Noventa minutos 17.

Gina y Jake llegaron a la ciudad por la tarde, ya que decidieron parar a comer en el camino. Nada más entrar en casa, Gina desconectó la alarma y le dijo a Jake:

—No hay nada para comer, deberíamos ir a comprar.

—Iremos a comprar mañana, esta noche quiero que salgamos a cenar —le dijo Jake sonriendo—. Creo que podríamos ir a cenar al Dunkan, ¿te apetece?

—No podemos ir sin reserva y el Dunkan tiene una lista de espera de más de seis meses —le respondió Gina.

—Conozco al propietario, nos darán mesa si hago una llamada —informó Jake—. ¿Te apetece salir conmigo a cenar o estás tratando de darme una excusa?

—Me confundes, Jake —le dijo Gina encogiéndose de hombros—. Desde el primer momento me dejaste claro que lo nuestro solo se trataba de sexo y yo lo acepté, pero ahora pides más y no entiendo por qué. ¿Me he perdido algo?

—He cambiado de opinión, por eso he querido cambiar el acuerdo y creía que tú también querías cambiarlo —alegó Jake—. ¿De qué tienes miedo? Ambos nos lo pasamos bien juntos, hemos estado un mes y medio encerrados en la misma casa durante veinticuatro horas al día y no hemos acabado matándonos como todo el mundo esperaba. ¿Qué problema hay en que salgamos a cenar, cariño?

—No lo sé, Jake —le respondió Gina frustrada por no saber explicarse y por no querer confesar lo que de verdad sentía—. Es solo que todo está yendo demasiado rápido y el hecho que estés tan pendiente de mí o me llames “cariño” no me ayuda para aclararme. Igual que tampoco lo hace que juegues con mis orgasmos para que acepte acuerdos en los que no soy capaz de pensar en ese momento.

—De acuerdo, vamos a hacer una cosa —propuso Jake—. Esta noche te invito a cenar y hablamos tranquilamente de todo esto. Prometo no besarte ni hacer ninguna insinuación sobre sexo hasta que hayamos hablado. ¿Te parece bien?

—Me parece bien —contestó Gina—. Voy a ducharme y ponerme algo decente.

—Tenemos que ir de etiqueta, ¿tienes algún vestido de noche? —Preguntó Jake.

—Algo encontraré, no te preocupes —le respondió Gina antes de desaparecer por el pasillo.

Jake llamó a su amigo e hizo una reserva para dos personas en el Duncan, pero no sin que antes su buen amigo le asegurara de que le daría una mesa íntima y alejada del resto de mesas, quería intimidad con Gina. A las ocho y media, cuando Jake ya había reservado en el restaurante, se había duchado, vestido y deshecho la maleta, Gina salió de su habitación con un vestido rosa pálido de escote en palabra de honor y unos zapatos plateados a juego con su bolso de mano. Se había dejado su larga melena rubia suelta que le caía sobre los hombros como si de un ángel se tratara.

—Estás preciosa, Gina —balbuceó Jake cuando la vio entrar en el salón.

La ayudó a ponerse su chaqueta plateada y ambos salieron de casa de Gina mientras Jake rodeaba la cintura de ella con su brazo. Se montaron en el coche y se dirigieron al Dunkan, dónde un aparcacoches vestido de etiqueta se ocupó de aparcar el coche.

Gina agarró del brazo a Jake y a él le encantó ese gesto. El maître les recibió y les acompañó a su mesa, una romántica mesa para dos, iluminada por un par de velas y bastante alejada del resto de mesas. Jake pidió vino tinto para beber mientras decidían qué pedir para cenar:

—Este lugar es fantástico, me alegro de que me hayas traído —le confesó Gina.

—Y yo me alegro de que hayas aceptado venir —le respondió Jake alzando su copa para brindar con Gina—. Por nosotros.

Ambos entrechocaron sus copas, se sonrieron y le dieron un trago a su copa de vino. Leyeron la carta y decidieron qué pedir y, mientras esperaban que el camarero les sirviera la cena, Jake comenzó a hablar:

—Estamos aquí porque yo he insistido en hablar sobre nuestra relación, así que, si no te importa, empezaré yo —bebió un trago de su copa y continuó—: Me gustas, me gustas desde el primer momento en que te vi. Pero después de pasar todos estos días contigo, mis sentimientos por ti son más fuertes. No sé si es amor porque nunca antes me había enamorado, pero nunca antes lo había sentido por nadie. Jamás había pensado en pasar el resto de mi vida con una mujer hasta ahora. Sé que al principio ambos dejamos claro que ninguno de los dos quería una relación estable pero, si te soy sincero, tengo la esperanza de que, al igual que yo, tú también hayas cambiado de opinión.

— ¿Me estás proponiendo tener una relación estable? —Le preguntó Gina un tanto sorprendida.

—Prácticamente, ya tenemos una relación estable —le contestó Jake—. Tan solo nos hace falta hacerlo oficial.

—Cuando dices que solo nos falta hacerlo oficial, ¿a qué te refieres exactamente?

—Me refiero a que hacemos vida de pareja —le contestó Jake empezando a perder la paciencia—. Me gustaría saber qué sientes, Gina. ¿Qué esperas de nosotros?

—Me gustas —le contestó Gina—. Me lo paso bien contigo y no solo en la cama. Si te soy sincera, quiero seguir estando contigo en todos los sentidos. Me encanta despertarme y tenerte a mi lado, me encana hacer el amor contigo y me pongo hasta nerviosa cuando recibo uno de tus mensajes. Pero también tengo miedo a acostumbrarme a todo lo que me estás dando, porque puede que un día te canses de mí.

—Te quiero, Gina. Si por mí fuera me casaba ahora mismo contigo y así me aseguraba que vamos a estar juntos siempre —le susurró Jake abriendo su corazón—. El sexo es genial entre nosotros, pero no es lo único genial que tenemos. Dame una oportunidad para demostrarte lo que te estoy diciendo y te aseguro que no te arrepentirás.

—Espero que tú tampoco te arrepientas —bromeó Gina—. Entonces, ¿ya podemos besarnos o todavía no? Apenas han pasado un par de horas y ya echo de menos tus besos y que me llames “cariño”.

—Ven aquí, cariño —le dijo Jake acercándose a ella para besarla en los labios—. Solo tienes que pedir por esa boca lo que desees y yo lo haré realidad.

—Entonces te diré que, aunque sé que estás empeñado en salir juntos esta noche, me gustaría que después de cenar nos vayamos a casa —le confesó Gina con una sonrisa traviesa—. Te aseguro que no te arrepentirás.

—Cómo tú quieras, cariño —le contestó Jake divertido y excitado por la sugerencia de Gina—. Si todos los deseos son como ese, estaré encantado de hacerlos realidad.

El camarero llegó con los platos que habían pedido y ambos cenaron felices por la decisión que acababan de tomar.

Después de cenar, se dirigieron a casa de Gina y allí hicieron el amor una y otra vez hasta que quedaron agotados y se durmieron uno en brazos del otro.

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