Noventa minutos 9.

Una vez que Franco lo tuvo todo bajo control, se despidió de su hija, de Jake y de Arthur y se marchó con Derek. Arthur también se despidió de Gina y Jake hasta la mañana siguiente cuando se verían en la oficina y se marchó con su escolta, dejando a Gina y a Jake a solas por primera vez en toda la mañana.

— ¿No vas a decir nada? —Le preguntó Jake extrañado—. Acabo de convertirme en tu niñera oficial, se supone que deberías estar contenta o enfadada, pero no indiferente.

—Indiferente no es la palabra —le corrigió Gina mirándole con severidad—. Aún estoy tratando de asimilar lo que acabas de hacer y la verdad es que no me gusta. No te lo tomes a mal, pero tenerte en mi vida las veinticuatro horas del día en casa, en la oficina o en casa de mis padres, no es lo que más me apetece en este mundo. Se suponía que íbamos a pasar una noche juntos y que al día siguiente cada uno haría su vida y…

—Solo he tratado de mediar entre vosotros, tú querías reunirte mañana con el equipo de márquetin y eso es lo que te he conseguido —la interrumpió Jake molesto—. Al menos deberías agradecérmelo.

—Y dime, ¿cómo tenías pensado que te lo agradeciera? —Le preguntó Gina furiosa.

Jake fue abrir la boca para responder, pero decidió armarse de paciencia y cogió aire profundamente para tratar de calmarse, discutir con Gina no le traería nada bueno, antes de contestar:

—Gina, podemos hacerlo fácil o difícil. Yo estoy tratando de hacértelo lo más fácil posible, pero no sirve de nada si tú no colaboras —la miró a los ojos y le dijo con total sinceridad—: No estoy haciendo esto porque quiera algo a cambio y, afortunadamente, estoy plenamente satisfecho con mi vida sexual como para pedir favores sexuales. Solo pretendo ayudarte, sin esperar nada a cambio.

—Nadie hace nada sin esperar algo a cambio y menos por alguien como yo a quien acaba de conocer —le replicó Gina con desconfianza.

— ¡Joder Gina! —Protestó Jake perdiendo la poca paciencia que tenía—. Hace unas horas estabas durmiendo plácidamente entre mis brazos y ahora desconfías de mí porque trato de protegerte. ¿Me lo puedes explicar? Creo que me he perdido algo entremedio.

Gina estaba asustada, Jake le gustaba y pasar con él las veinticuatro horas del día durante varios días solo complicaría las cosas. Jake era de los que no se comprometían, él mismo se lo había dejado claro y Gina no quería correr el riesgo de enamorarse de él, desde que lo dejó con Brad, no le había permitido a un hombre pasar más allá de la quinta cita.

—Vamos a hacer una cosa —propuso Jake—. Tengo que acompañarte porque tengo que asegurarme que no te pasa nada, pero no voy a estar encima de ti y no te voy a atosigar. Aunque tendrás que reservarme al menos noventa minutos al día para ponerme al corriente de tus planes, necesitaré organizarme en el trabajo.

— ¿Noventa minutos? ¿Solo me vas a pedir a cambio noventa minutos para hablar de los planes del día siguiente? —Preguntó Gina sorprendida.

—Me lo estás poniendo muy difícil, Gina —le dijo Jake sonriendo con picardía—. En algún momento desearás lo que tanto te empeñas en evitar y seré yo quien te lo ponga difícil.

—A ese juego yo también sé jugar y te aseguro que si decides ponerlo en práctica acabarás perdiendo, señor Hudson —le provocó Gina. Le miró a los ojos, le sonrió y añadió—: Me parece un buen trato por solo noventas minutos al día.

—Supongo que eso significa que pondrás las cosas fáciles —dijo Jake satisfecho por cómo había llevado la negociación con la testaruda de Gina—. Si vamos a estar juntos las veinticuatro horas del día, necesitaremos encontrar un lugar, ¿tu casa o la mía?

—La mía, ya estamos aquí y solo serán un par de noches —contestó Gina.

—Si nos quedamos aquí, necesitaré ir a casa a por mis cosas. Y no serán solo un par de noches aquí, también serán unos días en Castle —puntualizó Jake—. Vamos un momento a mi casa, recojo mis cosas y regresamos, ¿de acuerdo?

