había regresado en Navidad, es decir, en cinco ocasiones. Su padre siempre iba a verla un fin de semana al mes y hablaban por teléfono todas las semanas, concretamente todos los domingos por la noche. Eduard Blackwell es un importante empresario propietario de Blackwell Company, una empresa que se dedica a absorber otras empresas en quiebra para reorganizarlas, hacerlas resurgir y venderlas al mayor postor, probablemente multiplicando por mil el precio por el cual la han comprado. Puede que no sea muy ético, pero sí legal.

–  ¿No estás nerviosa por regresar a Hidden City después de tanto tiempo? – Le preguntó Alice a Erika mientras recogían sus maletas de la cinta corredera para salir del aeropuerto.

–  Estuvimos aquí en Navidad, tan solo hace nueve meses. – Contestó Erika de mal humor.

Alice Milton, la mejor amiga de Erika desde que eran niñas de guardería, siempre había sido la más positiva y alegre de las dos. Ambas se habían marchado juntas a la universidad de Barnacles, habían compartido un piso de estudiantes y regresaban juntas cinco años después de haberse marchado, tras disfrutar de su aventura universitaria. Se habían criado juntas, pues habían sido vecinas y los padres de Alice eran como sus tíos, de hecho los llamaba así. La madre de Erika, Grace Sanz, una cantante de pop, murió cuando Erika tan solo tenía un año. Grace salía de uno de sus conciertos y regresaba al hotel con el guitarrista de su grupo, que conducía bajo los efectos de las drogas, se salieron de la carretera y cayeron por un barranco, ambos murieron en aquel accidente.

–  Sigo sin entender por qué no has querido que nos vinieran a buscar al aeropuerto, nos habrían ayudado con el equipaje y no tendríamos que ir hasta la maldita parada de taxis. – Protesta Alice tirando de su enorme maleta.

–  Ahí hay un taxi. – Fue la respuesta de Erika. Hizo un gesto con la mano y el taxista paró frente a ellas, se bajó del taxi y se encargó rápidamente de las maletas mientras ellas se sentaban en los asientos traseros del vehículo. – Al número 104 de la calle Mayor, por favor.

El taxista pone rumbo a su destino y media hora después llegan a la puerta del edificio donde Alice y Erika han alquilado un ático de tres habitaciones, dos baños y una enorme terraza con jacuzzi.

–  Deshacemos las maletas, nos instalamos y llamamos a algún restaurante con servicio a domicilio, así tendremos toda la tarde para descansar y reponer fuerzas para ir a cenar con la familia. – Le dijo Erika a Alice mientras se dirigía a su habitación.

–  Hoy estoy demasiado agotada para salir de fiesta, pero mañana por la noche tú y yo nos vamos a emborrachar te pongas cómo te pongas. – Le contesta Alice. – Te has pasado todo el verano leyendo y estudiando todos esos malditos informes y se suponía que era nuestro último verano como universitarias antes de pasar a la edad adulta.

–  De acuerdo, mañana por la noche saldremos de fiesta y nos emborracharemos. – Se resigna Erika sabiendo que no logrará disuadir a su amiga.

Ambas amigas comenzaron a deshacer las maletas entre risas y a instalarse en su nuevo apartamento, un ático en el centro de la ciudad desde dónde se puede contemplar toda la ciudad.

A pocas manzanas de distancia, Eduard Blackwell revisaba varios informes sentado a la mesa de su despacho en el edificio de Blackwell Company, pero no lograba concentrarse lo suficiente para entender lo que estaba leyendo. Alguien llamó a la puerta de su despacho y apareció Nick Button, su mano derecha. Nick, a pesar de sus tan solo veintiocho años de edad, es un joven brillante. Entró en Blackwell Company hacía ya cinco años, cuando realizó sus prácticas universitarias durante el verano del último curso de la carrera y Eduard se dio cuenta de que el joven era brillante en su trabajo y lo contrató cuando acabó el período de prácticas. Tenía carácter y es el único que se atrevía a decirle al gran Blackwell cualquier cosa que otra persona no se atrevería a mencionar. La confianza era esencial en los negocios y Eduard había conseguido vínculo especial con ese muchacho, una camaradería que solo existe con los amigos de verdad.

–  Eduard, ¿no ibas a buscar a tu hija al aeropuerto? – Le preguntó Nick al ver a su jefe en su despacho.

