Noventa minutos 2.

El sábado a las siete de la tarde, tal y cómo habían acordado, Arthur se presentó en casa de Gina y salió de la limusina que les llevaría a la gala. En cuanto la vio salir de casa supo que su acompañante iba a atraer las miradas de todo el mundo, hombres y mujeres.

—Estás preciosa, ha faltado poco para que me enamore de ti —la saludó Arthur bromeando.

—Gracias, tú tampoco estás nada mal —le saludó Gina entrando en la limusina—. Por cierto, ¿no es un poco ostentoso ir a una gala benéfica en limusina y vestidos con una ropa tan cara?

—Vas a estar rodeada de la alta sociedad de la ciudad, pero deberías estar más preocupada por escapar de las garras de todos los niños de alta cuna que caerán rendidos a tus pies en cuanto te vean aparecer —le dijo Arthur, tan galán como siempre.

Cruzaron la ciudad ajenos al tráfico que había a esas horas de la tarde de un sábado, Gina y Arthur se distraían bebiendo champagne y charlando sobre la clase de invitados que acudían a las galas benéficas. Después de aquella conversación, Gina sacó la conclusión de que estaría rodeada de estirados, snobs y probablemente también de viejos verdes, pero tenía la esperanza de cruzarse con alguien interesante con quien poder mantener una conversación medianamente normal porque estaba segura que su jefe la dejaría sola en cuanto se le cruzara un escote por delante y, por si fuera poco, probablemente la gala estaría llena de chicas sin cerebro y siliconadas como las amigas de Arthur.

Entraron en el Palacio Real donde se celebraba la gala y ambos se quedaron en silencio al contemplar la impresionante entrada del Palacio. Caminaron hasta llegar a la gran puerta del salón donde se iba a celebrar la gala y los fotógrafos del evento y los periodistas que cubrían la noticia les hicieron miles de fotos, deslumbrándoles con los flashes de las cámaras.

—No te preocupes, en cuanto fotografíen a todos los invitados se largan y solo permiten grabar y hacer fotos al estudio de fotografía que ha contratado la organización del evento —le susurró Arthur a Gina para tranquilizarla porque sabía que su mano derecha odiaba salir en los medios de comunicación porque apreciaba demasiado la vida privada y la intimidad del anonimato y él la entendía perfectamente porque compartía ese mismo sentimiento.

—Me debes una y de las gordas, no lo olvides —le susurró Gina a su jefe mientras los flashes continuaban deslumbrándoles.

El presidente y la embajadora de la organización benéfica recibieron a Arthur y Gina como al resto de los invitados, dándoles las gracias por venir y deseándoles que pasen una buena noche tras recordarles que la recaudación de esta noche se destinará íntegramente a la reconstrucción del orfanato de la ciudad, un edificio medio en ruinas donde apenas malvivían los niños.

Entraron al salón principal y rápidamente dos camareros se acercaron a ellos para recoger sus abrigos y ofrecerles una copa de champagne. Gina, que no había asistido nunca a una gala benéfica, observaba fascinada todos y cada uno de los detalles de aquel salón hasta que dos hombres se acercaron a saludar a Arthur y él hizo las presentaciones oportunas:

—Les presento a mi mano derecha, Gina Verona, la directora ejecutiva de Global y la responsable de que mi empresa siga en pie —Arthur se volvió hacia a Gina y añadió—: Gina, te presento a Robert Gates y Nate Brenan, presidentes de Style y Fashion, respectivamente.

—Encantada de conocerles —les saludó Gina tendiéndoles la mano.

Se sumergieron en una conversación sobre publicidad, moda y celebridades mientras Gina continuaba observando el elegante salón y a todos los invitados que iban llegando hasta que su mirada se cruzó con la mirada penetrante de un tipo que la observaba apoyado en una de las paredes del salón, vestido con un traje de Armani de color gris marengo y una camisa negra sin corbata y bebiendo de una copa de champagne tranquilamente. Gina le sostuvo la mirada hasta que Arthur se dio cuenta de que estaba distraída y la cogió por la cintura para guiarla junto al resto de invitados que comenzaban a pasar al comedor.

— ¿Estás bien? —Le preguntó Arthur a Gina mientras pasaban al comedor.

—Sí, solo estoy un poco distraída —respondió Gina buscando con la mirada al tipo que con el que había intercambiado aquella extraña y provocadora mirada.

Arthur rodó los ojos y caminó seguido de Gina hacia el tablón donde se asignaban las mesas para averiguar dónde se tenían que sentar. Mientras Arthur buscaba sus nombres en el tablón, Gina seguía observando el gran salón y tratando de localizar a aquel tipo que tan solo con una mirada le había producido miles de descargas en su interior, todas ellas placenteras.