Gina aceptó sin rechistar, sabía que nada podía hacer porque Jake no la dejaría sola ni un minuto, tal y cómo le había dicho, sería su sombra. Por otra parte, Gina también sentía curiosidad por ver dónde vivía Jake, la casa de un hombre decía mucho sobre el hombre y ella quería averiguarlo todo sobre él.

Media hora más tarde, Jake aparcaba el coche en el garaje de su casa, situada a pocas manzanas de distancia de la casa de Gina.

—No sabía que vivías en el mismo barrio que yo —comentó Gina.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí —le respondió Jake sonriendo con complicidad.

Entraron en casa de Jake y Gina observó todo lo que estaba al alcance de su vista. Jake tenía la casa limpia y recogida, la decoración era de estilo minimalista, todo en blancos y negros y con escasos objetos de decoración. Era una clase moderna, elegante y sofisticada, por lo que a Gina no le costó deducir que a Jake le iban muy bien las cosas, al menos el aspecto económico.

— ¿Cómo entraste en la milicia? —Le preguntó Gina observando una de las fotos en la que se le veía muy sexy vestido con el uniforme de la milicia.

—Mi padre es el General Hudson, el General de la milicia —le respondió Jake.

— ¿Me tomas el pelo? —Preguntó Gina incrédula.

—Ya te he dicho que hay muchas cosas que no sabes de mí —le respondió Jake—. Voy a darme una ducha, haz lo que quieras mientras tanto, estás en tu casa.

Jake desapareció subiendo por las escaleras y Gina decidió sentarse en el sofá del salón, cogió una de las revistas sobre automóviles que había sobre la mesa de café y se distrajo echándole un vistazo.

Quince minutos más tarde, Jake salió del baño y se dirigió al salón tan solo envuelto con una toalla de la cintura hasta las rodillas, se quedó frente a Gina y le preguntó:

— ¿Tienes hambre? Podemos pedir que nos traigan algo de comida mientras preparo mi maleta.

— ¿Te gusta la comida china?

—Me gusta todo, pide lo que quieras —le respondió Jake con una sonrisa que dejaba entrever más de lo que pretendía.

Gina tuvo que hacer un esfuerzo para dejar de mirar el musculoso abdomen de Jake y él sonrió al percatarse de ello y decidió torturarla un poco más paseándose delante de ella con la excusa de coger un CD y poner un poco de música.

—Creía que querías poner las cosas fáciles —le dijo Gina percatándose de lo que Jake pretendía—. Y creo haberte dicho que a ese juego podemos jugar los dos y que saldrías perdiendo.

—Adoro los retos, no lo puedo evitar —se mofó Jake.

Jake le dedicó una sonrisa antes de volver al baño para vestirse y Gina se tuvo que contener para no caer en la tentación y rogarle sexo a Jake como él pretendía y como él le había dicho que terminaría sucediendo. Se entretuvo de nuevo con la revista e intentó no pensar en lo sexy que estaba Jake vestido únicamente con una blanca toalla de algodón que dejaba a plena vista su musculoso abdomen.

Comieron juntos comida china que encargaron a domicilio y Jake le habló por primera vez de su vida. Le contó que su padre era el General de la milicia y qué, como el único hijo varón que era, tuvo que darle el gusto a su padre de entrar en la milicia, aunque por fortuna su negocio le fue bien y pudo dejar la milicia a un lado para dedicarse a lo que de verdad le fascinaba, su trabajo. Jake también le habló de las relaciones que tenía con las mujeres, todas de carácter sexual pero ninguna de carácter sentimental y Gina y no hizo ningún comentario al respecto, aunque no le pasó por alto que hablaba de aquellas relaciones en pasado, como si nada tuvieran que ver con el presente. Gina era consciente de que Jake era un mujeriego que no buscaba compromiso alguno, el mismo Jake se lo había dicho y también Arthur se lo había advertido, por lo que decidió olvidarse del tema y, lo que era más importante y difícil, tratar de no caer en la tentación con Jake.

Después de comer y de que Gina ayudara a Jake a hacer su maleta, ambos regresaron a casa de Gina donde ella le asignó la habitación de invitados a Jake para que se instalara, cosa que a él no le hizo mucha gracia porque había dado por hecho que dormiría con ella en la misma cama sin tener en cuenta que la casa de Gina tenía una habitación de invitados.

Improvisaron una cena con todo lo que quedaba en la nevera y, tras tener la charla de noventa minutos que habían pactado para ponerse al día de lo que harían al día siguiente, se fueron a dormir cada uno a su habitación, aunque ambos anhelaban y ansiaban las caricias y los besos del otro.

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