–  Eso creía yo, pero al parecer no era una buena idea. – Resopló Eduard. – Mi hija me ha dicho que le dé tiempo para instalarse y descansar y que ya vendrá a cenar a casa esta noche. Y, pensándolo bien, casi que lo prefiero. No te imaginas el carácter que tiene la niña.

–  Me lo imagino. – Murmuró Nick entre dientes asegurándose que su jefe no le escuchara.

Nick no se podía creer lo que su jefe tenía en mente. ¿Cómo un hombre que había llegado a lo más alto por sus propios logros podía pensar en dejar la empresa en manos de una niña mimada y malcriada? Puede que fuese su única heredera, pero dejar el futuro de Blackwell Company en las manos de una niña recién salida de la universidad no creo que sea una buena idea.

Pero Eduard Blackwell pensaba todo lo contrario. Conocía muy bien a su hija y sabía que era una mujer inteligente, además de ser una de las mujeres más bellas que había visto. Puede que Erika hubiese sacado el carácter de su padre, pero desde luego había heredado la belleza de su madre. Erika nunca había sido una de esas niñas tranquilas que jugaban a las muñecas o a tomar el té, Erika era un torbellino. Lo mismo andaba subiéndose al árbol más alto del jardín, montaba en bici, cogía lombrices de los charcos o se metía en peleas, casi siempre acompañada de Alice. A Eduard nunca le importó que su hija no fuera tan femenina como las demás, agradecía que su hija fuera tan dura y fuerte.

–  ¿Sigues pensando en dejar que tu hija lleve la negociación con Adolf Wolf? – Le preguntó Nick a su jefe mientras se sentaba frente a él.

–  Sí y no voy a cambiar de opinión. – Contestó Eduard sabiendo lo que pensaba su mano derecha. – Tú tenías la edad de mi hija cuando empezaste a trabajar para mí hace cinco años. Espera a conocerla antes de juzgarla, estoy seguro de que os llevaréis bien.

Nick dudaba mucho de lo que decía su jefe, pero se limitó a asentir con la cabeza y cambiar de tema ya que no había ido al despacho del jefe para hablar de su hija.

A las seis de la tarde, Nick abandonaba su despacho para irse a casa, pero vio que la luz del despacho de su jefe seguía encendida y decidió entrar para despedirse.

–  Me voy a casa, espero que pases un buen fin de semana. – Le dijo tras llamar y abrir la puerta.

–  Igualmente, Nick. – Le respondió Eduard. – Por cierto, ¿te apetecería venir a comer a casa el domingo? Sería una comida informal, me gustaría que conocieras a mi hija en otro sitio que no fuera la oficina, pero si tienes cosas mejores que hacer… Lo entenderé.

–  Estaré encantado de ir. – Se oyó decir Nick.

–  ¡Estupendo! – Exclamó Eduard con alegría. – Ven a mediodía, así disfrutaremos de un aperitivo en el jardín.

Nick asintió forzando una sonrisa y se marchó antes de que a su jefe se le ocurriera alguna otra idea. Bajó en el ascensor al parking, se subió en su recién estrenado BMW i8 de color negro y se dirigió a casa. Tenía demasiados informes que revisar si el domingo no quería quedar como un idiota frente a la hija de Eduard.

A pesar de que pensaba que la única hija de Eduard sería una niña consentida y acostumbrada a obtener la atención y la bendición de todo el mundo, Nick sentía curiosidad por ella y quería conocerla, aunque estaba seguro que se arrepentiría de ello pocos minutos después.

Pero todo el misterio que envolvía a la hija de Eduard la hacía interesante, empezando por el hecho de que fuera hija de su jefe. Eduard Blackwell era un hombre poco social, apenas acudía a algún evento y donaba una generosa cantidad a organizaciones benéficas como para permitirse el lujo de no ir a ninguna de las galas que organizaban y que todo el mundo le siguiera respetando y admirando. Eduard amaba demasiado su vida privada y no permitía que nadie metiera sus narices en ella. Ni siquiera tenía una foto de su hija en el despacho como tendría cualquier padre. Había visto algunas fotos de ella en internet, pero siempre llevaba gafas de sol, alguna gorra, boina o pañuelo y tratando de ocultar su rostro con su melena dorada. Todas esas fotos habían sido robadas, no había ni una sola en la que ella posara. Eduard se había encargado de que su hija pasara desapercibida donde quiera que hubiese estado los últimos cinco años.

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