—Arthur Muller, parece que estamos en la misma —dijo un hombre con una voz tan masculina y atractiva que hizo volverse a Gina—. Has venido muy bien acompañado.

Gina se quedó de piedra cuando se volvió y reconoció a ese hombre como el mismo hombre a quien trataba de localizar.

—Jake Hudson, ¡qué sorpresa! —Lo saludó Arthur con un buen apretón de manos y un efusivo abrazo para después preguntar—: -¿Qué te trae por aquí? Tú no eres de los que vienen a estas galas y que conste que no te reprocho nada, yo soy igual que tú —se volvió hacia Gina y añadió—: Te presento a la señorita Verona, la directora ejecutiva de Global y mi mano derecha.

—Además de una auténtica belleza —sentenció Jake sonriendo con picardía a Gina. Cogió su mano para besarla y susurró con voz ronca—: Un placer conocerla, señorita Verona.

—Lo mismo digo, señor Hudson —respondió Gina amablemente mientras intentaba no perderse en la profundidad de esa mirada que la estaba volviendo loca.

—Por favor, llámame Jake —le pidió Jake.

Por suerte para Gina, uno de los camareros apareció y les acompañó hasta su mesa. Todo el salón estaba llena de pequeñas mesas redondas para cuatro personas y ellos tuvieron la suerte de estar sentados en una de las más apartadas.

Una chica morena, de ojos castaños y una amplia sonrisa se unió a ellos y se sentó a la mesa junto a Jake tras disculparse con él por el retraso:

—Perdona el retraso, me he encontrado con el vecino de la abuela y me ha entretenido —se volvió hacia a Jake, a quién ya conocía, y añadió mirando de reojo a Gina—: Arthur, me alegro de volver a verte.

—Lo mismo digo, Em —la saludó Arthur poniéndose tenso.

—Emily, te presento a Gina Verona, la directora ejecutiva de Global y una gran amiga de Arthur —se volvió hacia Gina y añadió—: Emily es mi hermana pequeña y la responsable de que esté aquí esta noche.

—Ya tenéis algo en común, ambos habéis sido arrastrados a la gala esta noche en vuestra contra —se mofó Arthur dirigiendo una mirada pícara a Emily.

—Encantada de conocerte, Gina —saludó Emily a Gina dándole un beso en la mejilla—. No sé cómo aguantas trabajar con el gruñón de Arthur, aunque me alegra saber que no eres otra de las cabezas huecas a las que se tira, y no me lo tomes a mal.

Gina sonrió, ella misma había llamado así a las amigas de Arthur y agradecía que Emily dejara claro delante de Jake que ella no era una de esas chicas.

Emily se sentó entre Gina y su hermano y Jake la maldijo en silencio por ello, pues se sentía extrañamente atraído por aquella chica rubia de ojos grises y mirada desafiante. Las chicas cenaron entre risas y bromas mientras los chicos se divertían escuchando las locas ocurrencias de ellas y las observaban realmente cautivados hasta que uno de los camareros las interrumpió para preguntarles:

—Señoritas, ¿van a participar en la subasta del baile?

— ¿Qué subasta? —Quiso saber Gina.

—La subasta del baile —le repitió Emily a Gina—. Los hombres pujan por bailar una canción con las chicas que participan y el dinero es donado íntegramente a la causa. Suelen participar muchas mujeres, sobre todo las jóvenes y solteras —añadió Emily apuntando su nombre en la lista que el camarero le entregaba. ¿Te apunto?

Gina asintió encantada, era una buena forma de colaborar si alguien pujaba por bailar con ella, solo esperaba que ninguno de los muchos viejos verdes que allí estaban consiguiera ganar la subasta y tuviera que bailar con ellos, pero se armó de valor cuando oyó la voz de Arthur que le susurró:

—Solo tendrás que sufrir lo que dure la canción, siempre y cuando no te guste el hombre que puje por ti, en ese caso espero que lo disfrutes.

Las chicas se marcharon a prepararse para la subasta y los chicos que tenían pensando pujar, entre ellos Arthur y Jake, se acercaron al escenario para observar a las chicas desde primera fila.

Mientras esperaban a que las chicas empezaran a desfilar sobre el escenario, Jake aprovechó que su hermana no estaba presente para decirle a Arthur:

—Ambos queremos bailar con la acompañante del otro y ninguno de los dos estamos dispuestos a que nuestras acompañantes caigan en manos indeseables —apuntó Jake—. ¿Qué te parece si tú pujas por Em y yo por Gina? Por supuesto, sin otro fin que no sea donar dinero a una organización benéfica por un baile.

—Ten cuidado con Gina, aunque parezca dócil es toda una leona —le advirtió Arthur—. Y, por si fuera poco, la quiero como si fuera mi propia hermana.

—Tranquilo amigo, te recuerdo que Em también es mi hermana —se mofó Jake.

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